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Alfred Jarry-- UBU REY (Francés)

Escrito por nohaydrama 11-11-2009 en General. Comentarios (0)

El Rey Ubú

Escena 1ª

1. Padre Ubú:                 (Bostezo) ¡Mierdra!

2. Madre Ubú:                (Aparte) Ay, qué lindo, Padre Ubú, eres un grandísimo bellaco.

3. Padre Ubú:                 ¡Que te asesino, Madre Ubú!

4. Madre Ubú:                No es a mí, Padre Ubú, sino a otro a quien habría que asesinar.

5. Padre Ubú:                 Por mi cogollo verde, no comprendo nada.

6. Madre Ubú:                (Se levanta) Cómo, padre Ubú ¿estás contento con tu suerte?

7. Padre Ubú:                 Por mi cogollo verde, mierdra, señora, por cierto que si estoy muy contento. No es para menos: Capitán de Dragones Oficial de confianza del Rey Venceslao. Condecorado con la orden del águila roja de Polonia y ex Rey de Aragón. ¿Qué, más quieres?

8. Madre Ubú:                ¡Cómo! Después de haber sido Rey de Aragón, te contestas con llevar a los desfiles cincuenta rufianes armados con chucitos, ¿cuándo podías hacer que la corona de Polonia luciera en tu cocorota reemplazando a la corona de Aragón? (Pausa).

9. Padre Ubú:                 Ah, madre Ubú, no comprendo nada de lo que dices.

10. Madre Ubú:              ¿Eres tan bestia?

11. Padre Ubú:               ¡Por mi cogollo verde, el Rey Venceslao está todavía bienvivo! Y aún admitiendo que muera, ¿no tiene legiones de hijos?

12. Madre Ubú:              ¿Quién te impide asesinar a toda la familia y ocupar ese puesto?

13. Padre Ubú:               Me estás injuriando, Madre Ubú y te voy a torcer el pescuezo.

14. Madre Ubú:              ¡Pobre desgraciado! si me tuerces el pescuezo, ¿quién te va a remendar los calzoncillos?

15. Padre Ubú:               ¿Qué me importa? ¿No tengo un culo como todo el mundo?

16. Madre Ubú:              Pues yo, en tu lugar, lo instalaría en un trono. (Lento y bajo). Podrías aumentar indefinidamente tus riquezas, comer a montones cuando te diera la gana y andar en carroza por las calles.

17. Padre Ubú:               Si yo fuera rey me encargaría una gran capellina, como la que tenía en Aragón y que esos desvergonzados españoles me robaron impúdicamente.

18. Madre Ubú:              Podrías tener también un paraguas y un gran gabán que te cayera hasta los talones.

19. Padre Ubú:               (Sube alto). ¡Ah, cedo a la tentación! Viejorro de mierdra y mierdra de viejorro, si alguna vez llego a encontrarlo a solas, en el bosque, pasará un mal cuarto de hora.

20. Madre Ubú:              ¡Bravo! ¡Bravo, Padre Ubú! Ahora sí estás hecho un hombre de verdad.

21. Padre Ubú:               (Pausa). ¡Oh, no! ¿yo, Capitán de Dragones, asesinar al Rey de Polonia? ¡Antes morir!

22. Madre Ubú:              (Aparte). ¡Mierdra! (En voz alta) ¿Entonces, seguirás siendo pobre como una rata, Padre Ubú?

23. Padre Ubú:               ¡Panzarrepleta! ¡Por mi cogollo verde, prefiero ser pobre como una flaca y bondadosa como una rata y no rico como un gato gordo y malvado.

24. Madre Ubú:              ¿Y la capellina? ¿Y el paraguas? ¿Y el gran gabán?

25. Padre Ubú:               (Sigue soñando en ser Rey).

26. Madre Ubú:              (Sola). ¡Uff! Mierdra, ha sido duro de pelear, pero creo haberlo conmovido. Gracias a Dios y a mí misma, seré, probablemente, dentro de ocho días, Reina de Polonia.

Escena 2ª

                                        (El mismo lugar, sirven una espléndida cena)

27. Madre Ubú:              ¡Cómo se retrasan nuestros invitados!

28. Padre Ubú:               Sí, por mi cogollo verde, reviente de hambre, Madre Ubú, estás muy fea. ¿Será porque tenemos visita?

29. Madre Ubú:              (Encogiéndose de hombros). ¡Mierdra!

30. Padre Ubú:               (Agarrando un pollo asado). Qué raro, tengo hambre. Voy a morder este pájaro. Es un pollo, creo. No está malo.

31. Madre Ubú:              ¿Qué haces, desgraciado? ¿Qué comerán nuestros invitados?

32. Padre Ubú:               Todavía tendrán bastante. No tocaré nada más. Madre Ubú, llégate hasta la ventana a ver si vienen.

33. Madre Ubú:              (Yendo). No veo nada. (Entre tanto, el Padre Ubú roba una tajada de ternera). Ah, aquí llegan el Capitán Puercura y su pandilla. ¿Qué estás comiendo, Padre Ubú?

34. Padre Ubú:               Nada, un poco de ternera.

35. Madre Ubú:              ¡La ternera! ¡La ternera! ¡La ternera! ¡Socorro! ¡Se ha comido la ternera!

36. Padre Ubú:               ¡Por mi Cogollo verde! ¡Te arrancaré los ojos!

Escena 3ª

                                        (Entran el capitán Puercura y sus adictos)

37. Madre Ubú:              Buenos días, señores. Los esperábamos con impaciencia. Siéntense.

38. Capitán Puercura:  Buenos días, señora. Pero... ¿Dónde está el padre Ubú?

39. Padre Ubú:               Aquí, aquí, carajo, por mi cogollo verde me parece que soy bastante gordo.

40. Capitán Puercura:  Buenos días. Padre Ubú. (A sus hombres). Siéntense ustedes. (Se sientan todos).

41. Capitán Puercura:  A ver, Madre Ubú, ¿qué nos vas a dar hoy de bueno?

42. Padre Ubú:               ¡Oh!, eso me interesa. (Se levanta).

43. Madre Ubú:              Sopa polonesa, costillas de capón, ternera, pollo, hígado de perro, rabadilla de pavo, ensalada rusa.

44. Padre Ubú:               ¡Basta! ¡Basta! Me parece suficiente. ¿Hay algo más?

45. Madre Ubú:              (Continuando). Helado, ensalada común, frutas, postres, carne hervida, topinambús y repollos a la mierdra.

46. Padre Ubú:               ¿Me has tomado por el Emperador de Oriente para hacer ese derroche?

47. Madre Ubú:              No le hagan caso, es un imbécil. (Todos ríen).

48. Padre Ubú:               ¡Afilaré mis dientes en tus pantorrillas!

49. Madre Ubú:              Come y calla, padre Ubú. Aquí está la polonesa.

50. Padre Ubú:               Está pésima. (Se levanta).

51. Capitán Puercura:  Para decir la verdad no está nada buena.

52. Madre Ubú:              Manada de salvajes, ¿qué es lo que pretenden? (Se levanta).

53. Madre Ubú:              Señores, vamos a probar la ternera.

54. Capitán Puercura:  Está muy buena, Ya terminé.

55. Madre Ubú:              Ahora, a las rabadillas.

56. Capitán  Puercura: Exquisitas. Exquisitas. ¡Viva la madre Ubú! (Se levanta).

57. Todos:                       ¡Viva la Madre Ubú! (Se levantan).

58. Padre Ubú:               Madre Ubú, alcánzame las chuletas de capón para servirles.

59. Madre Ubú:              Aquí están.

60. Padre Ubú:               ¡Afuera todo el mundo! (Se levantan). Capitán Puercura, tengo que hablarte.

61. Los otros:                 ¡No hemos comido!

62. Padre Ubú:               ¡Cómo que no han comido! ¡Afuera todo el mundo! Quédate, Puercura. (Nadie se mueve). ¿No se han ido?¡Por mi cogollo Verde, los voy a matar a chuletazos! (Les arroja las chuletas).

63. Todos:                       ¡Ay! ¡Ay! ¡Socorro! ¡Defendámonos! ¡Qué desgracia! ¡Muerto soy! ¡Sálvese quien pueda!

64. Padre Ubú:               ¡Mierdra, mierdra, mierdra. Afuera todos. (Pausa). Qué efecto causo.

65. Todos:                       ¡Miserable Padre Ubú! ¡Traidor harapiento y roñoso!

66. Padre Ubú:               Bueno, allí pueden quedarse... ¡Pero se quedan quietos!

                                        ¡Uf he comido muy mal! Y bien, Capitán, ¿qué tal has comido?

67. Capitán Puercura:  Muy bien, señor, menos la mierdra.

68. Padre Ubú:               Y sin embargo no era mala.

69. Madre Ubú:              Cada cual con sus gustos.

70. Padre Ubú:               Capitán Puercura, estoy dispuesto a hacerte Duque de Lituania.

71. Capitán Puercura:  ¡Cómo! Te creía muy pobre, Padre Ubú.

72. Padre Ubú:               (Se levanta). Dentro de unos días, si me ayudas, reinaré en Polonia.

73. Capitán Puercura:  ¿Vas a matar a Venceslao?

74. Padre Ubú:               No es tan tonto, el muy puerco, la ha adivinado.

75. Capitán Puercura:  (Se levanta). Si se trata de matar a Venceslao, estoy contigo. Soy su enemigo mortal y respondo de mis hombres. (Gruñe hacia sus hombres. Se levantan y aprueban con un gruñido similar).

76. Padre Ubú:               (Arrojándose sobre él para besarlo). ¡Ay, cuánto te quiero, Puercura!

77. Capitán Puercura:  ¡Uf, qué peste, cómo hueles. Padre Ubú, ¿no te lavas nunca?

78. Padre Ubú:               Muy rara vez.

79. Madre Ubú:              Jamás.

80. Padre Ubú:               ¡Voy a pisarte los callos!

81. Madre Ubú:              ¡Mierdra gorda!

82. Padre Ubú:               Por mi cogollo verde, juro sobre la cabeza de la madre

                                        Ubú hacerte Duque de Lituania.

83. Madre Ubú:              Pero...

84. Padre Ubú:               Calla, mi dulce niña. Bueno, mis queridos amigos, ahora, ¡sí! Pueden venir. Ya es hora de definir el plan de conspiración. Que cada cual dé su opinión. Yo daré primero la mía... Si lo permiten.

85. Capitán Puercura:  Habla, padre Ubú.

86. Padre Ubú:               Y bien, amigos míos, soy de opinión de envenenar simplemente al rey, metiéndole arsénico en el almuerzo. Cuando empiece a tragar caerá muerto y así seré rey.

87. Todos:                       ¡Qué juego sucio!

88. Padre Ubú:               ¡Y qué! ¿No les gusta? Entonces que Puercura dé su opinión.

89. Capitán  Puercura: Yo opino que hay que encajarle un gran mandoble de espada que lo parta de la cabeza a la cintura.

90. Todos:                       Eso sí es valiente y noble.

91. Padre Ubú:               ¿Y si los coge a patadas? Ahora recuerdo que en las paradas usa botas de hierro que pegan durísimo. Si hubiera sabido que era así la cosa habría corrido a denunciarlos para zafarme de este negocio sucio y hasta me hubiera dado dinero encima.

92. Madre Ubú:              ¡Oh! El traidor, el cobarde, el villano vil y vulgar.

93. Todos:                       ¡Abajo el Padre Ubú!

94. Madre Ubú:              Señores, quédense tranquilos, si no quieren una rociadita. (Saca el hisopo). En fin, consciente es arriesgarme por ustedes. Así, pues, Puercura, tú te encargas de rajar bien al Rey.

95. Capitán Puercura:  ¿No sería mejor tirarnos todos juntos encima de él, gritando y aullando? Así entusiasmaríamos a las tropas.

96. Padre Ubú:               ¡Eso! Yo trataré de pisarle los callos, él respingará, entonces le diré mierdra, y a esa señal todos se tiran sobre él.

97. Madre Ubú:              Y apenas esté muerto, tú agarras el cetro y la corona.

98. Capitán Puercura:  Y yo correré con mis hombres en persecución de la familia real.

99. Madre Ubú:              (Se le acerca). Sí, y te recomiendo, especialmente, al joven Bravilao. (Salen, el Padre Ubú corre tras ellos). Señores, hemos olvidado una ceremonia indispensable, es preciso jurar que nos batiremos valientemente.

100. Capitán Puercura:        ¿Y cómo hacerlo? No tenemos sacerdote.

101. Padre Ubú:              La Madre Ubú lo reemplazará.

102. Todos:                     Está bien. (La madre Ubú agarra el hisopo y los amenaza con él, far-fullando latines).

103. Padre Ubú:              ¿Juran ustedes matar, (heroicamente) bien al rey?

104. Todos:                     ¡Lo juramos! ¡Viva el Padre Ubú. (Entra un mensajero).

105. Padre Ubú:              ¿Qué quiere usted, señor? ¡Lárguese de aquí!

106. Mensajero:              Señor, usted ha sido llamado a la presencia del rey (Sale comiendo).

107. Padre Ubú:              ¡Mierdra! ¡Panza repleta! Por mi cogollo verde, me han descubierto, voy a ser decapitado, ay de mí...

108. Madre Ubú:             Qué tipo tan flojo.

109. Padre Ubú:              ¡Ah! Tengo una idea, diré que es cosa de la Madre Ubú y de Puercura.

110. Madre Ubú:             ¡Mierdra gorda! Si haces eso (Le acerca el hisopo a las narices).

111. Padre Ubú:              Voy en seguida. (Sale).

112. Capitán Puercura:        Pero, Padre Ubú, hemos jurado.

113. Padre Ubú:              Yo no juré nada. (Los hombres de Puercura lo rodean amenazantes). ¡Por mi cogollo verde, le mataremos bien! (Salen).

Escena 4ª

(Palacio del Rey)

114. El Rey:                     Señora, yo nunca me desdigo. Tus tonterías me fatigan.

115. Bravilao:                El tal Padre Ubú es una bestia.

116. El Rey:                     Señor Bravilao, por esa palabra contra el señor Ubú, caballero de mis órdenes y a quien nombraré dentro de unos instantes Conde de Sandomir, le prohibo aparecer en la Gran Parada.

117. La Reina:                 Ay, Venceslao, no bastará toda tu familia para defenderte. ¿Insistes en nombrarlo Conde y en ir a la revista?

118. El Rey:                     ¿Por qué no, señora?

119. La Reina:                 Pero, una vez más te lo digo, le he visto en sueños golpeándote la cabeza con su maza y arrojando tu cadáver al Vístula, luego vi un águila, como la que figura en el escudo de Polonia, colocándole la corona sobre la cabeza.

120. El Rey:                     ¿A quién?

121. La Reina:                 Al padre Ubú.

122. El Rey:                     ¡Qué locura! Te repito que es una locura. El señor Ubú es óptimo gentil hombre y se dejaría descuartizar para servirme.

123. La Reina Bravilao:       ¡Qué error!

124. El Rey:                     ¡Cállese, joven cochino! Y para probarte, señora, cuán poco temo al señor Ubú, iré a la revista sin armas y sin espada.

125. La Reina:                 Fatal imprudencia, no te volveré a ver con vida.

126. El Rey:                     Aquí llega el Padre Ubú.

127. Padre Ubú:              (Entrando). ¡Piedad! No he sido yo, sino Madre Ubú y Puercura.

128. El Rey:                     ¿Qué te pasa, Padre Ubú?

129. La Reina:                 Tiene un cargo de conciencia.

130. Bravilao:                Lo que no tiene es conciencia.

131. El Rey:                     ¡Cierren la jeta! (Se levanta).

132. Capitán Puercura:        Ha bebido demasiado, eso es todo, Majestad.

133. El Rey:                     Así estaba yo esta mañana. (Pausa).

134. Padre Ubú:              Sí, estoy borracho.

135. El Rey:                     (Padre Ubú arrodillado). Padre Ubú quiero recompensar tus numerosos servicios como Capitán de Dragones y te hago Conde de Sandomir.

136. Padre Ubú:              Oh, señor Venceslao, no sé como agradecerte.

137. El Rey:                     No me agradezcas nada, Padre Ubú, y acompáñame a la Gran Parada.

138. La Reina:                 Ha firmado su sentencia de muerte. (La reina se sienta).

139. Padre Ubú:              (Bravilao se pone de pie). ¡Vamos! (Cae rodando). ¡Ay! ¡Socorro! Me atacan, otra vez me han descubierto.

140. El Rey:                     (Levantándolo). Padre Ubú. ¿Te has hecho daño?

141. Padre Ubú:              Me he roto el intestino y seguramente voy a reventar. (Llora). Qué será de la Madre Ubú.

142. El Rey:                     Recibirá una pensión. (Entran los soldados).

143. Padre Ubú:              Eres muy bondadosa. (El rey va junto a los soldados. La y Bo se colocan junto a él). (Aparte). Sí, rey Venceslao, pero no por eso dejarás de ser asesinado. (Pasan Bo y La).

144. La Reina:                 Bravilao, ven conmigo a la capilla, para rogar por tu padre y tus hermanos. (Salen. Bajan a la capilla).

145. El Rey:                     Noble Padre Ubú, acércate para inspeccionar las tropas. (Ubú va).

146. Padre Ubú:              (A los suyos). Atención, ustedes (al Rey). Allá vamos, señor, allá vamos. (Los hombres de Ubú rodean al rey).

147. El Rey:                     He aquí el regimiento de los guar-dianes montados de Dantzig. A fe mía que son hermosos.

148. Madre Ubú:             ¿Lo crees? A mí me parecen miserables. Mira ése. (Coge al soldado). ¿Cuánto hace que no te lavas, innoble cretino? (Los pandilleros se alistan).

149. El Rey:                     Pero este soldado está muy limpio. ¿Qué te pasa, Padre Ubú?

150. Padre Ubú:              ¡Esto! (Le da un gran pisotón).

151. El Rey:                     ¡Miserable! (Tratando de escapar).

152. Padre Ubú:              Mierdra. A mí, mis hombres. (Se aparta Ubú).

153. Capitán Puercura:        (Salta. Juego de los soldados desorientados; los palatines los obligan). ¡Hurra! ¡Adelante! (Todos golpean al Rey).

154. El Rey:                     Oh, socorro, Virgen Santa, muerto soy.

155. Boleslao:                (A Ladislao). ¿Qué es eso? ¡Desenvainemos!

156. Padre Ubú:              ¡Ah, la corona es mía! (Va lateral llevando al Rey). Ahora a los otros.

157. Capitán Puercura:        ¡A ellos! ¡A los traidores! (Los hijos del rey huyen por la puerta de la rampa, todos los siguen).

Escena 5ª

158. La Reina:                 En fin, comienzo a tranquilizarme.

159. Bravilao:                No tienes ningún motivo de temor. (Se escucha afuera un horrible clamor).

160. Bravilao:                ¡Ah, qué veo! Mis dos hermanos perseguidos por Puercura y sus hombres.

161. La Reina:                 ¡Oh, Dios mío! ¡Virgen Santa! Ceden, ceden terreno.

162. Bravilao:                Todo el ejército sigue a Puercura. El rey ya no está allí. ¡Horror! ¡Socorro!

163. La Reina:                 (Disparo y grito). ¡Boleslao ha muerto! Lo ha alcanzado una bala.

164. Bravilao:                ¡Hola! (Silba. Ladislao se vuelve). ¡Defiéndete! ¡Hurra! ¡Hurra! ¡Ladislao!

165. La Reina:                 ¡Oh, está rodeado! (Se vuelve y se queda al público).

166. Bravilao:                Acabaron con él. Puercura lo partió en dos como una salchicha.

167. La Reina:                 ¡Ah! ¡Oh!, desgracia, esos furibundos entran en palacio, suben la escalinata. (El clamor aumenta).

168. La Reina y bravilao:     (De rodilla). Dios mío, defiéndenos. (Se abrazan a la cruz).

169. Bravilao:                Ah, Padre Ubú, pillo, miserable, si te llego a agarrar...

170. Padre Ubú:              ¿No, no, Bravilao? ¿Qué quieres hacerme?

171. Bravilao:                ¡Vive Dios! Defenderé a mi madre hasta la muerte. El primero que dé un paso es hombre muerto.

172. Padre Ubú:              Ay, Puercura, tengo miedo. Déjame ir. (Trata de huir, Puercura lo amenaza).

173. Un Soldado:           (Avanza). Ríndete, Bravilao.

174. Bravilao:                Toma, canalla, aquí tienes. (Cae de la rampa). (Le parte el cráneo).

175. La Reina:                 ¡Resiste, Bravilao, Resiste!

176. Varios:                    (Avanzan). Bravilao, te perdonamos la vida.

177. Bravilao:                Ganapanes, borrachos a sueldo. (Los baja de la rampa. Con un molinete de su espada hace un matanza).

178. Padre Ubú:              De cualquier modo tengo que lograr mi propósito.

179. Bravilao:                Sálvate Madre, ¡por la escalera secreta!

180. La Reina:                 ¿Y tú, hijo mío, y tú?

181. Bravilao:                Te sigo.

182. Padre Ubú:              ¡Atrapen a la Reina! (La reina se desmaya junto al cuadro). En cuanto a ti, miserable. (Se adelanta hacia Bravilao).

183. Bravilao:                ¡Vive Dios! ¡He aquí mi venganza! (Le descose la barriga de un terrible mandoble).

184. Padre Ubú:              ¡Socorro! (Huye. Todos los siguen). ¡Por mi cogollo verde, me descosió la barriga!

185. Bravilao:                ¡Madre! ¿Estás viva?

186. La Reina:                 Así lo creo. Bravilao...

187. Bravilao:                ¿Qué tienes? ¡Madre! ¿Qué tienes?

188. La Reina:                 Estoy muy mal, Bravilao. Sólo me quedan dos horas de vida.

189. Bravilao:                ¿Estás herida? (Busca la herida).

190. La Reina:                 (Afirma con la cabeza). En el alma. ¿Cómo quieres que resista tantos golpes? El Rey asesinado, nuestra familia destruida y tú que dentro de unos instantes tendrás que huir lejos... al mar o las montañas como un contrabandista.

191. Bravilao:                ¿Y a causa de quién? ¡Gran Dios! ¿De quién? De un vulgar Padre Ubú, aventurero salido de no sabe dónde, crápula vil, ¡vagabundo vergonzoso! Y cuando                 pienso que en el momento en que mi padre lo estaba condecorando y haciendo conde, ese villano tuvo la desvergüenza de ponerle la mano encima...

192. La Reina:                 ¡Oh, Bravilao! ¡Cuando recuerdo qué felices éramos antes de la llegada de ese Padre Ubú! Pero ahora, ay, todo ha cambiado.

193. Bravilao:                ¿Qué quieres? Aguardemos con esperanza y no renunciemos jamás a nuestros derechos.

194. La Reina:                 Por ti lo deseo, hijo querido, pero yo no llegaré a ver ese día feliz.

195. Bravilao:                ¡Ah! ¿Qué tienes? Palice, cae ¡Socorro! Pero... si no hay nadie en palacio... ¡Oh, Dios mío! Ya no le late el corazón. ¡Ha muerto! ¿Es posible? ¡Una víctima más del Padre Ubú! (Se cubre el rostro con las manos y llora). ¡Oh, Dios mío! ¡Qué triste es verse solo a los catorce años con una venganza terrible por cumplir! (Cae presa de la más violencia desesperación. Entra el espectro del señor Matías de Königsberg).

196. Bravilao:                ¡Qué veo! ¡Quién eres tú!

197. El Espectro:            En vida fui el señor Matías de Königsberg, primer rey y fundador de la estirpe. Te confío la tremenda responsabilidad de nuestra venganza. (Le entrega una gran espada). Y que esta espada que te doy no tenga reposo hasta herir mortalmente al usurpador. (Desaparece. Bravilao queda en éxtasis. Se oyen voces fuera).

198. Voces Fuera:           Ubú. Ubú. Ubú. Ubú. Ubú. Ubú. Ubú. Ubú. Ubú.

199. Bravilao:                ¡Ya vuelven! Huyo, ay, con el cadáver de mi madre. (Sale).

200. Voces Fuera:           (Más cerca). Ubú. Ubú. Ubú...

201. Voz del Padre Ubú:      ¡Esperen un momento! Entran Ubú, la madre Ubú y el Capi Puercura.

2.02. Padre Ubú:             ¿Está allí?

203. Capitán Puercura:        (Entra con la capellina y la corona). No. No hay nadie. ¡Ha huido el cobarde!

204. Padre Ubú:              Mejor. Pero por mi cogollo verde, yo me niego a hacer lo que ustedes me proponen. ¿Quieren arruinarme por esos bufrones?

