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europeo-realismo

Chejov A. -- ANIVERSARIO, LA AUDICION, CIRUJIA, EL ARREGLO (Rusia)

Escrito por nohaydrama 11-09-2009 en General. Comentarios (0)

Aniversario

(Yubiley)

 

Anton Pavlovich Chejov

 

Juguete cómico en un acto (1891)

Traducción de E. Podgursky

PERSONAJES

ANDREI ANDREEVICH SCHIPUCHIN Director de la banca Sociedad Mutual de Crédito de N... Hombre relativamente

joven y con monóculo.

TATIANA ALEKSEEVNA Su mujer: de veinticinco años.

KUSMA NIKOLAEVICH JIRIN Contable en el Banco. Un viejo.

NASTASIA FEDOROVNA MERCHUTKINA Vieja vestida con un salop.

Los directivos del Banco.

Los empleados del mismo.

La acción tiene lugar en el local de la Mutual de Crédito, de N

Acto único

Despacho del director. A la izquierda, una puerta abre sobre las salas de empleados. Hay dos mesas de escritorio. En el

aderezo de la estancia se aprecian pretensiones a un lujo refinado: muebles tapizados de terciopelo, flores, estatuas,

alfombras, teléfono... Es el mediodía.

En la escena, y calzado con unos «valenkii» (1), está solo JIRIN

JIRIN. -(A gritos, y asomando la cabeza por la puerta.) ¡Diga que compren en la farmacia quince «kopeikas» de gotas de

valeriana y que traigan también al despacho del director agua fresca!... ¡Hay que decírselo cien veces! (Yendo hacia la

mesa.) ¡Estoy rendido completamente!... ¡Ya son tres días y tres noches las que llevo escribiendo, y sin pegar los ojos!...

¡La mañana y la tarde me las paso aquí, escribe que te escribe, y la noche, tosiendo en casa!... (Tose.) ¡Y ahora, por

añadidura, siento todo el cuerpo congestionado!... ¡Tengo temblor..., calor..., tos..., dolor de piernas y como unas chispas

en los ojos!... (Se sienta.) Nuestro director..., ese granuja..., ese pamplinoso..., se dispone a leer hoy en la junta la

Memoria de este título: «Nuestro Banco en el presente y en el porvenir»... ¡Vaya Gambetta que está hecho!... Dos...,

uno..., uno..., seis..., cero..., siete... ¡Lo que quiere... (seis..., cero..., uno..., seis...) es echar polvo a los ojos mientras yo

tengo que estarme aquí sentado, trabajando para él como un presidiario!... ¡En su Memoria no hace más que poesía..., y yo

mientras..., que le lleve el diablo, trabaja que te trabaja en el ábaco!... (Haciendo chasquear este.) ¡No le puedo sufrir!...

(Escribiendo.) ¿Entonces era?... uno..., tres..., siete..., dos..., uno..., cero... Prometió recompensarme por mi trabajo...

Prometió que si hoy transcurría todo bien y lograba embaucar al público, me daría un dije de oro y trescientos rublos en

metálico... Veremos si es verdad... (Escribe.) Eso sí..., si resulta que he estado trabajando en balde..., no te enfades,

hermano, entonces... Soy un hombre coiérico, y cuando me acaloro..., sería capaz de llegar hasta el crimen... ¡Sí!... (De

detrás del escenario llega el sonido de unos aplausos Y un ligero barullo.)

LA VOZ DE SCHIPUCHIN. -«¡Gracias! ¡Muchas gracias! ¡Estoy emocionado!»... (Entra SCHIPUCHIN. Viene vestido

de frac y corbata blanca, y sostiene entre las manos el álbum que acaba de serle ofrecido.) SCHIPUCHIN. (Deteniéndose en el umbral y dirigiéndose a la sala de empleados.) ¡Este obsequio suyo, queridos

subordinados, será conservado por mí hasta la misma muerte y constituirá el recuerdo de los días más felices de mi

vida!... ¡Sí..., muy señores míos!... ¡Una vez más les doy las gracias! (Envía un beso ante sí y se vuelve hacia JIRIN.) ¡Mi

querido..., mi apreciadísimo Kusma Nikolaevich!... (Durante el tiempo que permanece en el escenario, entran, de cuando

en cuando, empleados con papeles para la firma.)

JIRIN. (Levantándose.) Tengo el honor de felicitarle, Andrei Andreevich, en el decimoquinto aniversario de la fundación

de nuestro Banco y de desearle...

SCHIPUCHIN. -(Estrechándole fuertemente la mano.) ¡Gracias, querido mío... ¡Gracias!... ¡En un día tan célebre como el

de hoy, en el día del aniversario, creo que podemos besarnos! (Se besan.) ¡Estoy muy, muy contento! ¡Gracias por su

trabajo! ¡Gracias por todo! ¡Por todo!... ¡Si mientras tuve el honor de ocupar la dirección de este Banco hice algo útil, se

lo debo, principalmente, a mis compañeros!... ¡Sí!... ¡Son quince años! ¡Quince años!... (En tono vivo.) Y mi Memoria...,

¿qué tal va? ¿Sigue adelantando?

JIRIN. -Sí. Solo faltan ya unas cinco páginas.

SCHIPUCHIN. ¡Magnífico! ¿Estará, entonces, preparada a eso de las tres?...

JIRIN. -Si no viene nadie a molestar, la terminaré, en efecto. Lo que queda es ya una insignificancia.

SCHIPUCHIN. -¡Magnífico! ¡Magnífico!... ¡La junta es a las cuatro, así que, por favor, querido!... ¿A ver?... Déme la

primera mitad, que voy a repasarla... Démela pronto... En esta Memoria tengo puestas grandes esperanzas. (Cogiéndola.)

Es mi «professión de foi» o, mejor dicho, «mis fuegos artificiales»... (Se sienta y empieza a leer para sí.) A todo esto, me

siento terriblemente cansado. Anoche me dio un ataque de gota, y después tuve que pasarme toda la mañana de aquí para

allá, ocupado en una porción de cosas. Luego, el nerviosismo..., las ovaciones..., la agitación... ¡Estoy fatigado!

JIRIN. -Dos..., cero..., cero..., tres..., nueve..., dos..., cero... Esta cantidad de cifras me nubla los ojos. Tres..., uno..., seis...,

cuatro..., uno..., cinco... (Hace chasquear el ábaco.)

SCHIPUCHIN. -¡También otra contrariedad!... Hoy por la mañana vino a verme su señora y volvió a quejarse de usted...

Me dijo que ayer, anochecido, estuvo usted persiguiendo a ella y a su cuñada con un cuchillo... ¡Kusma Nikolaich! ¡Esto

ya es demasiado!

JIRIN. -(En tono severo.) Me atrevo, Andrei Andreich, teniendo en cuenta el aniversario, a dirigirme a usted con un

ruego. Le pido, aunque solo sea en atención a mi trabajo de presidiario, que no se mezcle en mi vida familiar. ¡Se lo

ruego!

SCHIPUCHIN. (Suspirando.) ¡Qué carácter tan insoportable el suyo, Kusma Nikolaich!... ¡Es usted una persona

excelente..., respetable..., pero con las mujeres se comporta usted como un «Jack»!... ¡Es verdad!... ¡No comprendo por

qué les tiene usted ese odio!...

JIRIN. -¡Y yo no comprendo por qué usted las quiere tanto! (Pausa.)

SCHIPUCHIN. -Los empleados acaban de obsequiarme con un álbum, y la directiva del Banco, según he oído decir,

piensa ofrecerme un pergamino y un jarrón de plata... (Jugando con el monóculo.) No está mal... No está de más... Para el

prestigio del Banco, qué diablo, es necesaria cierta pompa... Aquí es usted uno de los nuestros, y es natural que lo sepa

todo... Este pergamino ha sido compuesto por mí..., como igualmente he sido yo quien compró el jarrón de plata...

También la encuadernación del pergamino costó cuarenta y cinco rublos; pero, sin embargo, son cosas de las que no se

puede prescindir... A ellos solos no se les hubiera ocurrido. (Mirando a su alrededor.) Pues ¿y el aderezo de este

despacho?... Todos dicen que soy mezquino..., que me basta con que reluzcan las cerraduras de las puertas, con que los

empleados lleven corbatas a la moda y con que a la entrada haya un portero gordo... ¡Pues no, señores míos!... ¡Ni el brillo

de las cerraduras de las puertas ni el portero gordo son pequeñeces!... En mi casa puedo ser un modesto burgués. Comer y

dormir como los cerdos, emborracharme...

JIRIN. -Le ruego suprima las indirectas.

SCHIPUCHIN. -No estoy diciendo ninguna indirecta... ¡Qué carácter más insoportable tiene usted!... Pues, como le iba

diciendo...; en mi casa puedo ser un modesto burgués y obedecer a mis costumbres, pero aquí todo tiene que ser «en

grand»... ¡Esto es un Banco!... ¡Aquí el menor detalle tiene que imponer!... ¡Que tener, digamos, un aspecto solemne!

(Recogiendo del suelo un papelito y tirándolo a la chimenea.) Mi mérito está, precisamente, en haber elevado a gran altura

el prestigio del Banco... El «tono» es asunto de suma importancia. (Examinando a JIRIN) ¡Querido mío!... ¡De un

momento a otro puede presentarse aquí la Comisión de Directivos, y usted ahí, con los «valenkii» puestos, esa bufanda y

esa americana de no se sabe qué color!... ¡Podía haberse vestido de frac o, por lo menos, llevar una levita negra!

JIRIN. -Para mí la salud es más preciosa que todos sus dirigentes bancarios. Tengo el cuerpo congestionado.

SCHIPUCHIN. -(Agitado.) Pero ¡convenga usted en que introduce usted un desorden! ¡En que altera usted el conjunto!

JIRIN. -Si viene la Comisión, puedo esconderme... ¡Valiente cosa! (Escribiendo.) Siete..., uno..., siete..., dos..., uno..,

cinco..., cero. Tampoco a mí me gusta el desorden... Siete..., dos..., nueve... (Haciendo chasquear el ábaco.) ¡Aborrezco el

desorden!... ¡Qué bien haría usted no invitando al banquete de hoy a las señoras! SCHIPUCHIN. -¡Qué tonterías!

JIRIN. -Ya sé que para que resulte más «chic», llenará usted de ellas el salón... Pero ¡cuidado!... ¡Podrían estropearlo

todo!... De ellas no puede esperarse más que daño y desorden.

SCHIPUCHIN. -¡Todo lo contrario!... La presencia de las mujeres eleva el espíritu.

JIRIN. -¡Sí!, ¿eh?... Su esposa es una mujer instruida y, sin embargo, el lunes pasado dijo una cosa que me tuvo perplejo

dos días... De pronto, y en presencia de extraños, pregunta: «¿Es verdad que mi marido compró muchas de las acciones

del Banco Driajsko-Priajskii, que bajaron en la Bolsa?... ¡Mi marido..., ay..., está tan preocupado!»... Y todo delante de

extraños... No comprendo por qué se confía usted tanto de ella... ¿Quiere ir a parar a los tribunales?

SCHIPUCHIN. -¡Bueno, basta ya!... ¡Todo eso en un día de aniversario es demasiado sombrío!... A propósito... Me lo ha

recordado usted. (Consultando el reloj.) Mi cónyuge está para llegar. En realidad, debería haber ido a la estación a

esperarla, pobrecilla; pero no tengo tiempo, y me encuentro cansado. A decir verdad, no me pone muy contento su venida.

Quiero decir... Me alegro, sí, de que venga; pero me sería más agradable que se hubiera quedado con su madre un par de

días más. Me exigirá que pase con ella esta tarde, cuando hoy, precisamente, teníamos organizada, para después de comer,

una pequeña excursión. (Estremeciéndose.) ¡Vaya!... ¡Ya me empieza el temblor nervioso!... ¡Tengo los nervios en tal

tensión que diríase les basta la menor tontería para echarse a llorar!... ¡No!... ¡Hay que ser fuerte! (Entra TATIANA

ALEKSEEVNA cubierta con un «waterproof» y llevando un saquillo de viaje colgado al hombro.) ¡Mira! ¡Si antes lo

digo, antes aparece!

TATIANA ALEKSEEVNA -¡Querido! (Corre hacia su esposo. Largo beso.)

SCHIPUCHIN. -Estábamos, precisamente, hablando de ti. (Consulta el reloj.)

TATIANA ALEKSEEVNA. -(Con el aliento entrecortado.) ¿Triste sin mí? ¿Bien de salud? Yo todavía no he estado en

casa. Me he venido aquí directamente de la estación. ¡Tengo muchas, muchas cosas que contarte! ¡No tengo paciencia

para esperar!... No me quito nada, porque vengo sólo por un minuto. (A JIRIN.) ¡Buenos días, Kusma Nikolaich! (A su

marido.) ¿Y por casa? ¿Va todo bien?

SCHIPUCHIN. -Todo. En esta semana has engordado... Te has puesto más guapa. Bueno, ¿y qué tal viaje has hecho?

TATIANA ALEKSEEVNA. Magnífico. Mamá y Katia te mandan recuerdos... Vasilii Andreich me encargó te diera un

beso... (Le besa.) La tía te envía un tarro de mermelada..., y todos están enfadados porque no les escribes. También Sina

me encargó que te diera un beso. (Vuelve a besarle.) ¡Ay, si supieras lo que ha pasado!... ¡Lo que ha pasado!... ¡Hasta me

da miedo contártelo!... ¡Ay, lo que ha pasado!... Pero ¡bueno, veo por tus ojos que no te alegra verme!...

SCHIPUCHIN. -¡Todo lo contrario, querida! (La besa. JIRIN. tose con enfado.)

TATIANA ALEKSEEVNA. -(Suspirando.) ¡Ah!... ¡Pobre Katia!... ¡Pobre Katia!... ¡Me da tanta lástima!... ¡Tanta

lástima!...

SCHIPUCHIN. -Hoy, querida, celebramos aquí el aniversario... La Comisión de la Directiva va a entrar de un momento a

otro, y tú estás sin vestir...

TATIANA ALEKSEEVNA. -¡Es verdad!... ¡El aniversario!... Les felicito, señores... Les deseo... ¿Entonces hoy habrá

junta... y comida?... ¡Eso me gusta!... ¿Y aquella maravillosa Memoria..., recuerdas..., que tardaste tanto en escribir para

la Directiva del Banco?... ¿Van a leértela hoy? (JIRIN tose con enfado.)

SCHIPUCHIN. -(Azarado.) ¡Querida! ¡De eso no hay que hablar!... ¿Verdad?... ¿No sería mejor que te fueras a casa?

TATIANA ALEKSEEVNA. Ahora mismo. Ahora mismo... En un momento te lo cuento todo y me marcho... Te lo

contaré todo desde el principio hasta el fin. Pues verás... Recordarás que cuando me acompañaste me senté junto a aquella

señora gorda y me puse a leer... No me gusta entablar conversaciones en el departamento del tren... Ya llevábamos

pasadas tres estaciones, y yo seguía leyendo sin haber cruzado una palabra con nadie... Sin embargo, al llegar el

anochecer, empezaron a dar vueltas en mi cabeza unos pensamientos ¡tan sombríos!... Frente a mí iba sentado un

muchacho de bastante buen aspecto... Un moreno bastante guapo... El caso es que nos pusimos a charlar...; después se nos

acercó un marino..., luego un estudiante... Yo les dije que no estaba casada..., ¡y qué galantería la de todos ellos!...

Estuvimos charla que te charla hasta la misma medianoche... El moreno contaba unos chistes graciosísimos, y el marino

se pasó todo el tiempo cantando... De tanto como reí, llegó a dolerme el pecho... Y cuando el marino se enteró,

casualmente... (¡ay, esos marinos!), de que me llamaba Tatiana...,,sabes lo que empezó a cantarme?... (Canturreando con

voz de bajo.) « ¡Oneguin, no voy a ocultarlo!... ¡Amo locamente a Tatiana!» (2). (Ríe. JIRIN tose con enfado.)

SCHIPUCHIN. -Con todo esto, Taniuscha, estamos mo lestando a Kusma Nikolaich. Vete a casa, querida.. Más tarde...

TATIANA ALEKSEEVNA. -¡Qué más da! ¡Qué más da!... ¡Que lo oiga él también! ¡Es muy interesante! ¡Ahora mismo

acabo!... Pues verás... En la estación, donde había ido a esperarme Serioja, estaba también un muchacho..., parece ser que

un inspector... Bastante bien..., guapito... Sobre todo, con bonitos ojos... Serioja me lo presentó y salimos juntos los tres.

El tiempo era espléndido...

UNAS VOCES DETRÁS DEL ESCENARIO. -«¡No se puede! ¡No se puede!... ¿Qué desea usted?»... (Entra

MERCHUTKINA.) MERCHUTKINA. -(En el umbral de la puerta y forcejeando con alguien.) ¿Por qué me sujetáis?... ¡Vaya!... ¡Tengo que

hablarle hoy mismo!... (Entrando y dirigiéndose a SCHIPUCHIN.) ¿Tengo el honor, excelencia?... Nastasia Fedorovna

Merchutkina..., esposa del Secretario Regional.

SCHIPUCHIN. -¿En qué puedo servirla?

MERCHUTKINA. Verá usted, excelencia. Mi marido, el Secretario Regional, Merchutkin, está hace cinco meses

enfermo... Pues bien, mientras estaba en casa, siguiendo un tratamiento, le retiraron, sin motivo alguno... Y cuando yo,

excelencia, fui a cobrar su sueldo, van ellos y me descuentan veinticuatro rubios con treinta y seis «kopeikas»... ¿Por qué

razón?, me pregunto yo. ¡Porque cogía de la caja colectiva, me contestaron, y eran los demás compañeros los que tenían

que responder por él!... ¿Y cómo puede ser eso?... ¿Cómo iba él a coger nada sin mi consentimiento?... ¡Eso es imposible,

excelencia!... ¡Soy una pobre mujer! ¡No como más que de lo que saco con mis huéspedes!... ¡Soy débil! ¡Estoy

indefensa! ¡No recibo más que ofensas, y no oigo una buena palabra de nadie!

SCHIPUCHIN. -¿Me permite? (Coge la solicitud y, siempre de pie, la recorre con los ojos.)

TATIANA ALEKSEEVNA. -(A JIRIN.) Pero que tengo que contarlo desde el principio. La semana pasada recibo un

buen día carta de mamá... En ella me dice que un tal Grendilevskii ha pedido la mano de mi hermana Katia... Parece ser

que se trata de un muchacho excelente, modesto, pero carente de medios económicos y sin situación definida... Para

mayor desdicha, figúrese que también Katia se había enamorado de él... ¿Qué hacer en un caso así?... Por eso me escribía

mamá..., para que yo, sin pérdida de tiempo, viniera aquí a influir sobre Katia...

JIRIN. -(En tono severo.) Perdone, pero me ha hecho confundirme... ¡Mamá..., Katia!... ¡Me ha hecho confundirme y ya

no comprendo nada!

TATIANA ALEKSEEVNA -¡Pues sí que importa la cosa! ¡Cuando una señora le habla, debe usted escucharla!... ¿Por

qué tiene hoy tan mal humor? ¿Está usted enamorado? (Ríe.)

SCHIPUCHIN. -(A MERCHUTKINA.) Pero ¿qué es todo esto?... No entiendo en absoluto.

TATIANA ALEKSEEVNA. ¿Conque está usted enamorado?... ¡Ah..., ya se le ha subido el pavo!

SCHIPUCHIN. -(A su mujer.) ¡Taniuscha! ¡Querida!... ¡Sal un momento al pasillo! En seguida voy.

TATIANA ALEKSEEVNA. -¡Bueno!... (Sale.)

SCHIPUCHIN. -No entiendo nada de esto... Usted, señora, viene aquí equivocada... Esta solicitud, por lo que se deduce

de su contenido, no nos corresponde a nosotros. Tenga la bondad de dirigirse a la institución donde trabajaba su marido.

MERCHUTKINA. -Mire, padrecito... He ido ya a cinco sitios y en ninguno me la han querido siquiera aceptar. Tenía ya

perdida la cabeza cuando Boris Matveich, mi yerno, me aconsejó que viniera a verle a usted... «Tiene usted, mamaíta -me

dijo- que dirigirse al señor Schipuchin. Es una persona de mucha influencia y podrá arreglárselo todo...» ¡Ayúdeme,

excelencia!

SCHIPUCHIN. -Nosotros, señora Merchutkina, no podemos hacer nada por usted. ¡Compréndalo!... Su marido, por lo

que he podido deducir, trabajaba en una institución médico-militar..., mientras que la nuestra es de carácter particular...,

comercial... Esto es un Banco... ¿Cómo va, a ser posible que no lo comprenda?

MERCHUTKINA. -Excelencia... Tengo un certificado del médico que demuestra que mi marido estaba enfermo. Aquí lo

tiene. Sírvase leerlo.

SCHIPUCHIN. (Ligeramente irritado.) Magnífico... Lo creo, pero le repito que este asunto no tiene la menor relación con

nosotros. (Tras el escenario resuena la risa de TATIANA ALEKSEEVNA; luego, otra masculina. Con una ojeada a la

puerta.) ¡Ya está ahí molestando a los empleados! (A MERCHUTKINA.) ¡Resulta extraño y hasta ridículo! ¿Será posible

que su marido no sepa a quien tiene que dirigirse?

MERCHUTKINA. ¡Él no sabe nada, excelencia!... No hace más que decirme: « ¡Estas cosas a ti no te importan! ¡Largo

de aquí!...» Y se acabó...

SCHIPUCHIN. -Le repito, señora, que su marido estaba empleado en una institución médico-militar..., y que esto es un

Banco..., una empresa privada..., comercial...

MERCHUTKINA. -No digo que no...; no digo que no... Le comprendo, padrecito... Pero ¡en ese caso, excelencia, mande

que me paguen por lo menos quince rublos!... ¡Me conformo con no cobrarlo todo de una vez!

SCHIPUCHIN. -(Suspirando.) ¡Uf!...

JIRIN. -Andrei Andreich... Así no terminaré nunca la Memoria.

SCHIPUCHIN. -Ahora mismo. (A MERCHUTKINA.) ¡Es imposible hacerle a usted comprender!... ¡Entienda de una vez

que dirigirse a nosotros con una solicitud de ese género es tan impropio como, por ejemplo, presentar una demanda de

divorcio en una farmacia! (Se oyen unos golpecitos en la puerta, y después la voz de TATIANA ALEKSEEVNA

diciendo: «¿Se puede entrar?»... SCHIPUCHIN alza la voz.) ¡Espera, querida!... ¡Ahora mismo!... (A MERCHUTKINA.)

A usted, señora, no le han pagado, pero nosotros celebramos hoy aquí un aniversario y estamos ocupados... De un

momento a otro puede entrar alguien...

MERCHUTKINA. -¡Tenga compasión de mí, pobre huérfana!... ¡Excelencia!... ¡Soy una mujer débil..., indefensa!... ¡Me faltan las fuerzas!... ¡Todo lo tengo que hacer yo!... ¡Los juicios con los huéspedes, los asuntos de mi marido y de mi

casa..., y ahora, para colmo, mi yerno está sin trabajo!

SCHIPUCHIN. -Señora Merchutkina... ¡Yo!... No, perdón... ¡No puedo seguir hablando con usted!... ¡Hasta la cabeza me

da vueltas!... ¡Nos molesta usted y pierde el tiempo en balde!... (Aparte y suspirando.) ¡Vaya zoquete!... (A JIRIN.)

¡Kusma Nikolaich! ¡Explíqueselo, por favor, a la señora Merchutkina!... (Hace un gesto de impaciencia y entra en la sala

de empleados.)

JIRIN. -(En tono severo.) ¿Qué se le ofrece?

MERCHUTKINA. -¡Soy una mujer débil..., indefensa!... ¡Quizá parezca fuerte, pero, si se me mira detenidamente, se

verá que no hay en mí un tendoncito sano! Apenas si me sostienen los pies. ¡He perdido el apetito! ¡Hoy me he bebido el

café sin pizca de ganas!

JIRIN. -Le estoy preguntando que qué se le ofrece, señora.

MERCHUTKINA. ¡Mande, padrecito, que me paguen quince rublos!... ¡El resto, si quieren, pueden dármelo aunque sea

dentro de un mes!

JIRIN. -Ya se le ha dicho a usted con toda claridad que esto es un Banco.

MERCHUTKINA. -Así será... Así será... Pero, si es necesario, puedo presentar un certificado del médico.

JIRIN. -¿Eso que lleva usted sobre los hombros, es una cabeza o qué?

MERCHUTKINA. -¡Lo que yo le pido, querido, es conforme a la ley!... ¡No quiero nada de nadie!

JIRIN. -Yo le pregunto: «Madame»..., ¿eso que lleva usted sobre los hombros, es o no es una cabeza?... ¡Qué diablos! ¡No

tengo el tiempo para perderlo hablando con usted! ¡Estoy ocupado! (Señalando a la puerta.) ¡Tenga la bondad!...

MERCHUTKINA. -(Asombrada.) Y del dinero..., ¿qué?

JIRIN. -¡En una palabra: que lo que lleva sobre los hombros no es una cabeza, sino... (Dando con el dedo unos golpecitos

en la mesa y llevándoselo después a la frente) esto!

MERCHUTKINA. -(Ofendida.) ¿Cómo?... ¡Vaya!... ¡Eso se lo haces, si quieres, a tu mujer!... ¡Yo soy la esposa de un

Secretario Regional..., conque cuidado conmigo!...

JIRIN. (Acalorándose y con voz contenida.) ¡Fuera de aquí!

MERCHUTKINA. ¡Ojo! ¡Mira bien lo que haces!

JIRIN. -(Con voz estrangulada.) ¡Si no sales en este mismo instante, mandaré llamar al portero!... ¡Fuera!.. (Patalea.)

MIRCHUTKINA. -¡Nada, nada!... ¿Crees, acaso, que te tengo miedo?... ¡Valiente mamarracho!

JIRIN. -¡Me parece no haber conocido en toda la vida ser más repugnante!... ¡Uf!... ¡Si hasta se me ha subido la sangre a

la cabeza!... (Con respiración fatigosa.) ¡Otra vez te lo digo!... ¿Me oyes?... ¡Si no te marchas de aquí, vieja chocha..., te

haré polvo!... ¡Tengo tal carácter, que podría llegar a dejarte inválida para toda la vida!... ¡Podría cometer un crimen!

MERCHUTKINA. ¡Se te va la fuerza por la boca! ¡No te tengo miedo!... ¡Así que no he visto a otros como tú!

JIRIN. -(Con desesperación.) ¡No puedo soportar su presencia!... ¡Me encuentro mal!... ¡No puedo!... (Dirigiéndose a la

mesa, se sienta ante ella.) ¡Han dejado que el Banco se llenara de mujeres y ya no hay manera de escribir la Memoria!...

¡Me es imposible!...

MERCHUTKINA. -¡No pido nada que no me pertenezca!... ¡Lo que pido es mío según la ley!... ¡Valiente

desvergonzado!... ¡Estar dentro de una oficina y con los «valenkii» puestos!... ¡Mujik!... (Entran SCHIPUCHIN y

TATIANA ALEKSEEVNA.)

TATIANA ALEKSEEVNA. -(Que viene siguiendo a su marido.) Fuimos a la fiesta de Berejnitzkii... Katia llevaba un

vestido de «foulard» azul celeste, adornado de encaje fino y con el cuellecito descubierto. Le sentaba muy bien el peinado

alto que yo misma le hice. ¡Después de peinada y de vestida, estaba hecha un encanto!...

SCHIPUCHIN. (Ya con jaqueca.) ¡Sí, sí!... ¡Un encanto!... ¡Pueden entrar de un momento a otro!...

MERCHUTKINA. -¡Excelencia!...

SCHIPUCHIN. -(Con voz apagada.) ¿Qué hay? ¿Qué desea?

MERCHUTKINA. -¡Excelencia! (Señalando a JIRIN con el dedo.) ¡A ese que se pegaba en la frente y daba luego en la

mesa, le había mandado usted que arreglara mi asunto y lo que hace es burlarse de mí!... ¡Soy una mujer débil...,

indefensa!...

SCHIPUCHIN. -¡Bien, señora!... ¡Yo lo resolveré!... ¡Haré las gestiones necesarias; pero váyase! ¡Después!... (Aparte.)

Siento venir el ataque de gota.

JIRIN. -(Acercándose a SCHIPUCHIN y bajando la voz.) Andrei Andreich... Mande a buscar al portero y que la eche. ¡Es

ya inaguantable!

SCHIPUCHIN. -(Asustado.) ¡No, no!...¡Se pondrá a chillar, y esta casa tiene muchos pisos!

MERCHUTKINA. -¡Excelencia!

JIRIN. -(Con voz llorosa.) Pero ¡yo tengo que escribir la Memoria! ¡No me quedará tiempo! (Volviendo a la mesa.) ¡No

puedo más! MERCHUTKINA. -¡Excelencia!... ¿Cuándo voy a cobrar entonces el dinero?... ¡Lo necesito hoy!

SCHIPUCHIN. -(Indignado.) ¡Qué mujer más vil! (A ella en tono suave.) Señora... ¡Ya le he dicho que esto es un

Banco..., una institución de carácter privado..., comercial!...

MERCHUTKINA. -¡Hágame la merced, excelencia!... ¡Sea un padre para mí!... ¡Si no basta el certificado médico, puedo

darle también el de la comisaría!... ¡Mande que me paguen el dinero!

SCHIPUCHIN. -(Con un fatigoso suspiro.) ¡Uf!

TATIANA ALEKSEEVNA. -(A MERCHUTKINA.) ¡Abuela!... ¡Le están diciendo que molesta!... ¡Qué especial es

usted!

MERCHUTKINA. -¡Bonita mía! ¡No tengo a nadie que pueda ayudarme en mis gestiones!... ¡Lo de que como y bebo es

solo un decir!... ¡Hoy me he bebido el café sin pizca de ganas!

SCHIPUCHIN. (Agotado, a MERCHUTKINA.) ¿Cuánto quiere usted que le den?

MERCHUTKINA. -Veinticuatro rublos con treinta y seis «kopeikas».

SCHIPUCHIN. -Bien... (Sacando veinticinco rublos de la cartera y entregándoselos.) Aquí tiene usted veinticinco...

¡Cójalos y márchese! (JIRIN tose, enfadado.)

MERCHUTKINA. -¡Tantas gracias, excelencia! (Se guarda el dinero.)

TATIANA ALEKSEEVNA. (Sentándose junto a su marido.) A todo esto, ya es hora de que me vaya a casa. (Mirando el

reloj.) Sólo que todavía no he terminado. Acabo en un momento y me voy... ¡Ay, lo que pasó!... ¡Lo que pasó!... Fuimos,

como te decía, a la fiesta de Berenjnitzkii... Estaba bastante bien..., animada..., aunque nada de particular. Naturalmente,

uno de los presentes era Grendilevskii, el suspirante de Katia... Pues bien..., yo ya había hablado con ella, habíamos

llorado juntas y la había convencido, por lo que, precisamente, en esa fiesta habló con Grendilevskii y le rechazó... Pero,

¡imagínate!... ¡Piensa!... ¡Todo se había arreglado lo mejor posible!... Tranquilizada mamá y salvada Katia, yo también

podía estar tranquila..., pero, ¿qué crees?... Momentos antes de la cena, cuando me paseaba con Katia por la alameda..., de

pronto... (Excitándose), oímos un tiro... ¡No!... ¡No puedo hablar de esto con sangre fría!... (Abanicándose con el

pañuelo.) ¡No..., no puedo!...

SCHIPUCHIN. -(Suspirando.) ¡Uf!

TATIANA ALEKSEEVNA. -(Llorando.) ¡Corremos hacia el cenador y allí..., allí..., encontramos al pobre Grendilevskii,

tendido en el suelo y con una pistola en la mano!...

SCHIPUCHIN. -¡No!... ¡No lo puedo soportar! (A MERCHUTKINA.) ¿Qué más quiere usted?

MERCHUTKINA. -¿No sería posible, excelencia, que usted gestionase el que mi marido ingresara otra vez en su trabajo?

TATIANA ALEKSEEVNA. -(Llorando.) ¡Se había disparado justamente al corazón! ¡Aquí!... ¡El pobre cayó al suelo sin

conocimiento!... ¡Katia se asustó muchísimo!... ¡Estaba allí tendido y pidiendo que llamaran al médico!... Éste vino pronto

y salvó al infeliz...

MERCHUTKINA. -¡Excelencia!... ¿Podrá mi marido volver a ocupar su puesto?