205. Capitán Puercura:        ¿Pero no ves, Padre Ubú, que el pueblo espera los beneficios de este importante cambio?

206. Madre Ubú:             Si no mandas a distribuir carne y oro, en menos de dos horas. Tres han tumbado.

207. Padre Ubú:              ¡Carne, sí! ¡Oro, no! Maten tres caballos viejos, será suficiente para esos marranos.

208. Madre Ubú:             Tú sí eres un marrano. ¿De dónde me ha salido un animal así?

209. Padre Ubú:              Les repito:    quiero enriquecerme, no soltaré un centavo.

210. Madre Ubú:             Teniendo en tus manos todas las riquezas del país.

211. Capitán Puercura:        Yo sé que por aquí está escondido el tesoro de Polonia, lo distribuiremos.

212. Padre Ubú:              ¡Miserable! ¡Si haces eso!...

213. Capitán Puercura:        Pero, Padre Ubú, si no distribuye algo el pueblo no querrá pagar los impuestos. (Pausa).

214. Padre Ubú:              ¿No es cierto?

215. Madre Ubú y

       Capitán Puercura:        Sí.

216. Padre Ubú:              (Rápido). Entonces, consiento. Pero no se les reparte oro, se le reparten billetes, (Al público). Voy a mandar  hacer unos cuantos millones con mi retrato. Cocinen ciento cincuenta bueyes y corderos, sobre todo considerando que yo también tendré mi parte.

217. Capitán Puercura:        Gran idea.

218. Padre Ubú:              Por mi cogollo verde, Capitán Puercura, ponme mi gran capellina. (Sale Puercura).

219. Madre Ubú:             ¿De qué está hecha, padre Ubú? Porque aunque seamos reyes debemos ser económicos.

220. Padre Ubú:              Mi señora hembra, es de piel de cordero con un broche y cordones de piel de perro.

221. Madre Ubú:             (Viendo la capellina que trae Puer-cura). Qué bonita. Pero mucho más bonito es ser rey.

222. Padre Ubú:              (Poniéndosela). Sí, tienes razón, Madre Ubú. Mi corona. (Puercura le da la corona y el padre Ubú se la pone). Y ahora el palito y el paraguas. (Le da el cetro y el paraguas). Ahora tráeme el cofre de billetes.

223. Capitán Puercura:        Aquí está.

224. Padre Ubú:              ¡Que pase el pueblo!

225. Capitán Puercura:        Bravo pueblo, puedes pasar.

226. Pueblo:                    Ubú. Ubú. Ubú...

227. Padre Ubú:              (Arrojando los billetes). Tomen, tomen, todo para ustedes. No me agradaba mucho darles dinero, pero la Madre Ubú lo ha querido. Prométanme, al menos, pagar bien los impuestos.

228. Pueblo:                    Sí, sí.  ¡Viva la Madre Ubú! (La madre Ubú saluda con la mano).

229. Capitán Puercura:        (Despacio). Mira, Madre Ubú, cómo se disputan los billetes. ¡Qué batalla!

230. Madre Ubú:             Por cierto que es horrible. ¡Puah! Allí hay uno con el cráneo partido.

231. Padre Ubú:              ¡Qué hermoso espectáculo! Trae más billetes Puercura.

232. Capitán Puercura:        ¿Y si organizáramos una carrera?

233. Padre Ubú:              Sí, es una buena idea. (Al pueblo). ¿Amigos míos, ven esta caja de billetes? Contiene trescientos mil pesos polacos.

                                        Los que quieran correr colóquense en el extremo del patio. (Corren a colocarse). Partirán cuando agite mi pañuelo y el que primero llegue, recibirá la caja. En cuanto a los que no ganen, tendrán como consuelo otra caja, que se les repartirá.

234. Pueblo:                    Sí (Uno). ¡Viva Padre Ubú! (Otro). ¡Qué buen rey! (Otro). ¡No se veían estas cosas en tiempos de Venceslao! (Otro). Ubú. Ubú...

235. Padre Ubú:              (A la madre Ubú, alegremente). ¿Escuchaste eso? (Toda la gente se coloca al extremo del patio). ¿Listos?

236. Pueblo:                    Sí...

237. Padre Ubú:              A la una, a las dos y a las... ¡tres! (Parten atropellándose, gritos, tumulto).

238. Capitán Puercura:        ¡Se acercan! ¡Se acercan!

239. Padre Ubú:              El primero pierde terreno.

240. Padre Ubú:              No, ahora lo recupera.

241. Capitán Puercura:        Pierde, pierde... ¡Se acabó! ¡Es el otro! (Entra el vencedor).

242. Pueblo:                    ¡Viva Miguel Fedorovich! ¡Viva Miguel Fedorovich!

243. Miguel:                    Majestad, realmente no sé cómo agradecerle.

244. Padre Ubú:              ¡Oh!, mi querido amigo, no es nada. Llévate la caja a tu casa, Miguel, y ustedes repártanse esta otra.

245. Pueblo:                    ¡Viva Miguel Federovich! ¡Viva el Padre Ubú!

246. Capitán Puercura:        Y ahora, Padre Ubú, yo quiero mi parte. La mitad del Tesoro de Polonia. (Aparte).

247. Padre Ubú:              ¡Panzarrepleta! Por mi cogollo verde. ¿Conque la mitad del tesoro de Polonia? Pueblo, a él, al traidor.

248. Pueblo:                    ¡Abajo el Capitán Puercura!

249. Capitán Puercura:        Te pesará, Padre Ubú, me iré donde el Zar de Moscú y le pediré ayuda para poner en el trono a Bravilao. (El pueblo avanza hacia él y Puercura escapa corriendo).

250. Padre Ubú:              Y ahora, a comer. Traigan la carne. (Entran los lacayos cargados de carne). Dígnense hacer honor a mi mesa.

251 Pueblo:                     ¡Viva el Padre Ubú! ¡El más noble de los soberanos!

252. Padre Ubú:              Un momento. (Al público). Como han escuchado bien y se han quedado tranquilos, les vamos a cantar la canción del cambio de cerebro. Música, maestro.

                                        (Canción del cambio de cerebro).

253. Madre Ubú:             (Canta).

                                        Fuimos, durante años, un par de pobres diablos hasta que nuestra suerte sufrió un famoso cambio. De pronto en Aragón, pin, pum, fuimos reyes y así, con la corona, los cerebros cambiaron.

254. Coro:                       (Miran). Miren, miren, cómo gira la máquina. Miren, miren, cómo saltan los sesos. Miren, mire, qué cambio perfecto.

                                        ¡Hurra! Pensemos con la panza, viva el Padre Ubú.

255. Padre Ubú:              Después los españoles, feroces, nos echaron y el buen rey Venceslao, abriéndonos los brazos, nómbrome comandante, uno, dos, tres, marchen, y así, bajo el penacho, los cerebros cambiaron.

256. Coro:                       Miren, miren, cómo gira la máquina.

                                        Miren, miren cómo saltan los sesos,

                                        miren, miren, qué cambio perfecto. ¡Hurra! Pensemos con la panza, viva el Padre Ubú.

257. Padre Ubú:              Muy pronto, Madre Ubú, de milicia cansada, decidió que era hora de hacer otro cambio. Al Rey destroné, pin, pu, cae muerto. Y nuevas coronas los cerebros cambiaron.

258. Coro:                       Miren, miren, cómo gira la máquina,

                                        miren, miren, cómo saltan los sesos,

                                        miren, miren, qué cambio perfecto.

                                        ¡Hurra! Pensemos con la panza, viva el Padre Ubú.

259. Madre Ubú:             Arriba, el gobierno, hubo cambio de panzas y aquel que no lo entienda que prepare el cerebro porque en el instante pin, pum, se le cambia y con cerebro nuevo al hoyo lo mandaron.

260. Coro:                       Miren, miren, cómo gira la máquina.

                                        Miren, miren, cómo saltan los sesos.

                                        Miren, miren, qué cambio perfecto.

                                        ¡Hurra! Pensemos con la panza, viva el Padre Ubú.

261. Padre Ubú:              De pronto, en tanto cambio, se nos cambia la suerte: y caemos al gran hoyo del que nunca volvemos, y así sin darse cuenta, pin, pum, queda tieso, había salido vivo y vuelve a casa muerto.

262. Coro:                       Miren, miren, cómo gira la máquina,

                                        miren, miren, cómo saltan los sesos.

                                        Miren, miren qué cambio perfecto.

                                        ¡Hurra! Pensemos con la panza, viva el Padre Ubú.

Escena 6ª

263. Padre Ubú:              (Entrando con la madre Ubú). Traigan el Gancho de Nobles y el Cuchillo de Nobles y el Libraco de Nobles y mi costal de finanzas. A continuación hagan avanzar a los nobles. (Empujan brutalmente a los nobles).

264. Madre Ubú:             Por favor, modérate, Padre Ubú.

265. Padre Ubú:              Tengo el honor de anunciarles que para enriquecer el reino haré parecer a todos los nobles y confiscar sus bienes. (Al público).

266. Todos:                     (Al público). ¡Horror! ¡A nosotros, pueblo y soldados!

267. Padre Ubú:              Tráiganme el primer noble y alcán-cenme el Gancho de Nobles. Los que sean condenados a muerte pasarán por la trampa, caerán en el sótano y serán masacrados. (Se arrodilla, el Padre Ubú va a la trampa, al noble). ¿Quién eres tú, bufrón?

268. Primer Noble:         El Conde de Vitepsk. (El escribano busca en el libro).

269. Padre Ubú:              ¿Cuáles son tus ingresos?

270. Primer Noble:         Tres millones de pesos polacos.

271. Padre Ubú:              Condenado. (Lo engancha y lo mete a la trampa).

272. Madre Ubú:             ¡Qué baja ferocidad!

273. Padre Ubú:              Segundo Noble. ¿Quién eres? (El noble no responde. Le da vuelta y lo arrodilla después de pasearse esperando).

274. Tercer Noble:         Duque de Curlandia, de las ciudades de Riga, Ravel y Mitau.

275. Padre Ubú:              Muy bien, muy bien. (Le quita casi todo lo que lleva encima y lo tira a los pandilleros). ¿No tienes otra cosita?

276. Tercer Noble:         Nada más.

277. Padre Ubú:              A la trampa, entonces, Cuarto Noble, ¿quién eres?

278. Cuarto Noble:       Príncipe de Podolia. (Le quita los anteojos).

279. Padre Ubú:              ¿Cuáles son tus ingresos?

280. Cuarto Noble:       Estoy arruinado. (Pausa).

281. Padre Ubú:              (Rápido) por esa mala contestación, a la trampa. Quinto Noble, ¿quién eres?

282. Quinto Noble:        Viuda del Margrave de Thorn, Palatino de Polock. (Ubú le quita el anillo y se lo pone).

283. Padre Ubú:              ¿No es mucho? ¿No tienes otra cosa? (Le da su sombrero a madre Ubú).

284. Quinto Noble:        Eso me bastaba. (Le da la espalda).

285. Padre Ubú:              ¡Muy bien! Más vale poco que nada. A la trampa. (Le toca el trasero y ella se tira).

286. Madre Ubú:             Es demasiado.

287. Padre Ubú:              ¿Qué estás murmurando, Madre Ubú?

288. Madre Ubú:             Eres demasiado feroz, Padre Ubú.

289. Padre Ubú:              Me enriquezco. Voy a hacerme leer mi lista de mis bienes. (Se sienta). Escribano, lee mi lista de mis bienes.

290. Escribano:              Condado de Sandomir...

291. Padre Ubú:              (Le pega). Comienza por los principados, estúpido cretino.

292. Escribano:              Principado de Podolia, gran ducado de Posen, ducado de Curlandia, Condado de Sandomir, condado de Vitepsk, palatinado de Polock, mar-graviado de Thorn.

293. Padre Ubú:              ¿Y qué más?

294. Escribano:              Eso es todo.

295. Padre Ubú:              Por no saber leer, a la trampa. Y ahora, voy a reformar la justicia, luego procederé con las finanzas.

296. Magistrados:         (Entran). Nos oponemos a cualquier cambio.

297. Padre Ubú:              ¡Mierdra! En primer lugar, no se pagará más a los magistrados. (Se sienta).

298. Magistrados:         ¿Y de qué viviremos? ¡Somos pobres!

299. Padre Ubú:              Tendrán el importe de las multas que cobren y los bienes de los condenados a muerte.

300. Magistrado Primero:   ¡Horror!

301. Magistrado Segundo:       ¡Infamia!

302. Magistrado Tercero:   ¡Escándalo!

303. Magistrado Cuarto:    ¡Indignidad!

304. Todos:                     Nos negamos a administrar justicia en tales condiciones.

305. Padre Ubú:              A la trampa, los magistrados. (Estos se debaten en vano).

306. Madre Ubú:             ¿Pero qué haces, Padre Ubú? ¿Quién administrará ahora la justicia?

307. Padre Ubú:              Yo. Ya verás qué bien marcha.

308. Madre Ubú:             Sí, me gustaría verlo.

309. Padre Ubú:              Cállate, bufrona. Ahora, señores, seguimos con las finanzas.

310. Financieros:            (Entran). No hay nada que cambiar.

311. Padre Ubú:              ¿Qué? Yo quiero cambiarlo todo. Primero quiero guardar para mí la mitad de los impuestos.

312. Financieros:            ¡Qué frescura! (Se paran al público).

313. Padre Ubú:              Señores, estableceremos un impuesto del diez por ciento sobre la propiedad, otro sobre el comercio y la industria y un tercero sobre los matrimonios y un cuarto sobre los fallecimientos, de quince pesos polacos cada uno.

314. Financiero Primero:     Es idiota.

315. Financiero Segundo:     Eso no tiene pies ni cabeza.

316. Financiero Tercero:      Es absurdo.

317. Padre Ubú:              ¿Se están burlando de mí? ¡A la trampa los financieros! (Se resisten y los matan en la rampa, van cayendo a la trampa, los pandilleros se ponen sus zapatos).

318. Madre Ubú:             ¿Pero al fin, Padre Ubú, qué clase de rey eres? ¡Matas a todo el mundo!

319. Padre Ubú:              ¡Mierdra!

320. Madre Ubú:             ¡Ya no hay justicia, ya no hay finanzas!

321. Padre Ubú:              No temas, mi dulce niña, yo mismo iré de aldea en aldea, a recoger los impuestos.

Escena 7ª

322. Campesino 1º:          (Entrando). Oigan la gran noticia. El Rey ha muerto, los duques también y el joven Bravilao ha huido a las montañas. Además el Padre Ubú se ha apoderado del trono.

323. Campesina:          Yo sé más todavía. Vengo de Cracovia, donde he visto trasladar los cuerpos de más de trescientos nobles y quinientos magistrados que han sido muertos.

324. Campesina:          (Al público). Me alegro. Mil años han vivido a costa nuestra.

325. Campesina:          Pero no has oído el resto. Si me oyes no tienes razón para alegrarte. Van a duplicar los impuestos y el Padre Ubú, en persona, vendrá a recogerlos.

326. Todos:                     Gran Dios, ¿qué será de nosotros?

327. Campesino 1º:          El padre Ubú es un horrible marrano y su familia, según dicen, es abominable.

328. Campesina:          ¡Silencio! Llaman a la puerta.

329. Padre Ubú:              (Fuera). ¡Panza repleta! Abran por San Juan, por San Pedro y San Nicolás, por mi mierdra. ¡Por mi sable de finanzas! ¡Por mi costal de finanzas! ¡Abran, que vengo a cobrar los impuestos! (Hunden la puerta, Ubú entra, seguido de una legión de usureros). ¿Cuál de ustedes es el más viejo? (Se adelanta el campesino primero). ¿Cómo te llamas?

330. Campesino 1º:          Estanislao Leczinski.

331. Padre Ubú:              Entonces, panza seca, escúcheme bien, si no estos señores te cortarán las orejas. Pero... Me oyes o no me oyes.

332. Campesino 1º:          Si Vuestra Excelencia no ha dicho nada...

333. Padre Ubú:              ¿Qué? Hace una hora que estoy hablando. ¿Crees que he venido a predicar en el desierto?

334. Campesino 1º:          Lejos de mí tal pensamiento.

335. Padre Ubú:              Vengo pues a decirte, ordenarte y notificarte que tengo a bien mostrar y exhibir inmediatamente tus finanzas, si no, serás muerto. Vamos, mis estimados pandilleros de las finanzas, traigan el costal de finanzas. (Traen la carreta).

336. Campesino 1º:          Majestad, figuramos en el registro con sólo cincuenta y dos pesos polacos que ya hemos pagado, hará una seis semanas, para las fiestas de San Mateo.

337. Padre Ubú:              Es muy posible, pero yo he cambiado el gobierno y he hecho publicar en el Diario Oficial que todos los impuestos se pagarán dos veces y tres veces aquellos que puédieran ser indicados ulteriormente. Con este sistema haré rápida fortuna, entonces mataré a todo el mundo y me iré. (Al público).

338. Campesinos:            ¡Señor Ubú! Tenga piedad de nosotros, somos pobres campesinos.

339. Padre Ubú:              Me importa un rábano. A pagar.

340. Campesinos:            No podemos, ya hemos pagado.

341. Padre Ubú:              Paguen o los meto en el costal de finanzas con suplicio y degollación del cuello y la cabeza. ¡Panza repleta! Me parece que soy el Rey.

342. Campesinos:            ¡A las armas! ¡Viva Bravilao, rey de Polonia y Lituania, por la gracia de Dios!

343. Padre Ubú:              ¡Adelante, señores pandilleros de las finanzas! Cumplan su deber. (Se entabla una lucha, la casa es destruida y el viejo Estanislao huye solo a través de la llanura. Ubú se queda juntando las finanzas).

Escena 8ª

(El Palacio de Moscú)

344. El Zar:                     ¿Eres tú, infame aventurero, el que ayudó a matar a mi primo Venceslao?

345. Capitán Puercura:        Perdón, Majestad. Sin yo quererlo fui arrastrado por el Padre Ubú.

346. El Zar:                     ¡Oh!, qué horrible mentiroso. Terminemos. ¿Qué deseas?

347. Capitán Puercura:        El Padre Ubú, porque le reproché su sarta de crímenes, trató de hacerme matar por el asqueroso populacho. He logrado escapar y he corrido cinco días y cinco noches a caballo, a través de las estepas, para venir a implorar tu graciosa misericordia.

348. El Zar:                     ¿Qué me traes como prenda de tu sumisión?

349. Capitán Puercura:        Mi espada de aventurero y un plano detallado de Varsovia donde figura la escalera secreta.

350. El Zar:                     Tomó la espada, pero, por San Jorge, quema ese plano. No quiero deber mi victoria a una traición.

351. Capitán Puercura:        Uno de los hijos de Venceslao, el joven Bravilao, vive aún, y haré todo lo posible por sentarlo en el trono.

352. El Zar:                     ¿Qué grado tenías en el ejército polaco?

353. Capitán Puercura:        Comandaba el Quinto Regimiento de Dragones de Vilna y una compañía franca al servicio del Padre Ubú.

354. El Zar:                     Está bien, te nombro sub teniente en el 10 Regimiento de cosacos y guárdate de traicionarme. Si te bates bien serás recompensado.

355. Capitán Puercura:        No es coraje lo que me falta, Majestad.

356. El Zar:                     Está bien, desaparece de mi presencia.

Escena 9ª

(Sala de consejo de finanzas)

357. Padre Ubú:              Señores, se abre la sesión. Traten de escuchar bien y de quedarse tranquilos. Primero nos ocuparemos del capítulo de las finanzas. (coloca el costal y coge el libro) y luego hablaremos de un pequeño sistema que he imaginado para producir el buen tiempo y evitar la lluvia.

358. Consejero 1º:           Muy bien, señor Ubú.

359. Madre Ubú:             ¡Qué hombre más estúpido!

360. Padre Ubú:              (Va a ella). Señora de mi mierdra, cuídate porque no sufriré más tus tonterías. Les diré, señores, que las finanzas van así, así... Un considerable número de pandilleros de las finanzas invade todas las mañanas las calles y hacen maravillas. (Al público). Por todas partes no se ve otra cosa que casas ardiendo y gente agobiada bajo el peso de nuestra finanza.

361. Consejero 2º:          Y los nuevos impuestos, señor Ubú, ¿marchan bien?

362. Madre Ubú:             No, en absoluto. El impuesto a los matrimonios sólo ha producido hasta ahora once centavos y todavía el Padre Ubú persigue por todas partes a la gente para obligarla a casarse.

363. Padre Ubú:              (Va a ella). ¡Por mi sable de finanzas! ¡Señora financiera,  tengo orejas para hablar y usted tenga boca para oírme. (Carcajadas). No, no es así, me haces equivocar y eres la causa de que yo aparezca como un tonto.

                                        Por mis propios cuernos... (Entra un mensajero). Vamos, ¿qué le pasa a ése? (Va a él). Sal de aquí, cochino, o te meto en el costal de finanzas con degollamiento y torsión de piernas.

364. Madre Ubú:             Se fue pero dejó una carta. (Bajan todos).

365. Padre Ubú:              Léela. (Se aparta). Creo que estoy muy bruto o que no sé leer. Apúrate, bufrona, debe ser de Puercura.

366. Madre Ubú:             Justamente. Dice que el Zar le ha recibido muy bien, que va a invadir tus estados para poner en el trono a Bravilao y que a ti te matarán. (Pausa).

367. Padre Ubú:              Ay, ay, tengo miedo, tengo miedo. Creo morir... ¡Ay pobre de mí! ¡Gran Dios, qué ocurrirá! Ese mal hombre me va a matar. San Antonio y todos los santos, protéjanme, les daré finanzas y les encenderé velas. ¿Señor, qué ocurrirá? (Llora y solloza).

368. Madre Ubú:             Sólo queda una partida por tomar, Padre Ubú.

369. Padre Ubú:              ¿Cuál, amor mío?

370. Madre Ubú:             ¡La guerra!

371. Todos:                     ¡Vive Dios! ¡Eso sí que es noble!

372. Padre Ubú:              Sí, pero yo recibiré más golpes todavía.

373. Consejero 1º:          Corramos, corramos a organizar el ejército.

374. Consejero 2º:          Y a reunir los víveres.

375. Consejero 3º:          Y a preparar la artillería y las fortalezas.

376. Consejero 4º:          Y a tomar el dinero para las tropas. (Le coge el costal).

377. Padre Ubú:              Eso no, caraxo. A ti te mato. No quiero dar dinero. ¡Qué bonito! Cuando yo era militar me pagaban por hacer la guerra y ahora tengo que hacerla a costa mía. No, por mi cogollo verde. Si les gusta tanto la guerra la hacemos pero no desencostalamos un solo centavo.

378. Todos:                     ¡Viva la guerra!

Escena 10

(Patio de palacio)

379. General Lascy:       ¡División, alto! ¡A la izquierda, mar! De frente ¡mar!

                                        A la derecha... ¡mar! Aline... ¡ar! Atención, ¡fir!

                                        Descansen... Soldados, estoy satisfecho de ustedes. No olviden que son militares y los militares son los mejores soldados. Para marchar para el honor y la victoria ustedes apoyan en primer lugar el cuerpo en la pierna derecha y parten, vigorosamente, con la izquierda. Atención... ¡Fir! Conversión a la derecha por la izquierda con compás, mar... Uno, dos, uno, dos, uno, dos.

380. Soldados:                ¡Viva Polonia! ¡Viva el Padre Ubú!

381. Padre Ubú:              (Tiene armadura). Heme aquí, Madre Ubú, armado de punta en blanco, con mi coraza y mi palito. Estoy listo para partir a la guerra contra el Zar, pero si es el caso de salir corriendo, voy a estar demasiado cargado.

382. Madre Ubú:             Psss, qué cobarde.

383. Padre Ubú:              Toda esta chatarra me molesta, me cuelgan demasiadas cosas y los rusos ya llegan y me van a matar. (Se acurruca en la grada. El general va a los soldados y los pone de frente).

384. Madre Ubú:             Qué bello con su casco y su coraza. Ni más ni menos que una calabaza armada.

385. Padre Ubú:              Ahora voy a montarme en el caballo. Traigan, señores, el caballo de finanzas.

386. Madre Ubú:             Padre Ubú, tu caballo no podrá contigo. No ha comido nada en cinco días y está casi muerto.

387. Padre Ubú:              Tiene la barriga llena de pesos polacos y con eso le basta para caminar, es una buena bestia de finanzas que, además, evitan que me roben. (La combinación abre la puerta de una caja fuerte en la barriga del caballo y mete el costal de finanzas). Ayúdame a montar, mi fiel pandillero, ay, ay, me voy a caer. (El caballo parte). ¡Detengan esta bestia! ¡Gran Dios! Me voy a caer y me mato.

388. Madre Ubú:             La bestia es la que va encima. ¡Se cayó!

389. Padre Ubú:              ¡Panzarrepleta! Estoy medio muerto, pero me da lo mismo, iré a la guerra y mataré a todo el mundo. ¡Pobre del que no marche derecho! Lo meto en el costal con torsión de nariz y diente y extracción de la lengua.

390. Madre Ubú:             ¡Buena suerte, señor Ubú!

391. Padre Ubú:              Olvidaba decirte que te confío el trono. Pero me llevo aquí las finanzas y el libro de finanzas. Aquí queda escondido el tesoro de Polonia. Tanto peor para ti si lo encuentras y me robas. Te dejo, para que te ayude, a Girón, el pandillero de finanzas. Adiós, Madre Ubú. Presta mucha atención a tu honra.