SCHIPUCHIN. -¡No!... ¡No lo podré soportar!... (Llorando.) ¡No lo podré soportar! (Tendiendo los brazos a JIRIN con

gesto desesperado.) ¡Echela de aquí! ¡Echela..., se lo suplico!

JIRIN. -(Avanzando hacia TATIANA ALEKSEEVNA.) ¡Fuera!

SCHIPUCHIN. -¡No!... ¡A esa no!... ¡A esta!... ¡A esta horrible mujer! (Señalando a MERCHUTKINA.) ¡A esta!

JIRIN. -(Sin comprender, a TATIANA ALEKSEEVNA.) ¡Fuera de aquí!

TATIANA ALEKSEEVNA. -¿Cómo?... Pero ¿qué le pasa? ¿Se ha vuelto usted loco?

SCHIPUCHIN. -¡Esto es terrible! ¡Soy un desgraciado!... ¡Echela! ¡Echela!

JIRIN. -(A TATIANA ALEKSEEVNA.) ¡Resultarás tullida! ¡Te haré trizas! ¡Cometeré un crimen!

TATIANA ALEKSEEVNA. -(Corriendo a escapar del alcance de JIRIN, que la persigue.) ¿Cómo se atreve?... ¡Qué

frescura!... (Gritando.) ¡Andrei! ¡Sálvame! ¡Andrei!... (Lanza un chillido.)

SCHIPUCHIN. -(Corriendo a su vez tras ellos.) ¡Paren! ¡Se lo suplico! ¡Silencio! ¡Tengan compasión de mí!

JIRIN. -(Emprendiéndola contra MERCHUTKINA.) ¡Fuera de aquí! ¡Cogedla! ¡Sacudidla!

SCHIPUCHIN. -(Gritando.) ¡Basta ya! ¡Se lo ruego! ¡Se lo suplico!

MERCHUTKINA. -¡Ay de mí! ¡Socorro! (Lanza un chillido.)

TATIANA ALEKSEEVNA. -(Gritando.) ¡Auxilio! ¡Auxilio!... ¡Ay!... ¡Me desmayo! (De un salto se sube a una silla,

cayendo luego en el diván, donde permanece gimiendo, como víctima de un desvanecimiento.)

JIRIN. -(Persiguiendo a MERCHUTKINA.) ¡Pegadla! Zurradla!...

MERCHUTKINA. ¡Ay de mí!... ¡Se me nubla la vista!... ¡Ay!... (Cae en brazos de SCHIPUCHIN. Se oyen unos

golpecitos dados contra la puerta y una voz que, detrás del escenario, anuncia: «¡La Comisión!»)

SCHIPUCHIN. -¡La Comisión!... ¡La reputación!... ¡La ocupación!...

JIRIN. -(Pataleando.) ¡Diablos! ¡Fuera de aquí! (Remangándose.) ¡Que me la traigan! ¡Soy capaz de llegar al crimen!

(Entra en la estancia la Comisión, compuesta por cinco individuos, todos vestidos de frac. Uno de ellos sostiene en las manos un pergamino encuadernado en terciopelo y otro un jarrón. Por la puerta de la sala inmediata asoman los

empleados. TATIANA ALEKSEEVNA está echada sobre el diván. MERCHUTKINA descansa en los brazos de

SCHIPUCHIN. Ambas exhalan ligeros gemidos.)

UNO DE LOS DIRECTIVOS. -(Comenzando a leer en voz alta.) «¡Estirnado y querido Andrei Andreevich!... ¡Echando

una ojeada retrospectiva sobre el pasado de nuestra empresa financiera y recorriendo con la mente la historia de su

paulatino desarrollo, recogemos una impresión sumamente satisfactoria!... ¡Cierto que en sus primeros tiempos de

existencia, la modesta cuantía de su capital básico, la carencia de operaciones de importancia y lo indeterminado también

de sus fines..., ponían sobre el tapete la interrogación de «Hamlet»...«Ser o no ser»!... ¡Hubo un tiempo, inclusive, en el

que se alzaron voces en pro del cierre del Banco!... ¡He aquí, sin embargo, que viene usted a colocarse a la cabeza de la

empresa!... ¡Sus conocimientos, su energía y su peculiar tacto fueron para ella causa de éxito extraordinario y de raro

florecimiento!... ¡La reputación del Banco!... (Tosiendo.) ¡La reputación del Banco!...

MERCHUTKINA. (Entre gemidos.) ¡Ay!...

TATIANA ALEKSEEVNA. ¡Agua!

EL DIRECTIVO. (Prosiguiendo la lectura.) «¡La reputación!... (Tosiendo.) ¡La reputación del Banco ha sido elevada por

usted a tal altura, que hoy en día nuestra empresa está en condiciones de competir con las mejores del extranjero!...»

SCHIPUCHIN. La comisión... La reputación... La ocupación... «Una vez... sostenían dos amigos, andando al anochecer,

muy seria conversación» (3)... «¡No digas que está mi juventud perdida!... ¡Deshecha por mis celos!»...

EL DIRECTIVO. (Prosiguiendo, azarado.) ¡Después!... ¡Fijando en el presente una mirada objetiva..., nosotros...,

estimado y querido Andrei Andreevich!... (Con voz que se apaga.) En ese caso..., volveremos más tarde... Mejor será que

volvamos más tarde... (Salen todos, presas de azaramiento. Telón.)

Aniversario

Anton Chejov ; traducción de Manuel Puente y G. Podgursky

 

 

LA AUDICION

Chejov

 

NOTA : Aunque el sentido queda perfectamente claro, creo que para el público en general el título no les dirá nada en su

traducción. Creo que se debería buscar otro título y propongo “La Actriz” o “La Prueba”.

VOZ : (La del Escritor) La siguiente por favor. La siguiente actriz. (Entra una muchacha joven y camina hasta el centro

del escenario. Se le ve muy nerviosa y se aferra a su cartera en busca de seguridad. No sabe hacia donde mirar ni como

comportarse. Esta es sin duda su primera Audición. Valerosamente trata de sonreír y de dar una buena impresión. Tiene

un pañuelo en su mano y constantemente se enjuga de sudor de su ardiente frente.)

VOZ : Nombre…

JOVEN : (No entiende la pregunta) ¿Qué?

VOZ : Su nombre.

JOVEN : Oh, …Nina.

VOZ : ¿Nina? ¿Eso es? ¿Solamente Nina?

JOVEN : Sí, señor….No, señor…..Nina Mikhailovna Zarechnaya.

VOZ : Edad.

JOVEN : ¿Mi edad?

VOZ : Sí, por favor….Eso significa , ¿Cuántos años tiene?

JOVEN : (Piensa) ¿De cuántos años es la actriz que necesita?

VOZ : ¿No podría limitarse a responder tan sólo la pregunta?

JOVEN : Sí, pero quiero que usted sepa que puedo aparentar la edad que usted desee…Dieciséis, treinta…En el colegio

representé a una anciana de setentiocho años de edad y con reumatismo. Y todo el mundo me dijo que había estado

bastante convincente. Hasta me lo dijo una mujer reumática de setenta y nueve años de edad.

VOZ : Sí, pero yo no ando buscando a una mujer reumática de setentiocho años. Necesito una joven de veintidós años…

¿Me dice su edad ahora?

JOVEN : Veintidós, señor.

VOZ : ¿En verdad? Yo le había calculado unos veintisiete o veintiocho.

JOVEN : Tengo un resfrío muy fuerte, señor. Me hace aparentar mas edad. El año pasado cuando tuve la influenza el

doctor creyó que tenía treintinueve. Le prometo que puedo aparentar veintidós cuando Ud. lo necesite, señor.

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(Se pasa el pañuelo por la frente)

VOZ : ¿Tiene temperatura?

JOVEN : Sí, señor…Ciento tres…

VOZ : ¡Por Dios! Qué hace usted caminando en este invierno mortal con ciento tres grados de temperatura. Váyase a

casa, hija y a la cama. Puede volver en otra oportunidad.

JOVEN : Por favor, no señor. He esperado seis meses para venir a esta audición y tres meses más para quedar en la lista

de los seis meses de espera. Si me ponen al final de esa lista nuevamente tendré que esperar otros seis meses y para

entonces ya habré cumplido los veintitrés y será muy tarde para tener veintidós. Por favor déjeme leer, señor. Ya me estoy

sintiendo mucho mejor (Se toca la frente) No creo que tenga más de ciento uno ahora.

VOZ : Puedo ver que tiene el corazón puesto en ser actriz.

JOVEN : Mi corazón, mi alma, mi propia respiración, los huesos de, mi cuerpo, la sangre en mis venas.

VOZ : Sí, sí. Ya hemos tenido suficientes informaciones de su historia clínica. Pero quisiera saber qué experiencia ha

tenido usted.

JOVEN : ¿Como qué?

VOZ : Bueno, por ejemplo en lo que hemos estado discutiendo. Actuación. ¿Ha tenido experiencia actuando?

JOVEN : Quiere decir, ¿en un escenario?

VOZ : Ese es un lugar tan bueno como otro cualquiera.

JOVEN : Bueno, estudié actuación durante tres años con madame Zoblienska.

VOZ : ¿Enseña aquí en Moscú?

JOVEN : No. En mi colegio…En Odessa….Pero ella fue una gran actriz.

VOZ : ¿Aquí en Moscú?

JOVEN : No. En Odessa.

VOZ : Entonces usted no es más que amateur.

JOVEN : En Moscú sí, señor. En Odessa soy profesional.

VOZ : Todo eso está muy bien, pero resulta que necesitamos una actriz profesional de veintidós años en Moscú. Odessa,

aunque es una ciudad encantadora, teatralmente hablando no es Moscú. Le recomiendo que adquiera mas experiencia y

tome algunas aspirinas.

JOVEN : ¿En Moscú?

VOZ : No. En Odessa.

JOVEN : (Comienza a irse pero se detiene) He debido viajar cuatro días para llegar hasta aquí, señor. ¿Por qué no me

escucha leer?

VOZ : Mi querida niña, eso es muy irregular…

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JOVEN : Aunque no llegara a emplearme, el sólo hecho de leer para usted será un recuerdo que atesoraré por el resto de

mis días…Si me permite ser tan descarada, señor; pienso que usted es uno de los más grandes autores vivientes en toda la

Rusia.

VOZ : ¿Verdad? Es usted muy amable…Quizás disponga de algunos minutos…

JOVEN : He leído casi todo lo que ha escrito…Los artículos, los cuentos. (Se larga a reír) Me encanta ese acerca del (Ríe

con mas ganas) Ese acerca de (Ríe descontrolada) Oh, Dios. Cada vez que me acuerdo no me puedo controlar…

VOZ : (Riendo también) ¿En verdad? ¿Es cierto? ¿Y qué cuento es ese?

JOVEN : (Aun riéndose) La… “La muerte del Escribiente”. Oh, Dios mío. Me reí durante días.

VOZ : ¿ “La muerte del Escribiente”? …No me recuerdo de…¿De qué trata?

JOVEN : Cherdyakov…El estornudador….El salpicador.

VOZ : Ah, si. ¿Y usted lo encontró divertido? Extraño. Quise escribir algo triste.

JOVEN : Y era triste. Lloré durante días…Era tragi-cómico.

VOZ : ¿Lo cree en verdad?… ¿Y de todo lo que ha leído cual es su favorito?

JOVEN : ¿Mi favorito? …¿El que me gusta mas?

VOZ : Sí. ¿Cual es?

JOVEN : “La Guerra y la Paz” de Tolstoy.

VOZ : Yo no escribí eso.

JOVEN : Lo sé, señor. Pero usted me preguntó por mi favorito.

VOZ : Bien. Al menos usted es una pequeña honesta…Es refrescante. Irritante pero refrescante. ¿Y ahora que es lo que

piensa leer para mi?

JOVEN : Me gustaría leer de “Las Tres Hermanas”.

VOZ : ¿Ah, si? …¿Cual hermana?

JOVEN : Todas…si usted dispone del tiempo…

VOZ : ¿Todas? ¡Santo Cielo! ¿Y por qué no lee toda la obra mejor?

JOVEN : Oh, gracias, señor. Me la conozco de memoria. Acto primero…. (Mira hacia arriba) “Un salón en casa de

Prozorovs. Es medio día. Un brillante sol penetra por las ventanas francesas.”

VOZ : ¡Eso no es necesario! Bastará con que recite un trozo, por favor.

JOVEN : Sí, señor. Entonces me gustaría presentar el último momento de la obra.

VOZ : Magnífico. Eso no demorará mucho. En cuanto esté lista.

JOVEN : Estoy lista desde hace seis meses y sin contar los tres meses…

VOZ : ¡Comience!, por favor.

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JOVEN : Sí, señor. Gracias, señor. (Se aclara la garganta y se acuerda de algo en el momento en que va a comenzar) Ah,

señor. ¿Podría usted entonar el “Tarara bum…ba. Tarara bum…ba”?

VOZ : Por supuesto que no. ¿Por qué habría de tararear algo tan estúpido?

JOVEN : Usted lo escribió, señor. Cheputykin lo tararea al final de la obra. Me ayudaría enormemente si usted lo repitiera

sólo una vez. He esperado seis meses, señor. Caminé todo el trayecto desde Odessa…

VOZ : Está bien, está bien. Ahora, ¿está lista?

JOVEN : Sí, señor.

VOZ : Tarara bum…ba…Tarara bum…ba.

JOVEN : Y Masha dice, “Oh, escuchen esa música. Ellos se van. Uno ya ha partido para siempre y nos dejan solas para

que recomencemos nuestras vidas por completo. Tenemos que vivir…Tenemos que vivir…” E Irina dice, “Llegará el día

en que todo el mundo sabrá para lo que sirve todo esto (Recita mucho mejor de lo esperado) …el sentido de tanto

sufrimiento, y ya no habrá misterio; pero mientras tanto tenemos que vivir… tenemos que trabajar, solamente trabajar.

Mañana iré sola y comenzaré a enseñar en la escuela. Dedicaré toda mi vida a aquellos que la necesiten… Ahora es otoño

y pronto se dejará caer el invierno cubriéndolo todo con nieve, pero yo continuaré trabajando, trabajando…” ¿Termino?

VOZ : (Muy suave) Por favor.

JOVEN : Y Olga dice, “La música suena tan alegre, tan valerosa que invita a vivir. Oh, Dios mío! Pasará el tiempo y nos

habremos ido para siempre. Nadie se acordará de nosotras. Se olvidarán de nuestras caras, de nuestras voces y ni

recordarán cuantas éramos. Pero nuestros sufrimientos se convertirán en alegría para quienes vendrán después que

nosotras. La paz y la felicidad imperarán sobre la tierra y ese día deberán pensar con cariño y bendecir a quienes vivimos

ahora. Oh, queridas hermanas… pareciera que con un poquito mas llegaríamos a saber para qué vivimos y para que

sufrimos…Si tan sólo supiéramos, si tan sólo supiéramos…” (Un momento de absoluto silencio) Gracias, señor. Eso es

todo lo que deseaba….Me ha hecho usted muy feliz…Dios lo bendiga, señor.

(Ella se retira. El escenario queda desierto)

VOZ : (Suavemente) ¿Quiere alguien salir a alcanzarla antes de que se vuelva caminando hasta Odessa?

LUCES BAJAN LENTAMENTE

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“CIRUGIA”

Chejov

 

ESCRITOR : ¡Esperen! Nuevamente para aquellos que se sienten ofendidos por la crueldad de la vida, existe una

alternativa de final…. Julia se encontraba tan furiosa por el tratamiento injusto y cruel que había recibido, que

inmediatamente renunció al empleo y regresó a casa de sus pobres padres en donde heredó cinco millones de rublos.

Tengo la intención de escribir un día un libro conteniendo treinta y siete cuentos cortos. Todos con el mismo final. Me

encanta. Ustedes saben que se afirma que el hombre es la única criatura capaz de reír y que esa facultad es la que nos

separa de las formas más bajas de vida… Sin embargo cabe preguntarse sobre esta teoría, cuando uno analiza algunas

causales de nuestra risa. El dolor, por ejemplo. No hay para que decir que el dolor no causa risa. Salvo, naturalmente que

sea otra persona la que sufra. ¿Por qué la vista de un hombre lamentándose de dolor en la agonía que le produce el

absceso en un diente que le ha agrandado la encía al porte de una naranja, es divertido? No lo puedo comprender. No es

nada de divertido. Pero en la aldea de Astemko, donde tienen pocas oportunidades de entretenerse, un hombre con dolor

de muelas puede cosquillearles durante semanas. Naturalmente que, Sergei Vonmiglasov, el sacristán, no encontró en

absoluto humorística la situación…

(Las luces caen sobre la sala de cirugía. En un extremo hay una silla y en el otro una mesa con variado instrumental

médico. Entra el sacristán Vonmiglasov. Es un hombre grande y corpulento vestido con casaca y ancho cinturón. Es como

un cura en la iglesia rusa del pueblo. Una bufanda le envuelve la cabeza y se le ve la mandíbula hinchada. Cruza el

escenario gimiendo de dolor) Aunque al pasar por la aldea rumbo al hospital, sus lamentos y quejidos causaron más

risotadas que frases de consuelo. ¿No les habría causado aún mayor hilaridad de haber sabido que el buen doctor que

atiende normalmente los casos de extracciones se encontraba asistiendo a la boda de su hija y le reemplazaba su nuevo

asistente, Kuryatin, un vehemente estudiante, pero para mal del sacristán, sin experiencia?

(Durante este parlamento, Kuryatin, el asistente, se coloca una chaqueta de doctor no muy limpia y enciende un choco de

cigarro. Al entrar el sacristán, Kuryatin toma un gran libro que lleva por título una sola palabra “Dientes”.)

SACRISTAN : ¡Ohhh! ¡Ohhh! El dolor es insoportable… va más allá de lo que se puede resistir. Es intolerable.

KURYATIN : ¿Donde siente exactamente el dolor?

SACRISTAN : ¿Donde no lo siento? En todas partes. No es solamente el diente. Es todo el costado de la boca.

KURYATIN : ¿Desde cuando viene sufriendo esta agonía?

SACRISTAN : Diez años.

KURYATIN : ¿Diez años?

SACRISTAN : Desde ayer por la mañana me parecen diez años. Debo haber pecado gravemente para merecer esto. Dios

tiene que haber dejado a un lado todos sus otros asuntos para castigarme en esta forma. ¿Donde está el doctor?

KURYATIN : El doctor se encuentra ausente atendiendo asuntos personales. Dejó todo el cuidado de sus pacientes en mis

jóvenes y hábiles manos.

SACRISTAN : ¿Pero es usted doctor?

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KURYATIN : En todas sus formas con excepción del título… Soy un doctor que va a ser.

SACRISTAN : Entonces yo soy un paciente que no va a ser. Adiós. (Da media vuelta. y se queja)

KURYATIN : (Intentando convencerlo para que no se vaya) Le puedo asegurar que lo único que me impide llevar el

título de “Doctor” es la mera formalidad de un examen. Soy muy diestro pero me falta el pergamino. Le ruego por favor

que me de esta oportunidad. Haga el favor de sentarse en la silla, padre.

SACRISTAN : (Va hacia la silla) ¡Los Cielos me protejan hoy día! (Se sienta) ¡¡Ayyyy!!… Duele hasta al sentarse.

KURYATIN : Sin duda los nervios deben de estar inflamados. Una vez removido, el dolor cesará.

SACRISTAN : ¿Va a remover los nervios?

KURYATIN : El diente que está conectado al nervio. Un caso de cirugía simple…

(Lanza una bocanada de humo al rostro del sacristán)

SACRISTAN : El cigarro.

KURYATIN : ¿Qué?

SACRISTAN : Me está quemando los ojos con el cigarro.

KURYATIN : Lo lamento. ¿Prefiere que lo apague? Solo fumo para calmar mis nervios.

SACRISTAN : Fúmeselo. Fúmese el cigarro entero.

KURYATIN : Gracias. (Comienza a desatar la bufanda y al no lograrlo, toma un par de tijeras del bolsillo de su chaqueta

y dando un tirón a la bufanda la corta con rapidez. El sacristán grita de dolor ¡Ayyyyyyy!) Ahí estamos… Ahora veamos

lo que hay aquí.

SACRISTAN : (Poniendo sus manos en alto) Rezo por usted… Rezo a los santos y a nuestro querido Señor en el cielo…

Sea gentil conmigo. Evíteme el dolor.

KURYATIN : Mi querido sacristán… Vivimos en una era de avanzada tecnología científica. Con manos diestras ya no

hay cabida para el dolor. Si gentileza es lo que pide, gentileza es lo que obtendrá… ¿Estamos listos? (El sacristán asiente)

¡Magnifico! Ahora por favor abra la boca para que yo pueda examinarlo. (El sacristán se pone tieso) Vamos, vamos…

Abra la boca por favor. (El sacristán se aferra a la silla y se rehusa a abrir la boca) Mi querido sacristán, inexperto como

soy, al menos sé que es esencial que usted ahora abra la boca. Es primordial, para todo trabajo concerniente a la boca,

abrirla primero. Sería prácticamente imposible para mi tirar del diente desde el exterior. Ahora, por favor abra la boca. (El

sacristán entreabre los labios, pero mantiene los dientes apretados) Los labios no, Tiene que abrir la boca entera. No es

para cepillarle los dientes. Es para examinarlos.

SACRISTAN : ¿Va a ser gentil?

KURYATIN : ¿No se lo prometí?

SACRISTAN : De niño se me prometieron muchas cosas que jamás recibí.

KURYATIN : Esta parte de la intervención no es dolorosa. Esta fase consiste en un examen para descubrir lo que hay que

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hacer. ¡¡Abra de una vez!! (El sacristán abre la boca) Muy bien. Ahora vamos a ver. (Kuryatin atisba hacia el interior. El

sacristán gime de dolor) Ah, si. Ahí está. Ese es el monstruito… Te descubrí, malulo.

SACRISTAN : Hasta cuando va a hablar con él. Sáquelo de una vez en lugar de entablar amistad con él.

KURYATIN : No me apresure. Estoy considerando… Su diente tiene un orificio tan grande que podría pasar por él un

caballo con coche y todo. (Se tapa la boca en señal de disgusto por lo que ve)

SACRISTAN : ¿Qué pasa?

KURYATIN : Llega a ser repugnante mirarlo… Pero si esta va a ser mi profesión es mejor que me vaya acostumbrando a

estas cosas. Bien, vamos a intentarlo.

SACRISTAN : Sea gentil conmigo.

KURYATIN : Seré suave como su propia madre.

SACTISTAN : Mi madre no me quería. Tiene que ser más suave.

KURYATIN : Primero voy a ver cuan vivo se encuentra el nervio… “suavemente” voy a soplar en el diente. ¿Está bien?

Permítame un instante… (Se aparta a un lado y prueba la fuerza de varios soplidos en su mano. Satisfecho vuelve al lado

del sacristán) Ahora veremos. (Se acerca a la boca abierta del sacristán lo mas que puede y luego lanza un soplo

directamente al diente. El grito que lanza el sacristán es desgarrador) Puedo informarle que el nervio se encuentra

expuesto y muy vivo.

SACRISTAN : ¿Soplar en los dientes es una demostración del avance de la tecnología de la ciencia?

KURYATIN : (Yendo hacia mesa) Los estudios están aún inconclusos. Todavía queda mucho trabajo que desarrollar en

este campo. Mucho depende de la temperatura del aliento del doctor… Ahh. Esto servirá. (Elige un forceps) (Forceps en

el original. Imagino que lo habrá hecho para darle mayor comicidad. De otro modo sería “Pinzas o Tenazas”)

SACRISTAN : ¿Qué piensa hacer con eso?

KURYATIN : Tengo que tironear del diente. Estará fuera mas rápido de lo que usted puede escupir. (Vuelve hacia la silla)

SACRISTAN : (Persignándose) Oh, Dios misericordioso….

KURYATIN : La cirugía en esto no vale. Aquí sólo hace falta una mano firme. ¡Abra!

SACRISTAN : (Cantando como en misa) Oremus por usted. Que el Altísimo ilumine su espíritu. Sea su voluntad darle

salud y rapidez… Sobre todo rapidez.

KURYATIN : (Cantando) Aaa-men.

SACRISTAN : (Concluyendo su cántico) Aaa-men.

KURYATIN : (Aprovechando que el sacristán tiene la boca abierta con el canto, se la mantiene abierta) Esto va a ser

fácil. Hay dientes que salen firmes, pero eso es cuando tienen raíces profundas… Espero que en sus plegarias haya rogado

por raíces superficiales. Bueno, aquí vamos. (Ya va a ponerse a trabajar en el interior cuando el sacristán lo coge por la

muñeca) No me sujete. No me tome la mano. ¡Suélteme, suélteme le digo! (El sacristán lo suelta) (Kuryatin va a poner

nuevamente el instrumento en la boca del sacristán cuando este otra vez lo toma por la muñeca) Otra vez me ha tomado la

mano. Si voy a sacarle el diente necesito mi mano. Suélteme. (El sacristán no lo suelta) Si no me suelta la mano voy a

arrancarle un dedo con estos forceps. (El sacristán no afloja, por lo que Kuryatin lo golpea en los nudillos con el forceps.

El sacristán retira su mano adolorida) Así está mejor. Lo intentaré nuevamente. (El sacristán abre la boca y Kuryatin logra

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introducir el forceps en la boca) Bien. Bien. No se retuerza… tranquilo… Se está retorciendo otra vez… Lo importante es

tomarlo bien firme por la base para que no se nos quiebre la corona…

SACRISTAN : ¡Ohhhh….Ohhhhhhhhhh! (Cierra la boca)

KURYATIN : (Forzando al sacristán a abrir la boca, logra introducirle nuevamente el forceps) Ahora sí. Esta vez agarré

bien firme al pequeño monstruo. Bien. Ahora haga lo que haga, no me vaya a tomar la mano. Bastantes dificultades voy a

tener con su diente para que usted interfiera. Quieto ahora. Cuando diga tres…Uno…Dos…Tres.

(Y Kuryatin tira, tira y tira. El diente no afloja y el sacristán comienza a resbalarse del asiento. Kuryatin sigue tironeando

pero solo consigue arrastrar tras él al sacristán. No solo fuera de la silla… Al suelo…. De un lado al otro… Al costado

opuesto de la habitación… Y finalmente logrado el objetivo de extraer el diente en medio de los alaridos y quejidos del

sacristán)

SACRISTAN : ¡¡¡¡Aaaaaaaayayayayyyyyyyyyy!!!!

KURYATIN : (Cayendo hacia un lado, victorioso) ¡Lo tengo! ¡Lo tengo! Harto tironié, pero lo saqué. ¡Mi primer diente!

SACRISTAN : Espero que lo tironeen hacia el otro mundo en igual forma. (Se toca la cara)

KURYATIN : (Mirando el forceps) ¡Ah, lo sabía! La corona se quebró. Todavía tiene las raíces dentro. ¡Que lío va a ser

esto! Yo le advertí que no se retorciera.

SACRISTAN : (Aun tendido en el suelo) ¡Carnicero! ¡Carpintero! Usted es la venganza de Dios por mis pecados.

Comparado con usted mi dolor de muelas era una alegría.

KURYATIN : ¡Campesino ignorante! Solamente hay una cosa mas dura que las raíces de ese diente y esa es el cerebro

que hay dentro de su cabeza. (Se levanta y avanza hacia el sacristán) Ahora vuelva a la silla. Nuestro negocio se encuentra

inconcluso.

SACRISTAN : (Habiéndose puesto de pie, comienza a retroceder para alejarse de él) Manténgase lejos de mi, ¡brujo! Si

llega a colocar sus dedos en mi boca será la primera comida sólida que habré probado esta semana. (El sacristán se lanza

hacia la puerta para encontrar que Kuryatin se le ha anticipado en llegar y que le bloquea el paso)

KURYATIN : Usted no abandonará este lugar antes de que le haya sacado esas raíces. Es una cuestión de orgullo

profesional. (El sacristán huye de él. Kuryatin lo persigue. Habiendo logrado que Kuryatin se aleje de la puerta, el

sacristán corre hacia ella perseguido y ganado por Kuryatin…Exhaustos, ambos se deslizan hacia el piso, muy juntos el

uno del otro y demasiado cansados para moverse.)

SACRISTAN : Me doy por vencido…

KURYATIN : Y yo he fallado en el cumplimiento de mi deber.

SACRISTAN : Ven, hijo mío. Recemos juntos por un milagro. (El sacristán logra ponerse de rodillas y se arrastra para

ayudar a Kuryatin a arrodillarse. Ambos juntando las manos dirigen sus miradas hacia arriba y oran) Querido Señor que

estás en los cielos….

KURYATIN : Oh Dios en las alturas…

SACRISTAN : Te suplico por este buen doctor…

KURYATIN : Te ruego por esta pobre criatura… (Las luces comienzan a bajar)

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SACRISTAN : Mantén su mano firme….

KURYATIN : Mantén su boca abierta…

(Las luces continúan bajando muy lento)

SACRISTAN : No le dejes flaquear…

KURYATIN : No le dejes morderme.

SACRISTAN : ¡Ave María!

KURYATIN : ¡Ave María!

SACRISTAN : ¡Ave María!

KURYATIN : ¡Ave María!

SACRISTAN : ¡Ave María!

KURYATIN : ¡Ave María!

 

 

 

“EL ARREGLO”

Chejov

 

(Al encenderse las luces nos encontramos en un muelle. El Escritor entra y se dirige al público)

 

ESCRITOR : Esta narración retrocede muchos años, a cuando yo era joven….Tenía diecinueve años para mayor

exactitud…Y en materia de amor no es que hubiera aprendido poco, ni siquiera había asistido a clases. Era tan inocente y

tímido que realmente pensaba que desde los comienzos del tiempo, ninguna mujer se había desnudado completamente.

Sobre la felicidad conyugal no me atrevía a pensar. Y sobre el embarazo había decidido que era causado por un fuerte

apretón de manos que el marido daba a su mujer antes de ir a acostarse… Es mejor que no les siga contando. Pero mi

padre era un tipo maravilloso, de ideas muy liberales. Con ocasión de cumplir los diecinueve años decidió iniciarme en

los misterios del amor. Como también era un hombre económico, decidió acompañarme para regatear y para ver que no se

fueran a aprovechar de mi inexperiencia…Les encarezco que vean en mi a mi muy querido padre… (Llama hacia un lado)

¡Antosha! ¡Antosha! ¿Dónde estás?…No te quedes ahí en la oscuridad tiritando como un cachorro. Ven acá. Tenemos que

ir a terminar con esa adolescencia…

(Aparece el joven Anton con sus diecinueve años y mas nervioso que un cachorro, arrugando el sombrero en sus manos).

ANTON : No me siento bien, padre. Estoy enfermo.

PADRE : ¿Enfermo? ¿Enfermo? ¿Qué es lo que sientes?

ANTON : No he pensado en eso aún. Dame unos minutos.

PADRE : Miedo. No es mas que eso. Temor pubescente. Yo era igual a tu edad.

ANTON : Nunca pensé que hubieras sido de mi edad. Siempre te he tenido por mayor.

PADRE : ¿Qué edad crees que tenía cuando estuve con mi primera mujer?

ANTON : ¿Estuviste con una mujer, padre?

PADRE : Naturalmente que estuve con una mujer. Todos los hombre que pasan a ser padres han estado con una mujer en

algún momento de sus vidas.

ANTON : ¿La misma mujer?

PADRE : (Gritando) Ciertamente que no con la misma mujer. ¡Dios mío! ¿Nunca hablas de esos temas con amigos de tu

edad?

ANTON : Oh, sí. Todo el tiempo. Pero nos excitamos demasiado para poder escuchar.

PADRE : El hombre está obligado a llegar al matrimonio con ciertas experiencias en materia de amor…De otro modo se

pierden años muy valiosos andando a tientas.

ANTON : A mi no me importa perder algunos años en andar a tientas, padre.

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PADRE : Va todo incluido en el proceso de llegar a ser hombre, Antosha. Primero se aprende a caminar, luego se aprende

a hablar y ahora es tiempo de aprender esto.

ANTON : ¿Estás seguro, papá? En realidad yo no ando ni hablo tan bien que digamos.

PADRE : (Irritado) Antosha, no hay tiempo que perder. No se puede esperar a ser viejo para transformarse en un hombre

joven….¿Vas a entrar ahí y tener tu primera experiencia con una mujer o debo castigarte para ello?

ANTON : Papá…No pienso que vayamos a encontrar una mujer con valores morales por aquí.