392. Madre Ubú:             Adiós, Padre Ubú, mátame bien al Zar.

393. Padre Ubú:              Por supuesto. Torsión de nariz y dientes, extracción de lengua y hundimiento del palito en las orejas. (El ejército se aleja al son de fanfarrias y cantando la canción de los botones).

                                        (Canción de los botones).

                                        Mi casaca tiene

                                        dos, tres, cuatro botones,

                                        cinco botones.

                                        Seis, siete, ocho botones,

                                        nueve botones,

                                        diez, once, doce botones,

                                        trece botones.

                                        Mi casaca tiene

                                        catorce, quince botones,

                                        dieciséis botones,

                                        siete botones,

                                        veinte botones,

                                        treinta botones.

                                        Mi casaca tiene

                                        treinta, cuarenta botones,

                                        cuarenta botones.

                                        Cuarenta y tres, cuarenta y cuatro

                                        cuarenta y cinco botones,

                                        cincuenta botones.

                                        Mi casaca tiene

                                        cincuenta mil botones,

                                        mil botones...

Escena 11

(Palacio de Venceslao)

394. Madre Ubú:             Ahora, cuando ese gran fantoche ha partido, corramos a apoderarnos del tesoro de Polonia. Por aquí, Girón, ven a ayudarme.

395. Girón:                      ¿A qué, señora?

396. Madre Ubú:             A todo. Mi querido esposo quiere que tú lo reemplaces en todo mientras él esté en guerra. Así que esta noche...

397. Girón:                      Oh, señora...

398. Madre Ubú:             No te sonrojes, querido mío... De todas maneras, en tu cara no se nota. Por ahora dame una manito para buscar el tesoro. (Mientras buscan, la madre Ubú canta). (La madre Ubú golpea las losas del piso). Tun, tun... ¿No hay nadie? ¡Que respondan! Que entreguen el tesoro de Polonia.

399. Girón:                      ¡Señora! ¡Una piedra floja!

400. Madre Ubú:             Alzala.

401. Girón:                      No puedo.

402. Madre Ubú:             Te ayudo, vamos... (Alzan la piedra, la Madre Ubú saca un costal con el tesoro de Polonia). Son las viejas monedas de oro polacas de antes de la devaluación. Estamos salvados. (Aparece el espectro de Matías Königsberg).

403. Espectro:                Deja allí ese tesoro, Madre Ubú.

404 Madre Ubú:              ¡Virgen Santa! ¡Huyamos!

405. Espectro:                ¡No te lleves el tesoro de Polonia! (Madre Ubú y Girón salen). Oh, desgracia, el último descendiente de la estirpe, el joven Bravilao, no podrá gobernar sin ese tesoro que es el único respaldo. Sus finanzas se vendrán abajo. (Sale llorando. Vuelven a entrar la madre Ubú y Girón).

Escena 12

                                        (El ejército polaco en marcha por Ucrania)

406. Padre Ubú:              Panza reseca, por mi cogollo marchito, voy a perecer, pues estoy muerto de sed y mi preciosa persona está muy fatigada. Noble soldado, ten la gentileza de llevar el casco de nuestra preciosa persona, y tú, noble lencero, el sable de finanzas y el palito, pues lo repito, mi persona y yo estamos fatigados. (Los soldados se sientan).

407. General Lascy:       (Sobre la altura). Es asombroso que los rusos no aparezcan.

                                        Así no se puede hacer guerra. Y tampoco llega Cotiza con noticias de Varsovia. Si los espías no funcionan nos quedamos sin información.

408. Padre Ubú:              Es lamentable que el estado de las finanzas no me permita tener un coche a mi medida, pues por temor de destrozar con mi peso el caballo de finanzas he tenido que hacer todo el camino a pie. Pero cuando volvamos a Varsovia inventaré el automóvil con mis conocimientos de Pata física y ayudado por las luces de mis consejeros. Necesito inventar algo para trasladar mi persona.

409. General Lascy:       Allá viene Cotiza. (Ubú trata de levantarse). Viene demasiado despacio para un espía. ¡Rápido, Cotiza!

410. Padre Ubú:              (Se sienta). Me muero de fatiga.

411. Cotiza:                    (Se acerca a Ubú). Todo está perdido. Majestad, el pueblo polaco se ha rebelado. La Madre Ubú y mi compañero Girón han huido a las montañas, llevándose el tesoro de Polonia. (Muy cansado).

412. Padre Ubú:              (Se levanta). ¡Pájaro de mal agüero, lechuza con polainas! ¿De dónde sacas esas tonterías? ¿Y quién levantó al pueblo? ¡Seguro que ha sido Bravilao! ¿De dónde vienes?

413. Cotiza:                    De Varsovia, noble señor. Estaba de espía.

414. Padre Ubú:              Espía de mierdra, si lo que cuentas fuera cierto, tendría que ordenar la retirada. (Todos los soldados levantan la cabeza hacia Ubú). Lo que pasa es que te han cambiado el cerebro y has soñado tonterías. (Le pega al general Lascy). Que lo pasen a los puestos de avanzada y que sea el primero que se tope con los rusos. (Pito, lo llevan hacia delante).

415. General Lascy:       ¡Padre Ubú! ¡Los rusos están en la llanura! ¡Allá los veo con el anteojo de finanzas!

416. Padre Ubú:              ¡Los rusos! (Sube rampa hasta general). ¡Estoy perdido! ¡Si hubiera un medio de escapar! Pero no hay modo, estamos sobre una altura, expuestos a todos los golpes.

417. Soldados:               ¡Los rusos! ¡El enemigo! (Señalan el lugar, suena caja).

418. Padre Ubú:              Calma, señores. Adoptemos nuestras medidas para la batalla. Vamos a quedarnos sobre estas ruinas y no cometeremos la tontería de bajar. Yo permaneceré en medio, como una ciudadela viva y ustedes gravitarán en torno a mí. Debo recomendarles que pongan en los fusiles tantas balas como sea posible, porque ocho balas pueden matar ocho rusos y serán ocho rusos menos; los infantes, que van a pie se quedan abajo para recibir a los rusos y matarlos un poco. La caballería, que va a caballo, se pone detrás para arrojarse en medio de la confusión y la artillería se pone alrededor para tirar al montón. En cuanto a mi persona y yo, nos mantendremos detrás de estas torres y tiraremos con la pistola de finanzas. Y si alguien trata de subir, lo agarramos con el gancho de mierdra.

419. General Lascy:       Sus órdenes serán cumplidas, Majestad. (Pito. Suben cañón).

420. Padre Ubú:              La cosa va bien, es seguro que vencemos. ¿Qué hora es?

421. General Laszy:       Las once de la mañana. (Mira el sol).

422. Padre Ubú:              Entonces, bajemos a comer porque los rusos no atacarán hasta el mediodía. Ordene a los soldados que hagan sus necesidades y que canten la canción polaca.

423. General Lascy:       ¡Atención, fir! A derecha, mar, a izquierda, mar, en círculo. (Todos mean).

424. Padre Ubú:              ¡Tan bellos! Yo los adoro. Y ahora, a la mesa.

425. Soldados:               ¡Al ataque!

426. Padre Ubú:              Diga al señor Intendente militar que traiga los víveres de reserva del ejército.

427. General Laszy:       Pero, Padre Ubú, los víveres no existen. No hay nada que comer.

428. Padre Ubú:              ¿Cómo, bellaco, no hay nada para comer? ¿Para qué sirve entonces la inteligencia militar? ¡Que traigan algo para comer! Si es necesario maten el caballo de finanzas, Panza remuerta, quiero ver comida y bebida.

429. General Lascy:       (Levanta violentamente a un soldado). Traiga las últimas reservas. (Las trae). Cuando yo toque el pito, empiezan a comer. (Pito).

430. Padre Ubú:              Entonemos la canción del Campamento.

                                        (Canción del campamento).

431. Padre Ubú:              Empiezo yo,

                                        sigues tú,

                                        y baja el vino

                                        en su glú, glú.

432. Coro:                       Glú, glú, glú, glú.

433. General Lascy:       El pito suena

                                        suena por mí,

                                        yo voy comiendo

                                        y oigo pi... pi... (Pito).

434. Coro:                       Pi, pi, pi, pi, pi...

435. Un Soldado:           Vine de Ucrania,

                                        carne cosaca,

                                        come la buena

                                        tropa polaca.

436. Coro:                       Ca, ca, ca, ca,

437. Padre Ubú:              Lejos repollos

                                        y topinambú,

                                        viva Polonia, viva Polonia

                                        y el Padre Ubú.

438. Coro:                       Bu, bu, bu, bu... (Silbido y pausa).

439. General Lascy:       ¡Toquen alarma! ¡Los rusos atacan! (Ubú sigue comiendo). Majestad, atacan los rusos.

440. Padre Ubú:              (Con la boca llena). ¿Y qué quieres que haga? Yo no les he ordenado que ataquen...

441. General Lascy:       Ya cayó aquí la primera bala de cañón.

442. Padre Ubú:              No me dejan comer. (Se levanta). Hola, nobles soldados rusos, tengan cuidado, no disparen para acá que hay gente. (¡Pum y silbido!).

443. General Lascy:       Otra bala de cañón. Yo me voy.

444. Padre Ubú:              (Sube rampa). Yo también. Aquí llueve plomo y hierro.

445. Voz Fuera:              ¡Hurra! ¡Viva al Zar!

446. Padre Ubú:              Señores de las finanzas, preparémonos para el combate. (Vuelven posición ataque).

447. General Lascy:       ¡Arriba! ¡Sobre las ruinas!

448. Un Ruso:                  (Golpeando). ¡Por Dios y por el Zar!

449. Un Polaco:             ¡Muerto soy! (Le dispara un ruso. Pum).

450. Padre Ubú:              ¡Adelante! ¡Ah, bandido, si te atrapo...! Me has lastimado con tu escopetzka. (El ruso le dispara un tiro). ¡Ah! (El ruso le pega). ¡Oh! estoy herido, estoy agujereado, estoy administrado, estoy enterrado. Pero no importa, me los meto en el costal (Le dispara).

451. General Lascy:       Adelante, ataquen vigorosamente, ¡la victoria es nuestra!

452. Padre Ubú:              ¿Lo crees? En mi frente hay más chichones que laureles.

453. Voces Fuera:           ¡El Zar! ¡Viva el Zar!

454. Un Polaco:             ¡Sálvese quien pueda! ¡Llega el Zar!

455. Puercura:               ¡Aquí llego! ¡Toma! ¡Toma! A los otros! (Hace un matanza de polacos).

456. Padre Ubú:              ¡Adelante, hijos míos! ¡Agarren a ese pícaro! ¡Conviértanlos en salsa rusa! ¡La victoria es nuestra! ¡Viva el Aguila Roja de Polonia!

457. Todos:                     ¡Hurra!

458. Puercura:               ¡Por San Jorge! ¡He caído!

459. Padre Ubú:              ¡Ah, eres tú, Puercura! Estamos todos muy felices de volver a encontrarte. Voy a hacerte cocinar a fuego lento, señores de las finanzas, prendan el fuego y luego traigan la leña.

460. Puercura:               Cuídate, Padre Ubú. En el poco tiempo que llevas en el gobierno has cometido más crímenes de los necesarios para condenar a todos los santos del paraíso. La sangre del rey y de los nobles clama venganza al cielo.

461. Padre Ubú:              Todavía tiene lengua. Te meteré en el costal de las finanzas con torsión de lengua y extracción de los sesos por la planta de los pies. (Lo golpea).

462. Puercura:               Yo muero:    pero recuerda que el buen derecho está de parte de Bravilao.

463. Padre Ubú:              Ah, porquería. (Al público). ¿No sabe que el mal derecho vale tanto como el bueno? Primero, introducción del palito en las orejas. (Lo hace).

464. Puercura:               ¡Ay!

465. Padre Ubú:              ¡Y ahora...! ¡Al costal de finanzas! (Lo tiran al foso).

466. General Lascy:       ¡Padre Ubú! ¡Avanzamos por todas partes! (Cañonazo Batalla).

467. Padre Ubú:              Eso veo. No puedo más. Tengo el trasero acribillado a patadas, quisiera sentarme. ¡Ay, mi botella!

468. General Lascy:       Aceptas el desafío, Padre Ubú.

469. Padre Ubú:              ¡Ah, sí! ¡Allá voy! ¡Sable de finanzas, cumple tu misión! ¡Gancho de finanzas, no te quedes atrás! Que el palito también ayude a matar, vaciar y hacer estallar al emperador moscovita. ¡Adelante! (Se arrojan sobre el Zar).

470. El Zar:                     Usurpadorski, Puerkoski, toma, toma. (Saltos de bailarín ruso).

471. Padre Ubú:              ¡Toma! (Acción). ¡Oh! ¡Ay! Perdón señor, déjame tranquilo, yo no lo hice adrede... (Lo traiciona y huye).

472. El Zar:                     ¡Se escapoff! ¡Se escapoff!

473. Padre Ubú:              Virgen Santa, ese desaforado me persigue. ¡Qué le he hecho yo, gran Dios! ¡Y todavía tengo que pasar el foso! ¡Lo siento detrás de mí y allí está el foso! ¡Valor, cerremos los ojos! (Salta el foso y el Zar cae en él).

474. El Zar:                     ¡Mierdazoff! ¡Catastroff!

475. Polacos:                  (Van al Zar los pandilleros). ¡Hurra! ¡El Zar ha caído!

476. Padre Ubú:              Está adentro. ¡Ah, bien hecho, denle golpes encima, chúcenlo con el gancho de finanzas! Yo no me atrevo a mirarlo. Nuestra predicción se ha realizado, mi palito ha hecho maravillas y lo hubiera matado bien, asesinándolo del todo, si un inexplicable terror no hubiera venido a combatir y anular en nosotros, mi persona y yo, los efectos de nuestro coraje. (Los rusos atacan). ¡Ah! maldita sea, vuelven a empezar. (Los rusos cargan y rescatan al Zar).

477. General Lascy:       (Disparo). Esta vez es la desbandada. (Cae herido). (Vienen todos los soldados).

478. Padre Ubú:              ¡Llegó la ocasión de poner pies en polvorosa!

                                        ¡Adelante, señores polacos! ¡Digo, atrás, señores polacos!

479. Polacos:                  ¡Sálvese quien pueda!

480. Padre Ubú:              (Ve pasar al Zar y al ejército ruso que persigue a los Polacos).

Escena 13

(La estepa nevada)

481. Padre Ubú:              ¡Brrrrrr! Tiempo perro, hace un frío que parte las piedras y la persona del señor de las finanzas está muy magullada.

482. Pila:                         Parece que estuviéramos en el Polo Norte. (Se sientan).

483. Padre Ubú:              ¿Cómo sigue tu oreja, señor pandillero de las finanzas?

484. Cotiza:                    Tan bien, señor, como puede ir, yendo muy mal, a consecuencia de lo cual el plomo la inclina hacia la tierra y no he podido extraer la bala.

485. Padre Ubú:              Bien hecho, tú también golpeabas a los demás. Yo he desplegado el valor más grande y, sin exponerme, he matado a cuatro enemigos con mi propia mano, sin contar a los que estaban muertos y que rematamos. Nos hemos batido muy bien, pero había demasiados rusos. Vamos a descansar un rato yo y mi preciosa persona y si oigo el menor ruido les corto las orejas. (Se tiende a dormir, entre tanto Pila y Cotiza cantan la canción de los pandilleros de las finanzas).

                                        (Canción de las finanzas).

486. Pila:                         Tiemblen de pavor ante el Gran Financiero, pues nadie hay más canalla por el mundo entero.

487. Cotiza:                    En él la vileza se une a la ruindad,

                                        y la ira va unida a la ferocidad.

488. Pila:                         Une la ligereza con la rapidez

                                        y la grosería con la ordinariez.

489. Cotiza:                    La malicia la une con la hipocresía,

                                        su víctima escoge con gran felonía.

490. Pila:                         No se arriesga nunca en lugar vigilado

                                        y ataca siempre al que está descuidado.

491. Cotiza:                    A la pobre gente que grita asustada

                                        cuando ya en su gancho se agita colgada.

492. Pila:                         Pero ¡ay! Es ya tarde, una vez agarrados,

                                        les cambia el cerebro y son destripados.

493. Cotiza:                    Temprano abre el ojo, salta de la cama

                                        y a nosotros, sus hombres, a gritos nos llama.

494. Pila:                         (Grita. Sale). Canalla, nos dice, paren las orejas y arrímense todos cual mansas ovejas. (Cae uno).

495. Cotiza:                    (Se pone a su lado). Para hacer la fila y poner atención, pues voy a decirles la destinación.

496. Pila:                         (De rodillas los dos). Después dos cebollas nos da y un pan duro, y cuatro patadas propina en el culo. (Lento).

497. Cotiza:                    (Se levanta). Y luego muy orondo se vuelve a su cuarto y mira la hora ¡señor, seis y cuarto!

498. Pila:                         Por estos idiotas estoy retardado. (Al arrodillado).

                                        Pásame señora, mi gorro emplumado. (Se vuelve A. M. Ubú).

499. Cotiza:                    Y el sable de mierdra me pasen tus manos para abrir las panzas de aquellos marranos.

500. Pila:                         Mas la Madre Ubú en frente se para:

                                        lávate, le dice, al menos la cara.

501. Cotiza:                    Eso enfurece al Gran Financiero con cejas fruncidas se le acerca fiero. (Uno delante del otro).

502. Pila:                         Y el puño levanta con mala intención,

                                        corre ella a esconderse, allá, en un rincón.

503. Cotiza:                    El agarra entonces el saco de finanzas

                                        y sale muy tranquilo, con toda confianza.

504. Pila:                         No importa que truene, que llueva, que hiele, la espalda curvada va déle que déle.

505. Cotiza y Pila:         Siguiendo su oscuro, su horrible destino, al prójimo ahorcar, matar al vecino.

506. Pila:                         Y ahora que está dormido, vámonos.

507. Cotiza:                    Sí, llegó la hora de abandonarlo. Está vencido y no deben pagar justos por pecadores, vamos. (Se van).

508. Padre Ubú:              (Soñando). Señor Zar ruso, no dispare por aquí que hay gente... ¡Ah, Puer-cura, grrrrrrr! Ti mato y ti meto en el costal de finanzas. ¡Vete, Bravilao, mi persona y yo estamos rendidos de fatiga! (Ronca, aparece la madre Ubú. No lo ve porque el Padre Ubú está detrás de una roca).

509. Madre Ubú:             (Madre Ubú viene cansada). ¡Ufff! Qué carrera desenfrenada, atravesar toda Polonia en cuatro días. Cuando salía de Varsovia con el tesoro, me persiguieron todos esos rabiosos comandados por Bravilao. Perdí mi caballero, el pandillero Girón, mi negro, que estaba tan prendado de mis encantos que se pasmaba de gozo al verme. Pobre muchacho se hubiera hecho partir en dos por mí. Prueba de ello es que Bravilao lo partió en cuatro. (Va a sentarse junto a Padre Ubú). Estuve a punto de perecer mil veces... Pero no solté el tesoro, y ni siquiera al Padre Ubú le diré dónde está escondido.

510. Padre Ubú:              (Soñando). ¡Atrapen a la Madre Ubú, córtenle las orejas!

511. Madre Ubú:             ¡Ah! ¡Otro fantasma!

512. Padre Ubú:              Oí un ruido: debe ser un animal. Si se asoma le doy con el palito en la cabeza y mi lo meto en el costal de finanzas.

513. Madre Ubú:             La voz salió de aquí. (Se asoma, el padre Ubú la golpea con el palito). ¡Ay!

514. Padre Ubú:              ¡Ah, si es la Madre Ubú! Bien decía yo que debía ser algún animal. ¿Qué haces aquí, cretina? ¿De dónde vienes?

515. Madre Ubú:             De Varsovia, me echaron los polacos.

516. Padre Ubú:              Y a mí me echaron los rusos, pero... ¿Dónde están Pila y Cotiza? Me traicionaron, los muy bellacos, Madre Ubú. Tú también me has traicionado. Cotiza me contó que huiste con el tesoro de Polonia. (La amenaza).

517. Madre Ubú:             (Rápido). Tengo el tesoro bien escondido.

518. Padre Ubú:              Madre Ubú, si no me das el tesoro te arranco los sesos y te lastimo el trasero.

519. Madre Ubú:             ¡Atención, viene gente!

520. Padre Ubú:              ¡Ah, no, qué diablos! Apuesto a que son los rusos otra vez. ¡Ya es suficiente, señores soldados rusos! Además es muy simple, si me atrapan mi los meto en el costal. (Al público).

521. Bravilao:                (Entrando). ¡Adelante, amigos míos, viva Polonia!

522. Todos:                     ¡Viva! (Padre Ubú y madre Ubú tratan de huir).

523. Bravilao:                Agárrenlos. (Caen todos sobre ellos). ¡Amárrenlo bien amarrado, con tres vueltas de soga por la panza! Miserable Padre Ubú, mataste a mi padre el rey Venceslao. (El padre Ubú gime). Mataste a mi madre, la reina Rosa-munda. (El padre Ubú gime). Mataste a toda mi familia, mataste a la nobleza, la finanza, la justicia, pero hay algo que no has podido matar porque es imperecedero! El ejército apenas me corone rey, te meto a tu propia trampa. (Gritos).

524. Madre Ubú:             Noble Bravilao, no podrás ser rey sin el tesoro de Polonia.

525. Bravilao:                (Risa de Bravilao). Señora Madre Ubú, mis espías lo están buscando, por todas partes. No demoran en encontrarlo y me coronaré en el acto, procediendo de inmediato a castigar los crímenes del aquí presente reo de alta traición. (El padre Ubú gime. Entra el mensajero). Señor mensajero, ¿qué razón me mandan mis espías?

526. Mensajero:              El tesoro no se encontró por parte alguna y en Varsovia las finanzas andan tan mal, que el pueblo empieza a aclamar de nuevo al Padre Ubú.

527. Padre Ubú:              Por mi cogollo verde, panza repleta, me uniré con el pueblo y te meteré el palito en las orejas, con torsión de nariz y piernas. Después meteré todo el pueblo en la trampa y seré otra vez Maestro de Finanzas.

528. Bravilao:                Estoy en una situación difícil. ¿Qué puedo hacer?

529. Madre Ubú:             Perdonar al Padre Ubú y nombrarlo Ministro de Finanzas.

530. Bravilao:                Me entregarás el tesoro.

531. Madre Ubú:             Te lo entregaré, rey Bravilao.

532. Bravilao:                Padre Ubú, con la tradicional magnanimidad y bondad, imparcialidad, legitimidad y liberalidad de los reyes de Polonia, te concedo mi gracia y te nombro Gran Ministro de Finanzas. ¡Viva el Padre Ubú!

533. Pila y caliza:          Viva el Padre Ubú.

534. Padre Ubú:              ¡Por mi cogollo verde, señores de mi mierdra. (Le traen el caballo, se monta).

535. Todos:                     ¡Viva el Padre Ubú! ¡Viva Polonia!

 

Alfonso Sastre--LOS ULTIMOS DIAS DE EMMANUEL KANT (España)

Escrito por nohaydrama 04-10-2009 en General. Comentarios (0)

LOS ULTIMOS DIAS DE EMMANUEL KANT CONTADOS POR ERNESTO TEODORO AMADEO HOFFMANN

 

DRAMA EN UN PROLOGO Y DIEZ CUADROS

 

por Alfonso Sastre

 

 

PROLOGO

 

Luz a la figura de un hombre un tanto extravagante, cuya imagen es conocida por varios testimonios iconográficos, aunque eso sea lo de menos. Se trata de Ernesto Teodoro Amadeo Hoffmann, aunque los espectadores no tengan ninguna razón para imaginar esta identidad. Nuestro hombre se está ocupando con mucha atención en la tarea de preparar lo que los británicos llaman un punch y los españoles y otras almas perdidas un ponche. No descuidar, pues, que la composición de la bebida tenga los cinco elementos que deben componerla --es popularmente sabido que la palabra punch viene del persa "poncha" que quiere decir cinco--, a saber, agua, limón, té, azúcar y ron. Por cierto, que a la hora de incorporar el ron su rostro adquiere como una especie de alegría entre infantil y maligna, y la ración de este ingrediente resulta visiblemente abundante. Por fin la mezcla mágica está hecha. Da un paso atrás y contempla su obra mientras empieza a sonar suavemente una musiquilla bastante conocida: la de la barcarola de "Los cuentos de Hoffmann" de Offenbach. Es entonces cuando enciende un fósforo y procede a incendiar el ponche. Algo verdaderamente mágico sucede entonces, y es que la llama que se eleva es muy alegre, luminosa y multicolor. Hoffmann se sienta frente a la mesa e, iluminado por esa llama fantástica, comienza a escribir cuidadosamente en un cuaderno, a la par que nos va contando su escritura de la siguiente manera:

 

Hoffmann    

Perdonen, lo que voy a decirles no es necesario, pero yo me llamo Ernesto Teodoro Amadeo Hoffmann, y figuro, ejem, con letras de oro en la historia de la literatura alemana. ¡Si me buscan, me encontrarán en el capítulo sobre el Romanticismo! Música, teatro y cuentos fantásticos forman, ¿cómo decirlo?, la esencia de mi vida, y ahora escribo algo sobre mi paisano el filósofo Emmanuel Kant. ¡Una persona ilustre! ¡Ya somos dos! Ríe con buen humor. Así pues, la ciudad de Königsberg tiene asegurado un buen puesto en la historia de la cultura.Yo no lo conocí pero recuerdo como si fuera hoy el revuelo que se armó en la ciudad el día de su entierro, y también me acuerdo de que mi tía Margarita lloró desconsolada contando que lo había visto muerto y que parecía talmente un pajarito. ¡En fin! La acción de esta obra sucede en la casa de Emmanuel Kant en Königsberg. Es una casa austera, grande y sombría... cuyos muchos rincones oscuros parecen habitados por los fantasmas de las gentes que en otros tiempos vivieron en ella.     Corren los últimos días del mes de enero de 1804, y cualquier visitante un tanto sensible experimentaría, visitándola, esos ligeros sobresaltos que a veces nos hacen mirar con un miedo indefinible a nuestras espaldas, como si se viviera la existencia de una vaga amenaza o quizás la presencia inconfesable del Angel de la Muerte.

 

Hoffmann se sirve una copa de ponche y la bebe pensativo ante su cuaderno mientras se hace el oscuro sobre su figura y se desvanecen los compases de la barcarola.

 

 

 

CUADRO PRIMERO

 

Hoffmann

27 Enero 1804. Dieciseis días antes.

 

Sala un tanto sombría de la casa de Emmanuel Kant en Königsberg. Muebles de oscuras maderas y sólidamente barrocos. Hay rincones de la estancia a los que seguramente nunca llega luz alguna, ni la del sol, ni la de las lámparas y los mecheros, tal es de extraña y recóndita la estructura de esta sala, en la que han ido depositándose elementos que lo han sido de una vida prolongada y que ahora parecen, más que otra cosa, los restos de un moderado naufragio que se ha ido produciendo sin que nadie se diera cuenta: en la rutina de la cotidianeidad. También hay que decir que hace muy mal tiempo en el exterior, y que en una chimenea arden unos troncos, llamea algo de un precario hogar que se extingue pero que, sin embargo, es una señal de vida y hasta, si se quiere, de cierto confort. Todo esto se verá dentro de un momento; porque ahora hay oscuridad y una atención luminosa muy concreta a la figura de un viejito casi cadavérico -que por cierto es Kant-, el cual está sentado en una silla, frente a una mesa, sobre la cual hay, entre otras cosas, un tintero y una caja de plumas. Kant está dedicado, muy concienzudamente, a un trabajo que consiste en abrir y cerrar cuidadosamente el  plumier, según distintos ritmos y en diferentes formas, como si se tratara de guardar muy bien no se sabe qué   en aquella caja. También parece que intenta realizar una operación perfecta pero que no lo consigue, y que ello le produce una cierta angustia. Estos movimientos los compone con un abrir y cerrar del tintero, lo cual hace la cosa más difícil; y ello se complica aún más porque se combina con un abrocharse y desabrocharse de los botones de su chaqueta. Este juego puede prolongarse un rato largo, y al fin Kant se abate exhausto de tanto esfuerzo sobre la mesa. Es el momento en que la luz que ilumina la figura de Kant se va extinguiendo, y vemos por fin el escenario antes descrito. En el cual hay dos figuras: la del doctor Wasianski, sentado de un modo solemne, como corresponde a su profunda mediocridad y una mujer que tiene todo el aire de ser extraña a la casa y que quizás pretenda algo importante --al menos para ella-- en esta oscura mansión: se halla de pie y algo tensa ante la situación, pues sin duda está siendo atentamente observada por aquella persona que, ya por el sólo hecho de estar sentada, aparece como muy respetable o, dicho de otro modo, depositaria de un poder sobre su propio destino. Así son las cosas, más o menos, cuando empieza el diálogo.

 

Wasianski   

¿Se llama usted?

 

Teresa

Teresa Kaufmann.

 

Wasianski

Es verdad. Tengo su nombre aquí, en mis papeles. ¿Es señorita?

 

Teresa

con un gesto duro ¿Qué quiere decir?

 

Wasianski

Perdone. Tan sólo si está casada. Es a efectos del empleo en esta casa, nada más.

 

Teresa

Soy viuda.

 

Wasianski

¿Falleció su marido...?

 

Teresa

Evidentemente.

 

Wasianski

Perdone. Quería preguntarle cuándo, o sea, perdóneme, si hace mucho tiempo que sucedió; no es que me preocupe personalmente por tan luctuoso suceso, pero siempre interesa un cierto cuadro de antecedentes cuando se trata de contratar personal para esta casa. El profesor Kant, de quien soy no sólo un discípulo leal sino también, gracias a sus bondades, un amigo, necesita de muy particulares cuidados en esta fase tan avanzada de su vida, y de ahí que seamos estrictos al respecto, y que nos informemos, en la medida de lo posible, sobre las personas aspirantes a trabajar con nosotros.

 

Teresa

Entonces ya sabrán.

 

Wasianski

con afectada inocencia ¿Qué cosa, señora?

 

Teresa

Yo... yo detesto la hipocresía, doctor... doctor Wasianski.

 

Wasianski

Está lloviendo muchísimo: ¿no oye? En esta casa, tan antigua, lo que sucede en el exterior llega, ¿cómo diríamos?, con enorme fuerza.

 

Teresa

Es cierto. Está lloviendo mucho desde hace, por lo menos, dos días. ¿No es así? En cuanto al viento...

 

Wasianski

Dejemos el viento por ahora.

 

Teresa

se encoge de hombros ¿El viento? Era una manera cortés de seguir su conversación.

 

Wasianski

Hablábamos de la defunción de su marido.

 

Teresa

Fui acusada de haberlo asesinado, como usted sabe.

 

Wasianski

con esfuerzo. Sin embargo el profesor Kant tiene de usted las mejores referencias, y estoy autorizado para contratar sus servicios.

 

Teresa

Es el resultado de una fuerte recomendación, que procede precisamente del director del Centro en el que he estado recluida durante casi cuatro años y medio, como usted sabe . En realidad se trata de un asunto religioso.

 

Wasianski

¿Religioso dice?

 

Teresa

Dado que mi marido era el Demonio.

 

Wasianski

¿Un demonio?

 

Teresa

He dicho: el Demonio. Mi casa era el Infierno.

 

Wasianski

¿En qué sentido?

 

Teresa

En el sentido teológico de la palabra.

 

Wasianski

mueve la cabeza, desbordado por la situación. Dejemos eso, que no conduce a nada. Su conducta posterior es irreprochable según todos los datos que obran en nuestro poder.

 

Teresa

Siempre lo ha sido, señor; y también tengo experiencia en el tratamiento de cuadros seniles, envejecimiento y secuelas             complejas que presentan los procesos naturales que conducen a la muerte del ser humano. A su muerte corpórea, quiero decir; el mundo de las almas es otra cosa... un medio en el que, si me lo permite, yo me muevo como el pez en el agua. Pero, precisamente...

 

Wasianski

inopinadamente. Ja, ja, ja.

 

Teresa

con un gesto duro. ¿Qué le hace tanta gracia?

 

Wasianski

estólido. Usted perdone... Lo del pez en el agua... Se le escapa la risa y, efectivamente, vuelve a reírse como un idiota. Ja, ja, ja.

 

Teresa

bastante severa. Tiene usted todo el aspecto de un idiota. Su edad no haría presumir una sintomatología tan avanzada. Es un corte muy serio. Wasianski se da cuenta de que está ante una persona con la que hay que tratar cuidadosamente. Su condición de pastor de la iglesia luterana hace pensar en una persona respetuosa con su prójimo, y...

 

Wasianski

ceñudo. Usted tiene muy serias recomendaciones. Baraja una gran cantidad de papeles sobre su mesa. ¡Tan serias que...! Se halla muy fastidiado ante el personaje que tiene delante. Escuche, señora Kaufmann. El que le habla es un doctor adjunto a los Departamentos de Estado para la Cultura en esta ciudad, y sin embargo me he avenido a recibir a una persona que procede del mundo criminal y del ámbito de los asilados en las instituciones penitenciarias...

 

Lo que ahora oye le parece demasiado horrible.

 

Teresa

¿Cómo dice? ¿Mundo criminal? ¿Instituciones? ¿Penitencia? con una voz macabra y como procedente de los más horribles vicios . Grrr... Grr.

 

Wasianski

horrorizado. Esto es horrible; cállese, por favor.

 

Teresa

muy seria y respetable ahora. Era una broma experimental. En psicología se están empleando nuevos métodos, más acordes con la realidad contemporánea.

 

Wasianski

fingiendo una clara inteligencia. ¡Pues claro! ¡Ya lo comprendo! Vuelve un poco a sus papeles, con el fin de reponerse de sus actuales emociones. Bien, el problema técnico, si así hay que decirlo ante una persona tan preparada como usted, y refiriéndonos a la situación por la que atraviesa el profesor Kant...

 

Teresa

¿Cuál es su edad, exactamente?

 

Wasianski

En abril, si Dios quiere, cumplirá los ochenta años: una edad bastante avanzada en estos tiempos, aunque en otros no lo era tanto; baste con recordar que Noé engendró a sus hijos Sem, Cam y Jafet, cuando ya había cumplido más o menos los quinientos años; y que ya tenía setecientos aproximadamente cuando empezó el Diluvio Universal.

 

Teresa

Es cierto lo que dice: la longevidad de la especie humana ha ido disminuyendo durante los últimos miles de años, según los testimonios irrefutables de la Santa Biblia. Arrecia ahora la lluvia en el exterior y hay un viento "que ulula", según se suele decir en las narraciones de terror. Algo hace que Teresa note una presencia extraña; se pone rígida y musita. ¿Qué es eso?

 

Son una especie de pasos vacilantes que resuenan extrañamente en la casa.

 

Wasianski

Ah, no es nada. Es Lampe.

 

Teresa

¿Quién es Lampe?

 

Wasianski

Verá.

 

En ese momento aparece Lampe. Es un tipo francamente desagradable; produce una particular repulsión en la esfera de lo siniestro, de lo extraño y a la vez familiar No es un tipo fantástico y nada hay en él de sobrenatural; y sin embargo lo que ahora cruza la habitación es una especie de espectro. Sobre la pechera de su raído uniforme de criado exhibe un buen montón de cruces y medallas militares y, desde luego, está borracho. Pese a ello yo preferiría que el actor esté sobrio, tanto en esta pasada como cuando tengamos de nuevo la desdicha de encontrarnos con él: nada, por ejemplo, de grotesco o esperpéntico en su actuación... Teresa lo mira pasar con cierto estupor.

 

Teresa

Es terrible.

 

Wasianski

¡Se ha puesto pálida ¿Le ocurre algo?

 

Teresa

¿Llaman ustedes Lampe a ese fantasma?

 

Wasianski

extrañado. ¿Fantasma ¿En qué sentido lo dice?

 

Teresa

He visto a seres parecidos en mis dos viajes infernales.

 

Wasianski

no entiende nada. ¿Viajes? ¿Adónde?

 

Teresa

No se me permitió ver la forma general del Infierno, pero algo he visto.

 

Wasianski

Está nervioso. Saca de un armario una muñeca de tamaño natural y se pone a trabajar en colocarle unos ojos. Perdone, si me pongo a trabajar un poco durante nuestra conversación; soy aficionado a construir algunos autómatas aunque mi ocupación seria es, como sabe, la filosofía, en cuanto discípulo, benévolamente acogido por el maestro, del profesor Kant. ¿Decía algo de que la forma general del Infierno?

 

Teresa

Son palabras del maestro Emmanuel Swedenborg.

 

Wasianski

Ah, sobre el tal Swedenborg, Kant ha dicho alguna cosa. Espero que lo recuerde: "Los sueños de un visionario explicados por los sueños de la metafísica". Lo escribió el doctor Kant en 1766; permítame, pero del profesor Kant lo conozco casi absolutamente todo, en mi calidad de modesto y fiel discípulo.

 

Teresa

Por lo que me dice, para el profesor Kant también la metafísica es una especie de sueño visionario.

 

Wasianski

¡Por favor! No se puede hablar tan ligeramente de un pensamiento tan profundo como el del profesor Kant.

 

Teresa

¿Sería usted tan amable de explicarme la situación? Aparte, como en el viejo teatro. Creo que los espectadores de esta obra también agradecerían oir de qué va la cosa.

 

Wasianski

Precisamente se trata del asunto Lampe. Pero también mientras le pone un ojo a su muñeca siniestra me encuentro fascinado por lo que ha dicho usted de ciertos viajes a los infiernos.

 

Teresa

No soy yo quien lo dice. Es mi maestro Swedenborg. Citando ahora claramente a Swedenborg: "Se me ha permitido ver a menudo la estructura de las sociedades infernales, donde moran extrañas especies de demonios. A la entrada de estos nauseabundos lugares, denominados puertas del infierno, puede verse normalmente a un monstruo..." ¿Continúo?

 

Wasianski

No es necesario, no. Si el espectador se ríe, que no sea porque el actor le invita a ello. ¿Usted ha visto eso?

 

Teresa

Algo pude ver. Pero yo le había preguntado por ese Lampe.

 

Wasianski

Le enchufa otro ojo a la muñeca; pero ahora dice inopinadamente. Yo soy más que nada un poco relojero. Estos mecanismos me apasionan. Cuando no se trata de reproducir la vida, que es patrimonio de Dios, sino de imitarla ingeniosamente...

 

Teresa

Usted sabrá.

 

Wasianski

El asunto Lampe: es a lo que íbamos.

 

Teresa

Sí, señor.

 

Wasianski

El es un excombatiente prusiano, cargado de honores en su tiempo en razón de su heroísmo en no sé cuántas batallas: un patriota, digámoslo así, cuyo cuerpo está penetrado de metralla y otros males. Entró a servir en esta casa hace muchísimos años, y el profesor Kant le tiene una particular devoción.

 

Teresa

impaciente. ¿Y?

 

Wasianski

¡El buen Lampe ya no es lo que era!

 

Teresa

Ah.

 

Wasianski

También el profesor necesita, a su avanzada edad, especiales cuidados.

 

Teresa

Ya.

 

Wasianski

Se trata de que usted, señora Kaufmann, se ocupe a partir de ahora de ciertas responsabilidades en el cuidado y la asistencia de la casa y, sobre todo, de la persona del profesor. En cuanto a Lampe, lo más seguro es que haya que prescindir de sus servicios, a pesar del profundo afecto que le dispensa el profesor Kant. En cierto modo de eso se trata.

 

Teresa

¿De qué, en suma? ¿De sustituir al tal Lampe en el servicio?

 

Wasianski

No se lo tome así.

 

Teresa

Estoy comprendiendo algo.

 

Hoffmann

Mire, mire como lloran ahora los ojos de esta muñeca.

 

Teresa

Es verdad.

 

Wasianski

Gracias.

 

Teresa

Supongo que me contratan para atender, en los últimos días, a este buen señor.

 

Wasianski

un tanto escandalizado. No se puede hablar así de Kant, pues está hablando precisamente de Kant.. ¿Sabe usted quién es Kant? ¿Cómo puede usted decir "este buen señor", así como si nada?

 

Teresa

¿No es un buen señor?

 

Wasianski

Es mucho más que eso, señora.

 

Teresa

He oído hablar de él en la ciudad, con el respeto debido, supongo.

 

Wasianski

La historia de la Filosofía se estudiará en dos partes a partir de la obra del maestro: antes y después de Kant .

 

Teresa

bastante indiferente. Eso me parece algo extraordinario. Pero si se trata de un anciano con los problemas de su avanzada edad, creo que yo podría realizar algún trabajo interesante. También le quería decir algo a propósito de la música.

 

Se vuelve a la ventana. Está lloviendo mucho ahora.

 

Teresa

Me gusta tocar el violín. Sobre todo al anochecer me es muy necesario.

 

Wasianski

Dios mío, esta casa es ya un infierno desde hace algún tiempo.

 

Teresa

Mi violín no tiene nada que ver con el infierno. Viento y más lluvia. Qué invierno tan desagradable. Esperemos que la primavera llegue pronto.

 

Wasianski

hace que su muñeca ande sola por la habitación. ¿Qué le parece esto?

 

Teresa

con un gesto de resolución. También muy desagradable.

 

Wasianski

Hablando del profesor Kant, tendría que darle alguna información sobre su estado actual. El atraviesa por una fase de cierto abatimiento, y ello hace que para algunos observadores superficiales resulte algo... ¿cómo decirlo?... algo muy parecido a una persona mentalmente débil, ¡digámoslo así!

 

Teresa

muy seriamente. Digámoslo como usted quiera; pero he de advertirle que yo no soy una observadora superficial, y también que poseo algunas dotes magnetizadoras que pueden aliviar en algo los sufrimientos del enfermo.

 

Wasianski

En cuanto a eso, la única enfermedad del profesor es la vejez.

 

Teresa

No todas las vejeces son iguales.

 

Wasianski

Su lucidez ha sufrido un serio deterioro desde hace unos meses; pero él viene padeciendo mucho desde.... ¿el 83? O sea, hace más de veinte años que su salud no es buena.

 

Teresa

Comprendido. Siga.

 

Wasianski

Consulta sus notas, pero la muñeca comienza a andar; él la detiene. No se asuste. Se me ha olvidado parar su mecanismo.Coge la muñeca. Tiende la muñeca en una especie de caja-ataud, y vuelve a sus notas. Esta apuntación es de hace cinco años. ¿Ve? 1799. El profesor me dice: "Soy viejo, débil y pueril, y deben ustedes tratarme como a un niño". Aquí tengo una nota de hace algo más de un año... a principios de este siglo: "Ya para mí mismo soy una carga." "En mí mismo ven ustedes a un pobre viejo senil y agotado". Recuerdo que entonces el profesor sólo quería "partir"... así decía... partir... Abril del año pasado, 1803... Cumpleaños de Kant... Esperemos que pueda cumplir el próximo...

 

Teresa

¿Tan grave le parece la situación?

 

Wasianski

Está muy mal, señora Kaufmann. Nos toma a todos por extraños, hasta a las gentes más familiares. Durante algún tiempo ha estado atendiéndolo su señora hermana.

 

Teresa

¿Y?

 

Wasianski

Tenía que situarse detrás de él y en silencio para que el Profesor no notara su presencia.

 

Teresa

¿Me permite alguna pregunta? Mirando las sombrías paredes de la habitación. ¿No hacen salir al profesor de vez en cuando?

 

Wasianski

Ya no lo desea... La última vez que salió a la calle fue en agosto pasado. Quería "salir, salir..." Esperando, los minutos le parecían horas. "¡Distancia, distancia!", exclamaba con mucha impaciencia. "¡Lo único que quiero es irme lejos".  Así decía; pero apenas habíamos salido en el coche de la ciudad, ya era demasiado lejos para él; ya pidió "volver, volver".

 

Teresa

¿Algo más?

 

Wasianski

El Profesor siempre fue ciego del ojo izquierdo.

 

Teresa

Quiere decir que era tuerto.

 

A Wasianski parece molestarle esta palabra.

 

Wasianski

Ahora ha perdido mucha vista de su ojo bueno.

 

Teresa

¿Está... prácticamente ciego?

 

Wasianski

No tanto; pero he observado que a veces confunde a Lampe conmigo y viceversa.

 

Teresa

Ya, ya.

 

Wasianski

También he observado que en la mesa le cuesta trabajo dar con la cuchara. Lo que acaba de decir le conmueve. En cuanto al oído, por el izquierdo hace ya años que no oía nada; ahora tampoco el derecho marcha bien.

 

Teresa

De manera que hay que alzar el tono.

 

Wasianski

Y hablarle por la derecha, no lo olvide.

 

Teresa

en voz demasiado alta ¡No lo olvidaré!

 

Wasianski

¿Por qué grita ahora?

 

Teresa

Ay, perdone. Estaba pensando en el señor Kant. Baja el tono de voz, exageradamente, de manera que ahora apenas se oye lo que dice. En esta fase de su vida, las personas suelen tener problemas durante el sueño... ¿Es así en este caso? Ahora está tomando notas, muy doctoral, en un cuadernito).

 

Wasanski

El Profesor padece de sueños muy desagradables y ve a sus padres muertos... Algo así como un horror del pasado se revela en sus tristes noches, y...

 

Teresa

bosteza ligeramente. Ya basta, ya basta. Esto va a parecer, si seguimos así, como una de esas obras de teatro en las que, al principio, se cuentan los antecedentes para que luego el público pueda seguir la trama.

 

Hoffmann

Es que es eso, precisamente.

 

Las dos figuras quedan congeladas. Se va haciendo el oscuro. Lo último que vemos, antes de hacerse el oscuro total, es la muñeca siniestra de Wasianski.

 

 

 

CUADRO SEGUNDO

 

Hoffmann    

31 Enero 1804. Doce días antes. Es de noche en el dormitorio de Emmanuel Kant. El pequeño cuerpo del filósofo --que al final era, como él mismo dijo: "el mínimo posible"-- está cuidadosamente empaquetado, como fue su costumbre a lo largo de su vida. Pero ahora su sueño es desasosiego.

 

Al poco, oímos sus gemidos. Desasosegado, grita algo y creemos entender que exclama: "¡Asesinos, asesinos!". El paquete se remueve. Por fin, un fino brazo sale de él y tantea hasta que logra dar con la cadena de una campanilla. La agita entre gritos de terror, pero nadie acude a su llamada. "¡Asesinos, asesinos!", vuelve a gritar; y consigue desempaquetarse y poner los pies, con muchas dificultades, en el suelo. Cuando va a andar está a punto de caerse y entonces camina con mayor prudencia, alzando los pies como si pisara huevos y muy despacito, desde luego sin saber por dónde va pues no ve nada. Ahora advertimos que lleva una cuerda atada a la cintura; el otro extremo está sujeto a la pata de la cama. Su uso se evidencia en que, cuando se siente perdido, se sirve de ella para volver al lecho. Otra vez junto a él, emprende un nuevo viaje, con su marcha prudente de quien pisa un territoro helado y resbaladizo. Por fin consigue llegar a algún sitio: es una mesita de trabajo. Allí se sienta y, a la luz del candil, parece que intenta escribir algo con el ojo derecho prácticamente pegado al papel. En ese momento entra Lampe, que por cierto está bastante borracho. Kant no le oye llegar. Lampe le toca un hombro, lo que provoca en Kant un fino alarido de terror.

 

Lampe

con gesto afectadamente lúgubre, como si le divirtiera una barbaridad aterrorizar al filósofo. Soy yo, maestro. ¿Qué le pasa ahora?

 

Kant

con ojos ciegos, ve cosas muy extrañas: algo que pasa por la sala. Sus ojos están desmesuradamente abiertos. Algo dice, musita. Es, más o menos. Procesión de fantasmas.Lampe ríe. Pro-ce-sión. Pro... pro... pro... cesión. Señala con el dedo a la sala. Pro...

 

Lampe

Ande, vuélvase a dormir.Trata de acompañarle al lecho. Kant se cae al suelo, y Lampe, que también anda inseguro, se cae con él.            ¡Ay, Dios.Su exclamación suena a blasfemia iracunda. Cago en... la leche. Cago en... ¡Ay, Dios!

 

Trata de levantarse y al final lo consigue; pero Kant queda allí tendido, inmóvil. Gime en el suelo: es un lamento prolongado que acaba pareciendo una expresión angustiada de canto gregoriano. La respuesta de Lampe, misericordiosa por fin, consiste en tratar de levantarlo del suelo. Triste escena ad hoc, al fin de la cual Kant consigue expresar algo, pero lo hace de la manera más elemental, al modo en que los comics hacen hablar a los "pieles rojas" cuando ellos tratan de expresarse en la lengua de los rostros pálidos.

 

Kant

Yo... ver... espectros. En noche oscura espectros. Yo... horrible situación.

 

Lampe

fastidiado. Otra vez con lo mismo, bufff... Otra vez con lo mismo.

 

Kant

como una gran solución. ¡Llamar a Lampe! ¡LLa... mar a... Lampe!

 

Lampe

Soy yo, Lampe, hombre.Como se da cuenta de que Kant no le oye, le grita primero en el oído sordo, de manera que Kant no se entera de nada. ¡Soy yo Lampe, hombre.Por fin consigue, con las grandes dificultades propias de un beodo, acercarse al oído bueno, y allí le pega un grito que ahora es a todas luces excesivo. ¡Soy yo, Lampe!

 

Kant se sobresalta, pero al fin se tranquiliza, pues lo reconoce tocándole  el rostro dulcemente.

 

Kant

con emoción, casi a punto de llorar, le acaricia, con evidente repugnancia por parte de Lampe. ¡Oh, Lampe! ¡Oh, Lampe mío! Estás aquí.