PADRE : No estamos buscando una mujer con valores morales. Hay demasiadas mujeres con valores morales en el

mundo y es justamente por eso que tantos hombres con valores morales deben acudir a sitios como este….Bien,

prosigamos con nuestro asunto.

ANTON : ¿Puedo cogerte de la mano, papá?

PADRE : Por supuesto que no. No se puede entrar en un sitio como este, para convertirse en hombre, tomado de la mano

del padre….Antosha, no disponemos de todo el día. Tu madre nos espera de regreso en casa para eso de las nueve….Nos

queda exactamente una hora con diez minutos para que madures.

ANTON : ¿Quieres decir que le dijiste a mamá a donde veníamos?

PADRE : ¿Me crees tan insensato? Le dije que saldríamos a caminar para tomar un poco de aire fresco.

ANTON : ¿No entrará en sospecha cuando me vea regresar a casa hecho todo un hombre?

PADRE : No es algo que se note, Anton. No salen pintas rojas como en el sarampión… A lo más puedes tomar una

sonrisa maliciosa. Eso es todo…Bien, vamos.

ANTON : Padre…¿No hay otro medios para convertirse en hombre? Quiero decir… ¿No podría dejarme crecer el bigote?

PADRE : Antosha, dime la verdad. Si prefieres no seguir adelante con esto te llevaré de regreso a casa…

ANTON : (Asiente) Llévame a casa.

PADRE : Espera a que te lo pregunte. ¿Prefieres no seguir adelante con esto? Si tu respuesta es no, te llevaré a casa.

ANTON : Llévame a casa.

PADRE : Está bien, regresemos a casa…Te podrás meter en la bañera y jugar con tus botecitos a vela hasta que estés

preparado.

ANTON : ¿Te vas a enojar conmigo?

PADRE : No.

ANTON : ¿Te vas a sentir desilusionado de mi?

PADRE : No.

ANTON : ¿Te vas a sentir orgulloso de mi?

PADRE : No.

ANTON : Está bien. Lo haré.

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PADRE : Eres un gran muchacho, Antosha.

ANTON : ¿Y si me gusta, lo puedo hacer otra vez?

PADRE : No. Al traerte aquí no fue mi intención dejarte aquí. Que difícil es, Dios mío, ser un padre liberal. (Entra la

muchacha. Tiene pelo rojo encendido y un cigarrillo en la boca)

NINA : ¡Buenas, caballeros!

ANTON : ¡Oh, Dios!

PADRE : Control, hijo, control.

ANTON : Es ella….¿Ella es una de las profesoras?

PADRE : Por su aspecto debe ser la directora. Estamos de suerte, hijo. Es una niña de aspecto muy agradable. Iré a

ocuparme de tu matrícula…

ANTON : Papá….¿No podría tomar un curso por correspondencia?

PADRE : No. Espérame ahí y no te muevas. Volveré enseguida…Y no refuerzas el sombrero. Estas no son horas para

retorcer sombreros. (Va hacia la Nina) Buenas noches, señorita… Es una linda noche de abril. ¿No encuentra usted?

NINA : ¿Ya estamos en abril?… Como yo no salgo mucho…

PADRE : Es bien comprensible…Yo…este…Hace mucho tiempo que no trataba un negocio de esta naturaleza y deseo

hablar con usted de un asunto un tanto delicado…

NINA : Treinta rublos.

PADRE : ¿Tanto?… Treinta rublos es mucho dinero. Si se tratara de mi sería diferente, pero no es para mi. Es para mi

joven e inexperto hijo. Ese muchacho con pantalones a media pierna.

NINA : Siguen siendo treinta rublos, señor. Aquí no tenemos precios rebajados para niños.

PADRE : No, imagino que no. Pero treinta rublos es un poco…alto, para un muchacho de diecinueve años….¿No

consideraría quince rublos?

NINA : Por quince rublos puedo leerle Peter Pan, señor, pero nada más. Con su permiso. Esta noche llega un barco

noruego y tengo que ir a ponerme la peluca rubia.

PADRE : Espere. Hay una circunstancia que usted desconoce…Hoy es el cumpleaños de mi hijo y yo deseo obsequiarle

con algo bueno. ¿Qué me dice?

NINA : ¿Qué tal le parece un paraguas?

PADRE : En mis días mozos, hace ya treinta años, compartí los placeres con la niña mas encantadora de esta calle. Se

llamaba lika, la lechera…Recuerdo que sólo me costó diez rublos.

NINA : Aún vive aquí si la quiere. Ahora cobra solamente seis rublos.

PADRE : Por supuesto que no.

ANTON : ¡Papá! ¡Papá!

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PADRE : ¿Si?

ANTON : ¿Ya me matriculaste?

PADRE : En un minuto, hijo. Estamos discutiendo los últimos arreglos…. (A la Nina) Es realmente un joven

encantador…Es frágil y dulce. Sabe contar las historias más deliciosas…Estoy seguro que lo encontrará de lo mas

entretenido.

NINA : ¿No está trastocando los papeles, señor?

ANTON : Padre. Me está dando frío.

PADRE : Bueno… Corre y salta para arriba y para abajo. Ten un poco de paciencia. Si has esperado diecinueve años unos

minutos más no harán gran cosa… (A la Nina) Veinte rublos. Ni un kopecks más. Eso es todo lo que quiero gastar en su…

educación. Por favor. Hagámoslo por él.

NINA : (Lo mira y luego sonríe) Convenido. Es usted un padre bueno y amante, señor, y lo respeto por ello. Si yo hubiera

tenido un padre como usted, no habría terminado en las calles regateando con un padre como usted.

PADRE : (Intrigado) Lo que acaba de decir parece encerrar una lección o algo que no capté muy bien todavía… Entonces

arreglado por veinte rublos (Le da el dinero) Ah, y hay un pequeño servicio que le voy a pedir… Quiero que al terminar…

la velada, la fiesta; sea usted tan amable en decir: “Feliz cumpleaños de parte de papito”.

NINA : (Asiente) “Feliz cumpleaños de parte de papito”, ¿Quiere velitas también, señor?

PADRE : No creo que sea necesario, pero le ruego que sea dulce y suave con él… Muy suave, le encarezco… (Se seca los

ojos) Santos Cielos…Una lágrima…venir a llorar por esto.

NINA : Esperaré arriba. Segundo piso, primera puerta a la izquierda. Seré muy suave, señor.

PADRE : Gracias. Las niñas de ahora parecen ser mucho más comprensivas.

NINA : Permítame decirle que son los hombres como usted quienes me hacen sentir orgullosa de servir en mi profesión.

(Le besa una mano y se va).

PADRE : Habría sido espléndida nodriza… Antosha, estás matriculado. (Cruza hacia el muchacho) Listo, hijo. Veinte

rublos. Hay que saber regatear con esta gente. Bien, anda ya. Segundo piso, primera puerta a la izquierda. Yo te esperaré

aquí. No te apresures. (Anton se aleja un par de pasos y se detiene)

ANTON : Padre, ¿tengo que decirle algo?

PADRE : ¿Como qué?

ANTON : Como ¡hola!

PADRE : Sí. Hola estará bien y también le puedes decir ¡Adiós! Anda ahora. Te está esperando.

ANTON : ¿No hay ninguna instrucción que desees darme?

PADRE : Para eso le estoy pagando a ella una bonita suma. Las preguntas que se te ocurren. Apresúrate o tendré que

entrar a pagarle sobretiempo.

ANTON : Sí, papá…. ya voy. Ya voy…. (Se detiene)

PADRE : ¿Qué pasa ahora?

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ANTON : Es divertido pensar que cuando baje por esas escaleras y salga a la calle… Ya no seré más tu pequeño

Antosha… Seré Anton el Hombre. Gracias, papá…Bien, adiós. (Llega hasta la puerta).

PADRE : ¡Espera! (Anton se detiene) Espera, Antosha.

ANTON : ¿Qué sucede, padre?

PADRE : Estaba pensando… ¿No preferirías un lindo paraguas?… Habrá tiempo de sobra el año que viene para que te

hagas hombre… Sí, tiempo de sobra el año que viene…

ANTON : Como desees, papito. Sí, papito.

(El padre pasa un brazo por sobre el hombro de su hijo y girando se pierden en la oscuridad….Música. Toca mientras

bajan las luces).

Suben las luces y el escritor avanza hacia primer plano trayendo su portafolios de escritos.

ESCRITOR : Espero que el retrato de mi padre haya resultado con cierto cariño. Lo quise mucho… Y a pesar de todo,

con él, a la vez que con los otros personajes que he compartido con ustedes esta noche, me siento un poquito traicionero.

Cuando dejo mi pluma al final de un día de trabajo, no puedo dejar de sentir que he robado a mis amigos la preciosa

esencia de sus vidas… Lo que más me atormenta en ese respecto es el de haber pasado momentos maravillosos

escribiendo durante el día de hoy… Pero antes de retirarme… ¿Sobre qué estábamos hablando con anterioridad a la

historia de Cherdyakov?… Ah, sí… Estaba a punto de decir qué es lo que mas anhelaba hacer de mi vida cuando niño.

Pues, bien… (Piensa un momento) Curioso que ahora no lo recuerde, pero me encuentro aquí con una sensación de paz y

de satisfacción tan grandes, que en cierto sentido debo estar realizando lo que anhelaba. Quiero agradecerles esta visita. Y

si llegan a andar por estos lados nuevamente, vuelvan a entrar. Buenas noches… ¡Esperen! Hay una alternativa para el

final… Si llegan a andar por estos lados nuevamente, espero que hereden cinco millones de rublos. Buenas noches.

(Gira y camina hacia el fondo mientras las luces declinan)

TELÓN

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Henrik Ibsen -- CASA DE MUÑECAS (Suecia)

Escrito por nohaydrama 08-09-2009 en General. Comentarios (0)


HENRIK IBSEN 

CASA DE MUÑECAS

 


HELMER
NORA
IVAN
BOB
EMMY
EL DOCTOR RANK
CRISTINA
KROGSTAD
MARIANA
ELENA
UN MOZO
La acción transcurre en Noruega, en casa de los señores

ACTO PRIMERO
ALA DECENTEMENTE AMUEBLADA pero sin lujo. Al fondo,
dos puertas que conducen, la de la derecha al
recibidor, y la de la izquierda, al despacho de
HELMER. A la izquierda, en
primer término, una ventana, y en segundo término, una
puerta. A la derecha, en primer término, una chimenea, y
en segundo término, una puerta. Entre las dos puertas del
fondo, un piano. A la izquierda, cerca de la ventana, una
mesa, un sillón y un pequeño diván. A la derecha, entre la
chimenea y la puerta, una mesa pequeña y, a ambos lados
de la chimenea, varias butacas. Un mueble con vajilla, un
armario lleno de libros lujosamente encuadernados,
grabados y algunos objetos de arte convenientemente
distribuidos, completan el decorado de la escena, que debe
estar alfombrada. Es un día frío de invierno y en la chimenea arde
un buen fuego.