 

Lampe

Vuélvase a la cama. ¿Sabe qué hora es?

 

Kant

no porque haya entendido a Lampe. ¿Qué hora es?

 

Lampe

Cualquiera sabe. Vaya preguntas a estas horas. Le empuja. A dormir, a dormir.Kant se resiste a ser conducido. El quiere ir a la mesita y tira, con infantil tozudez, hacia ella, con riesgo de caerse y arrastrar de nuevo a Lampe con él. Ya sentado pide más luz y Lampe, malhumorado, consigue llevarle alguna vela más, no sin hacer una extraña advertencia. ¡Ah, ah, cuidado con el gorro!Kant no oye nada. ¡Cuidado con el gorro ¿Ya no se acuerda? Por poco le arde la cabeza. El gorro en llamas, vaya susto. Comprueba que un cacharro grande está lleno de agua. El recuerdo le hace reir.  ¡Lo puse como una sopa, profesor!

 

Kant está tratando de coger una pluma de la mesita, pero no da con el vaso en el que hay varias: no lo ve, Lampe lo mira hacer, indiferente, hasta que Kant le pide directamente auxilio:

 

Kant:

¡Pluma! ¡Pluma! ¡Pluma!

 

Lampe

Ya va, ya va. Sólo que antes de ir en su auxilio se sirve un buen trago de ron de una botellita que lleva en el bolsillo. Al andar, pisa algo y lo mira con sorpresa. ¿Qué es esto? Ahora ve que es un gorro. ¡Ay, ay, el gorro in-com-bus-ti-ble! Le ha costado pronunciar la palabra. Se me había olvidado. Sin muchos miramientos, se acerca a Kant y lo cambia de gorro. El gorro in... com... bustible.

 

Kant

ignorando lo que le han hecho en la cabeza, con su nuevo gorro medio torcido sobre la frente, está reclamando de nuevo su recado de escribir. ¡Pluma-pluma-pluma! Lampe coge una, la moja, con sus propias dificultades, en el tintero, con cuya boca no acierta fácilmente, y se la pone en la mano a Kant, después de haber intentado que él la coja, cosa imposible porque no la ve. Ahora exhibe, con un gesto de precario triunfo, la pluma, como si fuera un arma o un tesoro inapreciable. También dice algo. Con buena voluntad, se entenderá algo así: Escribir para no fantasmas.

 

Es lo que parece haber entendido Lampe, pues le contesta:

 

Lampe

¿Qué quiere decir para no fantasmas?

 

Kant

No fantasmas. No... ver fantasmas.

 

Lampe

Ah, ah.

 

Kant

señala los papeles que hay en su mesa. También obra importante, acabar antes de morir pero muy poco tiempo ya enfermo viejo no podrá acabar obra tan importante más que crítica de la razón pura obra grande para... la posteridad.

 

Lampe

le hace burla pero sin exagerar. Lampe no entender nada.

 

Kant

Casi acabado ya un poco de lima falta y obra estará a punto para la imprenta casi acabado, ¿ves, Lampe? Antes de morir un poco de lima y ya estará listo para la imprenta, ¿entiendes? "Tránsito de la metafísica de la Naturaleza a la Física" . Magno, magno problema y la obra de mi vida. "Tránsito de la metafísica..."

 

Lampe

benigno. Usted siempre con sus cosas. Ale, ale, póngase a escribir. ¿Qué es esto? Mirando una cuartilla. Ayer empezó esta letra, ¿es una K?, y todavía no la ha terminado. A este paso, no sé... ¡Ay, no se mueva de ahí! Trata de sentarlo y Kant se cae nuevamente al suelo. Ahora Lampe decide arrastrarlo hacia la cama. Está haciéndolo cuando aparece Teresa, en camisón y cubierta con una bata. Lampe se queda como paralizado al verla. ¿Quién es usted?

 

Teresa

Está usted borracho; es indecente. ¿Qué está pasando aquí?

 

Lampe

Yo sólo hablaré con el profesor Wasianski. Yo... Se desentiende de Kant, que queda inmóvil en el suelo. Yo... estoy atendiendo al profesor Kant.

 

Teresa

tampoco parece interesarse particularmente por el cuerpo de Kant aunque él está intentando reclamar la atención, moviendo sus delgados brazos, como un insecto tripa arriba. Está usted borracho, señor Lampe.

 

Lampe

Mire, el profesor me está llamando.Se inclina sobre él. ¿Qué desea, querido profesor? ¿Se le ofrece algo? Aproxima su oído a la boca de Kant como si tratara de escuchar allí el latido de su corazón. Kant le está diciendo algo y él lo entiendo. Ya... ya, profesor... ya... ¿En el bolsillito? Ya...

 

Le hurga en un bolsillo que Kant lleva colgado del cuello.

 

Teresa

muy nerviosa. ¿Qué está haciendo usted?

 

Lampe

sin hacerle caso, habla con Kant: le dice a gritos en su oído derecho. He cogido cincuenta, ¡cincuenta!, florines. Doscientos gramos de ese quesito que tanto le  gusta, profesor. ¡Nadie quiere darle su quesito, su café! Yo le compro su queso mañana mismo.Kant hace gestos de gran agradecimiento; pero cuando Lampe se reincorpora se encuentra el gesto adusto de Teresa Kaufmann. Usted no sabe lo que es el señor Emmanuel Kant.

 

Teresa

En el futuro habrá que ver si su filosofía...

 

Lampe

¡No, no; yo no sé nada de eso! Yo me refiero al orinal.

 

Teresa

con un asco moderado por la educación. ¿Cómo el orinal?

 

Lampe

Es que yo le saco el orinal. Yo... le limpio la caca, y tendría que oler usted la caca del maestro y... y su pipí; cosa de la que nadie habla en la Universidad. Nadie, nadie habla de estos sucesos de la vida. Es una peste que...

 

En ese momento entra Wasianski en escena, también cubierto con una bata.

 

Teresa

Mire usted el panorama, señor Wasianski.

 

Wasianski

¿Qué le parece que se puede hacer? ¿Tratar de poner en pie al profesor Kant?

 

Teresa

Pero, ¿cómo? Yo carezco de fuerzas para una tarea tan enorme; y tampoco creo haber sido contratada para trabajos mecánicos de esa índole.

 

Wasianski

mirando la escena. ¿Se le ocurre alguna solución?

 

Teresa

Despedir a Lampe. Empezar por ahí.

 

Wasianski

Son... son como la uña y la carne. Kant forma parte de Lampe y viceversa... toda la vida el uno con el otro... No sé; podría ser mortal para alguno de ellos, quién sabe si para los dos.

 

Teresa

En mi opinón se puede producir una crisis muy saludable.

 

Wasianski

con horror. ¿Pero qué está haciendo ahora?

 

Lampe empieza a sentir unas terribles convulsones y echa espuma por la boca.

 

Teresa

dictamina. Endemoniado, quizás.

 

Wasianski

Efectivamente, queda despedido. Voy a llamar al Manicomio Municpal para que se lo lleven.

 

Teresa

Es lo mejor que se puede hacer, para empezar.

 

El cuerpo de Kant sigue olvidado en el suelo. El oscuro va haciéndose sobre la escena y sólo se queda visible el cuerpo de Lampe que se agita con terribles espasmos, hasta que entran en la zona de luz dos enfermeros que lo reducen introduciéndolo en una camsa de fuerza. Así llegamos al oscuro total y al fin de este cuadro.

 

 

 

CUADRO TERCERO

 

Hoffmann

4 Febrero 1804. Ocho días antes. Es un día que parece ya de la primavera. Sol y ramas verdes -- ¿quién sabe si también cantan algunos pintados pajarillos?-- a través de la gran ventana junto a la cual nuestro gran filósofo está escribiendo probablemente una letra con el ojo pegado al papel y grandes dificultades para mojar la pluma en el tintero.

 

Hágase esta escena, muda y penosa, según el desarrollo que consideren conveniente el actor y el director. Pero sí hay un elemento que, en opinión del autor, debería figurar en ella: a pesar del ambiente cálido, Kant siente frío Trata de arroparse pero no tiene con qué. Tiembla. Entra Teresa con un violín. Mira a Kant que no se da cuenta de su presencia. Le pasa una mano cerca de los ojos y Kant no lo advierte. Teresa suspira, satisfecha, como si hubiera encontrado el lugar apropiado para tocar su violín. Se sugiere que la actriz sea una discreta violinista, de manera que el minuto siguiente sea bastante agradable para los espectadores, pues Kant, desde luego, no oye nada (ni ve). Teresa, mientras toca su violín, asciende a las alturas de la música, ajena a los pequeños problemas que ocupan al filósofo en estos momentos: está tiritando de frío, tanto que Teresa acaba por darse cuenta de ello y empieza a bajar lentamente, planeando, desde el mundo de la música hasta... el cuerpecito de Kant. Deja su violín con exquisito cuidado y mira a Kant curiosamente.

 

Teresa

¿Tiene usted frío? Pero hace calor. ¡Vaya! No exageremos. ¿Se está muriendo de frío? Espere.Busca una gruesa manta y cubre amorosamente a Kant con ella, como si arropara a un niño pequeño. Ya lo sé: siempre ha sentido frío, siempre le ha gustado arroparse así... Con extraña dulzura. Ya no puede escucharme, profesor. Ya está del otro lado... Kant parece mirarla desde muy lejos. Del otro lado... allá donde toda razón está de sobra... Lo arropa piadosamente. Kant parece reconfortado, casi adormecido; sonríe tenuemente como si soñara con un planetarium de angelitos voladores a su alrededor. ¿Un poquito de música? Le muestra el violín. Ya sé que sólo le gustan las marchas militares. Tendrá algo que ver con su amor a la Revolución Francesa, ¿verdad?

 

Hoffmann

enarbola un librito que ha tomado de la mesa, y en seguida lee en sus páginas esto: "Porque un fenómeno como ese no se olvida jamás... en la historia... en la medida en que ha puesto de manifiesto una disposición y una capacidad de mejoramiento en la naturaleza humana como ningún político hubiera podido vislumbrarla en el curso que llevaron hasta hoy las cosas..." "Pero si tampoco ahora se alcanzara el fin que abriga este acontecimiento... si la revolución fracasara... si las cosas volvieran a su antiguo cauce... no por eso pierde esta predicción filosófica nada de su fuerza. Porque este acontecimiento es demasiado grande..."

 

Teresa

¿Habla usted así del terror francés, profesor?

 

Kant la mira con un gesto verdaderamente estúpido, de manera que parece cualquier cosa menos un representante de la Razón, como Teresa pretende en su dicterio. Más bien advertimos en el gesto de su rostro que ahora lo que necesita es mucha ayuda. Se arropa y al fin consigue decir algo inteligible:

 

Kant

¿Es usted Lampe?

 

Teresa

Está claro que no.

 

Kant

Yo tendría que hablar con Lampe.

 

Teresa

¿Hay algún problema?

 

Kant

El queso.

 

Teresa

¿Cómo el queso?

 

Kant

Pienso que le encargué una compra. Aunque... con desolación . puede que lo haya soñado. "Lampe, Lampe, sabes cuánto me gusta el queso inglés rallado y no cualquier queso, no, tú me conoces, Lampe, no cualquier queso, no". Desoladísimo. Lo habré soñado. Pero. Yo juraría que. No.

 

Teresa

no sabe cómo recordárselo y le informa del modo más sencillo. Es que Lampe no está. El señor Lampe ya no vive en esta casa.

 

Kant

¿Dónde está Lampe?

 

Teresa

paciente. Ha sido despedido de su servicio. El doctor Wasianski se lo explicó ayer todo en voz muy alta, ¿no se acuerda? Ayer pareció que usted lo entendía muy bien, y hasta le disgustó mucho la noticia. ¿Se acuerda ahora?

 

Kant

¿Lampe no está?

 

Teresa

Yo me llamo Teresa Kaufmann.

 

Kant

como ante un vacío sin fin. ¡Lampe ¡Lampe!

 

Teresa

Lampe soy yo, a partir de ahora.Pausa. Kant vuelve a sentir frío. Teresa lo arropa con no fingida piedad. Pero ya Kant está ocupado con algo que tiene que ver con la escritura. De nuevo sus tentativas de mojar la pluma en el tintero y todo ese cortejo de pequeñas penalidades. Teresa lo deja hacer. Suspira. Mira por la ventana: aquel resplandor de una primavera incipiente no parece despertar en ella ninguna emoción particular. Es en ese momento cuando llega a escena Hanna. ¿Quién es Hanna? Es una muchacha bajita que, para empezar, se parece extrañamente a la muñeca de Wasianski. También es posible que sus movimientos no sean demasiado naturales. El caso es que se aproxima silenciosamente hacia Teresa, la cual se da por fin cuenta de que alguien ha entrado en la habitación. Se vuelve y, al ver a Hanna, no puede contener un grito de espanto. ¡Oh!

 

Hanna

muy gentil.  Perdone. La he asustado. ¿Pero qué le pasa? Es que Teresa se retira de Hanna cuando ésta se aproxima. ¿A dónde va?

 

Teresa

Estoy buscando una cosa.

 

Hanna

¿Es usted la señora Kaufmann?

 

Teresa

Sí. Ya ha llegado a donde quería: junto a la caja-ataud en la que Wasianski guardó la autómata. Hanna se sonríe. Teresa abre la caja. Está vacía. Teresa mira, con cómico horror, alternativamente la caja vacía y a Hanna. Esta se ríe abiertamente aunque, a decir verdad, su carcajada resulta un tanto metálica. ¿Quién es usted?

 

Hanna

Me llamo Hanna. Soy sobrina del profesor Kant. ¿No le había hablado de mí?

 

Durante la escena que sigue, Kant es un fondo ignorado, pero no porque la puesta en escena se olvide ahora de su figura. Es todo lo contrario: la puesta en escena ha de destacar este "olvido": esta cosificación de Kant, como si formara parte de lo inerte, del mobiliario, de la decoración. Por lo demás: ¿no son un tanto mecánicos los movimientos de Hanna? Al menos, Teresa --por mucho que parece ir tranquilzándose-- no deja de mirarla con cierta aprensión.

 

Teresa

Juraría que la he visto antes de ahora.

 

Hanna

Es posible, no sé.

 

Teresa

En un momento muy delicado.

 

Hanna

¿Ah, sí? ¡Qué interesante!

 

Teresa

Justo en el momento en que le estaban poniendo un ojo.

 

Hanna ríe francamente.

 

Hanna

Se refiere a Olimpia.

 

Teresa

¿Quién es Olimpia?

 

Hanna

El último juguete del doctor Wasianski.

 

Teresa

mirándola de hito en hito. ¿No es usted?

 

Hanna

¡Qué cosas tiene! ¡Qué sentido del humor!

 

Teresa

Tiene una voz muy agradable.

 

Hanna

ríe. Y me muevo muy bien. Da unos pasos de baile. ¿Qué le parece?

 

Teresa

fascinada. No sé qué pensar.

 

Hanna

Lo cierto es que el doctor Wasianski me tomó como modelo para su muñeca. ¡Ese es todo el misterio!

 

Teresa

nada convencida. Ya.

 

Hanna

burlona. ¿Qué le parece si ahora me destornillo un brazo?

 

Teresa

No haga burla de la criatura humana. Está creada a imagen y semejanza de Dios.

 

Hanna

Yo no leo mucho la Biblia, la verdad. En "El Pato rojo", que es donde trabajo, somos gente un poco desenfadada, y...

 

Teresa

¿"El Pato rojo"? ¿Qué es eso?

 

Hanna

Yo vivo en Berlín. He venido a echar una mano en lo del tío Emmanuel.

 

Teresa

¿Y qué es "El Pato rojo"?

 

Hanna

Un cabaret muy divertido. Yo pertenezco al cuerpo de baile.

 

Teresa

como si estuviera con el mismo demonio. ¡Oh! ¡Oh!

 

Hanna

con jovial sencillez. ¿Qué le pasa? ¿He dicho algo malo? Yo no soy más que una Alegre Bailarina.

 

Teresa

¿A qué llama alegre bailarina?

 

Con un rictus que expresa severidad y repugnancia.

 

Hanna

Es el nombre de nuestro ballet: "Las alegres bailarinas".

 

Teresa

señalando a Kant que sigue absorto e inmóvil, mirando ahora --o así lo parece-- hacia el exterior. ¿Y él qué opina de esto?

 

Hanna

¿El tío Emmanuel? El nunca lo ha sabido, que me gustaba el arte... la vida, el... el amor, y... Ni siquiera estoy muy segura de que el tío Emmanuel sepa que yo existo, no... seguramente no lo sabe. Se dirige a Kant con gestos muy vivos que indican la bailarina --¿o la muñeca?-- y le dice algo que él, recluido ahora en el autismo de su senilidad, no puede escuchar. ¿Verdad, tío? ¿Qué sabes tú de mí?

 

Inopinadamente se pone a bailar frente a él, ante la mirada alucinada de Teresa Kaufmann: se trata, para ella, de un baile obscenísimo, de un "triunfo de la carne".

 

Teresa

Deténgase, deténgase, por el amor de Dios. Pero nuestra pequeña Salomé ha entrado en una especie de frenesí o de modesto éxtasis. Está tratando de expresar algo que no es capaz de decir con palabras --un inefable resentimiento-- ni tampoco así. Teresa se echa las manos a la cabeza. ¡Oh, Dios mío, Dios mío!¿Quién me habrá traído a esta casa maldita?

 

Hanna se planta ahora frente a Kant, que parece mirar algo a través de ella, como si la muchacha fuera transparente.

 

Hanna

¿Qué sabes tú de mí? ¿Qué sabes de nosotros?

 

En ese momento llega Wasianski. Se hace cargo de la situación y se dirige a Teresa, que está paralizada por la angustia.

 

Wasianski

¡Oh, señora Kaufmann, tranquilícese! Trata de ponerle una mano en un hombro. Nunca lo hubiera hecho: su cuerpo pega como un latigazo. Usted perdone. ¿Qué está pasando aquí?

 

Teresa

con horror.  La... la muñequita.

 

Wasianski

¿Pero qué dice? Hanna, Hanna...

 

Hanna

ha quedado inmóvil, como una estatua. Perdone usted.

 

Wasianski

dominador de la situación, benévolo. Hanna, Hanna. ¿Quiéres hacernos un favor?

 

Hanna

Sí, señor. Sí.

 

Wasianski

Tráenos unas tazas de café.

 

Al oírse la palabra café, se produce un hecho extraordinario y patético. Kant da una especie de grito.

 

Kant

¡Café! ¡Oh, sí, café Un poco de café.

 

Parece haber despertado de su profundo ensimismamiento. Wasianski sonríe, comprensivo y aliviado.

 

Wasianski

Un poco de café, sí, en seguida, profesor. Entonces ya está haciendo mutis, --¿con movimientos, aunque ligeros y naturales, un tanto automáticos?-- Hanna, en busca de la taza de café. Hace un día precioso, profesor.

 

Kant

Sí, sí. Por fin no lluvia.

 

Wasianski

no se atreve a corregirle la frase gramaticalmente y la repite. Por fin no lluvia, efectivamente.

 

Kant

Todavía mucho, mucho frío.

 

Wasianski

¿Tanto frío, profesor?

 

Kant

ríe como para sí. El frío.

 

Wasianski

Siempre le ha gustado estar abrigadito, profesor.

 

Kant

Hipotermia. Ríe.

 

Wasianski

Cúbrale un poco las piernas. ¿Ya se siente bien?

 

Teresa

Qué más da eso. Abriga a Kant que parece ahora muy nervioso. A Wasianski: ¿Qué le pasa ahora?

 

Wasianski

Espera el café.

 

Teresa

Ya.

 

Wasianski

También está esperando el petirrojo.

 

Teresa

Un pájaro.

 

Wasianski

Todos los años llega a esa ventana; y, cuando se retrasa, el profesor se siente mal... Cuando este año llegue el petirrojo, el profesor ya no estará. Tan sólo su fantasma rondará por estas habitaciones.

 

Teresa

¡Qué cosas dice! En mi opinión, es mejor hacer lo posible porque esta obra no parezca un melodrama. Por lo menos, un mal melodrama.

 

Wasianski

como tomando conciencia de una situación transcendente a su condición de mero personaje. Hagamos lo posible, sí... Lo más seguro es que nuestro autor desee tener un cierto éxito de crítica.

 

Teresa

No sé si eso le importa mucho, pero en fin... Un silencio. Reflexiva. Es, sobre todo, por nuestra propia dignidad.

 

Wasianski

acepta la lección. De acuerdo, ya sé, ya sé... Sigamos entonces de la mejor manera que se nos ocurra. ¿Por dónde íbamos?

 

Hoffmann

"El profesor ya no estará". Pero ahora no le diga eso del fantasma.

 

Wasianski

Cuando este año llegue el petirrojo, el profesor ya no estará.

 

Teresa

un silencio. Es bello eso que dice de que el profesor Kant ha sentido siempre tanta ternura por los pájaros.

 

Wasianski

Es la verdad. Un poco dolido. No crea que lo decía para hacer un poco de melodrama.

 

Teresa

Por favor, no insista.

 

Wasianski

Cuando se retrasaba el canto del petirrojo, el profesor Kant decía: ¿Qué pasa este año? ¿Cómo es que no canta el petirrojo? Estaba en la plenitud de sus facultades entonces; que yo recuerde, estaba escribiendo su Crítica del juicio, o quizás...

 

Teresa

¿Qué más da lo que estuviera escribiendo por entonces?

 

Wasianski

abrumado. Ahora ya no es por entonces ciertamente. ¡Por entonces! El profesor era otra cosa por entonces ... Era preciosa la vida por entonces ... Era otra cosa todo por entonces , y cuando yo ahora miro ahí al profesor Kant, me doy cuenta de que lo más alegre de su vida está muerto , está ya muerto, sí... porque, porque... sus mejores amigos, con los que él se reunía alegremente, aquí, aquí mismo, aquellos amigos también han muerto; y el profesor vive ahora en el cementerio de su vida.. esperando aquella golondrina o aquel petirrojo.

 

Teresa

¿Me permite que le haga una pregunta? ¿Dónde está su muñeca? con aire acusador. Esa caja está vacía.

 

Wasianski

¿Ha mirado en el jardín?

 

Teresa

¿Qué hay en el jardín?

 

 Wasianski

se encoge de hombros. Es una muñeca muy autónoma. Le gusta pasearse a la sombra de aquellos árboles.

 

Teresa

Se está burlando de mí.

 

Kant

como un lamento. ¿Y el café? ¿Qué pasa con el café?En ese momento vuelve Hanna, que ahora puede recordar un poco a una especie de camarera mecánica. Lleva una bandeja con los cafés. El olfato --ya que no otro sentido-- parece avisar a Kant de tan grato acontecimiento, porque todo su cuerpecito se estremece de un placer anticipado y, a la manera de un rodrigodetriana, exclama en el espasmo de la proximidad del café: ¡Tierra! ¡Tierra!

 

Entre Teresa y Wasianski se cruza una mirada de piadosa comprensión. Es Teresa Kaufmann quien se ocupa de servir el café, que Kant toma voluptuosamente. Hanna, Teresa y Wasianski toman sus tazas en un momentáneo cónclave, comentando algunas cosas de la vida.

 

Wasianski

El café es un brebaje bastante agradable, ¿verdad?

 

Hanna

A mí me gusta tomarlo con una copita de ron. En "El Pato rojo" mucha gente lo toma así.

 

Teresa

¡Oh, qué dice, con ron!

 

Wasianski

Querida Hanna, en la vida hay otras cosas que no son "El Pato rojo"

 

Hanna

ruborizada. Perdone, profesor. Yo soy una muchacha muy ignorante.

 

Wasianski

tomando su café. ¡"El Pato rojo"! Seguramente es un mundo bastante curioso, ¿no? Se aproxima a Kant. No se le ha caído la taza. Está mucho mejor. Los tres lo miran con curiosidad. Lo más probable es que ahora decida hacer algún viaje.

 

Teresa

ríe ásperamente. ¿Algún viaje, dice?

 

Wasianski

El café lo impulsa a viajar hacia "países remotos", como él suele decir.

 

Teresa

mirándolo con una lente. He podido observar que duerme aproximadamente diecisiete horas treinta minutos cada día.Consultando su reloj. No sé si mi observación es correcta.

 

Hanna

El tío dormía muy poco antiguamente.

 

Wasianski

como si se sintiera complacido de lo bien que "funciona" Hanna. Muy poco antiguamente. Ah, ya ha terminado su café. Lo que ha ocurrido es que a Kant se le ha caído la taza, ya medio vacía. No ha sido nada, profesor. Kant lo mira sin reconocerlo. ¿Desea descansar o hacer algún pequeño viaje, dígame? ¿"Países remotos"?

 

Kant

Países remotos, sí. Baviera o España o Portugal...

 

Con voz muy débil, pero Teresa, con el oído muy próximo, ha podido oirlo y entenderlo.

 

Teresa

a Wasianski. ¿Es nostalgia ¿Desea volver a alguna parte?

 

Wasianski

No. El profesor nunca estuvo en parte alguna, bueno, quiero decir que él nunca salió de esta ciudad. Son sueños... lo que pudo ser y no fue, o algo parecido. ¡Granada, Barcelona, dice a veces! Me temo que tenga una idea muy vaga de dónde están esas ciudades. Es... como un sueño: como si él quisiera ver algo que no ha visto... antes de morir. A Kant. ¿Nos vamos, pues? Kant asiente con vago entusiasmo. ¿Está dispuesto? Kant asiente, muy emocionado. Es un barco precioso, precioso, ¿verdad? Precioso... Kant asiente. ¿Qué son aquellas luces? Kant parece que trata de mirar inútilmente algo. Sí. Estamos entrando en Copenhague.

 

Kant

exclama con entusiasmo. ¡Copenhague! ¡Copenhague!

 

Pero en seguida muestra un gran cansancio y murmura algo que no se entiende.

 

Teresa

¿Qué está diciendo?

 

Wasianski

Está diciendo: "Volver, volver"

 

Teresa

se encoge de hombros. Pues vuelva, vuelva. Kant parece que ahora queda adormecido.

 

Wasianski

¿Piensa que es un error? Gesto de Teresa. Procurarle estos viajes imaginarios.

 

Teresa

En los próximos días le diré.

 

Toma un cuadernito de la mesa de Kant, que está durmiendo plácidamente, al parecer. Lo mira.

 

Wasianski

¿Ha estado escribiendo?

 

Teresa

Es casi indescifrable.

 

Wasianski

Déjeme. Coge el cuaderno. Lee: Es su memorandum... Notas, observaciones que él va escribiendo estos últimos días.

 

Teresa

señala una página. ¿Qué dice ahí?

 

Wasianski

lee. "Los meses de verano son junio, julio y agosto".

 

 Teresa

¿Trata de acordarse de eso?

 

Wasianski

"No rendirse al pánico en la oscuridad".

 

Teresa

¿Eso es todo?

 

Wasianski

No. Sonríe, leyendo: "Acordarme de olvidarme de Lampe".

 

Teresa

ríe involuntariamente. Acordarse de olvidarse... Oh, Dios mío.

 

Hanna

corre unas persianas de manera que la habitación queda en una semipenumbra. Ahora podrá descansar un poco. Se ha quedado tranquilo.

 

Wasianski

aprueba. Está muy bien, Hanna. Usted, señora Kaufmann, tenga la bondad de acompañarme a la cocina. El problema de la alimentación ha llegado a un momento crítico. Le repugna comer, como habrá observado. Sígame, por favor.

 

Hacen mutis ambos. Una pausa. Hanna ha quedado inmóvil. El rostro de Kant expresa que está soñando; ahora gime con angustia.

 

Kant

¡Oh, no! ¡Oh, no!

Parece que trata de detener el movimiento, muy  mecánico, que ahora emprende Hanna. Hace un bailecito con un fondo de caja de música y, por fin, se retira hacia la caja de la muñeca. Se acuesta dentro y cierra la tapa. Cesa la musiquilla, y Kant consigue levantarse de su asiento. Como alucinado, camina hacia la caja.  ¡Hannita, Hannita!

 

Al dar un paso cae al suelo. Queda de espaldas. Ni siquiera intenta levantarse.Sabe que no podría: e, inopinadamente, ríe, como si se encontrara en una situación de lo más divertido. Se va haciendo el oscuro lentamente mientras se oye la voz de Kant que dice: "No sé dónde estoy; me siento oprimido como en una isla desierta, y quisiera volver a casa. También me gusta mucho el pan con mantequilla y el queso inglés rallado, pero nadie me da; nadie me da queso inglés rallado ni pan con mantequilla..." Oscuro total.

 

 

 

CUADRO CUARTO

 

Hoffmann

5 Febrero 1804. Una semana antes.

 

En el salón. Es media mañana. Kant está sentado, pero ahora a su asiento le han puesto una especie de abrazaderas para impedir que se caiga o, quizás, que se levante. Está sangrando por la nariz, y la sangre le cae sobre un babero blanco. Al poco, entra Wasianski con un joven de aspecto atildado, que se llama Peter Schneider. Wasianski se da cuenta de lo de la sangre y acude a limpiarlo.

 

Wasianski

¿Qué le ha pasado? Discúlpeme.

 

Peter

¡Maestro, está sangrando! ¿Qué puedo hacer yo?

 

Wasianski

Traiga aquella jarrita. ¿Y no ve allí una toalla?

 

Peter

acudiendo en su ayuda. ¡Maestro, maestro ¡Conocerlo en estas circunstancias! Mi padrino me dijo algo pero no hasta este punto.

 

Wasianski

¿Qué le ha contado nuestro amigo Von Hippel?

 

Peter

Que el profesor Kant le había dicho durante la primavera pasada: "Soy la sombra de un hombre".

 

Wasianski

¿Y qué le parece a usted, ahora que lo ve? Peter lo mira con gesto apenado.

 

Peter

La... sombra de una sombra. Yo pretendía mantener con él una discusión académica. ¿Es ya demasiado tarde para eso?

 

Wasianski

No diría yo tanto. En algunos momentos, dice frases del más alto nivel. Kant se remueve. ¿Eh? Profesor.

 

Kant

mirándolo con un ojo turbio. ¿Quién es?

 

Wasianski

Es, es... la visita prevista para hoy. El joven Peter Schneider.

 

Peter

se inclina, respetuoso. Servidor.

 

Wasianski

Su amigo Von Hippel insistió en que lo recibiera.

 

Kant, muy cortés, trata de levantarse para saludar al visitante, pero no puede porque, en realidad, está atado a la silla.

 

Kant

angustiado. No puedo levantarme.

 

Wasianski

No se preocupe, profesor.

 

Kant

Saludar al joven visitante. Elemental cortesía. Estoy... atado. ¡Socorro!

 

Wasianski

No se preocupe, profesor.

 

Kant

¡Saludar! ¡Saludar!

 

Wasianski

No se preocupe, profesor. Lo tranquiliza. Hace un gesto a Peter. Empecemos la sesión, señor Schneider. No creo que pueda durar más que un minuto o, a lo más, un minuto y medio.

 

El joven Peter Schneider, muy atildado, se sienta y consulta unas notas mientras Kant se mete un dedo en la nariz y parece mirar el vuelo de una mosca.

 

Peter

En realidad se trata de una duda que tengo sobre su respuesta, hace... ¿trece años?... Consulta sus papeles. Sí... 1791... "Por qué no es inútil una crítica de la razón pura"... al profesor Johan August Eberhard, el famoso profesor de la Universidad de Halle.

 

Apenas ha dicho esto, Kant emite un sonido ululante, que puede recordar el aullido de un lobo. Esto produce estupefacción incluso en Wasianski, y ambos miran a Kant sin saber qué actitud tomar ante tamaña expresión que parece de terrible e inexpresable cólera. Wasianski es quien acaba por explicar la situación.

 

Wasianski

Ha nombrado usted a una persona que el profesor llegó a detestar profundamente, en virtud de los ataques que tuvo que sufrir por parte de este hombre, de Eberhard.

 

Peter

Precisamente quería discutir ese asunto con el profesor. ¿Me oye?

 

Wasianski

En el otro oído, si no le importa.

 

Peter

se lo dice en el otro oído ¿Me oye, profesor? Kant asiente con un gesto bondadoso y atento. Discúlpeme si le he molestado ciitando al profesor Eberhard... Kant se remueve, desasosegado, pero esta vez no emite el sonido ululante. Recordará usted...

 

Kant mueve los labios como diciendo algo, pero Peter no lo entiende y se vuelve, interrogante, hacia Wasianski, como preguntándole: ¿Qué está diciendo? Wasianski, con mirada experta, lee en los labios de Kant. Por fin:

 

Wasianski

"Tengo la cabeza perdida".  Kant sigue moviendo los labios y Wasianski leyendo y traduciendo. "Eberhard es una persona imbécil".Idem. "Estoy muy fatigado". Idem. "Le ruego que sea breve". Idem. "El doctor Wasianski me ayudará a responderle. Gra... cias una... vez más, que... rido Wasianski. A Kant, conmovido. De nada, querido maestro. A Peter:  Diga lo que sea.

 

Peter

¿Es cierto que el señor Eberhard intentó presentar como objeciones al pensamiento kantiano ideas precisamente propias del pensamiento kantiano?

 

Kant lo mira con la boca abierta. Alza una mano como pidiendo algún auxilio; no parece haber entendido. Wasianski acude en su ayuda.

 

Wasianski

a Peter. El profesor Kant mantiene que las cosas en sí no deben buscarse en el espacio... Kant asiente complacido y a continuación subraya con sus gestos, como si él mismo estuviera hablando, lo que dice Wasianski... ni en el tiempo... sino en aquello que está más allá de los fenómenos, o sea, en el número. El señor Eberhard pretendía demostrar lo contrario, pero no lo confiesa. Kant se ha animado y sus movimientos subrayan con cierta fuerza y aproximada sincronía las palabras que va diciendo Wasianski como si él mismo las pronunciara. Pero ahora, de pronto, se ha quedado inmóvil y muy pálido. De su nariz empieza a manar nuevamente sangre. ¡Dios mío ¡Se va a desangrar!

 

Peter

muy seguro y activo, de pronto. ¿Me permite atender esta emergencia?

 

Wasianski

La señora Kaufmann tiene conocimientos médicos. Avisémosla.

 

Peter

No es el estudiante de teología quien le habla ahora. Wasianski lo interroga con la mirada mientras tapona la nariz de Kant con un pañuelo. He de decirle que soy Doctor en Medicina.

 

Wasianski

Loado sea Dios. El doctor Trummer está fuera de Königsberg durante estas semanas. Para empezar, ¿podría ocuparse usted de esta nariz?

 

Peter

saca unos aparatos de un maletín en el que hasta ahora no nos habíamos fijado y atiende concienzudamente la hemorragia nasal mientras explica que él es un médico ruso.  En realidad, yo me llamo Demetrio Gogol --en mi casa me llaman Mitia-- y soy un médico ruso.

 

Wasianski

Esto parece una novela.

 

Peter

Quería ver a Kant, a quien adoro como filósofo, antes de que la             muerte se lo llevara, con todo su terrible cortejo, a las profundidades del Tártaro.

 

Wasianski

Habla usted como un poeta; pero se ha comportado pícaramente al fingirse pariente de un amigo tan intimo del profesor. Incluso me parece que ha falsificado una nota del consejero Von Hippel.

 

Peter

Mea culpa. Purgaré en las prisiones mi delito, pero no podré arrepentirme de este crimen. Estoy viendo a Kant antes de morir y, por si eso fuera poco, estoy curándole la nariz. ¿Quién me hubiera podido decir que algún día iba a tener entre las manos la nariz de Kant?

 

Wasianski

sonríe a pesar suyo. ¡La nariz... de Kant!

 

Peter

Estoy conteniendo la hemorragia. Este hemostático es el último grito en la Universidad de Moscú. ¿Qué le parece?

 

Wasianski

Ya no mana. Parece un buen hemostático.

 

Peter

Me gustaría incorporarme al personal sanitario que atiende al Profesor.

 

Wasianski

Es una buena idea. ¡Sea bienvenido a esta casa!

 

Se dan la mano y va haciéndose el oscuro.

 

 

 

CUADRO QUINTO

 

Hoffmann

8 Febrero 1804. Cuatro días antes.

 

Quizás sea la cocina de la casa. Azulejos claros y fuerte luz. Una atmósfera, digamos, clínica. El cuerpo de Kant, vestido con un blanco camisón, está tendido en una mesa; es un cuerpo mínimo. Le están haciendo una transfusión de sangre. El donante, que mantiene una actitud evidentemente filantrópica y afectadamente modesta, es Wasianski. Hanna sostiene en alto algún aparato. Teresa toma el pulso a Kant durante la operación; y Peter --seguiremos llamándolo así, aunque ya sepamos que se llama de otra manera-- es el que realiza la operación, con evidente dominio de la técnica médico-quirúrgica.

 

Peter

en lo suyo. Está fluyendo normalmente.

 

Wasianski

De lo que me congratulo: normalmente... Pero...

 

Peter

¿Siente algún ligero mareo? ¿Lipotimia?

 

Wasianski

irreflexivo. Lipo... caray. Oh, perdón. Estoy un poco conturbado. ¿Está fluyendo quizás una gran cantidad de plasma?

 

Peter

siempre en lo suyo. No se preocupe por eso.

 

Wasianski

Imagino que con quince centímetros cúbicos puede ser suficiente. Ni siquiera creo que haya perdido tanta.

 

Peter

Ya está.

 

Wasianski

suspira aliviado y ahora ofrece su brazo, generoso. ¿No más?

 

Peter

Está bien así. ¿El pulso?

 

Teresa

Es irregular; y la temperatura... Mira un termómetro. No es posible.

 

Peter

Diga lo que sea. No se quede así.

 

Teresa

Está helado.

 

Hanna

Es verdad. Le toca la frente. Y sequito como una pasa.

 

Wasianski

El profesor nunca ha transpirado. Nunca.

 

Hanna

¿No se estará muriendo?

 

Peter

segurísimo, niega con un gesto. ¿No ven como su rostro se colorea?

 

Hanna

Un poquito, sí.

 

Al inclinarse, su busto queda decididamente apoyado en un hombro de Peter, el cual no parece indiferente a esta incidencia. Hanna lo advierte y se separa.

 

Hanna

Ah, perdone.

 

Peter

No, si estaba muy bien así.

 

Se ríen. Sin exagerar, que no hay por qué, aquí se puede producir un contraste, pues hay dos mundos adyacentes --el de la muerte y el de la vida, por decirlo de una manera un tanto melodramática-, teatralmente notables: como si el esplendor de la vida evidenciara, una vez más, el oscuro destino de los muertos.

 

Hanna

Sí que se colorea un poco, sí. Ya no parece tan blanco como antes; y se le nota que respira.

 

Teresa

con lúgubre  severidad. En mi opinión, se nota demasiado; podría tratarse de un estertor.

 

Peter

No es un estertor. Ahora dejémosle descansar. Va cerrando las persianas y la habitación queda, poco a poco, en una penumbra suave mientras Wasianski vuelve a colocarse la ropa y va recuperando su aspecto luterano e impecable, y Teresa mira fijamente, como si estuviera tratando de hipnotizarlo, a los ojos medio muertos de Kant.  Hanna.

 

Hanna

Dígame.

 

Su rostro es muy alegre y luminoso. Si es una muñeca, está muy conseguida, desde luego.

 

Peter

Le voy a hacer... ¿O me permite que la tutee?

 

Hanna

Entre dos personas jóvenes está bien tratarse de tú. ¿No es cierto? En "El Pato rojo" los jóvenes nos tratamos de tú.

 

Peter

en voz más baja, señalando a Wasianski y a Teresa. Estoy seguro de una cosa.

 

Hanna

también en voz más baja, aceptando la complicidad. ¿De qué?

 

Peter

De que el autor de esta obra...

 

Hanna

sinceramente sorprendida. Ah, ¿pero estamos  en una obra?

 

Peter

Es evidente. No hay más que mirar el decorado.

 

Hanna

mira el decorado con indiferencia. Se encoge de hombros.¿Qué más dará eso?

 

Peter

El caso es que te iba a hacer una proposición, bueno, en fin. No sabe cómo decirlo. En el teatro, cuando unos personajes estorban al autor, suele mandarlos al jardín. Al menos, así ocurre en el teatro corriente.

 

Hanna

¡No sólo teatro sino, además, corriente!

 

Peter

optimista. ¡Qué se le va a hacer!

 

Hanna

graciosa, con muy profunda simpatía. ¿Marchamos al jardín?

 

Peter

contento de la comprensón de Hanna. Es lo que yo pensaba; porque se matan dos pájaros de un tiro.

 

Hanna

decididamente. No me gusta matar pájaros, y menos dos de un sólo tiro; aunque un sólo tiro es ya demasiado.

 

Peter

un poco dolido. Podías haber supuesto que es una metáfora.

 

Hanna

¿Metácora? ¿Metápora? ¿Qué es eso?

 

Peter

¡Será precioso dar un paseo por el jardín! Y además resolvemos el problema de este señor.Coge un cuaderno de una mesa. Mira, aquí lo dice. "Ver la forma del mutis de Peter y Hanna. Wasianski y Teresa Kaufmann deben hablar de la vida y de la muerte en este cuadro. Wasianski: ¿Estaba pensando en algo?

 

Teresa

¿Pensar?" etc.

 

Hanna

Yo también estaba pensando ahora.

 

Peter

¿En qué? No creo que eso esté previsto.

 

Hanna

Me da igual.

 

Peter

reflexivo, con admiración. ¡Estás pensando por tu cuenta!

 

Hanna

Sí.

 

Peter

con un poco de temor, como si estuviera cometiendo una transgresión, de modo que parece que procura que el autor de la obra no le oiga. A ver qué; y dilo pronto.

 

Hanna

En el tío. Pensaba en él.

 

Peter

aliviado. ¡Ah! Eso puede ser de la obra.

 

Hanna

¿Y si no lo es qué pasa?

 

Peter

está ya más tranquilo. Puede que venga a cuento. Sigue, sigue.

 

Hanna

mira a Kant. Teresa y Wasianski han quedado inmóviles, como si la obra se hubiera interrumpido para ellos, como si se hubiera producido un corte. Pensaba en el cumpleaños del tío Emmanuel. Es de abril.

 

Peter

que conoce al dedillo la vida de Kant. El 22 de abril.

 

Hanna

El ya no llegará.

 

Peter

Quizás sí.

 

Hanna

En la próxima primavera, cuando todo sea bello y poblado de flores, el tío Emmanuel ya no estará en el mundo.

 

Se diría que el rostro de Kant acusa la recepción de ese mensaje, pero ellos no le miran ahora porque Hanna se está enjugando una lágrima.

 

Peter

¡Qué tonta eres! Estás llorando.

 

Hanna

Me dan pena los viejos. ¡Oh!

 

Peter

¿Qué te pasa?

 

Hanna

El tío Emmanuel quiere decir algo.

 

Peter

Eso parece.

 

Lo miran y efectivamente sus labios se mueven de manera que podría estar intentando decir las palabras "celebrarlo ya".

 

Hanna

Ha oído mis palabras. Me mira con mucha fijeza, ¿ves?

 

Peter

No, no creo que ahora mire a ninguna parte.

 

Hanna

¡Estoy segura de que ha oído lo del cumpleaños y está deseando hablar!

 

Peter

Son fantasías tuyas. Vámonos.

 

Hanna

¿Adónde?

 

Peter

la toma de la mano y la atrae hacia sí. Lo que decíamos. Al jardín.

 

Hanna

se siente complacida por el abrazo de Peter y pregunta con burlona coquetería. ¿Por eso del autor?

 

Peter

¡Qué va!

 

Ríen los dos y salen. Sólo entonces las figuras de Wasianski y Teresa se animan de nuevo desde las posiciones forzadas en la que les había sorprendido el corte en la acción. Wasianski dice la frase que Peter Schneider había leído en el libreto.

 

Wasianski

después de una ligera pausa. ¿Estaba pensando en algo?

 

Teresa

como saliendo de una ensoñación. ¿Pensar? No. Estaba mirando esa mirada. El alma del profesor está viajando y, según lo que veo en sus ojos, por parajes horribles. ¿No lo ve usted?

 

Wasianski

Veo un gesto apacible.

 

Teresa

con involuntario desprecio. ¡Apacible dice!

 

Se retira de Kant y empieza a servir un té, que ofrece a Wasianski con un gesto y éste acepta.

 

Wasianski

Esta era una casa alegre. Se ha sentado. Paladea melancólicamente su té. Su mesa era una pequeña fiesta de cada día, con sus invitados, sus amigos... ¡La casa funcionaba como un reloj! Pero había una alegría grande y espiritual dentro de aquel reloj... Estoy viendo la mesa, con el librero Nicolavius... El consejero secreto Von Hippel... ¿No conoce sus obras dramáticas? Sus amigos ingleses... Green... Motherby... El profesor discutía con ellos, porque Kant siempre ha defendido la rebeldía de las colonias. Todo con el mayor respeto, claro está... ¿Sabe que Kant sólo trataba de tú a una persona? Al doctor Trummer, y eso porque fue su compañero de clase en la Universidad... Esta es una casa en la que el respeto humano ha sido la norma... El respeto y el orden de los objetos en las habitaciones... Algunas veces yo le gastaba una bromita al maestro... ¿Sabe lo que le hacía? Le cambiaba la posición del cortaplumas sobre la mesa y, ay Dios mío, el maestro, al sentarse a trabajar, recibía como un mazazo... Dos veces lo hice, dos nada más... una travesura... y lo vi tan desconcertado mirando la mesa... hasta que descubría lo sucedido... Entonces se tranquilizaba como si hubiera salido de una angustiosa situación... Respiraba, aliviado... Ponía el cortaplumas en la posición debida, y luego, por la tarde, regañaba a Lampe... Por esto o por cualquier otra falta de orden en la casa... Las rarezas de los grandes hombres.

 

Teresa

Es curioso observar cómo se van apagando los sentidos.

 

Wasianski

impresionado por la observación. Eso es verdad.

 

Teresa

En cuanto a la nariz...

 

Wasianski

¿Qué dice de la nariz?

 

Teresa

Pienso en esa hemorragia. Es como una protesta de su nariz.

 

Wasianski

Nunca le ha gustado mucho la nariz.

 

Teresa

¿Su nariz?

 

Wasianski

No. La nariz en general. ¡Oh, no! Me refiero al olfato.

 

Teresa

¿Qué le pasa con el olfato?

 

Wasianski

Siempre lo ha considerado un sentido muy impertinente. Teresa hace un gesto. Ah, sí, tiene razón... también en eso... aunque parezca una bagatela, pues ahí está... Nos obliga a oler todo lo que hay, nos impone sus mensajes, "volens nolens", decía siempre el profesor: quieras o no quieras, aquí está el olorcillo, que no siempre es de ámbar, usted me entiende. Pausa. El profesor Kant nunca estuvo muy de acuerdo con los sentidos. Piensa intensamente en esto que acaba de decir.

 

Teresa

¿En qué sentido?

 

Wasianski

En todos.

 

Teresa

Le preguntaba qué aspecto de los sentidos le parece mal al profesor.

 

Wasianski

Su... su compartimentación no le parece suficientemente fundada. A veces él ha hablado, en sus inolvidables almuerzos, con algunas copas de vino sobre la mesa, bebido moderadamente, claro está... le he oído hablar de la posibilidad de hacer visibles los sonidos, por ejemplo. Es una idea muy audaz. Mire, parece que se remueve.

 

Teresa

Sí. ¿Dónde se ha metido el joven médico?

 

Wasianski

Está con Olimpia, digo... con Hanna.

 

Teresa

que está mirando por la ventana. Tiene razón. Están allí.

 

Wasianski

ocupado. ¿Dónde dice?

 

Teresa

En el jardín.

 

Wasianski

¿Podría ayudarme? Dé vueltas a esa manivela, por favor. Teresa abandona la ventana. Acude a donde está Wasianski y hace lo que él le pide: Da vueltas a una manivela que está en un costado de la mesa quirúrgica, de manera que la mesa, que es articulada, se convierte en una especie de silla, y Kant queda sentado y sujeto con unas ligaduras al mueble, en el cual vamos a ver que sus patas están montadas sobre ruedas. Ahora, inopinadamente, uno de los bracitos de Kant se eleva poco a poco. Ellos lo miran como fascinados. Por fin el brazo queda paralelo al piso. Luego empieza a girar lentamente de izquierda a derecha --o viceversa, según la posición de la figura y de la ventana, claro está-- y también este movimiento lo siguen expectantes Teresa y Wasianski; hasta que el brazo queda inmóvil. El puño, que estaba cerrado, se abre ahora, hasta quedar extendida la palma; luego es el dedo índice el que se extiende, y queda señalando precisamente hacia la ventana. Es todo un mensaje que Wasianski y Teresa, ésta con cierta reticencia, se apresuran a atender. Wasianski hace un gesto, a guisa de orden, a Teresa, la cual conduce lo que ahora es un carrito hacia la ventana. Kant queda parece que mirando al exterior. Wasianski y Teresa se miran y él hace un gesto de asentimiento. Era eso, sí. Desea mirar por la ventana. Siempre le ha gustado mucho mirar por la ventana... Sobre todo la Torre Löbenitch en el crepúsculo... Es algo que contaré si alguna vez escribo una biografía del maestro... El problema de los árboles que llegaron a ser tan frondosos en el jardín del vecino, tan frondosos que el profesor se puso triste... Como si relatara un cuento a los niños. Pero he aquí que el buen vecino del sabio profesor enteróse de que sus árboles lo hacían desdichado, ¿y qué se le ocurrió?

 

Teresa

Cortarlos.

 

Wasianski

Sí. Fue un gesto de amor a la filosofía como pocos se recuerdan.

 

Teresa

¡Profesor Wasianski!

 

Wasianski

alarmado por el tono de la voz de Teresa. ¿Qué ocurre ahora?