Escena I
Al levantarse el telón, suena un campanillazo en el
recibidor. ELENA, que se encuentra sola, poniendo en
orden los muebles se apresura a abrir la puerta derecha,
por donde entra NORA, en traje de calle y con varios
paquetes, seguida de un Mozo con un árbol de Navidad y
una cesta. NORA tararea mientras coloca los paquetes
sobre la mesa de la derecha. El Mozo entrega a ELENA el
árbol de Navidad y la cesta.
NORA:
Esconde bien el árbol de Navidad, Elena. Los niños no
deben verlo hasta la noche, cuando esté arreglado.  (Al
mozo, sacando el portamonedas). ¿Cuánto le debo?
EL MOZO:
Cincuenta céntimos.
NORA:
Tome una corona. Lo que sobra, para usted.  (El mozo
saluda y se va. Nora cierra la puerta. Continúa sonriendo
alegremente mientras se despoja del sombrero y del abrigo.
Después saca del bolsillo un cucurucho de almendras y
come dos o tres, se acerca de puntillas a la puerta izquierda
del fondo y escucha). ¡Ah! Está en el despacho.  (Vuelve a
tatarear, y se dirige a la mesa de la derecha).
HELMER  (Dentro):
¿Es mi alondra la que gorjea?
NORA  (Abriendo paquetes):
Sí.
HELMER:
¿Es mi ardilla la que alborota?
NORA:
¡Sí!
HELMER:
¿Hace mucho tiempo que ha venido la ardilla?
NORA:
Acabo de llegar. (Guarda el cucurucho de confites en el
bolsillo y se limpia la boca). Ven aquí, Torvaldo; mira las
compras que he hecho.
HELMER:
No me interrumpas.  (Poco después abre la puerta, y aparece
con la pluma en la mano, mirando en distintas
direcciones). ¿Comprado dices? ¿Todo eso? ¿Otra vez ha
encontrado la niñita modo de gastar dinero?
NORA:
¡Pero, Torvaldo!
Este a o podemos hacer algunos gastos más. Es la primera
Navidad en que no nos vemos obligados a andar con
escaseces.
HELMER. Sí..., pero tampoco podemos derrochar...
NORA: Un poco, Torvaldo, un poquitín, ¿no? Ahora que vas a
cobrar un sueldo crecido, y que ganarás mucho, mucho dinero...
HELMER: Sí, a partir de Año Nuevo; pero pasará un trimestre
antes de percibir nada...
NORA:
¿Y eso qué importa? Mientras tanto se pide prestado.
HELMER:
¡Nora! (Se acerca a Nora, a quien en broma toma de una
oreja. ¡Siempre esa ligereza! Supón que pido prestadas hoy
mil coronas, que tú las gastas durante las fiestas de Navidad,
que la víspera de año me cae una teja en la cabeza, y
que...
NORA (Poniéndole la mano en la boca):
Cállate, y no digas esas cosas.
HELMER:
Pero figúrate que ocurriese. ¿Y entonces?
NORA:
Si sucediera tal cosa..., me daría lo mismo tener deudas
que no tenerlas.
HELMER:
¿Y las personas que me hubieran prestado el dinero?
NORA:
Quién piensa en ellas? Son personas extrañas.
HELMER:
Nora, Nora, eres una verdadera mujer. En serio, mujer, ya
sabes mis ideas respecto de este punto. Nada de deudas; nada de
préstamos. En la casa que depende de deudas y préstamos se
introduce una especie de esclavitud, cierta cosa de mal cariz que
previene. Hasta ahora nos hemos hecho firmes, y seguiremos
haciendo otro tanto durante el tiempo de prueba que nos queda.
NORA (Acercándose a la chimenea):
Bien, como tú quieras, Torvaldo.
HELMER  (Siguiéndola):
Vamos, vamos, la alondra no debe andar alicaída. ¿Qué?
¿Ahora salimos con que la ardilla tuerce el gesto? (Abre su
portamonedas). Nora, adivina qué tengo aquí.
NORA  (Volviéndose con rapidez):
Dinero.
HELMER:
Mira.  (Entregándole algunos billetes) . ¡Dios mío! Hay
muchos gastos en una casa cuando se acerca Navidad.
NORA  (Contando):
Diez, veinte, treinta, cuarenta; ¡gracias, Torvaldo! Con esto
ya tengo para ir tirando.
HELMER:
No habrá más remedio.
NORA:
Se hará así, descuida. Pero ven aquí. Voy a enseñarte todo
lo que he comprado, y ¡tan barato! Mira: un traje nuevo
para Iván y, un sable; un caballo con una trompeta para
Bob, y una muñeca con una cama para Emmy. Claro que es muy
sencillo, porque en seguida se rompe. Y aquí, delantales y telas
para las, muchachas. La buena Mariana merecía mucho más que
esto, pero...
HELMER:
Y en ese ¿paquete qué hay?
NORA (Profiriendo un ligero grito):
No, Torvaldo, eso no lo verás hasta la noche.
HELMER:
Bien, bien. Pero dime, manirrotita, ¿qué te gustaría a ti?
NORA:
¡Bah! ¿Me preocupo acaso de mí?
HELMER:
Lo creeré, si te empeñas. Vamos, dime algo que te tiente,
una cosa razonable.
NORA:
Realmente... no sé. Y eso que..., oye, Torvaldo...
HELMER:
Veamos.
NORA (Jugueteando con los botones de la americana de
Helmer, pero sin mirarlo):  Si estás decidido a regalarme
algo, podrías... podrías...
HELMER:
Vamos, acaba.
NORA (De un tirón): Podrías darme dinero, Torvaldo. ¡Oh!, poca
cosa, aquello de que puedas disponer, con eso me compraría algo.
HELMER: Pero, Nora...
NORA: ¡Vaya que sí! Lo vas a hacer, Torvaldito. Te lo ruego.
Colgaré el dinero del árbol envuelto en un papel dorado
muy bonito. ¿No hará buen efecto?
HELMER: ¿Cómo se llama el pájaro que está despilfarrando
siempre?
NORA:
Sí, sí, el estornino, ya lo sé. Pero haz lo que te digo, Torvaldo; así
tendré tiempo para pensar en algo útil. ¿No es lo más razonable,
di?
HELMER  (Sonriendo):
Si supieras emplear el dinero que te doy y comprar
efectivamente alguna cosa, sí, pero desaparece en la casa,
se evapora en mil pequeñeces, y luego tengo que volver a
aflojar la bolsa.
NORA: ¡Qué cosas tienes, Torvaldo!
HELMER: Es la pura verdad, Norita mía.  (Le rodea la cintura
con un brazo). El estornino es muy precioso, pero necesita
tanto dinero... ¡Es increíble lo que le cuesta a un hombre
poseer un estornino!
NORA: ¡Anda! ¿Cómo te atreves a decir eso? Yo ahorro
cuanto puedo.
HELMER: ¡Oh!, eso es indudable. Todo lo que puedes, sólo que
no puedes nada.
NORA  (Tarareando y sonriendo alegremente): ¡Si supieras
tú cuántos gastos tenemos las alondras y ardillas!
HELMER: Eres una criatura original. Lo mismo que tu padre,
quien lleno de celo y voluntad se afanaba para ganar dinero,
y a ti, como a él, tan pronto como lo tienes, se te escurre de las
manos y no sabes nunca a dónde va a parar. En fin, hay que
tomarte como eres. Sí, sí, Nora, esas cosas son hereditarias,
indudablemente.
NORA:
Bien quisiera haber heredado muchas cualidades de papá.
HELMER:
Yo te quiero como eres, querida alondra.  (Pausa). Pero oye; te
encuentro hoy no sé cómo... Tienes una cara así.... un poco
sospechosa.
NORA: ¿Yo?
HELMER:
Sí, tú. Mírame bien a los ojos. (Nora mira a Helmer). ¿Habrá hecho
esta locuela alguna escapatoria a la ciudad?
NORA:
No. ¿Por qué dices eso?
HELMER:
¿De veras no has metido la nariz de golosa en la confitería?
NORA:
No, te lo aseguro, Torvaldo.
HELMER:
¿No has olido siquiera los dulces?
NORA: Ni pensarlo.
HELMER:
¿No has probado dos o tres almendras?
NORA:
¡Que no! Torvaldo, te digo que no.
HELMER:
Bien, mujer, bien; te lo digo en broma.
NORA (Acercándose a la mesa de la derecha):
Ni en sueños podría ocurrírseme hacer nada que te desagrade.
Puedes estar bien seguro.
HELMER:
No, si lo sé. ¿No me lo has prometido?... (Aproximándose a Nora).
Vamos, guárdate tus misterios de Navidad, que nosotros ya los
sabremos esta noche, cuando se descubra el árbol.
NORA:
¿Has pensado en invitar a comer al doctor Rank?
HELMER:
No, ni hace falta, puesto que ya lo sabe. Sin embargo, lo invitaré
cuando venga. He encargado buen vino, Nora; no puedes tú
figurarte la alegría y los deseos que tengo de que llegue la noche.
NORA:
Lo mismo que me pasa a mí. ¡Y qué alegría la que van a tener los
niños, Torvaldo!
HELMER:
¡Ah! Es una delicia pensar que se ha llegado a una situación estable,
asegurada, y se dispone con holgura de cuanto se necesita. ¿No es
una dicha inmensa pensarlo?
NORA: ¡Oh! Es maravilloso. Parece un sueño
HELMER: ¿Te acuerdas de la última Navidad? Tres semanas antes,
te encerrabas todas las noches hasta más allá de las doce, a hacer
flores para el árbol de Navidad y a prepararnos otras mil
sorpresas... ¡Uf! Es la época más aburrida de que me acuerdo.
NORA: Pues yo no me aburría.
HELMER  (Sonriendo): Sin embargo, el resultado fue
bastante deplorable, Nora.
NORA: ¡Bueno! ¿Todavía vas a hacerme rabiar con eso?
¿Tengo yo la culpa de que entrara el gato y lo hiciese trizas
todo?
HELMER: ¡Claro que no, Norita! ¿Cómo habías tú de tener
la culpa? Tú tenías los mejores deseos de que nos
divirtiéramos todos, y eso es lo importante. Pero bueno es
que hayan pasado aquellos malos tiempos.
NORA: Es verdad; todavía no estoy bien convencida; ¡parece
un sueño!
HELMER: Ahora ya no me aburriré encerrado a solas, ni tú
tendrás que atormentar tus hermosos ojos y tus lindas
manitas.
NORA  (Batiendo palmas): No, ¿verdad que no, Torvaldo?
¡Qué gusto, Dios mío! (Toma del brazo a Helmer). Ahora
voy a decirte cómo he pensado que nos arreglemos,
después que pasen las Navidades... (Se oye llamar). Llaman.
(Ordena la habitación). Vendrá alguien. ¡Qué fastidio!
HELMER  (Disponiéndose para entrar al despacho):
Si es una visita, acuérdate de que no estoy para nadie.
Escena II
ELENA (Desde la puerta de entrada):
Señora, una dama desea verla.
NORA:
Que pase.
ELENA  (A Helmer):
También ha venido el doctor.
HELMER:
 ¿Ha pasado a mí despacho?
ELENA:
Sí, señor.  (Helmer entra al despacho. La criada hace pasar
a Cristina y después cierra la puerta).
Escena III
CRISTINA  (En traje de viaje. Tímidamente, con alguna
perplejidad):
¡Buenos días, Nora!
NORA  (Indecisa):
Buenos días...
CRISTINA:
¿No me conoces?
NORA:
Efectivamente..., no sé... ¡Ah! Sí, me parece...
(Lanzando una exclamación). ¡Cristina! ¿Eres tú?
CRISTINA:
Sí, la misma.
NORA:
¡Cristina! ¡Y no te conocía! ¿Quién había de ...?  (Más bajo).
¡Has cambiado tanto!
CRISTINA:
Es verdad. Como ya hace nueve.... diez años cumplidos...
NORA:
¿De veras hace tanto tiempo que no nos vemos? Sí..., sí,
eso es. ¡Oh! Estos ocho años últimos ¡qué época tan feliz!
¡Si supieses!... ¿Conque te tenemos aquí? ¿Has hecho un
viaje tan largo en pleno invierno? Se necesita tener valor.
CRISTINA:
Pues ya lo ves; he llegado en vapor esta mañana.
NORA:
Para pasar las Pascuas, naturalmente. ¡Qué alegría! ¡Bien nos vamos
a divertir! Pero quítate el abrigo. No tendrás frío, ¿eh? (Ayuda a
Cristina a quitarse el abrigo). ¡Ajajá! Ahora nos sentaremos junto
a la chimenea cómodamente. Pero, no, siéntate en ese sillón; yo,
en la mecedora; es mi sitio. (Le estrecha las manos.). Pues sí, ahora
ya veo tu simpática cara.... pero, al pronto..., sabes... Sin embargo,
estás un poco más pálida, Cristina..., y... algo más delgada también.
CRISTINA:
He envejecido  mucho, mucho.
NORA:
Sí, un poquitín, un poquitín quizá..., pero no mucho. (Se detiene
de repente, y añade en tono serio). ¡Oh! ¡Qué loca soy! Estoy aquí
cotorreando mientras que... Mi querida y buena Cristina, ¿me
perdonas?
CRISTINA:
¿Qué quieres decir, Nora?
NORA  (Con dulzura):  ¡Pobre Cristina! Te has quedado
viuda.
CRISTINA: Sí, hace tres años.
NORA: Lo sabía; lo leí en los periódicos. ¡Oh! Puedes
creerme, Cristina, pensé muchas veces escribirte entonces...,
pero lo iba dejando de un día para otro, y luego siempre
había algún impedimento.
CRISTINA: Eso no me sorprende.
NORA: Pues está muy mal hecho. ¡Pobre amiga! ¡Por qué trances
has debido pasar! ¿No te ha quedado con qué vivir?
CRISTINA: No.
NORA: ¿E hijos?
CRISTINA: Tampoco.
NORA: ¿Nada, entonces?
CRISTINA: Nada; ni siquiera duelo en el corazón, ni una
de esas penas que absorben.
NORA (Con mirada de incredulidad):
A ver, a ver, Cristina, ¿cómo puede ser eso?
CRISTINA  (Sonriendo amargamente y alisándose el cabello
con una mano): Eso ocurre con frecuencia, Nora.
NORA:
Sola en el mundo. ¡Qué pena debe ser para ti! Yo tengo tres chicos
hermosos. Ahora no puedes verlos, porque han salido con la
niñera. Vamos, cuéntamelo todo.
CRISTINA:
Después. Primero, tú.
NORA:
No, a ti te toca hablar. Hoy no quiero ser egoísta..., no quiero
pensar más que en ti. Sólo una cosa deseo decirte en seguida.
¿Sabes la felicidad que hemos tenido en estos días?
CRISTINA:
No, ¿qué es?
NORA:
Calcula que han nombrado a mi marido director del Banco.
CRISTINA:
¿A tu marido? ¡Oh! ¡Qué suerte!
NORA:
¿Verdad? ¡Es una situación tan precaria la de un abogado,
sobre todo cuando no quiere encargarse más que de causas
buenas! Y eso era, naturalmente, lo que hacía Torvaldo, y
con lo que estoy absolutamente de acuerdo. ¡Figúrate si
estaremos contentos! Empezará a desempeñar el cargo en Año
Nuevo, y entonces tendrá un buen sueldito con multitud de
utilidades, lo que nos permitirá vivir de otra manera que hasta
aquí... Completamente a nuestro gusto. ¡Oh, Cristina! ¡Qué dicha
y qué placer! Cree que es una delicia tener mucho dinero y estar
libre de preocupaciones. ¿No te parece?
CRISTINA:
Indudablemente. Por lo menos, debe ser una cosa excelente
tener lo necesario.
NORA:
No, lo necesario nada más no, sino mucho, muchísimo
dinero.
CRISTINA  (Sonriendo):
Nora, Nora, ¿todavía no has aprendido a ser juiciosa a estas
fechas? En el colegio eras una derrochadora.
NORA (Sonriendo dulcemente):
Torvaldo supone que lo soy todavía. Pero (amenazando con el dedo)
«Nora, Nora» no es tan loca como creéis. ¡Ah! La verdad es que
hasta aquí no he tenido mucho que derrochar. Hemos necesitado
trabajar los dos.
CRISTINA:
¿Tú también?
NORA: Sí, menudencias: labores de mano, de gancho,
bordados, etc.  (Cambiando de tono).  Y además, otra cosa.
Sabes que Torvaldo dejó el ministerio cuando nos casamos,
porque no tenía posibilidad de ascender y necesitaba ganar
más dinero que antes. El primer año tuvo un trabajo terrible.)11(
HENRIK IBSEN CASA DE MUÑECAS
© Pehuén Editores, 2001.
Figúrate: tenía que trabajar desde la mañana hasta la noche. Como
abusó de sus fuerzas, cayó gravemente enfermo, y los médicos le
prescribieron que se marchara al Sur.
CRISTINA:
Cierto, pasaron un año en Italia.
NORA:
Sí. Como comprendes, no era muy fácil ponerse en
camino... Acababa de nacer Iván; pero no hubo más
remedio. ¡Oh! ¡El viaje fue una maravilla, la cosa más
hermosa! ¡Y salvó la vida a Torvaldo! ¡Pero el dinero que
nos costó, Cristina!
CRISTINA:
Ya lo supongo.
NORA:
Mil doscientos escudos..., cuatro mil ochocientas coronas. ¡Es
algún dinero, eh!
CRISTINA:
Sí, y no es poca suerte tenerlo cuando hace falta.
NORA:
Nos lo dio papá.
CRISTINA:
¡Ah, ya! Y, si mal no recuerdo, fue precisamente poco antes
de morir.
NORA:
Sí, Cristina, precisamente entonces, y, como comprenderás,
no pude ir a acompañarlo. Esperaba de un día para otro el
nacimiento de Iván, ¡y el pobre Torvaldo moribundo, y
necesitando que lo cuidase! ¡Mi buen papá! No volví a verlo. ¡Oh!
¡Es la pena más cruel que he tenido que sufrir desde mi
matrimonio!
CRISTINA:
Ya sé que lo querías mucho. ¿De modo que después se
fueron a Italia?
NORA:
Sí, teníamos el dinero, y los médicos lo recomendaban
tanto... Marchamos al cabo de un mes.
CRISTINA:
 ¿Y tu marido volvió completamente repuesto?
NORA:
Sí; fue un milagro.
CRISTINA:
¿Y... ese médico?
NORA:
¿Qué quieres decir?
CRISTINA:
Recuerdo que la criada anunció al doctor, dejando pasar a
un caballero al mismo tiempo que a mí.
NORA:
En efecto, aquél era el doctor Rank. No viene como médico,
sino como amigo, y nos visita una vez al día por lo menos.
No, Torvaldo no ha tenido la más ligera indisposición desde
entonces. Los niños también se encuentran sanos y frescos,)12(
HENRIK IBSEN CASA DE MUÑECAS
© Pehuén Editores, 2001.
y yo lo mismo. (Se levanta de un salto y palmotea). ¡Dios mío, Dios
mío, Cristina, qué delicia y qué bendición vivir y estar contentos!
... ¡Ah!, pero es una vergüenza..., no hablo más que de mí.  (Se
sienta en un taburete al lado de Cristina, en cuyas rodillas se recuesta). ¿No
lo tomarás a mal? Dime: ¿de veras no amabas a tu marido?
Entonces, ¿por qué te casaste con él?
CRISTINA:
Mi madre estaba enferma, me encontraba sin apoyo, y
además tenía que cuidar a mis hermanitos. No me creí con
derecho a rehusar el matrimonio.
NORA:
Sí, sí, actuaste perfectamente. ¿De modo que era rico cuando
se casó?
CRISTINA:
Por lo menos vivía muy desahogado; pero su fortuna era poco
sólida, y a su muerte, se fue todo al diablo, sin quedar nada.
NORA:
¿Y entonces?
CRISTINA:
Me vi obligada a buscar una ocupación. Regenté un
modesto colegio..., ¡qué sé yo! Los tres últimos años no
han sido para mí más que un largo día de trabajo sin reposo.
Ahora todo ha concluido, Nora. Mi pobre madre no me
necesita ya; la he perdido: mis hermanos, tampoco, porque
ya pueden subvenir a sus necesidades por sí mismos.
NORA:
¡Qué alivio debes sentir!
CRISTINA:
No, Nora, hago una vida insoportable. ¡No tener nadie a
quién consagrarse!  (Se levanta inquieta). Así es que no he
podido permanecer allá, en aquel rincón escondido. Aquí
debe ser más fácil absorberse en una ocupación, distraerse
de los pensamientos... Si fuese siquiera lo bastante
afortunada para encontrar una colocación, trabajo de
oficina...
NORA:
¿Piensas en eso? ¡Un trabajo tan fatigoso, y tú que necesitas
descanso! Más te valdría ir a algún balneario.
CRISTINA  (Acercándose a la ventana):
Yo no tengo un papá que me pague el viaje.
NORA  (Levantándose.):
¡Vamos! No te enojes conmigo.
CRISTINA:
Tú eres la que no ha de enfadarse conmigo, querida Nora. Lo
peor que tiene una situación como la mía es que agria tanto el
carácter... No se tiene a nadie por quien trabajar y, a pesar de
todo, hay que ganarse la subsistencia: ¿no es preciso vivir? Esto la
hace a una egoísta. ¿Qué quieres que te diga? Cuando me contaste
hace un momento el cambio de fortuna, me he alegrado por mí
más que por ti.
NORA:
Pues ¿cómo?... ¡Ah!, bueno..., ya comprendo. Te habrás
dicho que Torvaldo puede serte útil.)13(
HENRIK IBSEN CASA DE MUÑECAS
© Pehuén Editores, 2001.
CRISTINA:
Sí, lo he pensado.
NORA:
Pues lo será, Cristina. Yo prepararé el terreno con mucha
delicadeza, idearé alguna cosa grata que predisponga bien
a Torvaldo. ¡Oh!, ¡tengo tantas ganas de ayudarte!
CRISTINA:
¡Cuánto te agradezco esa solicitud, Nora!...
Más meritoria en ti que no conoces las miserias y los
sinsabores de la vida.
NORA:
¿Yo?...
¿Crees eso?
CRISTINA  (Sonriendo):
¡Por Dios! Laborcitas de mano y monerías por el estilo...
Eres una niña, Nora.
NORA (Moviendo la cabeza y atravesando la escena):
No hables con esa ligereza.
CRISTINA: ¿Cómo?
NORA: Eres como los demás. Todos creen que no valgo
para nada serio...
CRISTINA: Vamos, vamos...
NORA: Que no conozco las dificultades de la vida.
CRISTINA:
Pero, querida Nora, acabas de contarme tus dificultades...
NORA:
¡Bah! ... ¡Esas bagatelas! ...  (En voz baja). No te he contado
lo principal.
CRISTINA:
¿Qué dices?
NORA:
Me miras desde la cumbre de tu grandeza, Cristina, y no
deberías hacerlo. Tú estás orgullosa de haber trabajado
tanto por tu madre.
CRISTINA:
No miro a nadie desde la cumbre de mi grandeza, aunque
es verdad que me satisface, y me enorgullece, haber
contribuido a que mi madre pasara tranquilamente los
últimos días de su vida.
NORA:
Y te enorgullece también pensar lo que has hecho por tus
hermanos.
CRISTINA:
Tengo derecho.
NORA:
Así lo creo; pero voy a decirte una cosa, Cristina. Yo también
tengo un motivo de alegría y de orgullo.
CRISTINA:
No lo pongo en duda. Explícate.)14(
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NORA:
Habla más bajo, no sea que Torvaldo nos oiga. Por nada del mundo
querría que él... No debe saberlo nadie, Cristina; nadie más que
tú.
CRISTINA:
Nadie lo sabrá por mí.
NORA:
Acércate más. (Atrayéndola a su lado). Sí... Escucha..., yo
también puedo estar orgullosa y satisfecha. Yo fui quien
salvé la vida de Torvaldo.
CRISTINA:
¿Salvar?... ¿Cómo salvar?
NORA: ¿Te he hablado del viaje a Italia, no es verdad?
Torvaldo no viviría a estas horas si no hubiera podido ir al
Sur...
CRISTINA:
Bien, pero tu padre les dio el dinero necesario.
NORA  (Sonriendo):
Sí, eso es lo que cree Torvaldo y todo el mundo, pero...
CRISTINA:
¿Pero?
NORA:
Papá no nos dio un céntimo. Yo fui la que conseguí el
dinero.
CRISTINA:
¿Tú? ¿Una cantidad tan importante?...
NORA:
Mil doscientos escudos. Cuatro mil ochocientas coronas.
CRISTINA:
¿Cómo te las arreglaste?... ¿Ganaste en la lotería?
NORA  (Desdeñosamente):
¿La lotería?  (Con un ademán de desdén). ¿Qué mérito
tendría eso?
CRISTINA:
Entonces, ¿de dónde lo sacaste?
NORA (Sonriendo con aire de misterio y tarareando):
¡Ejem! ¡Ta-ra-ra-la!
CRISTINA:
Prestado no era fácil que lo tuvieras nunca.
NORA: ¿Por qué no?
CRISTINA:
Porque una mujer casada no puede tomar dinero a préstamo
sin el consentimiento de su marido.
NORA (Moviendo la cabeza):
¡Oh! Cuando se trata de una mujer algo práctica.... de una
mujer que sabe manejarse con destreza...
CRISTINA:
Nora, por más que me devano los sesos, no se me ocurre cómo...)15(
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NORA:
No es necesario que te tomes esa molestia. Nadie dice que
me prestaran el dinero; pero pude adquirirlo de otro modo.
(Se deja caer en el sofá). He podido recibirlo de un
admirador... ¿Qué?... Cuando se es pasablemente bonita...
CRISTINA:
¡Qué loca eres!
NORA:
Confiesa que tienes una curiosidad terrible.
CRISTINA:
Dime, querida Nora, ¿no habrás obrado a la ligera?
NORA  (Irguiéndose):
¿Es una ligereza salvar la vida al marido?
CRISTINA:
Lo que me parece una ligereza es que a sus espaldas...
NORA:
La cuestión era que no supiera nada. ¡Por Dios! ¿No
comprendes? Se trataba de que no conociera la gravedad
de su estado. A mí es a quien dijeron los médicos que
estaba en peligro, y que no podía salvarse más que pasando
una temporada en Italia.
¿Crees que podía ser muy escrupulosa? Le contaba lo que
me gustaría ir a viajar por el extranjero como las demás
mujeres; lloraba, suplicaba y le decía que era preciso que
se hiciera cargo de mi estado y que cediera a mi deseo; en
fin, le insinué que podría tomar dinero a crédito. Entonces,
Cristina, le faltó muy poco para irritarse, y me contestó que era
una loca, y que su deber de marido era no someterse a mis
caprichos. «Bueno, bueno», dije para mí, «se salvará, cueste lo que
cueste». Entonces fue cuando se me ocurrió el medio de obtener
dinero.
CRISTINA:
¿Y a tu marido no le dijo tu padre que el dinero no procedía
de él?
NORA:
Jamás. Papá murió a los pocos días. Yo había pensado
confesárselo todo y rogarle que no me traicionara; pero
¡estaba tan enfermo! ¡Ay! No tuve que dar ese paso.
CRISTINA:
¿Y después no has revelado nada a tu marido?
NORA:
¡No, santo Dios! ¡Qué desatino! ¡A él, tan severo respecto de ese
punto! Y luego que, con su amor propio de hombre, se le haría
muy cuesta arriba. ¡Qué humillación ¡Saber que me debía algo!
Eso hubiera transformado todas nuestras relaciones; nuestra vida
doméstica, tan venturosa, no sería ya lo que es.
CRISTINA:
¿Y no le hablarás de eso nunca?
NORA  (Reflexionando y sonriendo a medias):
Quizá... con el tiempo; después que pasen muchos, muchos
años, cuando ya no sea yo tan bonita como ahora. ¡No te
rías! Quiero decir: cuando Torvaldo no me ame ya tanto,
cuando ya no disfrute viéndome bailar, disfrazarme y declamar.
Bueno será quizá tener entonces algo a que asirse... (Deteniéndose).)16(
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¡Bah! Ese día no llegará nunca... Conque, Cristina, ¿qué té parece
mi gran secreto? También yo sirvo para algo... Puedes creer que
este asunto me ha preocupado mucho. ¡Caramba! No era fácil
cumplir a plazo fijo, porque has de saber que en estos negocios
hay una cosa llamada los vencimientos y otra la amortización; y
todo es endiabladamente difícil de arreglar. He tenido que ahorrar
en todo. De los gastos de la casa no podía economizar mucho,
pues Torvaldo tenía que vivir cómodamente. Los niños tampoco
podían andar mal vestidos y todo lo que recibía para ellos, en
ellos debía gastarse. ¡Angelitos míos!
CRISTINA:
¡De manera que todo, pobre Nora, lo has tenido que sacar
de tus gastos personales!
NORA:
Naturalmente. Al fin y al cabo, no era más que justicia.
Siempre que Torvaldo me daba dinero para mis gastos,
sólo invertía la mitad; compraba siempre de lo barato. Es
una suerte que todo me quede bien, porque así Torvaldo
no ha advertido nada. Pero a veces me es duro, Cristina:
¡halaga tanto ir elegante! ¿No es verdad?
CRISTINA:
¡Ya lo creo!
NORA:
Cuento aún con otros ingresos. El invierno último tuve la
suerte de encontrar trabajo: escritos para copiar. Entonces
me encerraba y escribía hasta hora muy avanzada de la
noche. ¡Oh! Me fatigaba muchísimo; pero era un gusto
trabajar para ganar dinero. Casi me parecía que era hombre.
CRISTINA:
¿Cuánto has podido ganar de ese modo?
NORA:
No lo sé exactamente. Es muy difícil desenredarse en esta clase
de asuntos. Lo único que puedo decirte es que he pagado cuanto
me ha sido posible. Muchas veces no sabía ya a dónde volver los
ojos. (Sonríe). Y entonces se me ocurría pensar que un viejo muy
rico se había enamorado de mí...
CRISTINA:
¡Qué! ¿Qué viejo?
NORA:
¡Tonterías!... Que se moría, y que, al abrir el testamento, se leía en
letras muy gordas: «Lego toda mi fortuna a la encantadora señora
de Helmer, a quien le será entregada inmediatamente».
CRISTINA:
Pero, querida Nora, ¿qué viejo es ése?
NORA:
¡Dios mío!, ¿no comprendes, mujer? No hay tal viejo; es una idea
que se me ocurría siempre qué no veía manera de adquirir dinero.
En fin, ahora todo eso me es completamente indiferente. El viejo
puede estar donde se le antoje, porque me tiene sin cuidado él y
su testamento. (Se levanta con viveza). ¡Dios mío!, ¡qué gozo pensarlo!
Poder estar tranquila, completamente tranquila, jugar con los niños,
arreglar bien la casa, con gusto, ¡cómo a Torvaldo le gusta tenerla!
¡Luego vendrá la primavera y el hermoso cielo azul! Quizá
podamos viajar entonces. ¡Volver a ver el mar! ¡Oh! ¡Qué felicidad
vivir y estar contentos! (Llaman).)17(
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CRISTINA (Levantándose):
Llaman. ¿Debo irme?
NORA:
No, quédate, no espero a nadie; probablemente será alguien
que pregunta por Torvaldo
Escena IV
ELENA (Entrando):
Perdone usted, señora... Hay un caballero que desea hablar al
abogado...
NORA:
Querrás decir al director del Banco.
ELENA:
Sí, señora, al director; pero, como está el doctor ahí dentro...,
no sabía...
KROGSTAD (Presentándose):
Soy yo, señora.  (Elena sale. Cristina se estremece, se turba
y se vuelve hacia la ventana).
NORA  (Adelantándose hacia él, turbada y a media voz):
¿Usted? ¿Qué sucede? ¿Qué tiene usted que decir a mi
marido?
KROGSTAD:
Deseo hablarle de asuntos relativos al Banco. Tengo allí un
empleíto y he oído decir que su esposo va a ser nuestro jefe...
NORA:
Es cierto.
KROGSTAD:
Asuntos de negocios, señora, nada más que eso.
NORA: Entonces, tómese la molestia de entrar en el
despacho.  (Le saluda con indiferencia, cerrando la puerta
del recibidor, y después se acerca a la chimenea).
Escena V
CRISTINA:
Nora... ¿Quién es ese hombre?
NORA:
Es un abogado que se llama Krogstad.
CRISTINA
A: ¡Ah!, él es...
NORA: ¿Lo conoces?
CRISTINA:
Lo conocí hace muchos años. Fue procurador en casa
durante algún tiempo.
NORA:
Precisamente.
CRISTINA:
¡Ha cambiado mucho!)18(
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NORA:
Creo que fue muy desgraciado en el matrimonio.
CRISTINA:
Ahora es viudo, ¿verdad?
NORA:
Sí, con muchos hijos. ¡Eh!, me estoy achicharrando.  (Cierra
la estufa y separa la mecedora).
CRISTINA:
Dicen que se ocupa en toda clase de negocios.
NORA: ¿Sí? Es posible; no sé... Pero no hablemos de
negocios; es una cosa muy fastidiosa...
Escena VI
RANK  (Saliendo del despacho de Helmer, y dejando
entreabierta la puerta):
No, no; no quiero estorbarte; voy a ver a tu esposa un
momento.  (Cierra la puerta y repara en Cristina).  ¡Ah,
perdón! También aquí estorbo.
NORA:
Nada de eso...  (Haciendo las presentaciones). El doctor
Rank; la señora viuda de Linde.
RANK:
Ese nombre se pronuncia con frecuencia en esta casa. Creo haber
pasado delante de usted al subir la escalera.
CRISTINA:
Sí, yo tardo en subir, porque me fatigo.
RANK:
¿Está usted indispuesta?
CRISTINA:
Sólo me encuentro fatigada.
RANK:
¿Nada más? ¿Entonces viene usted a descansar aquí,
probablemente, corriendo de fiesta en fiesta?
CRISTINA:
He venido a buscar trabajo.
RANK:
¿Será ése un remedio eficaz contra el exceso de fatiga?
CRISTINA:
No, pero es necesario vivir, doctor.
RANK:
Sí, es una opinión general: se cree que la vida es una cosa
necesaria.
NORA:
 ¡Oh doctor! Tengo la seguridad de que usted tiene también
mucho apego por la vida.
RANK:
Vaya si lo tengo. Mísero y todo como soy, tengo decidido
empeño en sufrir el mayor tiempo que pueda. A mis clientes
les ocurre lo propio. Y lo mismo opinan los que padecen achaques
morales. En este momento acabo de dejar uno en el despacho de
Helmer, un hombre en tratamiento; hay hospitales para enfermos
de esa índole.)19(
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CRISTINA (Con voz sorda):
 ¡Ah!
NORA:
¿Qué quiere usted decir?
RANK:
¡Oh! Hablo del abogado Krogstad, a quien usted no conoce.
Está podrido hasta los huesos y, sin embargo, afirma, como
cosa de la mayor importancia, que es necesario vivir.
NORA:
¿De veras? ¿De qué hablaba con Helmer?
RANK:
A ciencia cierta, no lo sé. Lo único que he oído es que se
trataba del Banco.
NORA:
Yo no sabía que Krog..., que el señor Krogstad tuviera que
ver con el Banco.
RANK:
Sí, se le ha dado una especie de empleo.  (Dirigiéndose a
Cristina). No sé si también allá, entre ustedes, existe esa
especie de hombres que se afanan en desenterrar
podredumbres morales, y, en cuanto encuentran un
enfermo, lo ponen en observación, proporcionándole una
buena plaza, mientras los sanos se quedan fuera.
CRISTINA:
Hay que confesar que los enfermos son los que más
cuidados necesitan.
RANK (Encogiéndose de hombros):
Bien dicho. Es una manera de convertir a la sociedad en
hospital.  (Nora, que ha permanecido abstraída, rompe a
reír, batiendo palmas). ¿Por qué se ríe usted? ¿Sabe siquiera
lo que es la sociedad?
NORA:
¿Y quién habla de la inaguantable sociedad de usted? Me
reía de otra cosa.... una cosa tan graciosa... Dígame usted,
doctor..., ¿todos los que tienen empleos en el Banco serán,
en lo sucesivo, subordinados de mi esposo?
RANK:
¿Es eso lo que la divierte a usted?
NORA (Sonriendo y tarareando): No haga usted caso.  (Da
vueltas por la habitación).  ¡Pensar que nosotros..., que
Torvaldo tenga ahora influencia sobre tanta gente!
Realmente es muy divertido y me parece increíble.  (Saca
del bolsillo el cucurucho de almendras).  ¿Quiere usted
almendras, doctor?
RANK:
¡Hola! ¿Almendritas? Creía que eso era contrabando aquí.
NORA:
Sí, pero éstas me las ha dado Cristina.
CRISTINA:
¿Yo?
NORA:
Vamos, vamos, no te asustes. Tú no podías saber que)20(
HENRIK IBSEN CASA DE MUÑECAS
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Torvaldo me ha prohibido comer dulces. ¡Bah! ... ¡Por una vez! ...
¿Verdad, doctor?... ¡Tenga usted! (Le pone una almendra en la boca).
Y tú también, Cristina. Yo comeré una muy  pequeñina..., dos a
lo sumo. (Empieza a dar vueltas por la habitación otra vez). Pues, señor,
soy inmensamente feliz. Sólo una cosa deseo todavía
ardientemente.
RANK:
Sepamos. ¿De qué se trata?
NORA:
Una cosa que me entran ganas irresistibles de decir delante
de Torvaldo.
RANK:
¿Y quién le prohibe a usted decirla?
NORA:
No me atrevo: es demasiado fea.
CRISTINA:
¿Fea?
RANK:
Entonces, es preferible que se calle, pero a nosotros... ¿Qué
es lo que tiene usted tanto deseo de decir delante de
Torvaldo?
NORA:
Tengo unos deseos atroces de gritar: ¡rayos, truenos,
huracanes!
RANK:
¡Qué loca es usted!
CRISTINA:
Vamos, Nora...
RANK: Pues grite usted; aquí está.
NORA  (Escondiendo las almendras):
¡Chis, chis!  (Sale Helmer del despacho, con un abrigo en el
brazo y el sombrero en la mano).
Escena VII
NORA  (Adelantándose hacia él):
¿Qué? ¿Has logrado echar a la calle a ese señor?
HELMER:
Sí, acaba de marcharse.
NORA:
¿Permites que te presente? Es Cristina, que ha venido de
fuera.
HELMER:
¿Cristina? Usted perdone, pero no sé...
NORA:
La señora de Linde, querido, la señora Cristina de Linde.
HELMER:
¡Ah! Perfectamente. ¿Una amiga de la infancia de mi mujer,
acaso?)21(
HENRIK IBSEN CASA DE MUÑECAS
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CRISTINA:
Sí, señor; nos conocimos en otro tiempo.
NORA:
Y ya ves, ha hecho este viaje tan largo para hablar contigo.
HELMER:
¿Cómo?
CRISTINA:
No sólo para eso...
NORA:
Cristina, para que lo sepas, entiende mucho de trabajos de
oficina y, además, tiene grandes deseos de ponerse a las
órdenes de un hombre superior y de adquirir aún más
experiencia.
HELMER:
Muy bien pensado, señora.
NORA:
Así es que, cuando supo por los telegramas de los
periódicos que te habían nombrado director del Banco, se
puso en camino... ¿Verdad, Torvaldo, que harás algo en
favor de Cristina por complacerme? ¿Verdad?
HELMER:
No es absolutamente imposible. ¿La señora es quizá viuda?
CRISTINA:
Sí.
HELMER:
¿Y usted está acostumbrada a trabajar en oficinas?
CRISTINA:
Sí, bastante.
HELMER:
Entonces es muy probable que pueda proporcionar a usted
una plaza.
NORA  (Aplaudiendo):
¡Lo ves!
HELMER:
Llega usted en buena ocasión, señora.
CRISTINA:
¿Cómo agradecer a usted ...?
HELMER:
¡Oh! No hablemos de eso.  (Se pone el abrigo). Pero hoy
tendrá usted que disculparme.
RANK:
Espera, que yo también me voy.  (Recoge su cuello de pieles
del recibidor y lo calienta en la chimenea).
NORA:
No tardes mucho, Torvaldo.
HELMER: Una hora solamente.
NORA: ¿Te vas tú también, Cristina?)22(
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CRISTINA (Poniéndose el abrigo,):
Necesito ir a buscar un alojamiento.
HELMER:
Podemos ir juntos una parte del camino.
NORA  (Ayudándola):
¡Qué fastidio que estemos tan estrechos!... Nos es
completamente imposible...
CRISTINA:
¿En qué piensas, mujer? Hasta la vista, querida Nora, y
gracias.
NORA:
Hasta luego, porque esta noche vendrás, ¿no es cierto? Y
usted también, doctor. ¿Cómo? Siempre que se sienta bien.
¡Claro que se sentirá bien!... ¿Va usted a excusarse? Se arropa
usted.  (Se van hablando por la derecha. Se oyen voces de
niños en la escalera).
NORA:
¡Ya están aquí, ya están aquí!  (Corre a abrir, y aparece
Mariana con los niños).
Escena VIII
NORA:
¡Entren, entren!  (Besa a los niños). ¡Oh! ¡Cielos míos! ¡Mira,
Cristina! ¿No es verdad que son muy preciosos?
RANK:
No os quedéis ahí al aire.
HELMER:
Vamos, señora de Linde; para quien no es madre, quedarse
ahora con Nora sería insoportable.  (El doctor Rank, Helmer
y Cristina bajan la escalera. Entra Mariana con los niños.
Nora lo hace después de cerrar la puerta).
Escena IX
NORA:
¡Qué caritas tan animadas y tan frescas tienen! ¡Qué mejillas
tan sonrosadas! Parecen manzanas y rosas.  (Todos los niños
le hablan a la vez hasta el fin de la escena).  ¿Se divirtieron
mucho? Muy bien. ¡Anda! ¿Conque tú has tirado del trineo
llevando a Emmy y a Bob? ¿Es posible? ¡A los dos! ¡Ah! Eres
un valiente, Iván... ¡Oh! Déjamela un momento, Mariana.
¡Muñequita mía!  (Toma a la niña menor y baila con ella).
Sí, sí, mamá va a bailar con Bob también. ¿Cómo? ¿Han
hecho bolas de nieve? ¡Oh! ¡Lo que hubiera dado por estar
a su lado!
No, déjame, Mariana. Voy a desvestirlos yo. Déjame, mujer.
¡Si es tan divertido! Entra ahí entretanto. Tienes cara de
frío. En la cocina hay café caliente para ti.  (Mariana se va por la
puerta de la izquierda. Nora despoja a los niños de los abrigos y de los
sombreros, que va dejando desparramados. Los niños siguen hablando).
¡Imposible! ¿Que ha corrido detrás de ustedes un perrazo? Pero
no mordía. No, los perros no muerden a los muñequitos preciosos
como ustedes. ¡Eh! ¡Iván, cuidado con mirar los paquetes! No,
no, que tienen dentro una cosa mala. ¿Qué? ¿Quieren jugar? Que
se esconda primero Bob. ¿Yo? ¡Bueno, pues yo! (Nora y los niños se
ponen a jugar, gritando y riendo. Al fin Nora se esconde debajo de la mesa.
Llegan los niños a todo correr, y la buscan sin poder encontrarla; pero oyen su)23(
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risa ahogada, se precipitan hacia el velador, levantan el tapete, y la descubren.
Gritos de alegría. Nora sale a gatas, como para asustarlos. Nueva explosión
de júbilo. Mientras tanto, han llamado sin que nadie responda. Se entreabre
la puerta y aparece Krogstad. Espera un momento. El juego continúa).
Escena X
KROGSTAD:
Perdone usted, señora...
NORA (Lanza un grito y se levanta a medias):
¿Qué se le ofrece a usted?
KROGSTAD:
Estaba entornada la puerta. Sin duda, habrán olvidado cerrarla.
NORA (Levantándose):
Mi esposo no está en casa, señor Krogstad.
KROGSTAD:
Ya lo sé.
NORA:
Entonces..., ¿qué desea usted?
KROGSTAD:
Decirle una palabra.
NORA:
¿A mí?...  (Aparta a los niños), Id con Mariana. ¿Qué?... No, él
caballero de fuera no hará daño a mamá. Cuando se marche,
seguiremos jugando. (Acompaña a los niños al aposento de la
izquierda y cierra la puerta).
Escena XI
NORA  (Inquieta y agitada):
 ¿Usted quiere hablarme?
KROGSTAD:
Sí, lo deseo.
NORA: ¿Hoy?...
No estamos todavía a primeros de mes.
KROGSTAD:
No, estamos en vísperas de Navidad, y de usted depende
que estas Navidades le traigan alegrías o penas.
NORA:
¿Qué desea? Hoy me es realmente imposible...
KROGSTAD:
Por ahora no hablaremos de eso. Se trata de una cosa distinta.
¿Puede usted concederme un instante?
NORA:
Sí.... sí..., aunque...
KROGSTAD:
Bien. Cuando estaba yo sentado en el restaurante Olsen, vi pasar
a su marido...
NORA: ¡Ah!
KROGSTAD:
Con una señora.)24(
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NORA:
Bueno. ¿Y ...?
KROGSTAD:
¿Puedo preguntarle algo? Esta señora era la viuda de Linde,
¿no es cierto?
NORA:
Sí.
KROGSTAD:
¿Acaba de llegar de fuera?
NORA:
Hoy ha llegado.
KROGSTAD:
¿Es amiga suya?
NORA:
Sí..., pero no comprendo...
KROGSTAD:
Yo también la traté en otra época.
NORA: Lo sé.
KROGSTAD:
Está usted enterada. Lo suponía. ¿Entonces me permitirá
que le pregunte si la señora de Linde espera obtener un
puesto en el Banco?
NORA:
¿Cómo se atreve a preguntarme eso, señor Krogstad? ¿Usted,
que es un subordinado de mi marido? Pero, ya que me lo
pregunta, se lo diré. Sí, la señora de Linde tendrá un empleo
en el Banco, y lo tendrá gracias a mí, señor Krogstad. Ahora
ya lo sabe usted.
KROGSTAD:
Acerté, pues.
NORA (Paseando):
¡Eh! Una tiene alguna influencia y el ser mujer no quiere decir
que... Cuando se ocupa una situación subalterna, señor Krogstad,
habría que cuidarse para no herir a una persona que...., ¡ejem!...
KROGSTAD:
¿Que tiene influencia?
NORA:
Sí, señor.
KROGSTAD (Cambiando de tono):
 Señora, ¿tendría usted la bondad de usar su influencia en
mi favor?
NORA:
¿Cómo? ¿Qué quiere decir?
KROGSTAD:
¿Querría tener la bondad de influir para que se me conserve
mi modesto puesto en el Banco?
NORA:
¿Qué quiere usted decir? ¿Quién piensa en quitarle el empleo?)25(
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KROGSTAD:
¡Oh! Es inútil el disimulo. Comprendo muy bien que a su
amiga no le agrade encontrarse conmigo, y ahora sé a
quién debo mi cesantía...
NORA:
Le aseguro a usted...
KROGSTAD:
En fin, dos palabras: todavía es tiempo, y le aconsejo que
use de su influencia para impedirlo.
NORA:
Yo no tengo ninguna influencia, señor Krogstad.
KROGSTAD:
¿Cómo? Hace un momento decía lo contrario...
NORA:
¿Cómo puede usted creer que yo tenga semejante poder sobre mi
marido?
KROGSTAD:
¡Oh! Conozco a su marido desde que estudiamos juntos, y
no creo que el señor director del Banco sea más enérgico
que otros hombres casados.
NORA:
Si habla usted despreciativamente de mi marido, lo pongo en la
puerta.
KROGSTAD:
Es valiente usted.
NORA:
No le temo. Después de Año Nuevo me veré libre de usted.
KROGSTAD  (Dominándose):
Oiga bien, señora. Si es necesario, lucharé para conservar
mi humilde empleo como si se tratase de una cuestión de
vida o muerte.
NORA:
Y lo es, evidentemente.
KROGSTAD:
No es sólo por el sueldo; lo importante es otra cosa..., que,
en fin, voy a decirlo todo. Usted sabe, naturalmente, como
todo el mundo, que yo cometí una imprudencia hace ya
un buen número de años.
NORA:
Creo haber oído hablar del asunto.
KROGSTAD:
La cuestión no pasó a los tribunales; pero me cerró todos
los caminos. Entonces emprendí la clase de negocios que
usted sabe, porque era forzoso buscar alguna otra cosa, y
me atrevo a decir que no he sido peor que otros. Ahora quiero
abandonar estos negocios, porque mis hijos crecen y necesito
recobrar la mayor consideración que pueda. El empleo del Banco
era para mí el primer escalón, y ahora me encuentro con que su
esposo pretende hacerme bajar de él para sepultarme nuevamente
en el lodo.)26(
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NORA:
Pero, por Dios, señor Krogstad, no puedo ayudarlo.
KROGSTAD:
Lo que le falta es voluntad; pero tengo medios para
obligarla.
NORA:
¿Va usted a decirle a mi marido que le debo dinero?
KROGSTAD:
¡Caramba! ¿Y si lo hiciera?
NORA:
Sería una infamia.  (Con voz llorosa).  Ese secreto que es mi
alegría y mi orgullo... Saberlo él de una manera tan villana....
por usted. Me expondría a los mayores disgustos...
KROGSTAD:
¿Disgustos nada más?
NORA  (Con viveza):
O, si no, hágalo usted; usted perderá más, porque así sabrá
mi marido qué clase de hombre es usted, y seguramente le
dejará cesante.
KROGSTAD:
Acabo de preguntar si no son más que disgustos domésticos
los que usted teme.
NORA:
Si mi marido lo sabe, pagar, naturalmente, en seguida, y
nos veremos libres de usted.
KROGSTAD (Dando un paso hacia ella):
Oiga, señora... O usted no tiene memoria o apenas conoce
los negocios, y es necesario que la ponga al corriente.
NORA:
¿De qué?
KROGSTAD:
Cuando su esposo se encontraba enfermo, me pidió usted un
préstamo de mil doscientos escudos.
NORA:
No conocía a nadie más.
KROGSTAD:
Yo le prometí proporcionarle el dinero.
NORA:
Y me lo proporcionó.
KROGSTAD:
Prometí proporcionárselo con ciertas condiciones; pero
entonces estaba usted tan preocupada con la enfermedad
de su esposo, y tan impaciente por tener el dinero para el
viaje, que creo no se fijó mucho en los pormenores, y no
debe extrañarle que se los recuerde. Pues bien, yo prometí
proporcionarle el dinero mediante un recibo que escribí.
NORA:
Sí, y que firmé.
KROGSTAD:
Bien; pero más abajo añadí algunas líneas, según las cuales su)27(
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padre garantizaba el pago. Esas líneas debía firmarlas él.
NORA:
¿Debía, dice? Lo hizo.
KROGSTAD:
Yo dejé la fecha en blanco, lo cual significaba que su padre debía
poner la fecha de la firma. ¿Se acuerda de eso?
NORA:
Sí, creo, efectivamente...
KROGSTAD:
Después entregué a usted el recibo para que lo enviara a
su padre por correo. ¿No fue así?
NORA:
Así fue.
KROGSTAD:
Como es de suponer, lo hizo usted en seguida,
porque a los cinco o seis días me devolvió el pagaré con la
firma de su padre, y entonces recibió usted el préstamo.
NORA:
¡Bueno, sí! ¿No he ido pagando puntualmente?
KROGSTAD:
Con poca diferencia. Pero volviendo a lo que decíamos....,
aquéllos eran seguramente malos tiempos para usted, señora.
NORA:
Sí, es verdad.
KROGSTAD:
Creo que su padre estaba muy enfermo.
NORA:
Moribundo.
KROGSTAD:
¿Murió poco después?
NORA:
Si, señor.
KROGSTAD:
Dígame, señora, ¿se acuerda usted por casualidad de la fecha de
muerte de su padre?
NORA:
Papá murió el 29 de septiembre.
KROGSTAD:
Cierto. Me preocupé de averiguarlo. Y por eso no me explico
(saca un papel del bolsillo)... cierta particularidad.
NORA:
¿Qué particularidad?
KROGSTAD:
Lo que hay de particular, señora, es que su padre firmó el recibo
tres días después de morir.  (Nora guarda silencio). ¿Puede usted
explicarme esto? (Nora sigue callando). Es también evidente que las
palabras dos de octubre y el año no son de letra de su padre, sino
de una letra que creo conocer.
En fin, eso puede explicarse. Su padre se olvidaría de fechar y lo
haría cualquiera antes de saber su muerte.)28(
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La cosa no es muy grave, porque lo esencial es la firma. ¿Es
auténtica realmente, verdad, señora? ¿Su padre fue el que escribió
allí su propio nombre?
NORA  (Después de un corto silencio levanta la cabeza y lo
mira provocativamente):
No, no fue él. Fui yo la que escribí el nombre de papá.
KROGSTAD:
¿Usted comprende bien toda la gravedad de esa confesión?
NORA:
¿Por qué? Dentro de poco tendrá usted su dinero.
KROGSTAD:
Permítame una pregunta. ¿Por qué no envió usted el recibo
a su padre?
NORA:
Era imposible: ¡estaba tan enfermo! Para pedirle la firma
hubiera tenido que declararle el destino del dinero, y en la
situación en que se encontraba no podía decirle que estaba
amenazada la vida de mi esposo. ¡Era imposible!
KROGSTAD:
En ese caso hubiera sido preferible desistir del viaje.
NORA:
¡Imposible! El viaje era la salvación de mi marido, y no
podía renunciar a él.
KROGSTAD:
Pero ¿usted no comprende el fraude que cometió conmigo?
NORA:
No podía yo detenerme a reflexionar. ¡Bastante me cuidaba yo de
usted, que me era insoportable por la frialdad con que razonaba a
pesar de saber que mi marido estaba en peligro!
KROGSTAD:
Señora, evidentemente usted no tiene una idea muy clara de la
responsabilidad en que ha incurrido. Para que lo comprenda, sólo
le diré que el hecho que ha acarreado la pérdida de mi posición
social no era más criminal que ése.
NORA:
¿Usted quiere hacerme creer que ha sido capaz de hacer algo para
salvar la vida de su esposa?
KROGSTAD:
Las leyes no se preocupan de los motivos.
NORA:
Entonces son bien malas las leyes.
KROGSTAD:
Malas o no.... si presento este papel a la justicia, será usted juzgada
según ellas.
NORA:
Lo dudo mucho. ¿No iba a tener una hija el derecho de ahorrar
inquietudes y angustias a su anciano padre moribundo? ¿No iba a
tener una esposa el derecho de salvar la vida de su marido? Puede
que no conozca a fondo las leyes, pero tengo la seguridad de que
en alguna parte se consignará que esas cosas son lícitas en
determinadas circunstancias. ¿Y usted, que es abogado, no sabe
nada de eso? Me parece poco experto como abogado, señor
Krogstad.)29(
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KROGSTAD:
Es posible; pero asuntos como los que tratamos reconocerá usted
que los entiendo perfectamente. Y ahora, haga usted lo que guste;
pero, si yo resulto arruinado por segunda vez, usted me hará
compañía. (Saluda y se va).
Escena XII
NORA (Reflexiona un momento; después mueve la cabeza):
¡Bah! ¡Pretendía asustarme! Pero no soy tonta. (Empieza a recoger
las prendas de los niños, pero se detiene al cabo de un rato).  ¡Sin embargo...!
¡No es posible! Habiéndolo hecho por amor...
LOS NIÑOS (En la puerta de la izquierda):
Mamá, se ha ido ese señor.
NORA:
Sí, sí, ya lo sé. Pero no hablen a nadie de ese señor. ¿Escucharon?
¡Ni a papá!
LOS NIÑOS:
No, mamá. ¿Quieres jugar ahora?
NORA:
No, no, ahora no.
LOS NIÑOS:
¡Ah! Lo habías prometido, mamá.
NORA:
No puedo. Váyanse: estoy muy ocupada. Vayan, lindos niños. (Los
acompaña con cariño y cierra la puerta).
Escena XIII
NORA (Se sienta en el sofá, toma un bordado y da algunas
puntadas, pero se detiene enseguida):
¡No!  (Deja el bordado, se levanta, va a la puerta de entrada
y llama). Elena, tráeme el árbol. (Se acerca a la mesa de la
izquierda y abre el cajón). ¡No: es completamente
imposible!
ELENA (Con el árbol de Navidad):
¿Dónde lo pondremos, señora?
NORA: Ahí, en el medio.
ELENA:
¿Necesita algo más?
NORA:
No, gracias; tengo lo que necesito. (Elena se va, después de dejar el
árbol. Nora empieza a arreglarlo). Aquí hacen falta luces y aquí flores...
¡Infame hombre! ¡Tonterías! Todo eso no significa nada. Debe
quedar bonito el árbol de Navidad. Yo quiero hacer todo lo que
tú quieras, Torvaldo; bailaré por complacerte, cantaré...  (Entra
Helmer con un rollo de papeles debajo del brazo).
Escena XIV
NORA:
¡Ah!... ¿Estás ahí?
HELMER:
Sí. ¿Ha venido alguien?)30(
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NORA:
¿Aquí? No.
HELMER:
¡Es raro! He visto salir de casa a Krogstad.
NORA:
¡Ah! Sí; Krogstad ha estado aquí un momento.
HELMER:
Lo adivino, ¿ha venido para suplicarte que hables en su favor?
NORA: Sí.
HELMER:
Y que lo hicieras como cosa tuya, ocultándome que había venido.
¿No te ha pedido eso?
NORA: Sí, Torvaldo, pero...
HELMER: ¡Nora, Nora! ¿Y has podido actuar así? ¿Entablar
conversación con semejante persona y hacerle una promesa? ¡Y,
para colmo, mentirme!
NORA:
¿Mentir?...
HELMER:
¿No me has dicho que no había venido nadie? (La amenaza con el
dedo). Eso no lo volverá a hacer mi pajarito cantor, ¿verdad? Las
aves cantoras deben tener el pico puro y limpio para gorjear bien...,
sin desafinar. (La coge de la cintura). ¿No es verdad?... Sí, ya lo sabía
yo. (La suelta). Y ni una palabra más respecto de este asunto. (Se
sienta delante de la chimenea). ¡Qué bien se está aquí! (Hojea los papeles.
Nora sigue adornando el árbol. Pausa).
NORA:
 ¡Torvaldo!
HELMER:
¿Sí ...?
NORA:
Me alegro muchísimo de poder ir pasado mañana al baile de trajes
de los Stenborg.
HELMER:
Y yo estoy deseando saber qué sorpresa nos preparas.
NORA:
¡Oh! ¡Qué tontería!
HELMER: ¿Qué?
NORA:
No encuentro un traje que valga la pena: todo es
insignificante y absurdo.
HELMER:
¿Ahora sales con eso, Norita?
NORA  (Detrás de la butaca, apoyando los codos en el
respaldo): ¿Tienes mucho que hacer, Torvaldo?
HELMER:
¡Sí ...!
NORA:
¿Qué papeles son ésos?)31(
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HELMER:
Cosas del Banco.
NORA:
¿Ya....?
HELMER:
He conseguido que los directores salientes me den plenos poderes
para hacer todos los cambios necesarios en el personal y en la
organización de las oficinas, y pienso dedicar la semana de Navidad
a ese trabajo, porque quiero que todo quede arreglado para Año
Nuevo.
NORA:
Entonces, ¿es por eso por lo que el pobre Krogstad ...?
HELMER:
 ¡Ejem!...
NORA (Pasándole la mano por la cabeza):
Si no estuvieses tan ocupado, te pediría un favor muy
grande.
HELMER:
Veamos. ¿Qué deseas?
NORA:
No hay quien tenga tanto gusto como tú. ¡Deseo
presentarme bien a ese baile! ... Torvaldo, ¿no podrías
decidir el traje que llevaré?
HELMER:
¡Vaya! La testarudita se declara vencida.
NORA:
Sí, Torvaldo, no puedo decidir nada sin ti.
HELMER:
Bien, bien, pensaré, idearé algo.
NORA:
¡Ah, qué bueno eres! (Vuelve al árbol de Navidad. Pausa). Pero di, ¿es
realmente grave lo que ha hecho Krogstad?
HELMER:
Ha cometido fraudes. ¿Sabes lo que quiere decir eso?
NORA:
¿No ha podido ser impulsado por la miseria?
HELMER:
Sí, se obra muchas veces por ligereza, y no soy tan cruel
que condene sin piedad a una persona por un solo hecho
de esta índole.
NORA:
No, ¿verdad, Torvaldo?
HELMER:
Más de uno puede regenerarse, a condición de confesar
su crimen y de sufrir la pena.
NORA:
¿La pena?
HELMER:
Pero Krogstad no ha seguido ese camino. Ha tratado de salir del
paso con astucia y habilidades, y eso es lo que lo ha perdido
moralmente.)32(
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NORA:
¿Crees que ...?
HELMER:
Una persona así, con la conciencia de su crimen, tiene que mentir,
disimular a todas horas y enmascararse hasta en el seno de la
familia, delante de la esposa y de los hijos. Y eso, cuando se piensa
en los hijos, es espantoso.
NORA:
¿Por qué?
HELMER:
Porque semejante atmósfera de mentira contagia con principios
malsanos a toda la familia. Cada vez que respiran los hijos absorben
gérmenes de mal.
NORA (Acercándose a él):
¿Es eso cierto?
HELMER:
He tenido mil ocasiones de comprobarlo como abogado. Casi
todas las personas depravadas han tenido madres mentirosas.
NORA:
 ¿Por qué madres, precisamente?
HELMER:
Se debe a las madres con más frecuencia, aunque el padre, como
es natural, haya obrado lo mismo. Todos los abogados lo saben
perfectamente. A pesar de eso, Krogstad ha envenenado a sus
hijos durante muchos años, con su atmósfera de mentira y de
disimulo, y por eso lo creo moralmente perdido.  (Le tiende las
manos). Y he ahí por qué mi graciosa Norita ha de prometerme
no hablar en favor suyo. Prométamelo. Vamos, ¿qué es eso? La
mano. Así. Convenido. Te aseguro que me sería imposible trabajar
con él, porque semejantes personas me producen gran malestar
físico.
NORA (Retira la mano y se coloca en la parte opuesta del árbol): ¡Qué
calor hay aquí! Y yo que tengo tanto que hacer...
HELMER (Levantándose y recogiendo los papeles):
Necesito, repasar esto antes de comer. Después pensaré en tu
traje. Es posible que tenga que colgar también alguna cosa en el
árbol de Navidad, envuelta en papel dorado. (Poniéndole la mano en
la cabeza). ¡Oh! Mi lindo pajarito cantor.  (Entra en su despacho y
cierra la puerta).
Escena XV
NORA (En voz baja, después de una pausa):
¡No, no hay tal cosa! ¡Es imposible! ¡Tiene que ser imposible!
MARIANA (En la parte de la izquierda):
Los niños se empeñan en entrar.
NORA:
No, no, no, no los deje venir aquí. Vaya con ellos.
MARIANA:
Está bien, señora. (Sale).
NORA (Pálida de terror):
¡Depravar a mis niños!... ¡Envenenar el hogar! (Levanta la cabeza).
No es cierto. ¡Es falso! ¡No puede ser cierto!)33(
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ACTO SEGUNDO
La misma decoración. En ángulo, junto al piano, está el árbol de
Navidad, despojado ya de todos los adornos. Sobre el sofá, el
sombrero, los guantes y el abrigo de NORA.
Escena I
NORA, yendo de un lado a otro con inquietud; al fin, se
detiene junto al sofá, toma el abrigo, medita y vuelve a dejarlo.
NORA: ¡Alguien viene!... (Se dirige a la puerta y escucha). No, no
hay nadie. No, no, no es para hoy, día de Navidad, ni mañana
tampoco... Aunque es posible que... (Abre la puerta y mira hacia
fuera). En el buzón tampoco hay nada; está vacío. ¡Qué locura!
No era seria la amenaza. No puede ocurrir semejante cosa.
Tengo tres hijos. (Mariana entra por la izquierda con una caja grande
de cartón).)34(
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Escena II
MARIANA:
Por fin encontré la caja del traje.
NORA:
Está bien. Póngala sobre la mesa.
MARIANA (Lo hace):
Quizá el traje no sirva como está.
NORA:
¡Ah! De buena gana lo haría mil pedazos.
MARIANA:
¡Ay, eso no! Puede arreglarse fácilmente; sólo se necesita un poco
de paciencia.
NORA:
Sí, iré a rogar a la señora de Linde que me ayude.
MARIANA:
¿Va a salir otra vez? ¿Con este tiempo tan malo? Se va a enfermar...
NORA:
No sería lo peor que puede pasarme. ¿Qué hacen los niños?
MARIANA:
Los pobrecillos están jugando con los regalos de Navidad, pero...
NORA:
¿Hablan mucho de mí?
MARIANA:
Están tan acostumbrados a no separarse de su mamá...
NORA:
Sí, Mariana, pero, ya ve usted, a futuro no podré estar tanto con
ellos.
MARIANA:
Los niños se acostumbran a todo.
NORA: ¿Lo cree así? ¿Cree usted que si su mamá se marchara
para siempre, la olvidarían?
MARIANA:
¡Dios mío! ¡Para siempre!
NORA:
Dígame, Mariana..., yo me he preguntado muchas veces
una cosa. ¿Cómo tuvo usted valor para confiar su hijo a
manos extrañas?
MARIANA:
¿Qué remedio me quedaba, teniendo que criar a Norita?
NORA:
Sí, pero ¿cómo pudo usted decidirse?
MARIANA:
¡Como se trataba de un trabajo tan bueno! ¡Era mucha suerte
para una muchacha que había tenido una desgracia! Porque el
bribón no quería hacer nada en favor mío.)35(
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NORA:
Seguramente su hija la habrá olvidado.
MARIANA:
Ni pensarlo. Me escribió cuando fue su comunión, y luego, otra
vez, cuando se casó.
NORA (Echándole los brazos al cuello):
Mariana mía, usted fue una buena madre para mí, cuando
yo era pequeña.
MARIANA:
La pobre Norita no tenía más madre que yo.
NORA:
Y si los niños llegaran a no tenerla tampoco, sé bien que
usted... ¡Todo esto es hablar por hablar!  (Abre la caja).
Vaya usted con ellos. Yo tengo que... Ya verá usted qué
hermosa me pongo mañana.
MARIANA:
En todo el baile no habrá otra más elegante que usted; eso
es indudable.  (Sale por la puerta de la izquierda).
NORA (Abriendo la caja, pero rechazándola en seguida):
Si me atreviera a salir... Si tuviera la seguridad de que no
vendrá nadie... Si supiera que no pasará nada en la casa
mientras tanto... ¡Qué locura! No vendrá nadie. ¡Fuera
pensamientos! Tengo que limpiar el chal. ¡Qué bonitos
guantes! ¡A desechar estas ideas! Uno, dos, tres, cuatro,
cinco, seis... (Lanza un grito). ¡Ah!, están ahí... (Intenta
dirigirse a la puerta, y se queda indecisa. Entra Cristina, después
de dejar el sombrero y el abrigo en el recibidor).
Escena III
NORA:
¡Ah! ¿Eres tú, Cristina? ¿No viene nadie más, verdad? ¡Qué
oportunamente llegas!
CRISTINA:
Supe que habías ido a buscarme.
NORA:
Sí, pasaba precisamente por tu casa. Quería pedirte ayuda.
Sentémonos en el sofá, y te diré de qué se trata. Mañana hay baile
de trajes en el piso de arriba, en casa del cónsul Stenborg. Torvaldo
desea que me disfrace de pescadora napolitana, y que baile la
tarantela que aprendí en Capri.
CRISTINA:
¡Vaya! Vas a dar una función completa.
NORA:
Sí, es deseo de Torvaldo. Aquí tienes el traje. Me lo mandó hacer
Torvaldo; pero está tan estropeado que realmente no sé.
CRISTINA (Después de examinar el traje):
Rápidamente se arregla. No tiene más que descosido el adorno
por algunas partes. ¡Volando!, hilo y aguja. ¡Ah! Aquí hay de todo.
NORA:
¡Qué buena eres!
CRISTINA (Cosiendo):
¿Así es que te disfrazas mañana? Oye, vendré un momento a verte.
¡También yo!... No me he acordado de darte las gracias por la
buena velada de ayer.)36(
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NORA (Levantándose y atravesando la habitación):
Me parece que ayer no se estaba aquí tan bien como de
costumbre. Debías haber llegado de fuera poco antes,
Cristina... Torvaldo tiene la habilidad de hacer agradable
la casa.
CRISTINA:
Y tú también.... no niegas que eres hija de tu padre. Pero, dime,
¿el doctor Rank continúa tan abatido como ayer?
NORA:
No, ayer lo estaba más que de costumbre. El infeliz padece
una afección terrible a la médula espinal. Su padre era un
hombre repugnante, que tenía queridas y... todavía podría
decirse algo más. Por eso él está enfermizo desde la infancia,
como comprendes.
CRISTINA (Dejando caer la labor):
Pero ¿quién te cuenta semejantes cosas, Nora?
NORA:
¡Bah! ... Cuando una ha tenido tres hijos, recibe visitas de
ciertas señoras que son medio médicas y cuentan muchas
cosas.
CRISTINA (Reanuda la costura. Pausa):
¿Viene todos los días el doctor Rank?
NORA:
Todos los días. Es nuestro mejor amigo. El doctor Rank es,
por decirlo así, de la casa.
CRISTINA:
¿Es completamente sincero? Quiero decir... si es amigo de lisonjas.
NORA:
Es todo lo contrario. ¿Por qué se te ocurre esa idea?
CRISTINA:
Ayer, cuando me lo presentaste, aseguró que había oído aquí
frecuentemente mi nombre, y, sin embargo, advertí luego que tu
marido no tenía la menor noticia de mí. ¿Cómo se explica entonces
que el doctor Rank haya podido ...?
NORA:
Tienes razón, Cristina. Torvaldo me ama
extraordinariamente y quiere que yo sea sólo de él, como
dice. Al principio le daba celos oirme hablar de las personas
queridas que me rodeaban antes, y, por supuesto, me
abstuve de hacerlo desde entonces, pero con el doctor
Rank hablo a menudo de ellas. Le distrae oírme.
CRISTINA:
Escúchame bien, Nora. Tú eres una niña en más de un
sentido, yo tengo más edad que tú y alguna más experiencia
y voy a darte un consejo a propósito del doctor Rank: te
convendría poner fin a todo esto.
NORA:
¿Poner fin a qué?
CRISTINA:
A muchas cosas. Ayer me hablabas de un adorador rico
que deba proporcionarte dinero.
NORA:
Es verdad; pero ese adorador no existe..., por desgracia. ¿Qué
otra cosa?)37(
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CRISTINA:
¿Es rico el doctor Rank?
NORA:
Sí, tiene cierta fortuna.
CRISTINA:
¿Y familia?
NORA:
Ninguna; ¿pero...?
CRISTINA:
¿Y viene aquí diariamente?
NORA:
Ya sabes que sí.
CRISTINA:
¿Y cómo comete esa falta de delicadeza un hombre
caballeresco?
NORA: No te comprendo nada.
CRISTINA:
No disimules, Nora. ¿Crees que no adivino a quién pediste
los mil doscientos escudos?
NORA:
¿Estás loca? ¿Puedes creer de veras semejante cosa? ¡A un
amigo, que viene aquí todos los días! ¡Sería una situación muy
incómoda!
CRISTINA:
Entonces, ¿de veras no es él?
NORA:
¡Claro que no! Ni un solo instante se me ha ocurrido
semejante idea. Además, él no podía prestar dinero en
aquella época: lo ha heredado después.
CRISTINA:
Ha sido una suerte para ti, querida Nora.
NORA:
No, mujer; jamás se me ocurriría la idea de pedir al doctor... Y eso
que estoy segura de que si le pidiera...
CRISTINA:
Pero, naturalmente, no lo harás.
NORA:
Por supuesto. Tampoco creo que sea necesario; pero estoy
segurísima de que si yo hablase al doctor Rank...
CRISTINA:
¿Sin saberlo tu esposo?...
NORA:
Es necesario salir de esta situación. También yo di dinero sin que
él lo supiera. Es preciso que esto concluya.
CRISTINA:
Ya te lo decía ayer; pero...
NORA (Yendo de un lado para otro):
Un hombre puede resolver más fácilmente esta clase de asuntos
que una mujer...)38(
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CRISTINA:
Si hablas del marido, sí.
NORA:
¡Tonterías! (Se detiene).  Cuando se ha pagado todo, ¿Se
devuelve el recibo, no es eso?
CRISTINA:
Naturalmente.
NORA:
¡Y puede romperse en mil pedazos y quemarse... el
inmundo papel!
CRISTINA  (La mira con fijeza; abandona la labor y se
levanta lentamente):
Nora, tú me ocultas algo.
NORA:
 ¿Me lo conoces en la cara?
CRISTINA:
Desde ayer por la mañana ha ocurrido alguna cosa. Nora,
dime de qué se trata.
NORA (Volviéndose hacia ella):
¡Cristina! (Escuchando). ¡Silencio!
Torvaldo está ahí. Ve al cuarto de los niños. Torvaldo no
puede ver coser. Di a Mariana que te ayude.
CRISTINA (Recogiendo parte de la labor):
Bueno, pero no me iré hasta que me hayas contado todo
francamente. (Mutis por la izquierda; al mismo tiempo entra
Helmer por la puerta del recibidor.
Escena IV
NORA  (Yendo al encuentro de Helmer):
¡Con qué impaciencia te esperaba, querido Torvaldo!
HELMER:
 ¿Era la costurera?
NORA:
No, era Cristina, que me está ayudando a arreglar el traje...
¡Ya verás qué impresión doy!
HELMER:
Sí, he tenido una buena idea.
NORA:
¡Magnífica! Pero también tengo el mérito de tratar de
complacerte.
HELMER  (Acariciándole la barbilla):
¿Mérito?... ¿Por complacer a tu marido? Vamos, vamos,
loquilla, ya sé que no es eso lo que querías decir. Pero no
quiero interrumpirte; tendrás que probarte el vestido,
supongo.
NORA:
¿Y tú? ¿Vas a trabajar?
HELMER:
Sí. (Enseña papeles). Mira. He ido al Banco. (Va a entrar en el despacho).
NORA:
Torvaldo...)39(
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HELMER (Deteniéndose):
¿Decías ...?
NORA:
¿Si la ardillita te suplicara encarecidamente una cosa ...?
HELMER: ¿Que?
NORA:
¿La harías, di?
HELMER:
Ante todo, necesito saber de qué se trata.
NORA:
Si tú quisieras ser complaciente y amable, la ardillita brincaría y
haría toda clase de monadas.
HELMER:
Habla de una vez.
NORA:
La alondra gorjearía en todos los tonos.
HELMER: La alondra no hace más que eso.
NORA:
Bailaría para distraerte como las sílfides a la luz de la luna.
HELMER:
Nora..., ¿no será aquello de que hablaste esta mañana?
NORA (Acercándose):
Sí, Torvaldo... ¡Hazme este favor!
HELMER:
¿Y tienes valor para volver a hablar de ese asunto?
NORA:
Sí, sí, tienes que acceder, deseo que Krogstad conserve su
puesto en el Banco.
HELMER:
Mi querida Nora, he destinado esa plaza a la señora de
Linde.
NORA:
Te lo agradezco mucho; pero, bueno, no tienes más que
dejar cesante a otro en vez de Krogstad
HELMER:
¡Eso es una terquedad que pasa de la raya! Porque ayer
hiciste irreflexivamente una promesa, quieres que...
NORA:
No es por eso, Torvaldo. Es por ti. Me has dicho que ese