 

Teresa

Parece que está hablando.

 

Wasianski

lo mira desde muy cerca. Es verdad.

 

Teresa

¿Qué dice?

 

Wasianski

Espere. Mirándolo, el mismo mueve los labios. Ah, si... Ah, sí... "Cuando... miro... las golondrinas..." ¿Sí? Siga, profesor. ¿Eh? "Aquí cuando las miro... mi razón queda reducida al silencio... Sólo me queda caer de rodillas... y rezar". Se remueve, se agita, como si tratara de descender de la silla y hacer efectivo su deseo de arrodillarse. No se mueva. Tranquilícese. ¡Señor Kant, tenga cuidado, que se va a caer! Por favor... Por favor... Kant mueve los labios y parece llorar, Wasianski, también muy conmovido, va traduciendo. "Una vez... Una vez... Una vez... yo vi... el cielo.... en los ojos de una... golondrina... que tuve en... mi mano. Una vez yo...". Llora Kant desconsoladamente, como un niño perdido en la oscuridad. Apurado: ¡Por Dios! ¡Cálmese! ¡Se lo suplico!

 

Kant hipa infantilmente.

 

Teresa

Yo puedo calmarlo. Déjeme hacer.

 

Escena en la que le da unos pasos magnéticos.

 

Wasianski

boquiabierto. ¿Qué es eso? ¿Magnetismo? Efectivamente, así Teresa lo tranquiliza, y Kant se queda apacible y casi sonriente. De pronto descubre a Teresa y la mira extrañado. Soy la señora Kaufmann. Soy su amiga: Teresa.

 

Kant

pronuncia distintamente. Gracias. Gracias.

 

Teresa

¿Desea algo?

 

Kant

Sí. Sí.

 

Teresa

¿Qué es?

 

Una pausa.

 

Kant

con voz muy débil pero muy nítida. Cele... brarlo... ya.

 

Teresa

a Wasianski. ¿Lo ha oído?

 

Wasianski

Ha dicho: celebrarlo ya.

 

Teresa

Efectivamente. Pero, ¿celebrar qué?

 

Kant

He oído... aquí.... cumpleaños... abril.... Yo no llegaré a... abril. ¡Celebrarlo ya!

 

Wasianski

Dice que ha oído hablar de su cumpleaños. Aquí no hemos hablado de ese tema.

 

Teresa

un tanto misteriosa. Yo sí he creído oir algo. En aquel momento....

 

Wasianski

¿En qué momento?

 

Teresa

Cuando nos hemos quedado así.

 

Imita la posición en que quedó inmóvil cuando Hanna y Peter transgredieron el plan de la obra.

 

Wasianski

Yo nunca me he quedado así.

 

Teresa

No. Usted se quedó de otra manera... Acababa de             ponerse la chaqueta y se abrochaba ese botón, sí ese... así... Wasianski, pensando que Teresa está un poco loca, ha adoptado, precisamente, la postura en la que se quedó "congelado" entonces. Así... ¿No se dio cuenta?

 

Wasianski

entre fastiadiado y comprensivo. No.

 

Teresa

muy espiritualmente concentrada. Algún personaje habló de algo no previsto. Estaba pasando algo anormal... al menos en una obra como ésta. Nuestra percepción extrasensorial nos permite darnos cuenta de lo que sucede en las otras dimensiones.

 

Kant

con profunda melancolía. Un pequeño ... y alegre... almuerzo de...cumpleaños... antes de morir.

 

Wasianski

Así se hará.

 

Kant

Pá... ginas ciento se... tenta y cuatro y... se...tenta y cin... co.

 

Wasianski mira interrogante a Teresa. No entiende nada.

 

Teresa

Se está refiriendo a un libro. A Kant. ¿A qué libro? Kant mueve los labios sin que salga sonido alguno. Le toca a usted, Wasianski. ¿Qué está diciendo ahora?

 

Wasianski

leyendo los labios de Kant. "Via... jes de... Gu... lli... ver" Apresurado.

 

Hoffmann

está llegando con el libro en la mano. A Teresa. ¡Aquí está! "Vajes de Gulliver". Páginas...

 

Teresa

dueña de la situación. Déjeme.Casi le arrebata el libro. Busca el pasaje y al descubrrlo sonríe. ¡Claro está! Los struldbruggs... A Kant. ¿Leer? ¿Leer? Kant asiente, cas exhausto, como dicendo: Por favor... "Que la vista de los struldbruggs había preservado a las gentes del país de su necio amor a la vda..."

 

Wasianski

Yo leí ese libro cuando era un adolescente... Gulliver encontraba en un naufragio el pueblo de los struldbrugss... unos seres desdichados porque eran inmortales. Señala el libro. Es la novela de Jonathan Swift, ¡ese irlandés loco!

 

Teresa

Los struldbruggs... Al oído de Kant. "Vivían como los mortales hasta la edad de treinta años... Después iban cayendo poco a poco en una negra melancolía, que aumentaba con la edad hasta que llegaban a los ochenta..." ¿Sigo? ¿Sigo, profesor? La cabeza de Kant se mueve con decisión, afirmativamente. Teresa pasa una página como buscando lo más interesante y al fin lee: "Siendo los menos miserables e infelices aquellos que... habiendo perdido totalmente la memoria... habián vuelto al estado de niños, porque... así siquiera conseguían que se compadeciesen de ellos..."

 

Wasianski

Basta ya. ¿No ve que se ha dormido?

 

Teresa

Es verdad. Deja el libro.

 

Wasianski

Se está cubriendo el cielo.

 

Teresa

Voy a ordenar su cuarto. esta mañana vomitó el poco alimento que pudo tomar y también se orinó en el suelo.

 

La frase es muy banal pero algo de ella, no se sabe por qué, llama la atención de Wasianski, que se quedó mirando fijamente a Teresa, la cual le sostiene la mirada, como aceptando un reto indefinido. Esto dura sólo un momento porque la situación cede a una especie de súbita y oscura simpatía en este intercambio de miradas. Es cuando Wasianski hace una pregunta, también inesperada, con afectada seriedad.

 

Wasianski

Así pues, ¿también se orinó en el suelo?

 

Teresa

sin pestañar. Sí.

 

Hay como una especie de profundo silencio, y al fin:

 

Wasianski

¿Quién es usted, Teresa? Nombrada por su nombre, Teresa parece sentir un ligero estremecimiento. Wasianski entonces recarga su suerte. ¿Qué hace usted aquí?

 

Teresa

¿Qué quiere usted que haga?

 

Wasianski

No lo sé.

 

Teresa

Espero a cobrar mi primer sueldo para renovar mi vestuario, por ejemplo.

 

Wasianski

¿Eso sería todo?

 

Teresa

También un poco de curiosidad, y...

 

Wasianski

¿Y?

 

Teresa

Mirar de cerca este misterio de la vejez, y de la muerte, y adquirir una cierta práctica. Con voz ligeramente velada por la emoción. Yo ahora miro al profesor Kant y me sumerjo en un mar de piedad.

 

Wasianski

conmovido a su vez, le pone la mano en el hombro. Teresa acepta la caricia con inusitada dulzura. Gracias, Teresa.

 

Teresa

trata de recogerse otra vez en aquella relación distante. ¿Algún asunto especial para mañana?

 

Wasianski

como despertando de un precario ensueño. Algo bastante especial efectivamente. Ha cogido el famoso cuaderno de la obra             y está consultando sus páginas. Si es posible, el profesor tendrá que recibir a una comisión de notables de la ciudad. Para pasado mañana, 11 de febrero... prepararemos, con su ayuda, la celebración anticipada de su cumpleaños, porque ésta es su voluntad. Invitaremos, claro está, a sus amigos aún no difuntos.

 

Va haciéndose el oscuro. Lo último que dejamos de ver es la figura, que parece dormida, de Emmanuel Kant. 

 

 

 

 CUADRO SEXTO

 

Hoffmann

Febrero 1804. Tres días antes.

 

La sala un tanto sombría. Kant está sentado en una silla. Teresa, Hanna, Wasianski y Peter están procediendo a prepararlo para la visita de la Comisión de notables de la ciudad de Königsberg. Precisamente Hanna, con aire un tanto travieso, ha abierto un tarrito y, con un pincel, parece que se dispone a dibujar algo sobre el rostro del filósofo.

 

Wasianski

a Hanna. ¿Pero qué hace usted?

 

Hanna

Le pongo un poco de color aquí en las mejillas. Primero le he cubierto la palidez de la cara y ahora...

 

Wasianski

Déjalo así. Ya basta. Consulta su reloj. Han pasado ya dos minutos de las once. Señora Kaufmann, ¿están todos los visitantes en el vestíbulo?

 

Teresa

Sí, señor.

 

Wasianski

Converse con ellos un momento y hágalos pasar, no antes de ... de... un minuto.

 

Teresa

Sí, señor.

 

Sale. Wasianski mira la figura de Kan con aire entre preocupado y crítico.

 

Wasianski

por el oído bueno, en voz bastante alta. ¿Se encuentra bien, querido profesor? Kant sonríe un poco. Parece que se encuentra pasablemente bien. Wasianski mira, un tanto satisfecho, a Peter. Doctor Gogol, ¿qué tal?

 

Peter

Podrá resistir la visita, aunque temo por su emotividad: así pues, una visita breve... En otro caso, podría presentarse alguna complicación. En voz muy baja, como pudoroso. Hay el problema intestinal; y sus esfínteres. El pipí, la caca... Dios no lo quiera.

 

Wasianski

angustiado. Ya sé, ya sé. Vayamos deprisa... con serenidad, pero deprisa. Hanna.

 

Hanna

con un movimiento un tanto mecánico, muy sonriente. ¿Señor?

 

Wasianski

La peluca. El tricornio... La dignidad...

 

Hanna

Sí, señor.Procede a colocar una peluca sobre el cráneo de Kant. Se lo ajusta con mucho cuidado. Después le pone el tricornio. ¿Así?

 

Wasianski   

No está mal. ¿Pero qué es eso? Eso que brilla, bajo su nariz.

 

Peter

Es un... moco.

 

Wasianski

No es posible. Kant nunca ha sufrido de secreciones externas. Nunca ha usado pañuelo, a no ser como un elemento ornamental.

           

Peter

científico. Es un moco; permítame. Con su propio pañuelo resuelve el problema. Ya está. Puede pasar la comisión.

 

Wasianski da unas palmadas. Suena una música solemne, y Teresa empieza a introducir en la sala a los visitantes. El autor, en su cuaderno, que inopinadamente está apareciendo en escena, en virtud de una inesperada insumisión de los personajes durante la escritura de este drama, opina que estos visitantes -así como los comensales- podrían ser unos muñecos de tamaño natural que Teresa, Hanna y Peter sacaran a escena y dispusieran en torno a la figura de Kant; pero también pueden ser actores. En cualquier caso, se trata de cuatro figuras ataviadas con chaqués, chisteras y quizás alguna banda cruzada y algunas condecoraciones sobre el pecho. Los miembros de la comisión se inclinan silenciosa y respetuosamente ante la figura del anciano. Wasianski se los presenta.

 

Wasianski

El excelentísimo señor Consejero Secreto Ludwig Maximilian Schröder. Inclinación. El ilustre señor Consejero de Cultura y desarrollo educatvo del Ayuntamiento de esta Villa doctor Karl Von Krause.Inclinación. El señor Doctor en Psicología Racional por nuestra ilustre Universidad, profesor Adam Müller Raskolnikoff. Inclinación. Ah... Con voz más ligera, casi risueña. Y... como representante de las musas prusianas, nuestro prometedor poeta joven caballero Gottfried August Stolberg. Ahora son los cuatro quienes se inclinan, con diversos estilos en la rendición de su homenaje al filósofo. Sólo Kant parece ajeno a lo que está sucediendo. Es como una estatua o, mejor, como un muñeco pulcramente vestido, o como un espectro del pasado. Wasianski lo explica con una sonrisa forzada. El maestro se halla un poco fatigado. Si quieren dirigirle alguna palabra, que sea muy breve, por favor... Se encuentra en un momento un poco delicado, y parece sumido, como ustedes pueden ver, en profundas reflexiones.Parece que el profesor quiere decir algo, peroWasianski lo interrumpe. Unicamente les ruego que no pronuncien discursos por breves que sean. No los soporta fácilmente y, en esta situación, podrán ser fatales para su salud.

 

Profesor

un tanto tímido, con una vocesita ligera. Yo quería tan sólo formularle una ligera pregunta. ¿Es posible?

 

Wasianski

preocupado, mirando a Kant. Hágala, a ver.

 

Profesor

Gracias. Se trata de...

 

Se dirige a Kant.

 

Wasianski

Por el otro oído, si no le importa.

 

Profesor

Ah, sí, perdone. A sus compañeros. Con permiso de ustedes, excelencias. Es muy importante para mí.

 

Consejero Secreto

Ande, ande.

 

Profesor

Estimado maestro: mi duda se refiere al pasaje de sus "Prolegómenos", que tiene que ver con las páginas 341 y siguientes de la "Crítica de la Razón Pura", en el que afirma que el yo no es concepto alguno, sino solamente, dice usted, la designación del objeto del sentido interno, en tanto que no lo conocemos ya por medio de predicado alguno. De lo que usted infiere, si mal no recuerdo, que el yo no puede ser, en sí, predicado alguno de otra cosa, pero tampoco un concepto determinado de un sujeto absoluto. Hasta ahí está muy claro; pero, ¿en qué se basa para la segunda parte de su inferencia? Cuando dice que solamente es, como en todos los otros casos, la relación de los fenómenos internos con el sujeto mismo desconocido. ¿Y en qué sentido o de qué forma puede establecerse ese yo presente como una sustancia?

 

Es evidente que Kant no ha entendido gran cosa de la cuestión, pues ha ido abriendo la boca y ahora mira al profesor como pidiendo auxilio, como si se estuviera ahogando. Wasianski acude en su ayuda.

 

Wasianski

Perdóneme. El profesor Kant no está en condiciones de responderle ahora.

 

Profesor

¡Lo siento! He abusado de su amabilidad.

 

Wasianski

inquieto. Señores, creo que deberíamos dar esta visita por terminada. El profesor Kant les agredece mucho la atención de su visita.

 

Pero el joven poeta, que parece muy conmovido, dice aún a Wasianski:

 

Poeta

¿Me permite que le diga una sola palabra?

 

Wasianski

Hágalo.

 

Poeta

se aproxima a Kant y le pregunta con conmovida dulzura. ¿Cómo se encuentra?

 

Kant

esto sí lo ha entendido y mira al joven con un agradecimiento inefable. Su voz suena ahora nítida aunque como muy lejana. Dice:  Estoy muy mal, muy mal.

 

Los personajes quedan inmóviles y la escena se oscurece.

 

 

 

CUADRO SEPTIMO

 

Hofmann

Febrero 1804. Veinticinco horas antes.

 

La sala se ha montado como comedor. Se ha intentado crear un ambiente alegre, con flores. El cuadro empieza antes de que se haga luz sobre toda la escena. En primer término hay un breve conciliábulo entre Peter y Wasianski, que le pregunta en voz baja:

 

Wasianski

¿Le ha puesto la inyección?

 

Peter

Sí. Ha reaccionado muy bien. Es una fórmula eufórico-estimulante, cuyo efecto puede durar unas dos horas.

 

Wasianski

Será más que suficiente.

 

Peter

Eso espero

 

Wasianski

¡Quién lo hubiera dicho!

 

Peter

¿Qué, señor?

 

Wasianski

Tales avances en la medicina moscovita.

 

Peter

El nivel de la química es bastante alto y ya tenemos una farmacopea muy notable.

 

Wasianski

¿Es posible que el profesor haya caminado sin ayuda hasta la sala? Ayer mismo, esto parecía imposible.

 

Peter

Ha caminado, con una ligera ayuda de la señorita Hanna. ¡Es verdad!

 

Wasianski

que se está ajustando la corbata, mientras Peter espera con la casaca en sus manos para ayudarle a ponérsela ¿Qué hacen ahora?

 

Peter

mira hacia la oscuridad, en la que empieza a dibujarse -mediante las convenientes luces- la escena que Peter describe, que sólo se iluminará totalmente, con sus flores y su decoración para la fiesta, cuando Wasianski, dentro de unos momentos, entre al cuadro. Qué raro... No sé lo que pasa... Están todos de pie, alrededor de la mesa... Parece como si miraran al maestro con inquietud.

 

Wasianski

Por favor. Extiende sus brazos y Peter le ayuda a ponerse la casaca. Voy allá. Sea tan amable de decir a la señora Kaufmann y a Hannita que vamos a empezar. Con profundo agradecimiento. ¡Es usted tan amable doctor Gogol! ¡Ha caído del cielo sobre esta casa!

 

Peter

en el más puro estilo romántico. ¡Estar al lado del maestro es el cielo para mí!

 

Wasianski va hacia la sala y Peter hace mutis hacia las interioridades de la casa. Al hacerse la luz sobre toda la escena advertimos que el tiempo ha empeorado después del reciente y soleado anuncio de la primavera. El cielo está nublado y casi parece de noche dentro de la habitación. El conjunto de las figuras tiene un carácter un tanto espectral. Wasianski sonríe tratando de animar un tanto la situación.

 

Wasianski

Buenos días, caballeros. ¿Cómo no toman asiento? Ah, ya comprendo. Pero el profesor está esperando, precisamente, a que ustedes se sienten para hacerlo él. Por favor...

 

Los invitados van sentándose y cuando todos están acomodados, Kant se sienta. Entonces mira con un rostro apacible y sonriente.

 

Kant

con una voz insospechadamente clara. Les agradezco infinitamente su felicitación, amigos míos. He preferido convocarles hoy... cuando todavía faltan más de dos meses para mi cumpleaños... que hubieran sido ochenta.

 

Parece conmovido por lo que acaba de decir. Queda en silencio.

 

Invitado 1

con voz afectadamente jovial. ¡Profesor Kant! ¡Qué cosas dice usted! ¡El 22 de abril estará usted fresco como una rosa!

 

Kant

¡Abril? ¡Dios mío, abril! Niega suavemente con la cabeza. Tampoco yo quiero llegar a abril, amigos míos. Esta cabeza... perdida, perdida... Recuerdos en los largos insomnios.. Manuelchen, Manuelita...  era mi madre. Sus ojos se humedecen. El reino de los muertos está... enormemente habitado. ¿Están ustedes todavía ahí? No veo apenas nada. Estoy ciego.

 

Wasianski

solícito. ¡Espere, profesor! Vamos a encender las luces. El cielo se está nublando tanto que parece de noche. Comienza a encender unos candelabros, al mismo tiempo que  ya entran la señora Kaufmann y Hanna, portadoras de sendas bandejas con el almuerzo. Muy bien, muy bien. Hannita, sírvales de beber; y usted, señora Kaufmann, tenga la bondad de encender aquel otro candelabro.

 

Al poco, la escena tendrá un aspecto un tanto fantástico.

 

Kant

Que no ha oído a Wasianski ni se da cuenta de lo que está ocurriendo, ha guardado un abstraído silencio. Hasta que parece sobresaltarse y, como si se sintiera solo, repite casi gritando. ¿Están ustedes todavía ahí? Los invitados le hablan y hacen gestos, pero nosotros no oímos sus palabras, como si se tratara de una escena de cine mudo, durante la cual Hanna les sirve vino en las copas y la señora Kaufmann les pasa la bandeja con las viandas. Wasianski se ha sentado junto a Kan y le ayuda como si se tratara de un niño pequeño. Le corta en pedacitos un trozo de carne y trata de que los coma, cogiéndolos él con el tenedor y llevándoselos a la boca. Kant, al contacto del alimento, hace gestos de repugnancia y no consigue masticarlos. Devuelve sobre el plato, escupe, mientras los invitados afectan no darse cuenta, beben, ríen... todo en un silencio "sepulcral", hasta que el film vuelve a ser sonoro, cuando Kant consigue beber un poco de vino y dice algo a sus invitados que, en seguida, se callan respetuosamente para oír sus palabras. Mientras tanto ha venido Peter y se ha situado discretamente detrás de la silla de Kant, como dispuesto a atenderlo si fuera necesario. Teresa y Hanna, con sus muy diferentes estilos, aquella severa y sombría y ésta alegre, aunque con una alegría un tanto artificial. Estas son las palabras de Kant, pronunciadas con melancolía. ¡Adiós!  ¡Adios!

 

Todos se miran consternados.

 

Invitado 1

A Wasianski. ¿El profesor Kant desea que nos retiremos?

 

Wasianski

mirando a Kant con gesto de experto. No, señores. Se está despidiendo de ustedes.

 

Kant

Lampe; ya ves, estoy... como un montón de trapos; y me han puesto de pie con una inyección. Todos atienden sus palabras como si se tratara de la lectura de un importante testamento espiritual. Mi 'problema... como el de los gatos de Copenhague, es... es un efecto de la electricidad. Mi opinión es... que la gran mortalidad actual de los gatos de Copenhague se debe precisamente a la saturación de electricidad que hay en la atmósfera. También a la electricidad se debe... una gran parte de todo lo que sucede, y también... la mayor parte de mis achaques, sobre todo la pesadez de mi cabeza; sobre todo.. la pesadez de mi cabeza.

 

Invitado 2

tratando de animarle. Ah, pero si está usted mucho mejor que la última vez que nos vimos.

 

Invitado 3

Efectivamente, observo que ha mejorado mucho su aspecto. ¿No le parece?

 

Al invitado 4.

 

Invitado 4

Sin duda, sin duda alguna. Usted nos va a enterrar a todos, profesor.

 

Kant sonríe con dulce ironía.

 

Kant

Ya, ya, amigos míos... No sin razón se, se, se... se lamentaba el filósofo griego así: ¡Lástima grande que... tenga uno que morirse en el momento mismo... en que... se empieza a ver cómo, cómo, cómo,             cómo habría de vivir Je, je, je...  Eso me recuerda una anécdota que he contado, por cierto, en algunos de mis libros; aquel enfermo que estaba muy mal y al que todo el mundo encontraba cada día mejor, y un día dijo a sus amigos: sí, sí, ¡me estoy muriendo de mejoría! Esa anécdota la he contado, por cierto, en alguno de mis libros; la del enfermo que estaba muy mal, pero todo el mundo le decía que lo encontraba mucho mejor, hasta que un día él les dijo: ¡Me estoy muriendo de mejoría! No sé si ustedes, amigos míos, conocen aquella anécdota de un enfermo muy grave al que todo el mundo le decía: está usted mucho mejor, hasta que, al fin, el hombre exclamó: ¡Oh, sí, sí ¡Me estoy muriendo de mejoría! ¿Tan bien me encuentran? Eso me recuerda aquella anécdota, que he contado en alguno de mis libros; es la de un enfermo que estaba muy grave, y...

 

La escena está siendo muy penosa. Wasianski cambia miradas con los invitados y decide interrumpirla.

 

Wasianski

Maestro, maestro.

 

Kant

¡Oh, Lampe, cuánto tiempo sin verte ¿Es ya de noche? ¿Es ya ayer? Canturrea:

 

                        ¡Oh febrero feliz

                        pues pasas pronto...!

                        ¡Los meses son muy largos

                        y tú eres corto

                        ¡Oh febrero feliz,

                        cómo te amo

                        Me dan mucha tristeza

                        los meses largos...

                        ¡Oh febrero feliz...!

 

Queda en silencio, abatido. Wasianski explica a los comensales.

 

Wasianski

Es una cancioncilla popular. Nadie dice nada. El trata de hacer             algún comentario banal para aligerar la situación. Mira por la ventana. Ya está lloviendo. El cielo se había puesto tan oscuro que...

 

Todas las figuras están inmóviles. Va haciéndose el oscuro.

 

 

 

  CUADRO OCTAVO

 

Hoffmann

La noche del 11 al 12 de febrero de 1804, quizás...

En enero y febrero se celebra en Königsberg el Carnaval. En el ambiente de una especie de verbena sucede la acción de este             cuadro; o más bien sucede --y no sucede-- en el escenario onírico de la última noche de Emmanuel Kant. Se trata, pues, de su última pesadilla mientras los barrios de Königsberg se pueblan esa noche de máscaras y de barracas.

 

En el oscuro se oye una música como de un film de terror y, al poco se ilumina la figura de Kant acompañada de la de Lampe, vestido de payaso. Están ante la gran boca de un dragón que engulle alegres visitantes: es una barraca de los horrores. Los visitantes van fantásticamente disfrazados. Kant y Lampe son ahora nuestros Dante y Virgilio a la puerta del infierno. Efectivamente, sobre la cabeza del dragón puede leerse el famoso terceto de la "Divina Comedia" :

 

PER ME SI VA NELLA CITA DOLENTE.

PER ME SI VA NELL'ETTERNO DOLORE.

PER ME SI VA TRA LA PERDUTA GENTE.

 

Kant y Lampe se consultan y deciden entrar. Compran los billetes a un extraño portero, a quien saludan:

 

Kant

Buenas noches, abogado Coppelius.

 

Coppelius

Las manos y los ojos se les devolverán a la salida.