hombre escribe en los peores periódicos... ¡Podrá hacerte daño!
¡Me inspira un miedo espantoso!
HELMER:
¡Oh! Ya comprendo... Te acuerdas de otras épocas y te
asustas.
NORA: ¿
A qué te refieres?
HELMER:
Piensas evidentemente en tu padre.)40(
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NORA:
Eso; sí. Acuérdate de todo lo que escribieron en los
periódicos contra papá personas viles..., y de todas las
calumnias que lanzaron contra él. Creo que lo habrían
destituido, de no haberte enviado a ti al ministerio para
hacer el informe y de no haberte mostrado tan benévolo
con él.
HELMER:
Norita mía, existe una gran diferencia entre tu padre y yo.
Tu padre no era funcionario inatacable; yo sí, y espero
continuar siéndolo mientras conserve mi posición.
NORA:
¡Oh! ¡Quién sabe de lo que son capaces de inventar las
malas lenguas! ¡Podríamos vivir tan bien, tan tranquilos,
tan contentos, en nuestro apacible nido, tú, los niños y yo!
Por eso te lo suplico con tanta insistencia.
HELMER:
Pues precisamente por hablarme tú en su favor, me es imposible
acceder. Ya se sabe en el Banco que Krogstad va a quedar cesante,
y si ahora se supiera que la mujer del nuevo director le ha hecho
cambiar de opinión...
NORA:
¿Qué?
HELMER:
No, poco importa, naturalmente, con tal que tú te salgas con la
tuya. ¿Puedes querer que me ponga en ridículo a los ojos de todo
el personal?... ¿O dar a entender que soy accesible a toda clase de
influencias extrañas? Puedes estar segura de que no tardarían en
dejarse sentir las consecuencias. Y además, hay otra razón que
hace imposible la permanencia de Krogstad en el Banco mientras
yo sea director.
NORA:
¿Cuál?
HELMER:
En lo que respecta a su mancha moral..., yo en rigor hubiera
podido ser indulgente...
NORA:
¿Sí, verdad, Torvaldo?
HELMER:
Sobre todo después de saber que es un buen empleado;
pero lo conozco hace mucho tiempo. Es una de esas
amistades de la juventud, contraídas a la ligera, y que
después nos estorban frecuentemente en la vida. Para
decírtelo francamente: nos tuteamos. Y ese hombre tiene tan poco
tacto, que no disimula en presencia de otras personas, sino que,
por lo contrario, cree que tiene derecho a usar conmigo de un
tono familiar, y siempre está tú por arriba, tú por abajo . Te juro
que eso me molesta mucho, y haría intolerable mi situación en el
Banco.
NORA:
Torvaldo, tú no lo dirás en serio.
HELMER:
Sí. ¿Por qué no?
NORA:
Porque sería un motivo mezquino.)41(
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HELMER:
¿Qué dices? ¿Mezquino? ¿Me juzgas mezquino?
NORA:
No, al revés, querido Torvaldo, y por eso...
HELMER:
Es lo mismo. Tú dices que son mezquinos mis motivos; por
consiguiente, debo serlo yo. ¿Mezquino? ¿De veras? Es hora de
terminar con esto. (Llamando). ¡Elena!
NORA:
¿Qué vas a hacer?
HELMER (Buscando entre los papeles):
A tomar una resolución.  (Entra Elena).
Escena V
HELMER:
Tome usted esta carta. Salga en seguida a buscar un mozo
para que la lleve. ¡Inmediatamente! Las señas van puestas. Tome
usted el dinero.
ELENA:
Bien, señor.  (Sale con la carta).
Escena VI
HELMER (Enrollando los papeles):
Bien, señora terca.
NORA (Con voz ahogada):
¿Qué va en ese sobre?
HELMER:
La cesantía de Krogstad.
NORA:
¡Recógela, Torvaldo! Todavía es tiempo. ¡Oh! Torvaldo,
recógela! ¡Hazlo por mí..., por ti, por los niños! ¡Oyeme,
Torvaldo!..., ¡haz eso! No sabes la desgracia que puede acarreamos
a todos.
HELMER: Es demasiado tarde.
NORA: Sí, demasiado tarde.
HELMER:
Querida Nora, te perdono esta angustia, aun cuando no
sea otra cosa que una injuria a mí. ¡Sí, lo es! ¿No es una injuria
creer que yo podría temer la venganza de un abogaducho perdido?
Pero te lo perdono de todos modos, porque eso demuestra el
gran cariño que me tienes. (La toma en brazos). Es preciso, adorada
Nora. Suceda lo que suceda. En los momentos graves, tengo
fuerzas y valor y asumo todas las responsabilidades.
NORA (Asustada):
¿Qué quieres decir?
HELMER:
He dicho todas las responsabilidades.
NORA (Con acento firme):
¡Jamás, jamás harás eso!)42(
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HELMER:
Bien, pues las compartiremos, Nora, como marido y mujer. Así
debe ser.  (Acariciándola). ¿Estás contenta ahora? Vamos, vamos,
nada de miradas de paloma asustada. Todo es pura fantasía. Ahora
debes tocar la tarantela y ensayarte en la pandereta. Yo me
encerraré en mi despacho, y desde allí no oiré nada. Puedes hacer
todo el ruido que quieras, y, cuando venga Rank, le dices dónde
estoy.  (Le hace una seña con la cabeza, entra al despacho llevando los
papeles, y cierra la puerta).
Escena VII
NORA (Sumamente angustiada, permanece inmóvil y dice
a media voz):
Sería capaz de hacerlo. Lo hará a pesar de todo. ¡Jamás, oh, jamás!
¡Antes cualquiera cosa!... ¡Valor!... ¡Un pretexto!...  (Llaman). ¡El
doctor Rank!... ¡Antes cualquiera cosa!, ¡cualquiera! (Se pasa la mano
por la frente, procurando tranquilisarse, y va a abrir, la puerta de entrada. Se
ve al doctor Rank colgando el abrigo. Empieza a anochecer).  ¡Buenas tardes,
doctor! Lo he  conocido a usted por el modo de llamar. No entre
usted ahora en el despacho de Torvaldo: está ocupado.
RANK:
¿Y usted?
NORA (En cuanto entra el doctor, ella cierra la puerta):
¡Oh!, ya sabe..., para usted siempre tengo un momento.
RANK:
¡Gracias! Me aprovecharé mientras pueda.
NORA:
¿Cómo mientras pueda?
RANK:
Sí. ¿Se asusta usted?
NORA:
La frase es algo extraña. ¿Es que va a ocurrir algo?
RANK:
Lo que he previsto hace mucho tiempo; pero no creía que
fuera tan pronto.
NORA (Asiéndole de un brazo):
¿Qué sucede? ¿Qué le han dicho a usted? Doctor, tiene usted que
contármelo.
RANK  (Sentándose cerca de la chimenea):
Estoy al fin de la pendiente. Ya no hay nada que hacer.
NORA (Aliviada).
¿Se trata de usted?
RANK:
Pues, ¿de quién? ¿Para qué engañarme a mí mismo? Soy el
más mísero de todos mis pacientes... Estos días he hecho
el examen general de mi estado. ¡Es la bancarrota! Antes
de un mes estaré quizá convertido en un puñado de tierra...
NORA:
¡Qué disparate! ¡Vaya una
manera tan fea de hablar!)43(
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RANK:
Es que la cuestión es horriblemente fea. Lo peor, sin embargo,
son los horrores que han de preceder. No me queda más que
hacerme un solo examen, y en cuanto lo haga, sabré poco más o
menos cuándo empezará el desenlace. Deseo decirle una cosa:
Helmer, con su temperamento delicado, tiene horror a todo lo
feo. No quiero verlo en mi cabecera.
NORA:
¡Oh! Pero, doctor!...
RANK:
No quiero. Bajo ningún pretexto. Le cerraría la puerta de
mi casa. Tan pronto como tenga la certidumbre de la catástrofe,
le enviaré a usted mi tarjeta de visita señalada con una cruz negra,
y así sabrá que ha empezado el desastre.
NORA:
No, hoy está usted demasiado extravagante. Y yo tenía
tanta necesidad de que estuviera usted de buen humor...
RANK:
¿Con la muerte ante los ojos?...  (Pausa).  ¿Y pagar por otro?
¿Es eso justicia? En cada familia hay de una u otra manera
una venganza de ese tipo...
NORA (Tapándose los oídos):
¡Silencio! ¡Estamos alegres, estamos alegres!
RANK:
La verdad es que es cosa de risa. Mi espina dorsal, la pobre
inocente, debe sufrir aún a causa de la alegre vida que
hizo mi padre cuando era teniente.
NORA (A la izquierda, cerca del velador): ¿Le gustaban demasiado
los espárragos y los pasteles, verdad?
RANK:
Sí, y las trufas.
NORA:
¡Ah, sí!, las trufas, ¿y también las ostras?
RANK:
Y las ostras, naturalmente.
NORA:
Y tragos de oporto y de champaña... Es lamentable que todas
esas cosas tan buenas ataquen la espina dorsal.
RANK:
Especialmente cuando atacan a una infeliz espina dorsal
que jamás disfrutó de ellas.
NORA:
¡Ah, sí!, ¡eso es lo más triste!
RANK (Mirándola atentamente):
 ¡Hum!...
NORA  (Después de una pausa):
¿Por qué se sonríe usted?
RANK:
Si es usted la que se ha sonreído.
NORA:
No, doctor, le juro que ha sido usted.)44(
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RANK (Levantándose):
Es usted más bromista de lo que suponía.
NORA:
Es que hoy me encuentro tan dispuesta a decir locuras...
RANK:
Ya se advierte.
NORA (Poniendo las manos sobre los hombros del doctor):
Querido, querido doctor. No hay que morirse y abandonarnos a
Torvaldo y a mí.
RANK:
¡Oh! Será una desgracia de que se consolarán ustedes
pronto. ¡Se olvida con tanta facilidad a los que mueren!...
NORA (Mirándolo con inquietud):
¿Cree usted?
RANK:
Se adquieren nuevas relaciones, y después...
NORA:
¿Que se adquieren nuevas relaciones?
RANK:
Usted y Helmer lo harán así, tan pronto como yo desaparezca.
Usted ya me parece que ha empezado. ¿Qué tenía que hacer aquí
ayer de noche la señora de Linde?
NORA:
¡Ah!..., no irá usted a tener celos de esa pobre Cristina.
RANK:
Sí, los tengo. Será mi sucesora en la casa. Cuando yo muera, esa
señora...
NORA:
¡Silencio! No hable tan alto, que está aquí.
RANK:
¿También hoy? Ya lo ve usted.
NORA:
Ha venido a arreglar mi traje. ¡Dios mío, qué incomprensible está
usted hoy!  (Sentándose en el sofá). Ahora hay que ser juiciosos, doctor.
Mañana verá con qué gracia bailo y podrá usted decir que no lo
hago más que por usted..., sí, y por Torvaldo, ¡claro está!  (Saca
varias cosas de la caja). Doctor, venga a sentarse, para que le enseñe
alguna cosa...
RANK (Sentándose):  ¿Qué va a enseñarme?
NORA:
No tiene usted más que mirar... ¡Vea usted!
RANK:
Medias de seda.
NORA:
Color de carne. ¿No son bonitas? Ahora está demasiado oscuro,
pero mañana... No, no, no; usted no verá más que los pies. Sin
embargo, si por casualidad viera usted algo más...
RANK:
¡Hum! ...)45(
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NORA:
¿Por qué me pone usted gesto de duda? ¿No cree que me quedarán
bien?
RANK:
¿En qué debo fundarme?
NORA  (Mirándola un momento):
¿No le da vergüenza? ¡Qué mala persona! (Sacudiéndole ligeramente
una oreja con las medias). Esto es lo que usted merece. (Las vuelve a
guardar la caja).
RANK:
¿Qué más maravillas hay que ver?
NORA: Ninguna, usted no tiene que ver ya nada, por no
tener juicio.  (Registra la caja tarareando).
RANK  (Después de una breve pausa):
Cuando estoy aquí con usted, no acierto a comprender... No, no
comprendo qué hubiera sido de mí si no hubiese venido nunca a
esta casa.
NORA  (Sonriendo):
La verdad es que se siente muy a gusto aquí.
RANK (Bajando la voz y mirando con fijeza hacia
adelante):
Y tener que abandonar todo esto...
NORA:
¡Tonterías! ¡Qué va a abandonamos usted!...
RANK (Como antes):
Y no dejar tras sí el más leve motivo de gratitud..., no dejar a lo
sumo más que una pena pasajera..., no dejar más que un puesto
vacío, que podrá ocupar el primero que llegue.
NORA:
¿Y si yo le pidiera a usted...? No...
RANK:
¿Si me pidiera usted qué?...
NORA:
Una gran prueba de cariño.
RANK:
Sí, ¿qué?
NORA:
Es decir, un servicio inmenso.
RANK:
¿Me proporcionaría alguna vez esa gran alegría?
NORA:
Sí, pero usted no puede suponer siquiera de qué se trata.
RANK: Vamos a ver. Hable.
NORA:
No, no puedo, doctor; ¡es cosa tan enorme!, un consejo, una ayuda
y un servicio a la vez...
RANK:
Tanto mejor. No sospecho qué puede ser; pero concluya
de hablar. ¿No tiene usted confianza en mí?)46(
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NORA:
Como en nadie. Ya sé que es usted mi mejor y más leal amigo, y
por eso voy a decírselo todo. Pues bien, doctor, tiene que ayudarme
a evitar una cosa. Usted sabe lo que me quiere Torvaldo, que no
vacilaría un instante en dar su vida por mí.
RANK  (Inclinándose hacia ella):
Nora... ¿Cree usted que él sea el único?
NORA (Haciendo un ligero movimiento):
¿Cómo?
RANK:
¿El único que daría la vida con alegría por usted?
NORA (Tristemente):  ¿Pero de veras?...
RANK:
He jurado que lo sabría usted antes de morirme. Jamás hubiera
encontrado mejor oportunidad. Sí, Nora, ya lo sabe usted, y es
tanto como decirle que puede confiarse a mí como a nadie.
NORA  (Levantándose tranquilamente):
No siga...
RANK (Dejando paso, pero sin levantarse):
¡Nora!
NORA (En la puerta de entrada):
Elena, trae la lámpara.  (Dirigiéndose hacia la chimenea).
¡Oh! Querido doctor. ¡Qué mal hace!
RANK:
¿Es un mal haberla amado lo más profundamente que he podido?
NORA: No, sino haberlo confesado. Bastante era...
RANK:
¿Qué quiere usted decir? ¿Que lo sabía? (Entra la criada con la
lámpara, la deja en la mesa y sale). Nora..., señora..., pregunto a usted
si lo sabía.
NORA:
¿Que si yo?... No puedo decírselo a usted... ¡Cómo ha podido
cometer tal torpeza, doctor! Iba todo tan bien...
RANK:
En fin, ahora tiene usted la certidumbre de que estoy a su
disposición en cuerpo y alma. ¿Quiere usted hablar?
NORA (Mirándolo):
¿Después de lo que acaba de declararme?
RANK: Por favor, dígame de qué se trata.
NORA: Asunto concluido. No sabrá usted nada.
RANK: ¡Sí, sí! No me castigue de ese modo. Déjeme ayudarla
hasta donde sea humanamente posible.
NORA:
Ahora ya no puede usted hacer nada por mí... Además, no necesito
de nadie. Como usted comprenderá son simples caprichos, y no
otra cosa. ¡Eso es evidente! (Se sienta en la mecedora y lo mira sonriendo).
Realmente, es usted lo que se llama un pícaro redomado, doctor)47(
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Rank. ¿No le da a usted vergüenza ahora que está encendida la
lámpara y nos vemos las caras?
RANK:
A decir verdad, no. Pero ¿debo irme... para siempre
NORA:
Ni soñarlo. Vendrá usted, naturalmente, como antes, porque
sabe bien que Torvaldo no puede pasarse sin usted.
RANK:
Sí, pero ¿y Usted?
NORA:
¿Yo? Veo todo con tan buenos ojos cuando está usted aquí...
RANK:
Eso es precisamente lo que me ha inducido a error. ¡Es
usted un enigma! Me ha parecido muchas veces que usted se
complacía en estar conmigo tanto como con Helmer.
NORA:
Y es cierto, por que hay personas amadas y personas
agradables.
RANK:
Es verdad.
NORA:
Cuando estaba en mi casa quería a papá sobre todo,
naturalmente, pero mi mayor placer era bajar a escondidas
al cuarto de las criadas, porque no me sermoneaban nunca y
andaban siempre contándose unas a otras cosas tan divertidas...
RANK:
¡Ah! ¿De modo que he substituido a las criadas?
NORA  (Levantándose con viveza y corriendo hacia él.):
No, por Dios, querido doctor, no es eso lo que he querido
decir; pero usted puede suponer que ahora me pasa con
Torvaldo lo mismo que con papá.
ELENA (Saliendo del recibidor):
¡Señora! (Le habla al oído y le entrega una tarjeta).
NORA  (Mirando la tarjeta):
¡Ah! (La guarda en el bolsillo).
RANK:
¿Alguna cosa enojosa?
NORA:
No, nada de eso; es... es mi nuevo traje...
RANK:
¿Cómo? ¡Pues si está ahí!
NORA:
Bien, sí, ése; pero es otro. Lo he encargado yo... Torvaldo
no sabe nada...
RANK:
¡Ah! Es ése entonces el gran secreto.
NORA:
¡Claro! Vaya usted corriendo al lado de Torvaldo y no lo deje
venir...)48(
HENRIK IBSEN CASA DE MUÑECAS
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RANK:
Esté usted tranquila; no se me escapará. (Pasa a las habitaciones de
Helmer).
NORA  (A la doncella):
¿Y espera en la cocina?
ELENA:
Sí, señora; ha subido por la escalera de servicio...
NORA:
¿No le has dicho que tenía visita?
ELENA:
Sí, pero ha sido inútil.
NORA:
¿No ha querido marcharse?
ELENA:
No, dice que no se irá hasta después de haber hablado
con la señora.
NORA: Bien, pues, que pase, pero sin hacer ruido, y no se
lo digas a nadie, Elena; es una sorpresa para el señor.
ELENA:
Sí, sí, comprendo... (Se va).
NORA:
¡Va a estallar el trueno gordo! Aquí lo tenemos. ¡No, no,
no, no puede, no debe ocurrir semejante cosa! (Cierra con
llave la puerta del despacho de Helmer. Después entran la doncella
y Krogstad, en traje de viaje, con botas recias y gorra de piel).
Escena VIII
NORA (Adelantándose hacia Krogstad):
Hable bajo, que está ahí mi marido.
KROGSTAD:
No hay inconveniente.
NORA:
¿Qué quiere usted?
KROGSTAD:
Decirle una cosa.
NORA:
¡Hable pronto! ¿Qué desea decirme?
KROGSTAD:
¿Usted sabe que he recibido la cesantía?
NORA:
No he podido evitarlo, señor Krogstad. He defendido su
causa cuanto me ha sido posible, pero todos mis esfuerzos
han resultado inútiles.
KROGSTAD:
¿Tan poco la ama a usted su marido? Sabe lo que puede
ocurrir, y, a pesar de eso, se atreve...
NORA:
¿Cómo puede usted, suponer que lo sepa?
KROGSTAD:
Realmente no lo he creído nunca, porque no es persona)49(
HENRIK IBSEN CASA DE MUÑECAS
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que tenga tanto valor mi buen Torvaldo Helmer.
NORA:
Señor Krogstad, exijo que se respete a mi marido.
KROGSTAD:
Se supone. Se le respeta cuanto corresponde. Pero, ya que pone
tanto empeño en ocultar este asunto, me permito suponer que
está usted mejor informada que ayer respecto de la gravedad de
lo que hizo.
NORA:
Mejor informada de lo que hubiera podido estarlo por usted.
KROGSTAD:
Efectivamente, un jurista tan malo como yo...
NORA: ¿Qué quiere usted?
KROGSTAD:
Nada. Ver sólo cómo está, señora. He pasado todo el día
pensando en usted. Por más que uno sea un abogaducho,
un..., en fin, un sujeto como yo, no deja de tener algo que
se llama corazón, después de todo.
NORA:
Demuéstremelo usted; piense en mis hijos.
KROGSTAD:
¿Ha pensado en los míos su marido? Pero importa poco.
Yo sólo quería decirle a usted que no tomara la cosa muy a lo
trágico, pues, por el momento, no he de presentar acusación contra
usted.
NORA:
¿No, verdad? Estaba segura.
KROGSTAD:
Se puede terminar este asunto amistosamente, sin que se
enteren otras personas. Todo puede quedar entre nosotros tres.
NORA:
Mi marido no debe saber nada nunca...
KROGSTAD:
¿Cómo va usted a impedirlo? ¿Acaso puede pagar el resto
de la deuda?
NORA:
Inmediatamente, no.
KROGSTAD:
¿Ha encontrado quizá manera de adquirir dinero estos días?
NORA:
No. Medio que se pueda emplear, ninguno.
KROGSTAD:
Además, no le serviría a usted de nada: no le devolveré el
pagaré ni por todo el dinero del mundo.
NORA:
Explíqueme entonces cómo quiere utilizarlo.
KROGSTAD:
Deseo conservarlo simplemente; tenerlo en mi poder; pero)50(
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ningún extraño sabrá nada. De manera que si había pensado usted
en alguna solución desesperada...
NORA:
Sí que he pensado.
KROGSTAD: ...
 En abandonarlo todo y huir...
NORA:
Lo he pensado, sí.
KROGSTAD:
... O en algo peor todavía...
NORA:
¿Cómo?
KROGSTAD:
... Renuncie a esas ideas.
NORA: Pero, ¿cómo sabe usted que las tenga?
KROGSTAD:
Casi todos las tenemos al principio. Yo las tuve como los demás;
pero confieso que me faltó valor.
NORA
¡A mí también!
KROGSTAD (Tranquilizado):
¿No es verdad? A usted también le falta valor.
NORA:
Sí.
KROGSTAD:
Además, sería una solemne tontería, porque, pasada la
primera tempestad conyugal... Aquí, en el bolsillo, traigo
una carta para su esposo...
NORA:
¿Se lo cuenta usted todo?
KROGSTAD:
Con la mayor suavidad posible.
NORA  (Con precipitación):
No verá esa carta. Rómpala yo buscaré el dinero para
pagarle.
KROGSTAD:
Dispénseme, señora, pero creo haberle dicho hace un
momento...
NORA:
¡Oh! No hablo del dinero que le debo a usted. Dígame
cuánto piensa pedirle a mi marido y se lo entregaré yo.
KROGSTAD:
No pido dinero a su marido.
NORA:
¿Pues qué pide entonces?
KROGSTAD:
Se lo diré. Quiero prosperar, señora, quiero hacer fortuna; y ha
de ayudarme su marido. Durante año y medio no he cometido
ningún acto deshonroso; durante todo ese tiempo he luchado
con las más duras dificultades. Estaba satisfecho con volver a subir
paso a paso. Ahora me dejan cesante y no me basta ya que me)51(
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repongan por favor. Quiero prosperar, digo. Quiero entrar en el
Banco... en mejores condiciones que antes; su marido tiene que
crear una plaza para mí...
NORA:
¡Eso no lo hará nunca!
KROGSTAD:
Lo hará; lo conozco..., no se atreverá a pestañear, y, conseguido
esto, ya verá usted. Antes de un año seré la mano derecha del
director. Quien dirigirá el Banco será Enrique Krogstad y no
Torvaldo Helmer.
NORA:
Jamás ocurrirá semejante cosa.
KROGSTAD:
¿Querría usted acaso ...?
NORA:
Tengo valor para hacerlo.
KROGSTAD:
¡Oh! No me asusta usted. Una dama distinguida y delicada como
usted...
NORA:
¡Ya lo verá usted, ya lo verá!
KROGSTAD:
¿Bajo el hielo acaso? ¿En el abismo húmedo, frío y sombrío? Y
volver a la superficie en la primavera, desfigurada, desconocida,
sin cabello...
NORA:
No me asusta usted.
KROGSTAD:
Ni usted a mí. No se hacen esas cosas, señora. ¿Y a qué conducirán,
además? De todos modos, lo tengo en el bolsillo.
NORA:
Cuando yo no exista...
KROGSTAD:
Si usted se suicida, estará en mis manos su memoria. (Nora lo mira
perpleja). Conque ya está usted advertida. ¡Nada de bobadas!
Cuando Helmer reciba mi carta, se apresurará a contestarme. Y
acuérdese usted bien de que su marido es quien me obliga a dar
este paso. Esto no se lo perdonaré nunca. ¡Adiós, señora! (Se va).
Escena IX
NORA (Entreabriendo con precaución la puerta del vestíbulo y escuchando):
Se ha marchado. No le enviará la carta. ¡No, no, es imposible!
(Abre la puerta más cada vez). ¿Qué es esto? Se ha detenido.
Reflexiona. ¿Iría a...? (Se oye caer una carta en el buzón, y
después los pasos de Krogstad, cuyo ruido va extinguiéndose a medida que
baja la escalera. Nora reprime un grito y vuelve corriendo hasta el velador.
Un momento de silencio).  ¡Está en el buzón! (Vuelve sigilosamente a la
puerta del recibidor). ¡Está ahí!... ¡Torvaldo..., nos hemos perdido!
CRISTINA  (Entrando con el traje por la puerta de la
izquierda):
No he podido hacer más. ¿Quieres probártelo?)52(
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NORA (Bajo, con voz ahogada):
Cristina, ven aquí.
CRISTINA  (Poniendo el vestido sobre el sofá):
¿Qué tienes? Parece que estás completamente trastornada.
NORA:
Ven aquí. ¿Ves esa carta? ¿Ahí, a través de la abertura del
buzón?
CRISTINA:
Sí, la veo perfectamente.
NORA:
Esa carta es de Krogstad.
CRISTINA:
¡Nora! ... ¿Fue Krogstad quien te prestó el dinero?
NORA: Sí. Lo sabrá todo Torvaldo.
CRISTINA:
Créeme, Nora, es lo mejor para ustedes dos.
NORA:
Es que no lo sabes todo; he puesto una firma falsa.
CRISTINA:
¡Gran Dios!... ¿Qué dices?
NORA:
¡Ahora oye, Cristina! Oye lo que voy a decirte; necesito
que me sirvas de testigo.
CRISTINA:
¿De qué? ¡Dime!
NORA:
Si yo me volviese loca.... y bien puede darse el caso...
CRISTINA:
¡Nora!
NORA:
O si me ocurriera alguna desgracia... y no estuviese aquí para...
CRISTINA:
¡Nora, Nora, has perdido el juicio!
NORA:
Si hubiera entonces alguien que quisiera atribuirse toda la
culpa.... ¿comprendes?
CRISTINA:
Sí, ¿pero cómo puedes creer ...?
NORA:
En ese caso debes declarar que es falso, Cristina. No estoy
loca; estoy en mi sano juicio, y te digo: ninguna otra persona
lo supo; obré sola, absolutamente sola. Acuérdate bien de
esto.
CRISTINA:
Bien, lo recordaré; pero no comprendo...
NORA:
¡Ah! ¿Cómo vas a comprender? Es que va a realizarse un
prodigio.
CRISTINA:
¿Un prodigio?)53(
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NORA:
Sí, un prodigio. ¡Pero es tan terrible! ... Cristina, es preciso
que no ocurra tal cosa; no quiero, a ningún precio.
CRISTINA:
Voy a hablar con Krogstad ahora mismo.
NORA:
No vayas a verlo; lo pasarías mal.
CRISTINA:
Hubo un tiempo en que hubiera hecho el mayor sacrificio
del mundo por complacerme.
NORA:
¿El?
CRISTINA:
¿Dónde vive?
NORA:
Qué sé yo!... Digo, sí.  (Se registra el bolsillo). Aquí está su
tarjeta. ¡Pero la carta!...
HELMER (Llamando a la puerta que comunica con sus habitaciones):
¡Nora!
NORA (Lanzando un grito de angustia):
¿Qué ocurre? ¿Qué quieres?
HELMER:
¡Vamos, vamos! No te asustes, es que no podemos entrar: has
cerrado la puerta. ¿Te estás probando el vestido?
NORA:
Sí, sí, estoy probándomelo. Voy a estar muy guapa! Torvaldo...
CRISTINA (Después de mirar la tarjeta):
Vive muy cerca de aquí, en la esquina de esta calle.
NORA:
Sí, pero ¿para qué? Estamos perdidos. La carta está en el buzón.
CRISTINA:
 ¿Tiene la llave tu marido?
NORA:
Siempre.
CRISTINA:
Krogstad puede reclamar la carta antes que sea leída, inventando
un pretexto cualquiera.
NORA:
Pero es precisamente la hora en que Torvaldo acostumbra...
CRISTINA:
Entretanto, anda a su habitación. Yo volveré todo lo antes que
pueda. (Sale precipitadamente por la puerta del vestíbulo).
Escena X
NORA (Acercándose a la puerta de Helmer, abriéndola y mirando):
¡Torvaldo!
HELMER (Desde dentro):
Vaya, al fin se puede entrar. Ven, Rank, vamos a ver...  (Apareciendo).
Pero ¿en qué quedamos?)54(
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NORA:
¿Qué, querido Torvaldo?
HELMER:
Rank me había preparado para asistir a una gran exhibición del
traje.
RANK (Apareciendo):
Así lo había comprendido; pero, por lo visto, me he engañado.
NORA:
Medio a medio. Hasta mañana nadie me verá con todas mis galas.
HELMER:
 ¡Qué mala cara tienes, Nora! ¿Es que te has fatigado ensayando
el baile?
NORA:
No, no he ensayado todavía.
HELMER:
Pues no habrá más remedio.
NORA:
Sí, Torvaldo, es indispensable; pero no puedo dar un paso sin ti.
Lo he olvidado por completo.
HELMER:
Bien, te ayudaremos.
NORA:
¿Sí, verdad? Al fin vas a ocuparte de mí, Torvaldo. ¿Me lo
prometes? Estoy tan intranquila. Esa reunión... ¡Nada de negocios
esta noche, nada de letras! ¿Eh? ¿Quieres?
HELMER:
Te lo prometo. Esta noche estoy completamente a tu disposición...,
atolondradilla. ¡Ah! Es verdad. Primero tengo que ver una cosa.
(Se dirige hacia la puerta del vestíbulo).
NORA:
Qué vas a hacer?
HELMER:
A ver si han llegado cartas.
NORA:
No, Torvaldo, no vayas.
HELMER:
¿Por qué?
NORA:
Te lo suplico, Torvaldo..., no hay.
HELMER:
Déjame que lo vea. (Da un paso hacia la puerta. Nora se sienta al piano
y empieza a tocar la tarantela).
HELMER (Deteniéndose para escuchar a Nora):
¡Ah!
NORA:
No podré bailar mañana, si no ensayo hoy contigo.
HELMER (Acercándose a Nora):
¿De veras tienes tanto miedo, Norita?)55(
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NORA:
¡Ay, sí!, ¡un miedo terrible! Vamos a ensayar ahora mismo;
todavía tenemos tiempo antes de sentarnos a la mesa. Ponte
ahí, querido Torvaldo, y toca. Corrígeme, dame consejos,
como acostumbras.
HELMER:
Puesto que lo deseas, vamos allá.  (Se sienta al piano).
NORA  (Abre una caja; saca una pandereta y un chal de
varios colores; da un brinco y se sitúa en el centro de la
escena):
¡Ya!, ¡toca! Voy a bailar.  (Helmer toca; Nora baila; Rank
permanece detrás de Helmer, contemplando a Nora).
HELMER (Tocando):
Despacio, despacio.
NORA:
Imposible.
HELMER:
Menos precipitación.
NORA:
Es precisamente lo que hace falta.
HELMER:
¡Eso no va bien!
NORA (Riendo y agitando la pandereta):
¿Qué te decía yo?
RANK: Permíteme que me siente al piano.
HELMER (Levantándose):
Con mucho gusto, así podré dirigirla mejor.
(Rank se sienta al piano y toca. Nora baila de una manera
más desatentada cada vez. Helmer, colocado cerca de la chimenea, le dirige de
vez en cuando una observación que ella parece no oír. Se le suelta el cabello,
cayéndole por la espalda; no lo advierte y sigue bailando. Entra Cristina.).
Escena XI
CRISTINA (Deteniéndose confusa):
¡Oh!
NORA:
Me sorprendes en plena locura, Cristina.
HELMER:
Pero, querida Nora, estás bailando como si se te fuera en ello la
vida.
NORA: Y así es.
HELMER:
Para, Rank. Es una locura. Que pares, te digo.  (Rank deja
de tocar el piano y Nora se detiene de repente).
HELMER (A Nora):
No lo hubiera creído nunca; has olvidado cuánto te enseñé.
NORA (Arrojando la pandereta):
Ya lo ves.)56(
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© Pehuén Editores, 2001.
HELMER:
Vamos, necesitas mucha dirección.
NORA:
¡Ya ves si la necesito! Tú me guiarás hasta el fin. ¿Me lo prometes,
Torvaldo?
HELMER:
Puedes tener confianza.
NORA:
Ni hoy ni mañana debes pensar más que en mí, no has de abrir
ninguna carta, ninguna..., ni... el buzón.
HELMER:
¡Bueno! Otra vez el temor a aquel hombre.
NORA:
¡Pues bien, sí! Algo de eso hay también.
HELMER:
Nora, te lo conozco en la cara; allí hay seguramente una carta
suya.
NORA:
No sé, es... posible; pero ahora no hay que leer cartas. Que no se
interponga ninguna sombra entre nosotros hasta que todo haya
concluido.
RANK (Aparte a Helmer):
No conviene contrariarla.
HELMER (Pasándole un brazo por la cintura):
Vaya, niña, se hará lo que quieres; pero mañana, después que
bailes...
NORA:
Quedarás en libertad.
ELENA (Desde la puerta de la derecha):
Señora, está servida la cena...
NORA:
Trae champaña, Elena.
ELENA:
Muy bien, señora. (Se va).
HELMER:
¡Vaya! Va a haber festín, según parece.
NORA:
Fiesta y festín hasta mañana. (Gritando a la criada). Y unas pocas
almendras, Elena, o mejor dicho, muchas. (A Torvaldo). Una vez
no es todos los días.
HELMER (Tomándole las manos):
Vamos, vamos, así me gusta. No hay que ponerse loca de terror.
Hay que ser la de siempre, una alondrita cantora.
NORA:
Sí, Torvaldo, sí. Pero vete mientras; y usted también, doctor. Tú,
Cristina, me ayudarás a arreglarme el cabello.
RANK (Aparte a Helmer, dirigiéndose al comedor):
¿Y qué?... Todo esto... ¿presagia... algo en particular?
HELMER:
De ningún modo, amigo mío. No es más que esa pueril angustia
de que te he hablado. (Se van por la derecha).)57(
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NORA:
¿Y qué?
CRISTINA:
Se ha marchado al campo.
NORA:
Te lo he leído en la cara.
CRISTINA:
Vuelve mañana por la noche; pero le he dejado cuatro letras.
NORA:
No has debido hacerlo. No hay que tratar de impedir nada. En el
fondo, es un goce esperar el terror.
CRISTINA:
¿Qué esperas?
NORA: ¡Oh! Tú no comprenderías. Anda con ellos. En seguida
iré a reunirme con ustedes. (Cristina sale).
Escena XII
NORA (Permanece inmóvil un momento como para recogerse; luego mira el
reloj):
Las cinco. Faltan siete horas para la medianoche. Entonces se
habrá bailado la tarantela. ¿Veinticuatro y siete? Tengo treinta y
una horas de vida.
HELMER (En la puerta de la derecha):
Pero ¿qué hace la alondrita?
NORA (Arrojándose a sus brazos):
¡Aquí la tienes!)58(
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ACTO TERCERO
La misma decoración. Los muebles (mesa, asientos y sofá) han
sido trasladados al centro de la escena. La puerta del recibidor
está abierta. Se oye música que se supone procedente
del piso superior.
Escena I
CRISTINA  (Sentada cerca de la mesa, hojea distraídamente
un libro). De vez en cuando mira con inquietud hacia la
puerta y escucha atentamente.
CRISTINA (Mirando su reloj):
No viene, y, sin embargo, ha pasado ya la hora. Con tal que...
(Vuelve a escuchar). ¡Ah! ¡Es él!  (Va al recibidor y abre suavemente la
puerta exterior. En voz baja). Entre usted, estoy sola.
KROGSTAD (En la puerta):
He recibido una carta de usted. ¿Qué desea?)59(
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CRISTINA:
Tengo necesidad absoluta de hablarle.
KROGSTAD:
¿Sí? Y la entrevista, ¿ha de ser aquí, precisamente?
CRISTINA:
No podía recibirle en mi casa, porque no hay puerta independiente.
Venga usted; estaremos solos. Los Helmer están de baile en el
segundo piso.
KROGSTAD (Entrando):
¡Cómo! ¿Los Helmer están de baile esta noche? ¿De veras?
CRISTINA:
¿Que tiene eso de particular?
KROGSTAD:
Nada.
CRISTINA:
Krogstad, tenemos que hablar.
KROGSTAD:
¿Nosotros dos? ¿Qué podremos decimos todavía?
CRISTINA:
Muchas cosas.
KROGSTAD:
No lo hubiera creído jamás.
CRISTINA:
Es que usted no me ha comprendido bien nunca.
KROGSTAD:
No había mucho que comprender; esas cosas ocurren
diariamente. La mujer sin corazón despide al hombre con
quien está en relaciones cuando encuentra otro partido
más ventajoso.
CRISTINA:
¿Me cree usted, pues, falta de corazón enteramente? ¿Supone que
no me costó nada el rompimiento?
KROGSTAD:
Sin duda.
CRISTINA:
¿Ha creído eso realmente, Krogstad?
KROGSTAD:
Si no era así, ¿por qué me escribió usted como lo hizo?
CRISTINA:
No podía actuar de otro modo. Decidida a romper, debía
arrancar de su corazón todo lo que sintiera por mí.
KROGSTAD (Frotándose las manos):
¡Ah! ¡Eso es!... Y todo por el vil interés.
CRISTINA:
No debe usted olvidar que yo tenía entonces que sostener a mi
madre y a dos hermanos pequeños. No podíamos esperar a usted,
que sólo tenía entonces esperanzas tan remotas...
KROGSTAD:
Aun suponiendo que fuera así, usted no tenía derecho a
rechazarme por otro.)60(
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CRISTINA:
No lo sé. Muchas veces me lo he preguntado.
KROGSTAD (Bajando la voz):
Cuando la perdí a usted, creí que me faltaba el suelo. Míreme: soy
como un náufrago asido a una tabla.
CRISTINA:
Quizás esté próxima la salvación.
KROGSTAD:
La tenía ya, y usted ha venido a quitármela.
CRISTINA:
Yo he sido ajena a la cuestión, Krogstad. Hasta hoy no he sabido
que la persona a quien iba a substituir en el Banco era usted.
KROGSTAD:
Lo creo, puesto que me lo dice; pero ahora que lo sabe,
¿no renunciará al cargo?
CRISTINA:
No, porque a usted no le serviría de nada.
KROGSTAD:
¡Ah! ¡Bah! Yo, en el lugar de usted, lo haría de todos modos.
CRISTINA:
He aprendido a obrar juiciosamente. Me lo han enseñado la vida
y la dura necesidad.
KROGSTAD:
Pues a mí la vida me ha enseñado a no dar crédito a las
palabras.
CRISTINA:
En eso le ha dado a usted una sabia lección, pero ¿cree usted en
los hechos?
GROGSTAD:
Tengo buenas razones para hablar así.
CRISTINA:
Yo también soy un náufrago asido a una tabla; no tengo a
nadie a quien consagrarme, a nadie que necesite de mí.
KROGSTAD:
Usted lo ha querido.
CRISTINA:
No podía elegir.
KROGSTAD:
¿A dónde quiere usted ir a parar?
CRISTINA:
¿Qué le parece a usted si esos dos náufragos se tendieran
la mano?
KROGSTAD:
¿Qué dice usted?
CRISTINA:
¿No vale más juntarse en la misma tabla?
KROGSTAD:
¡Cristina!)61(
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CRISTINA:
¿Cuál supone usted que es el motivo que me ha traído a
esta ciudad?
KROGSTAD:
¿Habría usted acaso pensado en mí?
CRISTINA:
Necesito trabajar para poder soportar la existencia. Toda
mi vida, hasta donde alcanzan mis recuerdos, la he pasado
trabajando. Era mi mayor y mi única alegría. Ahora me
encuentro sola en el mundo, y advierto un vacío horrible. No
pensar más que en sí misma quita todo atractivo al trabajo. Vamos,
Krogstad, dígame usted por quién y por qué voy a trabajar.
KROGSTAD:
No le creo; eso no es más que orgullo de mujer que se
exalta y desea sacrificarse.
CRISTINA:
¿Me ha visto usted alguna vez exaltada?
KROGSTAD:
¿Sería usted capaz de hacer lo que dice? ¿Conoce todo mi
pasado?
CRISTINA:
Sí.
KROSTAD:
¿Conoce usted mi reputación, lo que se dice de mí?
CRISTINA:
Sí, lo he comprendido bien hace poco. Usted supone que yo habría
podido salvarlo.
KROGSTAD:
Estoy seguro de ello.
CRISTINA:
¿No se puede reparar todo?
KROGSTAD:
¡Cristina! ¿Ha pensado usted bien lo que dice? Sí, lo veo en
su cara. ¿De modo que tendría el valor ...?
CRISTINA:
Yo necesito alguien a quien servir de madre, y los hijos de usted
necesitan madre. Nosotros también nos sentimos inclinados el
uno hacia el otro. Tengo fe en lo que hay en el fondo de usted,
Krogstad... Con usted nada me asustará.
KROGSTAD  (Estrechándole las manos):
¡Gracias, Cristina gracias!... Ahora es preciso que me levante
a los ojos del mundo, y sabré hacerlo. ¡Ah! Pero me
olvidaba...  (La música ejecuta la tarantela).
CRISTINA  (Escuchando):
¡Silencio! ¡La tarantela! ¡Váyase usted, váyase en seguida!
KROGSTAD:
¿Por qué?
CRISTINA:
 ¿Oye usted esa música? Es que concluye el baile, y van a
volver.)62(
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KROGSTAD:
Bien, me marcho. Ya todo es inútil. Usted no sabe, por supuesto,
el paso que he dado contra los Helmer.
CRISTINA:
Por lo contrario, Krogstad, lo conozco.
KROGSTAD:
¿Y tenía el valor de ...?
CRISTINA:
Sé lo que puede la desesperación en una persona como usted.
KROGSTAD:
¡Oh! ¡Si pudiera deshacer mi obra!
CRISTINA:
Puede usted: su carta está todavía en el buzón.
KROGSTAD:
¿Está usted segura?
CRISTINA:
Lo sé, pero...
KROGSTAD (Mirándola fijamente):
¿Es ésa la explicación? ¿Desea usted salvar a su amiga a todo
precio? Haría usted mejor en confesarlo francamente. ¿Es así?
CRISTINA:
Krogstad, cuando una persona se ha vendido una vez por salvar a
alguien, no reincide.
KROGSTAD:
Voy a pedir mi carta.
CRISTINA:
Nada de eso.
KROGSTAD:
¡Vaya! No faltaba más. Espero la vuelta de Helmer para
decirle que deseo recuperar mi carta.... que no trata más
que de mi cesantía..., que no necesita leerla...
CRISTINA:
No, Krogstad, no pida usted la carta.
KROGSTAD:
Pero, sin embargo..., ¿no es por eso realmente por lo que
me ha hecho usted venir aquí?
CRISTINA:
Durante las últimas 24 horas han ocurrido aquí cosas
increíbles, y es conveniente que Helmer lo sepa todo; ese
fatal misterio debe disiparse. Hace falta que se expliquen:
basta de embustes y de evasivas.
KROGSTAD:
Bien, si usted lo toma por su cuenta... Pero hay algo que
hacer en todo caso y que importa hacer en seguida...
CRISTINA (Escuchando):
¡Despáchese usted! Váyase!... El baile ha terminado, y no
estamos ya seguros.
KROGSTAD:
Espero a usted abajo.
*Dominó: Disfraz compuesto de una túnica larga y capucha, generalmente negro.)63(
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CRISTINA:
Conforme. Me acompañará usted hasta la puerta de mi
casa.
KROGSTAD: Jamás he sido tan feliz. (Sale por la puerta exterior.
La del recibidor sigue abierta hasta el fin).
Escena II
CRISTINA (Arregla un poco la escena y prepara su abrigo y su sombrero):
¡Qué porvenir! ¡Qué nueva perspectiva! Tengo por quien trabajar,
tengo por quien vivir, tengo un hogar que cuidar. ¡Ah! Voy a
empezar una nueva vida. (Escuchando) Ya vienen. Pronto, el abrigo.
(Toma el sombrero y el abrigo. Se oyen las voces de Helmer y de Nora. Esta,
vestida de napolitana y con chal, entra casi a la fuerza obligada por Helmer,
que viste y va cubierto con un dominó*).
NORA  (En la puerta, resistiéndose):
No, no, no, no quiero entrar; voy a subir otra vez, no quiero
retirarme tan pronto.
HELMER:
Vamos a ver, querida Nora.
NORA:
¡Ah! Por favor, Torvaldo. ¡Te lo suplico!... ¡Sólo una hora!
HELMER: Ni un minuto, Norita. Sabes lo convenido. Vamos,
entra, te estás enfriando aquí. (La obliga a entrar).
CRISTINA:
¡Buenas noches!
NORA:
¡Cristina!
HELMER:
¡Qué! ¿Es la señora? ¿Usted aquí tan tarde?
CRISTINA:
Perdónenme, tenía tantos deseos de ver a Nora vestida.
NORA:
¿Me has esperado aquí todo este tiempo?
CRISTINA:
Sí. Vine muy tarde, desgraciadamente; habías subido ya, y
no he querido irme sin verte.
HELMER (Quitando el chal a Nora):
Entonces mírela bien. Me parece que vale la pena. Está
hermosa, ¿no es verdad, señora?
CRISTINA:
Muy encantadora. ¡Ya lo creo!
HELMER:
Maravillosamente linda, ¿no es cierto? Era también la opinión
de todo el mundo allá arriba. Pero ¡qué testaruda esta
criatura! ¿Qué hacer contra eso? ¿Quiere usted creer que
he tenido que emplear casi la fuerza para sacarla del baile?
NORA:
¡Ah! Torvaldo. Te arrepentirás de no haberme concedido media
hora siquiera.)64(
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HELMER:
Figúrese usted, señora. Baila la tarantela; obtiene un éxito
loco y bien merecido, aunque acaso ha hecho alarde de demasiada
naturalidad, es decir, de alguna más que la que permitían las
exigencias del arte. Pero, en fin, lo principal es que ha obtenido
un éxito, un éxito colosal. ¿Debía permitirle permanecer allí
después? Hubiera disminuido el efecto. ¡En eso estaba yo
pensando! Tomé del brazo a mi linda chiquilla de Capri, a mi niña
caprichosa, podría decir, vuelta al salón en seguida; saludos a
derecha e izquierda, y, como se dice en las novelas..., se desvaneció
la bella sombra. En los desenlaces es indispensable el efecto,
señora, y no puedo hacérselo comprender a Nora. ¡Uf! ¡Qué calor
hace aquí! (Arroja el dominó en una silla y abre la puerta del despacho)
¿Cómo? ¿No hay luz? ¡Ah! Es verdad, usted perdone.  (Entra y
enciende dos luces).
NORA  (Muy bajo; precipitadamente):
¿Qué hay?
CRISTINA: He hablado con él.
NORA: ¿Y ...?
CRISTINA:
Nora.... tienes que confesarle todo a tu marido.
NORA (Con voz desfallecida): Lo sabía.
CRISTINA:
No tienes nada que temer de Krogstad, pero debes hablar.
NORA:
No hablaré.
CRISTINA:
En ese caso, hablará la carta por ti.
NORA:
Gracias, Cristina. Ya sé ahora lo que tengo que hacer, ¡Silencio!...
HELMER (Entrando):
¿Conque la ha admirado usted bien, señora?
CRISTINA:
Sí, y ahora ya puedo marcharme.
HELMER:
¿Ya? ¿Es de usted este tejido?
CRISTINA  (Tomando un trozo de media que Helmer le
entrega):
Gracias; lo había olvidado.
HELMER:
¿Hace usted tejidos?
CRISTINA: Sí, señor.
HELMER:
Debería usted bordar.
CRISTINA:
¿Y por qué?
HELMER:
Es más bonito. Mire usted: se tiene el bordado en la mano
izquierda, así, y se lleva la aguja con la mano derecha, de este)65(
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modo... Usted ve esta curva prolongada y ligera que se hace....
¿verdad?
CRISTINA:
Sí, así es.
HELMER:
Mientras que tejer.... eso es feo siempre. Vea usted los brazos
pegados al cuerpo..., las agujas yendo de abajo arriba y de arriba
abajo... Parece trabajo de chinos... ¡Ah! ¡Qué champaña tan
excelente han servido!
CRISTINA:
¡Buenas noches, Nora, y no seas terca!
HELMER: Bien dicho, señora.
CRISTINA:
Buenas noches, señor director.
HELMER (Acompañándola hasta la puerta):
Buenas noches, buenas noches; supongo que sabrá usted
el camino. Yo con mucho gusto...., pero está tan cerca.
¡Buenas noches, buenas noches!  (Sale Cristina. Helmer
cierra la puerta).
Escena III
HELMER:
¡Gracias a Dios que se fue! Es fastidiosa la mujer.
NORA:
¿No estás muy cansado, Torvaldo?
HELMER:
No, ni pizca.
NORA:
¿No tienes sueño tampoco?
HELMER:
Por lo contrario, estoy tan despabilado. Pero ¿y tú? Es verdad: tú
tienes cansancio y sueño.
NORA:
Sí, estoy muy fatigada, y tengo seguridad de que me dormiré en
seguida.
HELMER:
¿Ves cómo tenía razón para no querer estar más tiempo en el
baile?
NORA:
Tú tienes siempre razón en todo.
HELMER (Besándola en la frente):
Vamos, la alondra empieza a hablar sensatamente. Pero, dime,
¿has observado qué alegre estaba Rank esta noche?
NORA:
¿Sí? No tuve ocasión de hablarle.
HELMER:
Yo apenas le he hablado; pero hace mucho tiempo que no lo veía
de tan buen humor. (La mira un instante y se acerca). Pero ¡qué bueno
es volver a encontrarse uno en su casa, estar solo contigo!... ¡Oh!
¡Qué hermosa, qué embriagadora mujercita!)66(
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NORA:
No me mires de ese modo, Torvaldo.
HELMER:
¡No voy a mirar mi más caro tesoro!, ¡este esplendor que es mío,
nada más que mío, completamente mío!
NORA (Yéndose al otro lado de la mesa):
No me hables así esta noche.
HELMER  (Siguiéndola):
Aún te retoza la tarantela en la sangre, según veo, y con
eso estás más seductora. ¡Oye! Se van los invitados.
(Bajando la voz) Nora, pronto quedará la casa en silencio.
NORA:
Sí, así lo espero.
HELMER:
¿Verdad adorada Nora? ¡Oh! Cuando estamos en sociedad
como esta noche... ¿Sabes por qué te hablo tan poco, por
qué permanezco lejos de ti, limitándome a dirigirte alguna
que otra mirada?  ¿Sabes por qué? Pues porque me gusta
imaginar que  eres mi amor secreto, mi joven, mi misteriosa
prometida, y que todos lo ignoran.
NORA:
Si, si, si, ya sé que todos tus pensamientos son para mí.
HELMER:
Y, al salir, cuando te coloco el chal sobre los hombros delicados y
juveniles, cuando oculto esa nuca maravillosa, me figuro que eres
mi joven desposada, que volvemos de la boda, que te traigo por
primera vez a mi casa, y que, al fin, vamos a estar solos... ¡Voy a
estar solo contigo, con mi tierna beldad temblorosa! Toda esta
velada no he hecho otra cosa que suspirar por ti. Cuando te vi
hacer como que perseguías..., cuando vi tus movimientos
provocativos bailando la tarantela..., empezó a hervirme la sangre,
no pude resistir más y te saqué precipitadamente...
NORA:
Vete, Torvaldo. Déjame. No me gusta eso.
HELMER:
¿Pero qué es esto? Tú te burlas de mí, Norita. ¿Que no
quieres, dices? ¿No soy tu marido? ¿No eres mi encantadora
mujercita?...  (Llaman a la puerta de afuera).
NORA (Estremeciéndose):
¿Has oído?
HELMER (Pasando al recibidor):
¿Quién es?
Escena IV
RANK (Desde dentro):
Soy yo, ¿puedo entrar un momento?
HELMER (Malhumorado):
¿Qué querrá ahora? Espera un poco. (Va a abrir). Vamos, es una
atención de tu parte que no pases por nuestra puerta sin llamar.
RANK:
Me pareció oír tu voz, y se me ha ocurrido entrar un
momento. (Dirigiendo una ojeada en torno de él) He aquí
el hogar familiar y amado. Ustedes disfrutan en su casa de
paz y bienestar. ¡Qué felices son!)67(
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HELMER:
Pues tú también parecía que estabas en el baile muy a
gusto.
RANK:
Me divertía extraordinariamente. ¿Y por qué no? ¿Por qué no
disfrutar de todo en la vida? Al menos mientras y hasta donde se
pueda. El vino era exquisito...
HELMER:
Sobre todo el champaña.
RANK:
¿Te fijaste tú también? Es increíble lo que he bebido.
NORA:
 Torvaldo ha tomado mucho champaña esta noche.
RANK:
¿De veras?
NORA:
Sí, y eso lo pone siempre tan divertido...
RANK:
¡Caramba! ¿Por qué no ha de pasarse bien la noche después de un
día bien empleado?
HELMER:
¿Bien empleado? Hoy, por desgracia, no puedo decir eso.
RANK (Golpeándole en el hombro):
Pues yo sí, ¿lo oyes?
NORA:
Doctor Rank, usted ha debido estudiar hoy algún caso científico.
RANK:
Precisamente.
HELMER:
¡Hombre, hombre; miren ustedes! ¡Norita hablando de casos
científicos!
NORA:
¿Y se le puede felicitar por el resultado?
RANK:
Sin duda alguna.
NORA:
¿Un éxito?
RANK:
El mejor para el médico, lo mismo que para el enfermo: la
certidumbre.
NORA (Vivamente, dirigiéndole una mirada
escudriñadora):
¿La certidumbre?
RANK:
Una certidumbre absoluta. Después de eso, ¿no tenía derecho a
pasar alegremente la velada?
NORA:
Sí, doctor.)68(
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HELMER:
Opino lo mismo, siempre que no lo pagues mañana.
RANK: Todo se paga en la vida.
NORA:
Doctor.... a usted le deben gustar mucho las máscaras.
RANK:
Sí, cuando se ven muchos trajes estrambóticos.
NORA:
Díganos: ¿qué disfraz vamos a ponernos la vez que nos
vistamos de máscaras usted y yo?
HELMER:
¡Loca! ¡Pues ya está pensando en otro baile!
RANK:
¿Usted y yo? Le diré: usted irá de mascota.
HELMER:
Bien, pero, a ver, un traje bonito de mascota.
RANK:
Tu mujer puede presentarse tal y como la vemos todos los
días.
HELMER:
¡Mucho! Pero ¿y tú?, ¿tienes algún pensamiento respecto a
tu disfraz?
RANK:
Eso, amigo mío, ya es cosa resuelta.
HELMER:
Veamos.
RANK:
En el próximo baile de máscaras seré invisible.
HELMER:
¡Esa sí que es broma!
RANK:
Hay un gran sombrero... ¿Has oído tú hablar de un sombrero
que  hace invisible a la persona? Se lo pone uno en la cabeza,
y nadie lo ve.
HELMER (Reprimiendo la risa):
Bien, bien, tienes razón.
RANK:
Pero olvidaba por completo a qué he venido. Helmer, dame
un cigarro, uno de tus habanos negros.
HELMER: Con mucho gusto.  (Le presenta la cigarrera).
NORA  (Encendiendo una cerilla):
Permítame que lo encienda.
RANK: ¡Gracias!  (Nora acerca la cerilla y él lo enciende). Y ahora,
¡adiós!
HELMER:
¡Adiós, adiós, amigo mío!
NORA:
Que descanse usted, doctor.)69(
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RANK:
Gracias por el buen deseo.
NORA:
Pues deséeme lo mismo.
RANK:
¿A usted?. ¡Vaya! Puesto que usted lo quiere ¡Que duerma usted
bien! Y gracias por el fuego. (Los saluda con un movimiento de cabeza
y se va).
ESCENA FINAL
HELMER  (En voz baja):
Ha bebido mucho.
NORA (Distraída):
Es muy posible.  (Helmer saca unas llaves del bolsillo y pasa
al recibidor).  ¿Qué vas a hacer, Torvaldo?
HELMER:
Desocupar el buzón; está atestado y no van a caber los
periódicos mañana por la mañana...
NORA:
¿Vas a trabajar esta noche?
HELMER:
De ningún modo... ¿Qué es esto? Han andado en la cerradura.
NORA:
 ¿En la cerradura?
HELMER:
Sin duda. ¿Qué significa esto? No puedo creer que las muchachas...
Aquí hay un trozo de aguja de cabello. Nora, es una de las tuyas.
NORA (Con viveza):
Quizá los niños...
HELMER:
Es preciso que les quites esa costumbre. ¡Hum! Vamos, ya está
abierto de todos modos. (Saca el contenido del buzón y llama). ¡Elena!...
¡Elena! Apague usted la luz de la entrada. (Entra con las cartas en la
mano y cierra la puerta del recibidor). Mira, ¿ves cuántas? (Examina los
sobres). ¿Qué es esto?
NORA  (En la ventana):
¡Esa carta! ¡No, no, Torvaldo!
HELMER:
Dos tarjetas de visita.... de Rank.
NORA:
¿Del doctor?
HELMER (Mirándolas):
Rank, doctor en medicina. Estaban sobre las cartas.... Las
habrá depositado en el buzón al salir.
NORA:
¿Tienen algo escrito?
HELMER:
Hay una cruz grande encima del nombre. Mira. ¡Qué broma
de tan mal gusto! Es como si diera parte de su muerte.)70(
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NORA:
Es lo que hace efectivamente.
HELMER:
¿Qué? ¿Qué sabes? ¿Te ha dicho algo?
NORA:
Sí. Las tarjetas significan que se ha despedido de nosotros para
siempre. Va a, encerrarse a morir.
HELMER:
¡Pobre amigo mío! Ya sabía que no había de vivir mucho
tiempo; pero tan pronto... Y va a ocultarse como un animal
herido.
NORA:
Si ha de ocurrir, vale más que sea en silencio. ¿Verdad, Torvaldo?
HELMER (Paseando):
Era como de la familia. No puedo aceptar la idea de su
pérdida. Con sus padecimientos y su genio retraído,
constituía como el fondo de sombra en el cuadro soleado
de nuestra felicidad.... En fin, quizá sea preferible... Al
menos para él. (Se detiene). Y acaso también para nosotros,
Nora. Ahora estamos consagrados exclusivamente el uno al otro.
(La abraza). ¡Ah! Mujercita adorada. Nunca te estrecharé bastante.
Mira, Nora.... quisiera que te amenazara algún peligro para poder
exponer mi vida, para dar mi sangre, para arriesgarlo todo, todo
por protegerte.
NORA  (Desprendiéndose, con voz firme y resuelta) :
Lee las cartas, Torvaldo.
HELMER:
No, no, esta noche no... Deseo quedarme contigo, con mi
idolatrada mujercita.
NORA:
¿Con la idea de la muerte de tu amigo?...
HELMER:
Tienes razón. A los dos nos ha afectado. Se ha interpuesto entre
nosotros la idea de la muerte y de la disolución. Tenemos que
hacer algo por olvidarla. Hasta entonces... Nos retiraremos cada
uno a nuestro aposento.
NORA (Arrojándose a su cuello):
¡Buenas noches, Torvaldo...., buenas noches!
HELMER (Besándola en la frente):
¡Buenas noches, avecilla cantora! Duerme en paz. Voy a
leer las cartas.  (Pasa a su habitación llevándose las cartas
y cierra la puerta).
NORA (Tanteando alrededor de sí, con ojos extraviados,
toma el dominó de Helmer y se cubre con él, diciendo con
voz breve, incoherente v sacudida):
¡No volver a ver lo jamás! ¡Jamás, jamás, jamás! ¡Y los niños..., no
volver a verlos tampoco!... ¡Oh! Aquella agua helada negra..., aquel
abismo..., aquel abismo sin fondo... ¡Ah! ¡Si siquiera hubiese pasado
ya!... Ahora la toma, la lee. No, no, todavía no. ¡Adiós, Torvaldo!....
¡Adiós, hijos! (Se precipita hacia la puerta; pero, en el mismo momento,
Helmer abre violentamente la de su habitación y aparece con una carta en la
mano).)71(
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HELMER:
¡Nora!
NORA (Lanzando un grito penetrante):
¡Ah!
HELMER:
¿Qué significa?... ¿Sabes lo que dice esta carta?
NORA:
Sí, lo sé. ¡Deja que me vaya! ¡Déjame salir!
HELMER (Deteniéndola):
¿Dónde vas?
NORA (Tratando de desasirse):
No debes salvarme, Torvaldo.
HELMER (Retrocediendo):
¡Entonces, es cierto! ¿Dice la verdad esta carta? ¡Qué horror!
No, no es posible, no puede ser.
NORA:
Es la verdad. Te he amado por sobre todas las cosas en el
mundo.
HELMER: ¡Eh! Dejémonos de tonterías.
NORA (Dando un paso hacia él): ¡Torvaldo!...
HELMER: ¡Desgraciada! ¿Qué has tenido valor de hacer?
NORA: Déjame salir. Tú no has de llevar el peso de mi falta, tú
no has de responder por mí.
HELMER: ¡Basta de comedias!  (Cierra la puerta del recibidor). Te
quedarás ahí, y me darás cuenta de tus actos. ¿Comprendes lo que
has hecho? Di, ¿lo comprendes?
NORA  (Le mira con expresión creciente de rigidez y dice
con voz opaca):
Sí, ahora empiezo a comprender la gravedad de las cosas.
HELMER  (Paseándose agitado):
¡Oh! Terrible despertar. ¡Durante ocho años.... ella, mi alegría
y mi orgullo..., una hipócrita, una embustera!... Todavía
peor: ¡una criminal! ¡Qué abismo de deformidad! ¡Qué
horror!  (Deteniéndose ante Nora, que continúa muda, le
mira fijamente). Yo habría debido presentir que iba a ocurrir alguna
cosa de esta índole. Habría debido preverlo. Con la ligereza de
principios de tu padre...; tú has heredado esos principios. ¡Falta
de religión, falta de moral, falta de todo sentimiento del deber! ...
¡Oh! Bien castigado estoy por haber tendido un velo sobre, su
conducta. Lo hice por ti, y éste es el pago que me das.
NORA:
Sí, así es.
HELMER:
Has destruido mi felicidad, aniquilado mi porvenir. No puedo
pensarlo sin estremecerme. Te has puesto a merced de un hombre
sin escrúpulos, que puede hacer de mí cuanto le plazca, pedirme
lo que quiera, disponer y mandar lo que guste sin que me atreva a
respirar. Así quedaré reducido a la impotencia, echado a pique
por la ligereza de una mujer.)72(
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© Pehuén Editores, 2001.
NORA:
Cuando yo haya abandonado este mundo, estarás libre.
HELMER:
¡Ah! Déjate de expresiones huecas. Tu padre tenía también una
lista de ellas. ¿Qué ganaría yo con que tú abandonaras el mundo,
como dices? Nada. A pesar de eso, podría trascender el caso, y
quizá se sospechara que yo había sido cómplice de tu criminal
acción. Podría creerse que fui el instigador, el que te indujo a
hacerlo. Y esto te lo debo a ti; a ti, a quien he llevado en brazos a
través de toda nuestra vida conyugal. ¿Comprendes ahora la
gravedad de lo que has hecho?
NORA (Tranquila y fría):
Sí.
HELMER:
Esto es tan increíble, que no vuelvo de mi asombro; pero
hay que tomar un partido. (Pausa). Quítate ese dominó.
¡Que te lo quites, digo!  (Pausa). Tengo que complacerlo
de una o de otra manera. Se trata de ahogar el asunto a
todo trance. Y, en cuanto a nosotros, como si nada hubiese
cambiado. Por supuesto, hablo sólo de las apariencias, y, por
consiguiente, seguirás viviendo aquí, lógicamente; pero te está
prohibido educar a los niños..., no me atrevo a confiártelos. ¡Ah!
Tener que hablar de este modo a quien tanto he amado y a quien
todavía... En fin, todo pasó, no hay más remedio. En lo sucesivo
no hay que pensar ya en la felicidad, sino sólo en salvar restos,
ruinas, apariencias... (Llaman a la puerta. Helmer se estremece). Qué es
esto? ¡Tan tarde! ¿Será ya ...? ¿Habrá ese hombre...? ¡Escóndete,
Nora! Di que estás enferma. (Nora no se mueve. Helmer va a abrir la
puerta).
ELENA (A medio vestir en el recibidor):
Una carta para la señora.
HELMER: Démela. (Toma la carta y cierra la puerta). Sí, es de él;
pero no la tendrás. Quiero leerla yo.
NORA: Léela.
HELMER (Aproximándose a la lámpara):
Apenas me atrevo. Quizá seamos víctimas uno y otro. No,
es preciso que yo sepa.  (Abre apresuradamente la carta,
recorre algunas líneas, examina un papel adjunto y lanza
una exclamación de alegría).  ¡Nora!  (Nora interroga con
la mirada). ¡Nora!... ¡No, tengo que leerlo otra vez! ... ¡Sí,
eso! ¡Estoy salvado! ¡Nora, estoy salvado!
NORA:
¿Y yo?
HELMER:
Tú también, naturalmente. Nos hemos salvado los dos.
Mira. Te devuelve el recibo. Dice que lamenta, que se arrepiente...,
un suceso feliz que acaba de cambiar su existencia... ¡Eh! Poco
importa lo que escribe. ¡Estamos salvados, Nora! Ya nadie puede
inferirte el menor daño. ¡Ah! Nora, Nora.... no, destruyamos ante
todo estas abominaciones. Déjame ver...  (Dirige una mirada al
recibidor). No, no quiero ya ver nada; supondré que he tenido una
pesadilla, y se acabó. (Rompe las dos cartas y el recibo, lo arroja todo a la
chimenea y contempla cómo arden los pedazos). ¡Ya! Todo ha desaparecido.
Te decía que desde las vísperas de Navidad tu... ¡Oh! ¡Qué tres
días de prueba has debido pasar, Nora!)73(
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© Pehuén Editores, 2001.
NORA:
Durante estos tres días he sostenido una lucha violenta.
HELMER:
Y te has desesperado; no veías más camino que... Olvidaremos
por completo todos estos sinsabores. Vamos a celebrar nuestra
liberación repitiendo continuamente: se ha concluido, se ha
concluido. Pero óyeme, Nora, parece que no comprendes: se ha
concluido. ¡Vamos! ¿Qué significa esa seriedad? ¡Oh! Pobrecilla
Nora, ya comprendo... No aciertas a creer que te perdono. Pues
créelo, Nora, te lo juro; estás completamente perdonada. Sé bien
que todo lo hiciste por amor a mí
NORA:
Es verdad.
HELMER:
Me has amado como una buena esposa debe amar a su
marido; pero flaqueabas en la elección de los medios. ¿Crees tú
que yo te quiero menos porque no puedas guiarte a ti misma? No,
no, confía en mí: no te faltará ayuda y dirección. No sería yo
hombre si tu capacidad de mujer no te hiciera doblemente
seductora a mis ojos. Olvida los reproches que te dirigí en los
primeros momentos de terror, cuando creía que todo iba a
desplomarse sobre mí. Te he perdonado, Nora, te juro que te he
perdonado.
NORA:
¡Gracias por el perdón!  (Se va por la puerta de la derecha).
HELMER:
No, quédate aquí... (La sigue con los ojos). ¿Por qué te diriges a la
alcoba?
NORA (Dentro):
Voy a quitarme el traje de máscaras.
HELMER (Cerca de la puerta, que ha quedado abierta):
Bien, descansa, procura tranquilizarte, reponerte de esta
alarma, pajarillo alborotado. Reposa en paz, yo tengo grandes
alas para cobijarte.  (Andando sin alejarse de la puerta). ¡Oh! Qué
tranquilo y delicioso hogar el nuestro, Nora. Aquí estás segura; te
guardaré como si fueras una paloma recogida por mí después de
sacarla sana y salva de las garras del buitre. Sabré tranquilizar tu
pobre corazón palpitante. Lo conseguiré poco a poco; créeme,
Nora. Mañana verás todo de otra manera. Todo seguirá como
antes. No necesitaré decirte a cada momento que te he perdonado,
porque tú misma lo comprenderás indudablemente. ¿Cómo
puedes creer que vaya a rechazarte ni a hacer cargos siquiera?
¡Ah! Tú no sabes lo que es un corazón que ama, Nora. ¡Es tan
dulce, es tan grato para la conciencia de un hombre perdonar
sinceramente! No es ya su esposa lo único que ve en el ser
perdonado, sino también su hija. Así te trataré en el porvenir,
criatura extraviada, sin brújula. No te preocupes por nada, Nora,
sé franca conmigo nada más, y yo seré tu voluntad y tu conciencia.
¡Calla! ¿No te has acostado? ¿Te has vuelto a vestir?
NORA (Con su ropa Habitual):
Sí, Torvaldo, he vuelto a vestirme.
HELMER:
¿Y para qué?
NORA:
No pienso dormir esta noche.)74(
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HELMER:
Pero, querida Nora...
NORA  (Mirando el reloj):
No es tarde todavía. Siéntate, Torvaldo, tenemos que hablar.
(Se sienta junto a la mesa).
HELMER:
Nora..., ¿qué significa esto? ¿Por qué estás tan seria?
NORA:
Siéntate. La conversación será larga. Tenemos mucho que decirnos.
HELMER  (Sentándose frente a ella):
Me tienes intranquilo, Nora. No te comprendo.
NORA:
Dices bien; no me comprendes. Ni yo tampoco te he comprendido
a ti hasta... esta noche. No me interrumpas. Oye lo que te digo...
Tenemos que ajustar nuestras cuentas.
HELMER: ¿En qué sentido?
NORA (Después de una pausa):
Estamos uno frente al otro. ¿No te llama la atención una
cosa?
HELMER:
¿Qué quieres decir?
NORA:
Hace ocho años que nos casamos. Piensa un momento:
¿no es ahora la primera vez que nosotros dos, marido y mujer,
hablamos a solas seriamente?
HELMER:
Seriamente, sí..., pero ¿qué?
NORA:
Ocho años han pasado.... y más todavía desde que nos conocemos,
y jamás se ha cruzado entre nosotros una palabra seria respecto
de un asunto grave.
HELMER:
Iba a hacerte partícipe de mis preocupaciones, sabiendo
que no podías quitármelas?
NORA:
No hablo de preocupaciones. Lo que quiero decir es que
jamás hemos tratado de mirar en común al fondo de las
cosas.
HELMER:
Pero veamos, querida Nora, ¿era esa preocupación apropiada para ti?
NORA:
¡Este es precisamente el caso! Tú no me has comprendido nunca...
Han sido muy  injustos conmigo, papá primero, y tú después.
HELMER:
¿Qué? ¡Nosotros dos!... Pero ¿hay alguien que te haya amado
más que nosotros?
NORA  (Moviendo la cabeza):
Jamás me amaron. Les parecía agradable estar en adoración
delante de mi, ni más ni menos.
HELMER:
Vamos a ver, Nora, ¿qué significa este lenguaje?)75(
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NORA:
Lo que te digo, Torvaldo. Cuando estaba al lado de papá,
él me exponía sus ideas, y yo las seguía. Si tenía otras
distintas, las ocultaba; por que no le hubiera gustado. Me
llamaba su muñequita, y íugaba conmigo como yo con mis
muñecas. Después vine a tu casa.
HELMER:
Empleas una frase singular para hablar de nuestro
matrimonio.
NORA (Sin variar de tono):
Quiero decir que de manos de papá pasé a las tuyas. Tú lo
arreglaste todo a tu gusto, y yo participaba de tu gusto, o
lo daba a entender; no puedo asegurarlo, quizá lo uno y lo
otro. Ahora, mirando hacia atrás, me parece que he vivido aquí
como los pobres.... al día. He vivido de las piruetas que hacía para
recrearte, Torvaldo. Eso entraba en tus fines. Tú y papá han sido
muy culpables conmigo, y ustedes tienen la culpa de que yo no
sirva para nada.
HELMER:
Eres incomprensible e ingrata, Nora. ¿No has sido feliz a
mi lado?
NORA:
¡No! Creía serlo, pero no lo he sido jamás.
HELMER:
¡Que no..., que no has sido feliz!
NORA:
No, estaba alegre y nada más. Eras amable conmigo.... pero nuestra
casa sólo era un salón de recreo. He sido una muñeca grande en
tu casa, como fui muñeca en casa de papá. Y nuestros hijos, a su
vez, han sido mis muñecas. A mí me hacía gracia verte jugar
conmigo, como a los niños les divertía verme jugar con ellos.
Esto es lo que ha sido nuestra unión, Torvaldo.
HELMER:
Hay algo de cierto en lo que dices.... aunque exageras
mucho. Pero, en lo sucesivo, cambiará todo. Ha pasado el
tiempo de recreo; ahora viene e de la educación.
NORA:
¿La educación de quién? ¿La mía o la de los niños?
HELMER:
La tuya y la de los niños, querida Nora.
NORA:
¡Ay! Torvaldo. No eres capaz de educarme, de hacer de mí
la verdadera esposa que necesitas.
HELMER:
¿Y eres tú quien lo dice?
NORA:
Y en cuanto a mí.... ¿qué preparación tengo para educar a
los niños?
HELMER:
¡Nora!
NORA:
¿No lo has dicho tú hace poco?... ¿No has dicho que es una
tarea que no te atreves a confiarme?)76(
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HELMER:
Lo he dicho en un momento de irritación. ¿Ahora vas a
insistir en eso?
NORA:
¡Dios mío! Lo dijiste bien claramente, Es una tarea superior
a mis fuerzas. Hay otra que debo atender desde luego, y
quiero pensar, ante todo, en educarme a mí  misma. Tú no
eres hombre capaz de facilitarme este trabajo, y necesito
emprenderlo yo sola. Por eso voy a dejarte.
HELMER  (Levantándose de un salto.):
¡Qué! ¿Qué dices?
NORA:
Necesito estar sola para estudiarme a mí misma y a cuanto
me rodea; así es que no puedo permanecer a tu lado.
HELMER:
¡Nora! ¡Nora!
NORA:
Quiero marcharme en seguida. No me faltará albergue para
esta noche en casa de Cristina.
HELMER:
¡Has perdido el juicio! No tienes derecho a marcharte. Te
lo prohibo.
NORA:
Tú no puedes prohibirme nada de aquí en adelante. Me llevo
todo lo mío. De ti no quiero recibir nada ahora ni nunca.
HELMER:
Pero ¿qué locura es ésta?
NORA:
Mañana salgo para mi país... Allí podré vivir mejor.
HELMER:
¡Qué ciega estás, pobre criatura sin experiencia!
NORA:
Ya procuraré adquirir experiencia, Torvaldo.
HELMER:
¡Abandonar tu hogar, tu esposo, tus hijos!... ¿No piensas en lo
que se dirá?
NORA:
No puedo pensar en esas pequeñeces. Sólo sé que para mí es
indispensable.
HELMER:
¡Ah! ¡Es irritante! ¿De modo que traicionarás los deberes
más sagrados?
NORA:
¿A qué llamas tú mis deberes más sagrados?
HELMER:
¿Necesitas que te lo diga? ¿No son tus deberes para con tu
marido y tus hijos?
NORA:
Tengo otros no menos sagrados.)77(
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HELMER:
No los tienes. ¿Qué deberes son ésos?
NORA:
Mis deberes para conmigo misma.
HELMER:
Antes que nada, eres esposa y madre.
NORA:
No creo ya en eso. Ante todo soy un ser humano con los mismos
títulos que tú..., o, por lo menos, debo tratar de serlo. Sé que la
mayoría de los hombres te darán la razón, Torvaldo, y que esas
ideas están impresas en los libros; pero ahora no puedo pensar
en lo que dicen los hombres y en lo que se imprime en los libros.
Necesito formarme mi idea respecto de esto y procurar darme
cuenta de todo.
HELMER:
¡Qué! ¿No comprendes cuál es tu puesto en el hogar? ¿No tienes
un guía infalible en estas cuestiones? ¿No tienes la religión?
NORA:
¡Ay! Torvaldo. No sé exactamente qué es la religión.
HELMER:
¿Que no sabes qué es?
NORA:
Sólo sé lo que me dijo el pastor Hansen al prepararme
para la confirmación. La religión es esto, aquello y lo de
más allá. Cuando esté sola y libre, examinaré esa cuestión
como una de tantas, y veré si el pastor decía la verdad, o, por lo
menos, si lo que me dijo era verdad respecto de mí.
HELMER:
¡Oh! ¡Es inaudito en una mujer tan joven! Pero si no puede
guiarte la religión, déjame al menos sondear tu conciencia. Porque
¿supongo que tendrás al menos sentido moral? ¿O es que tampoco
tienes eso? Responde.
NORA:
¿Qué quieres, Torvaldo? Me es difícil contestarte. Lo ignoro.
No veo claro nada de eso. No sé más que una cosa y es
que mis ideas son completamente distintas de las tuyas; que las
leyes no son las que yo creía, y, en cuanto a que esas leyes sean
justas, no me cabe en la cabeza. ¡No tener derecho una mujer a
evitar una preocupación a su padre anciano y moribundo, ni a
salvar la vida a su esposo! ¡Eso no es posible!
HELMER: Hablas como una chiquilla. No comprendes nada de
la sociedad de que formas parte.
NORA:
No, no comprendo nada; pero quiero comprenderlo y
averiguar de parte de quién está la razón: si de la sociedad
o de mí.
HELMER: Tú estás enferma, Nora; tienes fiebre, y hasta
casi creo que no estás en tu juicio.
NORA: Por lo contrario, esta noche estoy más despejada y
segura de mí que nunca.
HELMER:
¿Y con esa seguridad y esa lucidez abandonas a tu marido y a tus
hijos?)78(
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NORA:
Sí.
HELMER:
Eso no tiene más que una explicación.
NORA:
¿Qué explicación?
HELMER: ¡Ya no me amas!
NORA:
Así es; en efecto, ésa es la razón de todo.
HELMER:
¡Nora!... ¿Y me lo dices?
NORA:
Lo siento, Torvaldo, porque has sido siempre muy bueno
conmigo... Pero ¿qué he de hacerle? No te amo ya.
HELMER (Esforzándose por permanecer sereno):
De eso, por supuesto, ¿también estás completamente
convencida?
NORA:
Absolutamente. Y por eso no quiero estar más aquí.
HELMER:
¿Y puedes explicarme cómo he perdido tu amor?
NORA:
Muy sencillo. Ha sido esta misma noche, al ver que no se realizaba
el prodigio esperado. Entonces he comprendido que no eras el
hombre que yo creía.
HELMER:
Explícate. No entiendo....
NORA:
Durante ocho años he esperado con paciencia, porque
sabía de sobra, Dios mío, que los prodigios no son cosas
que ocurren diariamente. Llegó al fin el momento de angustia, y
me dije con certidumbre: ahora va a realizarse el prodigio. Mientras
la carta de Krogstad estuvo en el buzón, no creí ni por un
momento que pudieras doblegarte a las exigencias de ese hombre,
sino qué, por lo contrario, le dirías: «Dígaselo a todo el mundo».
Y cuando eso hubiera ocurrido...
HELMER:
¡Ah, sí!... ¿Cuando yo hubiera entregado a mi esposa a la
vergüenza y al menosprecio ...?
NORA:
Cuando eso hubiera ocurrido, yo estaba completamente
segura de que responderías a todo diciendo: «Yo soy
culpable».
HELMER:
¡Nora!
NORA:
Vas a decir que yo no hubiera aceptado semejante sacrificio.
Es cierto. Pero ¿de qué hubiese servido mi afirmación al
lado de la tuya?... ¡Pues bien!, ése era el prodigio que esperaba con
terror, y, para evitarlo, iba a morir.)79(
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HELMER:
Nora, con placer hubiese trabajado por ti día y noche, y
hubiese soportado toda clase de privaciones y de
penalidades; pero no hay nadie que sacrifique su honor por el ser
amado.
NORA:
Lo han hecho millares de mujeres.
HELMER:
¡Eh! Piensas como una niña, y hablas del mismo modo.
NORA:
Es posible, pero tú no piensas ni hablas como el hombre a quien
yo puedo seguir. Ya tranquilizado, no en cuanto al peligro que me
amenazaba, sino al que corrías tú..., todo lo olvidaste, y vuelvo a
ser tu avecilla cantora, la muñequita que estabas dispuesto a llevar
en brazos como antes, y con más precauciones que nunca al
descubrir que soy más frágil. (Levantándose). Escucha, Torvaldo:
en aquel momento me pareció que había vivido ocho años en
esta casa con un extraño, y que había tenido tres hijos con él...
¡Ah! ¡No quiero pensarlo siquiera! Tengo tentación de desgarrarme
a mí misma en mil pedazos.
HELMER (Sordamente):
Lo comprendo; el hecho es indudable. Se ha abierto entre
nosotros un abismo. Pero di si no puede repararse, Nora.
NORA:
Como yo soy ahora, no puedo ser tu esposa.
HELMER:
Yo puedo transformarme.
NORA:
Quizá..., si te quitan tu muñeca.
HELMER:
¡Separarse..., separarse de ti! No, no, Nora, no puedo resignarme
a la separación.
NORA (Dirigiéndose hacia la puerta de la derecha):
Razón de más para concluir. (Se va y vuelve con el abrigo, el sombrero y
una pequeña maleta de viaje, que deja sobre una silla cerca de la mesa).
HELMER:
Nora, todavía no, todavía no. Espera a mañana.
NORA  (Poniéndose el abrigo):
No puedo pasar la noche bajo el techo de un extraño.
HELMER:
¿Pero no podemos seguir viviendo juntos como hermanos?
NORA  (Poniéndose el sombrero):
Semejante tipo de vida no duraría mucho.  (Poniéndose el
chal sobre los hombros). Adiós, Torvaldo. No quiero ver a los niños.
Sé que están en mejores manos que las mías. En mi situación
actual.... no puedo ser una madre para ellos.
HELMER:
Pero ¿algún día, Nora..., un día?
NORA:
Nada puedo decirte, porque ignoro lo que será de mí.
HELMER:
Pero sea como sea, eres mi esposa.)80(
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NORA: Cuando una mujer abandona el domicilio conyugal, como
yo lo abandono, las leyes, según dicen, eximen al marido de toda
obligación con respecto a ella. De cualquier modo te eximo, porque
no es justo que tú quedes encadenado, no estándolo yo. Absoluta
libertad por ambas partes. Toma, aquí tienes tu anillo. Devuélveme
el mío.
HELMER:
¿También eso?
NORA:
Sí.
HELMER:
Toma.
NORA:
Gracias. Ahora todo ha concluido. Ahí dejo las llaves. En lo que
respecta a la casa, la doncella está enterada de todo... mejor que
yo. Mañana, después de mi marcha, vendrá Cristina a guardar en
un baúl cuanto traje al venir aquí, pues deseo que se me envíe.
HELMER:
¡Todo ha concluido! ¿No pensarás en mí jamás, Nora?
NORA:
Seguramente que pensaré con frecuencia en ti y en los
niños y en la casa.
HELMER:
¿Puedo escribirte, Nora?
NORA:
¡No, jamás! Te lo prohibo.
HELMER:
¡Oh! Pero puedo enviarte...
NORA:
Nada, nada.
HELMER:
Ayudarte, si lo necesitas.
NORA:
¡No! No puedo aceptar nada de un extraño.
HELMER:
Nora..., ¿ya no seré más que un extraño para ti?
NORA (Tomando la maleta de viaje):
¡Ah! Torvaldo. Se necesitaría que se realizara el mayor de
los milagros.
HELMER:
Di cuál.
NORA:
Necesitaríamos transformarnos los dos hasta el extremo
de... ¡Ay! Torvaldo. No creo ya en milagros.
HELMER:
Pues yo sí quiero creer. Di: ¿deberíamos transformarnos
los dos hasta el extremo de ...?
NORA:
Hasta el extremo de que nuestra unión fuera un verdadero
matrimonio. ¡Adiós! (Se oye cerrar la puerta de la casa).)81(
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HELMER (Dejándose caer en una silla cerca de la puerta y ocultándose el
rostro con las manos):
¡Nora, Nora! (Levanta la cabeza y mira en derredor suyo). ¡Se ha ido!
¡No verla más!...  (Con vislumbre de esperanza.). ¡El mayor de los
milagros! (Se va).
HENRIK IBSEN:
RETRATISTA SICOLOGICO
Y FOTOGRAFO SOCIAL
ENTRE  LOS CALIFICATIVOS MÁS habituales que ha recibido el
dramaturgo noruego Henrik Johan Ibsen, está el de «Padre del
teatro contemporáneo». Y es que a partir del estreno de sus obras
más conocidas, Ibsen fue consolidando temas dramáticos y formas
teatrales que con los años se convertirían en la manera más
característica de hacer teatro. Incluso muchos historiadores de la
literatura hablan de un «antes» y un «después» de Ibsen.
Su teatro de personajes con perfiles sicológicos definidos, la crítica
social y moral que lleva envuelta su propuesta, la utilización del
Realismo como manera de aproximarse al individuo y a la sociedad,
fueron elementos tan fuertes y de tal repercusión en el teatro de
fines del siglo pasado y comienzos de éste, que a partir de sus
obras una nueva época había nacido para la escena occidental. El
éxito y el reconocimiento le sobrevinieron a Ibsen en vida,
popularizándose en Noruega y Europa su figura de rostro)82(
HENRIK IBSEN CASA DE MUÑECAS
© Pehuén Editores, 2001.
enfurruñado y de profusas patillas, ojo atento para poner en tela
de juicio al mundo de su tiempo.
Ibsen nació en el pequeño puerto de Skien, situado a 150
kilómetros de la capital de Noruega, Cristianía, actual Oslo. Su
padre era un importante negociante que perdió su fortuna debido
a reveses económicos, sumiéndose en una situación que le permitió
dar educación a su hijo sólo hasta los quince años. A esa edad,
Henrik se instaló en la ciudad costera de Grimstad, donde se
desempeñó como aprendiz de farmacéutico. En el local de trabajo
escribió sus primeros poemas y en 1841, a los 2l años, concluyó
Catalina, su primera obra de teatro que no fue estrenada sino
hasta 1881.
En 1850 se realizó su primera representación teatral, La tumba
del guerrero, el mismo año en que reprobó su examen de ingreso
a la universidad. En 1851, Ibsen hizo pública su simpatía por los
movimientos nacionales y en esta perspectiva fundó, junto a dos
amigos, la revista Andhrimner. Ese mismo año entró a trabajar
como asistente en el primer Teatro Nacional Noruego, en la ciudad
de Bergen, cargo en el que se mantuvo seis años. A partir de
1851, Ibsen llevó una vida particularmente activa. Se casó en 1858
con Susanna Thoresen con quien tuvo un hijo  (Sigurd) al año
siguiente. En esa época se dedicó casi exclusivamente a la actividad
escénica, realizando giras por distintos países europeos, viendo
teatro y estrenando producciones de su primera etapa, la mayoría
en el teatro de Bergen. También editó profusamente libros con
sus poemas, obras y polémicos ensayos. Pero son precisamente
sus piezas teatrales las más negativamente tratadas por la crítica y
el público, incluso en 1862, cuando publicó La comedia del amor
-que sólo se estrenó en 1873-, Ibsen fue acusado de inmoral. Un
profesor universitario propuso castigar públicamente al autor con
una golpiza «a bastonazos».
Su suerte comenzó a cambiar en los años siguientes, gracias a
algunas obras que fueron bien recibidas en Noruega y Europa,
como Brand y La coalición de los jóvenes. En 1871 fue
condecorado por el gobierno de Dinamarca, convirtiéndose en
un nombre relativamente conocido. A partir de ese momento, y
gracias a los sucesivos y progresivos estrenos teatrales (Emperador
y Galileo, Peer Gynt, Los guerreros de Helgoland y sobre todo Los pilares de
la sociedad), se convirtió en un célebre dramaturgo que dejaba atrás
tanto las penurias económicas como la crítica negativa. Su éxito
definitivo -aunque no exento de un tono escandaloso- vino en
1879, para el estreno oficial de Casa de muñecas, en el Teatro
Real de Copenhague, hasta ahora su creación más conocida. La
mayoría de las capitales europeas lo representaban, en algunas de
las cuales lbsen vivió, como Roma y Munich.
De una manera casi premonitorio, en 1899 publicó Cuando los
muertos despertamos: al año siguiente sufrió un ataque de apoplejía
que lo dejó imposibilitado de trabajar. Un segundo ataque al poco
tiempo le produjo tal disminución física y mental, que hasta 1905
quedó confinado a una silla de ruedas, al cuidado de un enfermero
y con una única distracción: mirar la vida callejera a través de los
cristales de la ventana. Finalmente, postrado en su lecho, Ibsen
murió en mayo de 1906. A sus funerales asistió el rey de Noruega,
embajadores, miembros del Parlamento, representantes de la
Iglesia y de los medios universitarios. Sus restos fueron depositados
en un mausoleo especialmente construido para recibirlos.
Además de dramaturgo, hombre de teatro y escritor, Ibsen fue
una figura pública, no sólo en su país, sino también en Europa. Y
parte de ello se debió a que su espíritu inquieto y cuestionador
absorbió los aires republicanos del mundo y los llevó a Noruega,
una nación que había sido dominada durante 450 años por sus
vecinos escandinavos, sin conocer la libertad. El Romanticismo
alemán influyó fuertemente en su primera etapa, marcando sus
escritos con proclamas de libertad. Todo ello le ganó un sitial
polémico desde temprano entre sus contemporáneos,
convirtiéndose con los años en alguien que influiría sobre la)83(
HENRIK IBSEN CASA DE MUÑECAS
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opinión pública. De allí su popularidad y el reconocimiento oficial
que poco a poco fue ganando.
Habitualmente se distinguen tres etapas en Ibsen: una primera
muy ligada al Romanticismo alemán, plena de mitologías, aires
épicos y poéticos, fabuladora, más cerca de la fantasía que del
Realismo, la segunda época -por la que es más conocido- está
dominada por la crítica social y la postura ética frente a las
corrupciones de su tiempo, iniciada por La coalición de los jóvenes;
la tercera, en fin, está más cercana al simbolismo y al estudio del
inconsciente, y ya se esboza en El pato salvaje y Rosmersholm.
De este período, su producción cumbre es Hedda Gabler,
protagonizada por un mujer cercana al caso clínico, de reprimida
vida emocional y ahogada por su doble temor al ridículo y el
escándalo. Con esta obra, Ibsen condensó una de sus vertientes
teatrales, el complejo retrato sicológico, que anunciaba a su vez
los estudios sicoanalíticos iniciados por Sigmund Freud algunos
años después: en 1895, Freud publica sus famosos Estudios sobre
la histeria, que revolucionarán la medicina de su tiempo.
El paso entre la primera y la segunda etapa de la producción
ibseniana se sitúa después del estreno del poema dramático Peer
Gynt. A pesar de que hoy en día goza de popularidad, en su tiempo
fue acerbamente criticada, por supuestas alusiones sumergidas que
el dramaturgo habría deslizado en los parlamentos del conformista
y acomodaticio personaje protagónico. Furioso por esta reacción,
lbsen escribió a su amigo, colega y más tarde consuegro
Björnstjerne Björnson: «La indignación multiplica mis fuerzas.
¿Quieren la guerra? ¡Les haré la guerra! Mi intención es ahora
dedicarme a la fotografía. Haré posar a mis contemporáneos uno
por uno frente a mí objetivo. Cada vez que me encuentre con un
alma digna de ser retratada, no perdonaré ni un pensamiento ni
una fugaz intención apenas enmascarada por la palabra». El
dramaturgo lo decía en un sentido real y en uno literario:
efectivamente estudió el arte de la fotografía -que por aquellos
años era aún incipiente- y llegó a dominarlo con eficacia; pero
también, a partir de ese momento, sus preocupaciones se volcaron
hacia el palpable mundo que le rodeaba y a retratar críticamente
sobre el escenario a la sociedad de su tiempo.
Ibsen renunció entonces al teatro legendario y fantástico,
a sus poéticas incursiones en la Historia, para abocarse a
la composición de lo que se conoce como sus «Trece
Dramas Burgueses». En ellos se encargará de retratar la
descomposición moral de la sociedad noruega, el proceso de su
transformación en «un mundo de engaños y mentiras», al influjo
del desarrollo del capitalismo industrial.
Justamente en La coalición de los jóvenes narra la carrera pública
y privada de un muchacho liberal, un «Peer Gynt metido a político».
En ella se pone en tela de juicio la carencia de valores morales y el
egoísmo de la juventud acomodada, su oportunismo hipócrita y
su vacío interno, apenas recubierto de un cierto brillo exterior. A
partir de ese momento, también Ibsen emprende otra tarea que
transformará el drama contemporáneo: el uso de una prosa
cotidiana, en lo que definió como «el mucho más difícil
arte de reproducir el genuino y llano lenguaje que se habla en la
vida». Asumió así el lenguaje de la clase media, postergando la
riqueza «literaria», pero llenándolo de significaciones y
convirtiéndolo en un vehículo dramático elocuente y eficaz.
En su afán por retratar críticamente los males morales y la
descomposición de la sociedad, Ibsen creó una de sus obras
mayores y más representativas: Los pilares de la sociedad. En ella,
tres importantes miembros de la comunidad -comerciantes y
funcionarios gubernamentales- elaboran un plan para que la
construcción del futuro ferrocarril sea hecha a través de unas
tierras que les pertenecen, y no por el borde de la costa, como era
lo correcto. Ello los beneficiará, al revalorizarse unos terrenos
que acaban de adquirir a bajo precio. Lo interesante -y que no
convierte a la obra en una mera denuncia- es que estos personajes)84(
HENRIK IBSEN CASA DE MUÑECAS
© Pehuén Editores, 2001.
disfrazan sus maniobras en decisiones políticas del más alto nivel,
cuyos trascendentes objetivos, según proclaman, apuntan al bien
de toda la sociedad. En Los pilares de la sociedad, Ibsen desliza
una clara reflexión: en general, las mejorías del desarrollo
tecnológico son aceptadas o rechazadas según la conveniencia de
estos sectores de poder.
Aquí se arremete contra todas las instancias dominantes de la
época, incluido el clero, y multiplica su denuncia: los comerciantes
regentan una compañía naviera que despacha barcos en malas
condiciones, muchos de los cuales naufragan, muriendo sus
pasajeros. En este caso se refiere a hechos reales de su época: ya
en 1868, el Parlamento inglés había tratado este tema, e incluso
en Noruega existió un escándalo por un caso parecido, un año
antes del estreno de la obra.
Escándalo también es el que aparece en una de sus piezas más
combativas, Un enemigo del pueblo. Aquí se cuenta la historia
del doctor Stockamann, quien se echa encima a toda su pequeña
ciudad al pretender denunciar la polución de las aguas termales
que constituyen el principal ingreso de aquélla, y donde se revelan
otras corrupciones de la comunidad. A pesar de su carácter
«panfletario», la obra ha sobrevivido gracias a la singular fuerza, a
la lucha entre la razón y la fuerza, entre el progreso y la inmovilidad,
entre la honestidad y la hipocresía criminal.
Con estas creaciones, Ibsen fue cumpliendo su programa central:
poner al descubierto la decadencia de un mundo que se asienta
sobre las bases de la opresión y la mentira, los llamados «pilares
de la sociedad». En este sentido, el dramaturgo noruego se basaba
en elementos de la historia universal que le tocaba vivir: a finales
del siglo XIX crecía la llamada segunda Revolución Industrial,
caracterizada por la urbanización y crecimiento del proletariado y
la readecuación de las estructuras sociopolíticas.
Este enfoque de Ibsen modeló el carácter esencial de sus
creaciones más importantes: el realismo crítico. Las dos vertientes
que caracterizan su producción son, por un lado, el empleo de un
conjunto de técnicas expositivas, de una serie de ilusiones
interpretativas y escenográficas que contribuyen en el espectador
a crear la sensación de «realidad»; y, por otro, la decisión de enjuiciar
esa realidad, planteando de manera explícita los grandes problemas
provocados por la sociedad europea de su época.
Así, a través de una rigurosa estructura en la que los personajes se
presentan y debaten temas claves de su tiempo, queda
vigorosamente retratada la «clase burguesa» de la época, o por lo
menos aquélla dominada por la hipocresía social, la corrupción
política, la organización patriarcal de la familia, la subordinación
de la mujer y, en general, la incesante contradicción entre los
principios morales que dicen sustentarse, y la existencia social
concreta. El lenguaje no es ya el tono elevado del drama poético,
sino el de la discusión racional y lógica. A pesar de ello, en los
dramas de Ibsen nunca los personajes aparecen como muñecos
inanimados cuya única función es exponer vicios sociales: la fina
red de tejido sicológico, la trama argumental, los elementos
simbólicos que tiñen la acción, la organización de la estructura
dramática y la complejidad de las relaciones, constituyen un
universo de variadas resonancias. Ello permite que hoy día se vean
desde varias lecturas y perspectivas renovadas.
En su conjunto, la obra de Ibsen renegó del concepto romántico
que dominaba en la época y propuso una estética distinta. Pero
aunque este Realismo es notorio en gran parte de su producción
también aparece moderadamente la tendencia Naturalista, que
creció sobre todo en la narrativa de la época. En este concepto, el
escritor era extremadamente detallista en su fijación científica para
los tipos, caracteres y conflictos. Los naturalistas incluyeron en
sus obras los conocimientos de su tiempo, fundamentalmente
los relacionados con la Medicina y la Biología. En Ibsen, esta
preocupación aparece en algunas ocasiones. En Casa de muñecas,
por ejemplo, está presente en el doctor Rank, quien morirá de)85(
HENRIK IBSEN CASA DE MUÑECAS
© Pehuén Editores, 2001.
una enfermedad hereditaria debido a los excesos en la comida y
la bebida cometidos por su padre. En rigor, el avance de la ciencia
contemporánea ha demostrado que tales excesos no
necesariamente se manifiestan en los descendientes y en ningún
caso de esa manera, y por ello este aspecto de la creación
Naturalista que actualmente podría parecer ingenua. En todo caso,
las obras de Ibsen que rozan este tema no vuelven esenciales las
creencias naturalistas, sino que las transforman en metáforas de
preocupaciones mayores.
Aunque su creación podría ser vista como la encarnación de
postulados puramente «sociales», en Ibsen domina la perspectiva
individual, el deber de la persona para consigo misma. Aquí es
preferente la tarea de autorrealización, la imposición de la propia
naturaleza contra los prejuicios y los convencionalismos
mezquinos y pasados de moda de la sociedad. En Europa se le
veneró por ser una especie de «predicador moral», de acusador
apasionado y defensor imperturbable de la verdad, y sus obras no
necesariamente tenían que encajar con un pensamiento
caracterizado después como de «socialista». De hecho, Ibsen no
creía mucho en el dictado democrático de que las mayorías tenían
la razón. Esta actitud solitaria aparece sintetizada en un parlamento
de Un enemigo del pueblo: «El hombre más fuerte del mundo es
el que está más solo». A pesar de que varias veces opinó que «Las
mayorías no tienen nunca la razón», la lectura de sus dramas arroja
una postura que actualmente llamaríamos solidaria y humanista.
En efecto, sus creaciones son una mirada compasiva y defensiva
del más caído y desposeído.
Esta mirada aparece con inusitado vigor precisamente en su pieza
más popular: Casa de muñecas. El argumento gira en torno a
Nora, una encantadora y dichosa dueña de casa que al comenzar
la acción se prepara a celebrar la Navidad junto a su marido Helmer
y sus hijos. Por lo que los personajes comentan, atrás han quedado
los días de oscuridad económica: restablecido Helmer de una
dolencia, acaba de ser nombrado en un importante cargo en un
banco.
Sin embargo, un episodio del pasado sigue perturbando a Nora:
cuando su marido estuvo enfermo, ella se vio en la obligación de
obtener dinero prestado. A falta de otro recurso, falsificó la firma
de su padre para conseguirlo. Poco a poco fue reduciendo su
deuda y ahora puede cancelar el saldo final. Pero Krogstad, el
hombre que le facilitó la suma, trata de extorsionarla para que
convenza a su marido de que le dé un buen puesto en el banco.
Amenaza a Nora que si no consigue ese cargo, hará público el
documento donde aparece la firma falsificada. Aunque al final
Nora puede salvar la situación evitando que Helmer acceda al
documento, deja que las cosas ocurran, esperando una
comprensión de él: mal que mal, la acción de Nora estuvo
encaminada a salvarle la vida. Al revés de ello, Helmer la acusa en
los peores términos y le dicta una norma en la futura vida en
común: la prohibición de educar a los hijos. Decepcionada, Nora,
no acepta esa propuesta y decide irse de la casa para hacer una
vida diferente. Todo concluye con su salida del hogar.
Casa de muñecas es una de las obras más estudiadas y analizadas
del presente siglo, y normalmente centro de agudas polémicas,
sobre todo en los años inmediatamente posteriores a su estreno.
Habitualmente el debate se centra en la actitud de Nora, en su
decisión de abandonar la familia para ser ella misma. Y aunque
hoy en día esta decisión puede parecer más lógica, en la época del
Ibsen se trató de algo insólito e inesperado. Con los años, el
«noraísmo» se convirtió en bandera de lucha de los incipientes
movimientos feministas de principios de este siglo.
Al margen de que efectivamente en su actitud hay una
reivindicación de la mujer domesticada y puesta en calidad de
adorno en el hogar, Casa de muñecas profundiza en el papel de
Nora como persona: su salida del hogar es un intento de
crecimiento como ser humano, una maduración que le otorgue)86(
HENRIK IBSEN CASA DE MUÑECAS
© Pehuén Editores, 2001.
su propia identidad. Porque en su casa ella no ha tenido ninguna
función relevante ni motriz, sino puramente decorativa. Es una
«ardillita», una «alondra» o un «pajarillo azorado» -que trina, pero
no habla-, una mujer hermosa que baila maravillosamente, que es
divertida, una «locuela» irresponsable... Pero Nora ni siquiera tiene
poder de decisión frente a las golosinas que puede o no comer.
Menos aún haber tomado la decisión de falsificar una firma para
salvar al marido. En suma, Ibsen retrata aquí el papel normal que
en aquella época se le asignaba a la esposa en un hogar acomodado:
se trata de una «casa de muñecas», habitada sólo por personajes
inertes con los cuales los demás juegan, mera compañía pasiva,
sin protagonismo efectivo y carente de comunicación.
Tradicionalmente se ha indicado como clave en el teatro
contemporáneo el momento en que Nora sale de la casa. En
rigor, el instante más decisivamente dramático es cuando ella le
dice a su esposo «Siéntate, Torvaldo; tenemos que hablar». Allí se
conoce realmente su estatura humana: Nora es una mujer que ha
crecido y se ha desarrollado; su superficie de frivolidad y encanto
es engañosa, ya que desplaza esa imagen primera por la de una
mujer consciente, segura y reflexiva. Helmer, en cambio, asume
en plenitud la filosofía de la época y la concepción que existía del
hogar, y no varía en nada su pensamiento. Nora esperaba de él un
milagro que nunca se produjo, lo que habla en forma elocuente -
al revés de su esposa- de su carácter estático y convencional.
Una vez más Ibsen fotografía la mentira de la época, ya que queda
en evidencia que el hogar de Nora y Helmer está construido sobre
un engaño. Además de la rebelión de la mujer por la falsedad de
su matrimonio, hay una protesta frente a las leyes que la condenan
por la falsificación de un documento, habiendo de por medio
una vida humana. «¡No tener derecho una mujer a evitar una
preocupación a su padre anciano y moribundo, ni a salvar la vida
a su esposo! ¡Eso no es posible!», reclama Nora, a lo cual su esposo
le responde con una frase convencional y descalificatoria: «Hablas
como una chiquilla. No comprendes nada de la sociedad de que
formas parte».
En fin, la incomprendida postura de Nora fue ganando terreno
con los años, hasta convertirla con el tiempo en una
contemporánea, figura decisiva de la dramaturgia universal, siempre
representada, siempre comentada.
Juan Andrés Piña.)87(
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© Pehuén Editores, 2001.)88(
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© Pehuén Editores, 2001.
GLOSARIO DE
TERMINOS TEATRALES
ALTA COMEDIA: Género teatral que surgió en España a
mediados del siglo XIX como reacción ante el exceso retórico y
la ampulosidad del drama romántico, y como intento de acomodar
la escena al realismo que en ese momento imperaba en Europa.
En muchas de sus obras se exponían ciertos problemas de la
sociedad de su época, en ocasiones con bastante comicidad y
sentimentalismo. Uno de sus cultores más conocidos fue Ventura
de la Vega.
ANFITEATRO: Edificio de forma ovalada o circular rodeado
de amplias graderías, que durante el Imperio Romano se dedicaba,
en su centro de arena, a la lucha de gladiadores y a espectáculos
con animales salvajes. En la actualidad, este término se refiere a
cualquier edificio destinado a espectáculos como los anteriores,
pero por sobre todo a las graderías dispuestas de manera
semicircular y situadas en uno de los pisos altos de la sala de
teatro.)89(
HENRIK IBSEN CASA DE MUÑECAS
© Pehuén Editores, 2001.
MONTAJE: Transformación de un texto dramático en
espectáculo; realización de la puesta en escena de una obra escrita.
También se refiere al acto de colocar sobre el escenario los
decorados, muebles, luces y todo el equipo necesario para llevar a
cabo una función.
OPERA: Espectáculo que, consiste en un drama cantado en su
totalidad, con acompañamiento musical de orquesta. Tiene su
origen en Italia, a finales del siglo XVI, y nació con el propósito
de revitalizar la tragedia clásica por medio de la música. La Opera
tuvo su máximo esplendor en los siglos XVIII y XIX, cuando
compusieron para ella los más afamados músicos de Europa. Sus
libretos muchas veces han sido adaptaciones de grandes novelas
y de piezas dramáticas famosas.
PIE: Consiste en una palabra, gesto, frase o movimiento escénico
que sirve de señal a un actor o al cuerpo técnico, para intervenir
en la escena. Habitualmente es la última frase del parlamento de
un personaje quien «da» el Pie al actor que viene a continuación.
TEATRO DE CAMARA: Sala teatral de dimensiones reducidas,
en cuyo escenario caben pocos actores y escasos elementos de
decoración. El público, muy reducido también, contempla la
representación a corta distancia, de manera que se establece entre
actores y espectadores una cierta intimidad que favorece la relación
entre ambos. También se denomina de esta manera a aquellos
espectáculos especialmente diseñados para ser representados en
estas salas. El origen del Teatro de Cámara se remonta a comienzos
de siglo, cuando algunos grupos reaccionaron frente a la
artificiosidad de los grandes teatros.
TERTULIA: Antiguamente se le daba este nombre a una localidad
situada en el último piso de un teatro. En ese lugar se acomodaban
escritores y gente culta que se pasaban una gran parte de la obra
discutiendo y criticando el espectáculo. Posteriormente el término
se ha utilizado para designar las reuniones donde la conversación
y el intercambio de ideas es el objetivo central.