 

Kant y Lampe ponen sus manos sobre un tajo de carnicero y Coppelius se las corta de cuatro certeros golpes con un cuchillo grande. Kant y Lampe a quienes no parece preocuparse mucho la cosa, le muestran sus muñones sangrantes como diciendo que ya cumplieron ese requisito. Ahora los movimientos se lentifican y Coppelius procede a una lenta y pausada extracción de los ojos de Kant y de Lampe y a echarlos en un saco que está casi lleno, se supone que de ojos. Al iniciarse la extracción de los ojos, hemos empezado a oír una melodía a violín y ahora se ilumina, entre nieblas, la figura de Teresa Kaufmann que es quien está tocando esta melodía.

 

Se ríe el abogado Coppelius y muestra el saco de ojos a Kant:

 

Coppelius

Es lo único que comen mis hijos. Con sus picos se los comen muy bien.

 

Ríe Coppelius y su risa resuena como si se perdiera entre lejanas oquedades. Kant y Lampe, ciegos, entran por la boca del dragón y ya estamos en el interior de la barraca. Es una oscuridad en la que se van iluminando sucesivamente los hitos de este viaje: un reloj que es un esqueleto humano, una bruja que ríe y los golpea con una escoba, la muñeca Olimpia-Hanna bailando, mientras resuenan risas de carácter convencionalmente "siniestro" y el viento "ulula" a lo lejos. Peter también puede aparecer por allí, convertido en un autómata asesino que clava un afilado cuchillo en el pecho de Hanna, y no estaría de más algún murciélago...

 

Al fin, Kant y su acompañante llegan a lo que parece ser el corazón del antro.

 

Allí está el Turco Jugador de Ajedrez (el autómata parlante en la famosa novelita de Hoffmann, sobre el que Edgar Allan Poe escribió su también famoso ensayo). La actitud del autómata es invitar a Kant a jugar una partida. Kant entiende y atiende la invitación a pesar de mirarlo con las cuencas ensangrentadas de sus ojos. La partida es acompañada por sonidos estridentes, aullidos, disonancias; y algunas máscaras bailan una danza macabra alrededor de Kant y del Turco, cuyos movimientos de piezas son extremadamente mecánicos. Por fin, el Turco mueve una pieza con aire triunfal. Kant perdió la partida. Un relámpago ilumina la escena y suena un trueno muy fragoroso. Se apagan todas las luces.

 

Al poco se hace la luz sobre la cama de Kant que se ha despertado sobresaltado. Trata de mirarse las manos, se las acaricia. Se toca los ojos como temiendo encontrar unas cuencas vacías. Está amaneciendo. Da una especie de aullido de lobo solitario como pidiendo auxilio.

 

Por una puerta aparece Wasianski. Por otra, Teresa Kaufmann. Miran a Kant con inquietud.

 

Kant ha tomado las sábanas que le cubren hasta el cuello y lentamente se destapa. Wasianski, al verlo, exclama con horror:

 

Wasianski

¡Dios mío!

 

Teresa

¿Qué ocurre?

 

Wasianski

Se ha destapado por primera vez en su vida.

 

Teresa

¿Y?

 

Wasianski

muy pálido. Es un signo mortal.

 

En el espacio se oyen grandes carcajadas, y hay otro relámpago y otro trueno, con el que llega, de nuevo, el oscuro; pero, apenas se ha producido, empieza a iluminarse de nuevo la escena. Veremos, en seguida, a Kant en su lecho de muerte, mientras el tiempo, en el exterior, es borrascoso, como en una prolongación de la tormenta que comenzó la noche pasada.

 

 

 

CUADRO NOVENO

 

Hoffmann

12 Febrero 1804. El día de la muerte.

 

Es por la mañana en el dormitorio de Emmanuel Kant. El parece que duerme ahora, y Hanna y Peter están velando su sueño. Hanna hace un gesto raro, como si la  acometiera una náusea.

 

Peter

¿Qué te pasa?

 

Hanna

con angustia. Es el olor, una peste que...

 

Parece que va a vomitar.

 

Peter

Hace mucho frío para abrir las ventanas.

 

Hanna

Se está calmando el tiempo.

 

Peter

Se está poniendo de nevar.

 

Hanna

No suele nevar en febrero.

 

Peter

A veces sí.

 

Hanna

¿Qué haces ahora?

 

Peter

riega el cuarto con el líquido de un frasquito. Es un perfume indio. ¿Qué tal?

 

Hanna

huele con precaución. No sé; se está pudriendo.

 

Peter

Tendríamos que cambiarle las sábanas. Se ha orinado también.

 

Hanna

Me da mucho asco. Dios me perdone.

 

Peter

Yo lo haré. La señora Kaufmann se hace la loca. Trae unas sábanas limpias. Voy a cambiarle yo.

 

Hanna

¿Podrás tú solo? Tapándose la nariz.

 

Peter

Me da miedo moverlo, pero lo intentaré. Hanna hace un movimiento por salir. Peter está mirando al enfermo. No. Déjalo.

 

Hanna

Las traigo en seguida.

 

Peter

mueve la cabeza. Déjalo. Mejor, llama al señor Wasianski y a la señora Kaufmann.

 

Hanna

con terror. ¿Se va a morir? Con los ojos muy abiertos, de espanto. ¿Qué es ese sudor?

 

Peter

El sudor de la muerte. El era un hombre árido... Esta es la primera... y la última vez que suda.

 

Hanna

llora silenciosamente. ¡No hay derecho a morir! ¡No puedo ni pensarlo! Cuando yo me muera, ¿en donde estaré? El tío Emmanuel, ¿dónde estará mañana ?

 

Peter

Voy a darle un poco de agua mientras tú vas a buscarles; anda, date prisa.

 

Hanna sale corriendo. Peter acerca un vaso de agua a los labios de Kant. Este tiene la boca herméticamente cerrada y el agua se derrama por su barbilla y por su ropa. Es el momento en que --por otra puerta-- aparece Teresa Kaufmann, ajena a la gravedad del momento. Por lo menos su frase tiene un aire ligero cuando pregunta llanamente:

 

Teresa

¿Cómo va nuestro hombre?

 

Peter

Tan mal que ya me temo lo peor.

 

Teresa

¿La muerte?

 

Peter

La muerte.

 

Teresa

¡Es una nueva situación, la muerte! La nueva situación del profesor Kant..

 

Peter

¿La nueva situación? El más allá es muy extraño para mí.

 

Teresa

Cuando él se muera, seguirá creyendo que está aquí en su casa y no sabrá que ha muerto.

 

Peter

¡Qué cosa tan rara!

 

Teresa

Las personas, al morir, siguen conservando todas sus pertenencias... y cuando se despiertan siguen realizando sus trabajos como si no fueran cadáveres.

 

Peter

Pobre maestro. ¿Qué tratará de escribir mañana? ¿Cómo será esta casa para él?

 

Teresa

Al principio todo será igual, pero luego, es posible que esta habitación se haga muy pequeña y la de al lado mucho más grande y espaciosa, y los muebles se irán haciendo borrosos y acabarán como fantasmas, y el profesor terminará de aposentarse en aquel mundo.

 

Peter

Yo... yo sólo quisiera aliviar un poco su sed en estos momentos en que él se muere de verdad, al menos para mí. Ah, maestro, maestro.

 

Vuelve a acercarle el vaso a los labios, pero ahora Kant lo rechaza con un último y débil esfuerzo. Musita desde muy lejos:

 

Kant

Basta ya... basta ya...

 

Con un esfuerzo descomunal para sus menguadas fuerzas, consigue destaparse. Es que se está muriendo. Peter se asusta. Grita:

 

Peter

¡Profesor Wasianski! ¡Profesor Wasianski! Kant está tratando de hablar. Peter se da cuenta y acerca su oído. Con devoción: Dígame, maestro. ¡Dios mío, Dios mío, no seas tan cruel con nosotros! ¡Haz el milagro de que el gran Emmanuel Kant no se muera nunca! Los labios dde Kant se están moviendo. ¿Qué dice? ¿Qué dice? Aplica el oído y traduce lo que, al parecer, entiende en el susurro de Kant. "La vida... es un tapiz... tejido... con hilos... de locura". Espere, maestro. Está sudando un poco. Deshidratación... Bébase este vasito... Es muy bueno... Un poquito de agua con vino y azúcar.

 

Kant no lo rechaza. Bebe, y hasta parece que experimenta algún placer bebiendo aquellas gotitas. Aquí dice sus últimas palabras:

 

Kant

Está bueno.

 

Muere. El reloj del dormitorio da las once. Cuando todo se oscurece, queda sólo iluminada la ventana, está nevando, y vemos a Wasianski y Hanna, inmóviles. Han llegado tarde al momento de la muerte. Está nevando. Oscuro lento hasta hacerse total.

 

 

 

CUADRO DECIMO

 

Hoffmann

12 Febrero 1804. Unas horas después de la muerte.

 

El cadáver de Kant está en la sala, acomodado en aquella mesa-silla articulada. Vemos que sigue nevando en el exterior. La señora Kaufmann está cortándole los cabellos al cadáver, que ahora será un muñeco, por decirlo así, "hiperrealista". Hanna ayuda a ésta y a las siguientes operaciones: terminar de vestirlo, sobre todo. Calzarlo puede ser un episodio relevante de lo triste y siniestro del episodio mortal. A continuación, Peter, devotamente, le pone sobre el rostro una masa de yeso blanco: le hace la mascarilla. Por fin, en este ambiente desolado, proceden a ponerle al cadáver su mejor peluca. En ese momento entra Wasianski, con el pequeño tricornio de Kant en la mano.

 

Wasianski

solemne. El tricornio... Le pone el tricornio en la cabeza. Señora Kaufmann, haga el favor de encender las velas. Teresa lo hace. A Peter y Hanna. ¿Les parece que extendamos la mesa para la visita? Serán muchos los admiradores del profesor que van a desfilar por aquí durante las próximas horas. Toda la ciudad está de luto.

 

Peter le da a la manivela sin comentario alguno y el cadáver queda horizontal. Al verlo así, Hanna rompe a llorar.

 

Hanna

¡Ay, no, así no! ¡Mejor sentado! Parece... menos muerto.

 

Wasianski no sabe qué decir y hace un gesto ambiguo. Peter decide complacer a Hanna y vuelve a darle a la manivela. El cadáver de Kant vuelve a quedar sentado. Peter lo mira respetuosamente.

 

Peter

Es una postura nada convencional para un muerto; pero parece mejor. Su rostro es como de mármol. Hanna, ¿por qué no le pones un poco de color? Cuando lo del cumpleaños, quedó muy bien.

 

Hanna

No hay que olvidar que ahora está muerto.

 

Peter

¿Quién podría olvidarlo?

 

Ya están encendidas todas las velas. Wasianski se arrodilla y reza, cuando de pronto se oye una especie de toque militar.

 

Teresa

¿Qué es eso? Alguien ha entrado en la casa. Esa trompeta suena dentro; voy a ver.

 

Pero antes de salir tropieza con Lampe, que entra como una tromba. Va vestido de militar y con todas sus condecoraciones prusianas.

 

Lampe

¿Qué ha pasado aquí? Me han dicho que el profesor ha muerto. Ve el cadáver y avanza solemnemente hacia él. Se cuadra militarmente. Le saluda también militarmente. La Patria nunca podrá olvidarlo, profesor.

 

Todos los demás han quedado atónitos. Wasianski, arrodillado, lo mira con estupor. Lampe, entonces, se lleva las manos a la trompeta que le cuelga en bandolera y sopla un toque de difuntos en homenaje militar al héroe. Afuera suena una especie de charanga.

 

Peter

¿Qué es eso?

 

Hanna

mirando por la ventana. Es una banda militar. Ha debido traerla Lampe.

 

Peter

se tapa los oídos. Es una horrible falta de respeto.

 

El volumen de la charanga sube hasta que sea literalmente insufrible para los espectadores. Lampe toca con gran entusiasmo su trompeta mientras se hace el oscuro sobre el conjunto de la escena. En realidad lo que se produce es una transfiguración de las luces y pasamos a aquel oscuro iluminado por el llamear del ponche y a la figura de Hoffmann que está terminando de escribir su drama. Ahora levanta la vista de los papeles. Toma la copa y la apura gustosamente. Brillan sus ojos, a medias diabólicos, a medias infantiles, y con una sonrisa medio satánica medio angélica dice a los espectadores que:

 

Hoffmann

Sonaban las once en algunos relojes... pues otros iban retrasados o adelantados según nuestra costumbre... cuando falleció en Königsberg su ilustre ciudadano Emmanuel Kant. Imagino aquella fría mañana de febrero, cubierta, como dicen algunos colegas, con el blanco sudario de la nieve... Yo era un joven de veintiocho años, con un alma vagabunda, fantástica y musical, que algún día, hoy, acabaría de escribir esta obra, iluminado por el alcohol; y la firmaría, como ahora voy a hacerlo, con un nombre que he tomado prestado a mi maestro Mozart. Según firma el gran manuscrito, dice su nombre completo. Ernesto Teodoro Amadeo Hoffmann.

 

Empiezan a oírse los compases , ya escuchados al principio de la obra, de la barcarola de "Los cuentos de Hoffmann" de Offenbach. Entonces el ponche llameante va desvaneciéndose a medida que se ilumina el "gran objeto cubierto con un lienzo blanco" de que se habló en una Nota Previa. Ahora lo está descubriendo Wasianski, enlutado y solemne. Es una estatua de Kant sin cabeza. La cabeza la tiene Peter: es el resultado de la mascarilla. Entre ambos colocan la cabeza sobre la estatua, y a continuación, también solemnes y enlutados, desfilan los amigos de Kant frente a la estatua. Hanna danza como una muñeca mecánica mientras la señora Kaufmann, que ahora es también una autómata, toca su violín, que suena, en el ambiente macabro, con muy siniestra resonancia.

 

 

 

                                                            TELON

 

                                                     y fin del drama

 

 

 

 

 

Racine -- FEDRA (Francés)

Escrito por nohaydrama 11-09-2009 en General. Comentarios (1)

FEDRA de Racine

 

Personajes

TESEO, hijo de Egeo, rey de Atenas.

FEDRA, esposa de  Teseo, hija de Minos y de

Pasifae.

HIPOLITO, hijo de Teseo y de Antíope, reina

de las Amazonas.

ARICIA, princesa de la sangre real de Atenas.

ENONA, nodriza y confidente de Fedra.

TERAMENES, ayo de Hipólito.

ISMENA, confidente de Aricia.

PANOPE, mujer del séquito de Fedra.

Guardias.

La escena transcurre en Trecene, ciudad del

Peloponeso.

 

 JEAN BAPTISTE RACINE

 

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA

 

Hipólito, Terámenes

HIPOLITO.- He tomado mi decisión: parto,

querido Terámenes, y dejo mi morada en la amable

Trecene. Comienzo a sonrojarme de mi ociosidad

en medio de la mortal duda que me agita. Separado

de mi padre desde hace más de seis meses,

desconozco el destino de un ser tan caro; ignoro

hasta los parajes que puedan esconderlo.

TERAMENES.- ¿Y en qué parajes vais, pues,

señor, a buscarlo? Para satisfacer vuestros justos

temores, he recorrido los dos mares que Corinto

separa; he preguntado por Teseo a los pueblos de

esas costas desde donde se ve al  AqueronteFEDRA

5

internarse en el reino de los muertos; he visitado la

Elida, y, tras pasar el Trénaro, llegué hasta el mar

que vio caer a  Icaro. Por qué nueva esperanza, en

qué comarcas dichosas, creéis descubrir la huellas

de sus pasos? Quién sabe, incluso, si el Rey vuestro

padre no quiere que se descubra el misterio de su

ausencia? ¿Y quién sabe si, mientras temblamos con

vos por sus días, aquel héroe, tranquilo, y

ocultándonos nuevos amores, no aguarda que una

amante engañada...?

HIPOLITO.- Caro Terámenes, deténte y respeta

a Teseo. Arrepentido para siempre de los errores de

su juventud, no lo retiene ningún obstáculo indigno;

hace mucho tiempo que  Fedra fijó la fatal

inconstancia de sus deseos y no teme ya rival

alguna. Al buscarlo cumpliré con mi deber, y huiré

de estos lugares, adonde no me atrevo ya a volver

los ojos.

TERAMENES.- ¡Eh! ¿Desde cuándo teméis

señor, la presencia en estos apacibles lugares, tan

caros a vuestra infancia, y cuyo retiro vi que

preferíais al tumulto pomposo de Atenas y de la

corte? ¿Qué peligro, o mejor, qué pesar os arroja de

ellos?JEAN BAPTISTE RACINE

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HIPOLITO.- Ya no existe aquel tiempo feliz.

Todo cambió de rostro desde que los Dioses

enviaron a estas playas a la hija de  Minos y de

Pasifae.

TERAMENES.- Comprendo: conozco la causa

de vuestros dolores. Aquí  Fedra os atormenta y

mortifica vuestros ojos. Apenas tan peligrosa

madrastra os vio, vuestro destierro señaló el

comienzo de su predominio. Pero su odio, antes

dedicado a vos, o se ha desvanecido o bien se ha

debilitado. Por otra parte, ¿qué peligros puede

haceros correr una mujer agonizante y que desea

morir? Fedra, herida por un mal que ella se obstina

en callar, cansada de sí misma y hasta de la luz que

la alumbra, ¿acaso puede maquinar designios contra

vos?

HIPOLITO.- No es su vana enemistad lo que

temo.  Hipólito, al partir, huye de otra enemiga;

confieso que huyo de esa joven Aricia, resto de una

sangre fatal contra nosotros conjurada.

TERAMENES.- ¡Cómo, señor! ¿También vos la

perseguís? ¿Alguna vez la dulce hermana de los

crueles Palántidas participó en las conjuras de sus

pérfidos hermanos? ¿Y debéis odiar vos sus

encantos inocentes?FEDRA

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HIPOLITO.- Si la odiara no huiría de ella.

TERAMENES.- ¿Señor, me atreveré a

explicarme vuestra fuga? ¿Acaso no seríais ya aquel

soberbio  Hipólito, enemigo implacable de las

amorosas leyes y del yugo que tantas veces sufrió

Teseo? ¿Venus, despreciada tanto tiempo por

vuestro orgullo, querrá al fin justificar a  Teseo, y

colocándolos a la altura del resto de los mortales os

obliga a incensar sus aras? ¿Acaso amáis, señor?

HIPOLITO.- ¿Qué osas decir, amigo? ¿Tú, que

conoces mi corazón desde su primer latido, puedes

pedir la retractación vergonzosa de los sentimientos

de corazón tan fiero y desdeñoso? Era poco que

una madre amazona me hiciera mamar con su leche

este orgullo que te maravilla; llegado a más madura

edad, yo mismo me aplaudí al conocerme. Tú, unido

a mí con sincero fervor, me contabas entonces la

historia de mi padre, Sabes cómo mi alma,

pendiente de tu voz se encendía con el relato de sus

nobles hazañas, cuando me pintabas al intrépido

héroe mientras consolaba a los mortales de la

ausencia de  Alcides, ahogados los monstruos y

castigados los bandidos, Procusto, Cerción, y Esci-

rrón y Sinnis, y los esparcidos huesos del gigante de

Epidauro, y Creta humeante de la sangre delJEAN BAPTISTE RACINE

8

Minotauro. Pero cuando tú relatabas hechos menos

gloriosos, su amor ofrecido y recibido en cien sitios;

Helena arrebatada a sus parientes de  Esparta;

Salamina, testigo de los llantos de Peribea; y tantas

otras cuyos nombres han sido olvidados, almas por

demás crédulas que engañó su ardor: Ariadna que

cuenta sus agravios a las rocas,  Fedra por fin,

raptada bajo mejores auspicios; tú sabes que,

escuchándote a mi pesar te rogaba a menudo que

abreviaras tu relato. Hubiera sido feliz si consiguiera

borrar de mi mente esa indigna mitad de tan bella

historia. ¿Y yo mismo, a mi vez, me veré ligado? ¿Y

hasta aquí me habrían humillado los Dioses? Tanto

más despreciable ya con mis cobardes suspiros,

cuanto que una larga serie de hazañas excusa a

Teseo, mientras que hasta hoy ningún monstruo fue

domado por mí que me otorgara el derecho de caer

como él. Y aun cuando mi orgullo alcanzara a

endulzarse, hubiera debido yo escoger a  Aricia

como su vencedora? ¿No recordarán ya mis

extraviados sentidos el obstáculo eterno que nos

separa? Mi padre la repudia, y por leyes severas

prohibe dar sobrinos a sus hermanos: teme un

retoño de su tallo culpable; quiere sepultar sus

nombres con la hermana, quiere que sumisa a suFEDRA

9

tutela hasta la tumba, jamás se enciendan para ella

los fuegos de himeneo. ¿Debo yo apoyar sus

derechos contra un padre irritado? Daré tal ejemplo

de temeridad? Y mi juventud, embarcada en un loco

amor...

TERAMENES.- Ah, señor, si ha llegado vuestra

hora, al cielo no le interesan nuestras razones. Al

querer  cerrároslos  Teseo os abrió los ojos; y su

odio, irritando un ardor rebelde, otorga a su

enemiga un encanto nuevo. En fin por qué

espantaros de un amor casto? ¿No osáis probar, si

existe alguna dulzura en él? ¿Seréis siempre fiel a

vuestro huraño escrúpulo? ¿Tememos extraviarnos

en las huellas de  Hércules? ¿Qué coraje no ha

tomado Venus? Vos mismo, vos que la combatís,

¿dónde estaríais si Antiope, siempre opuesta a sus

leyes, no hubiera ardido en púdico ardor por Teseo?

¿Acaso es útil fingir un lenguaje desdeñoso?

Confesadlo, todo cambia; y desde hace algún tiempo

se os ve con menos frecuencia, salvaje y orgulloso,

tan pronto hacer volar un carro en la ribera, o bien,

hábil en el arte inventado por Neptuno, volver dócil

al freno un corcel salvaje. Menos a menudo

resuenan las selvas con nuestros gritos. Cargados de

secreto fuego se agravan vuestros párpados. No esJEAN BAPTISTE RACINE

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posible dudarlo: amáis, ardéis; perecéis de

disimulado mal. ¿Pudo  agradaros la encantadora

Aricia?

HIPOLITO.- Terámenes, parto para buscar a mi

padre.

TERAMENES.- Señor, ¿no veréis a Fedra antes

de partir?

HIPOLITO.- Tal es mi propósito: puedes

enunciárselo. Veámosla, puesto que mi deber me lo

ordena. ¿Mas qué nueva desgracia perturba a su

querida Enona?FEDRA

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ESCENA SEGUNDA

Hipólito, Enona, Terámenes

ENONA.- ¡Ay, señor! ¿Qué pesar puede igualar

al mío? la Reina casi llega a su fatídico término.

Inútilmente me empeño a observarla día y noche: se

muere en mis brazos, de un mal que me oculta. Un

eterno desorden reina en su espíritu, y su inquieto

pesar la arranca de¡ lecho. Quiere ver la luz, y su

profundo dolor me ordena sin embargo que haga

apartar a todos. . . Ya viene.

HIPOLITO.- Basta: la dejo en este lugar y le

ahorro un semblante odioso.

 

ESCENA TERCERA

Fedra, Enona

FEDRA.- No vayamos más lejos. Quedémonos

aquí, cara  Enona. No puedo más: las fuerzas me

dejan. La luz que vuelvo a ver deslumbra mis ojos, y

mis temblorosas rodillas ceden bajo mi peso. ¡Ay!

ENONA.- (Se sienta.) ¡Dioses omnipotentes,

que nuestras lágrimas os aplaquen!

FEDRA.- ¡Cómo me pesan estos velos, estos

vanos adornos! ¿Qué mano importuna,

entrelazando todos estos nudos, se tomó el trabajo

de reunir los cabellos sobre mi frente?

Todo me aflige y me molesta, todo se conjura en

dañarme.

ENONA.- ¡Cómo se destruyen unos a otros

todos sus deseos! Hace un instante, vos misma, enFEDRA

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la condena vuestros injustos designios, excitabais

nuestras manos a que os adornaran; vos misma,

recordando vuestra antigua salud, queríais

mostraros y volver a mirar el día. Ya lo veis, señora,

¿queréis ahora esconderos y odiáis la luz que veníais

a buscar?

FEDRA.- Noble y brillante tronco de una familia

desventurada, tú de quien mi madre solía jactarse de

ser hija, y que te sonrojas acaso de mi presente

turbación, Sol, vengo a contemplarte por última vez.

ENONA.- ¿Cómo? ¿No abandonaréis tan cruel

deseo? ¿Os veré siempre, renunciando a la vida,

entregaros a los funestos preparativos de vuestra

muerte?

FEDRA.- ¡Dioses! ¡Así estuviera yo sentada a la

sombra de los bosques! ¿Cuándo podré, a través de

un noble torbellino, seguir con la vista un carro que

huye en la carrera?

ENONA.- ¿Cómo, señora?

FEDRA.- ¡Insensata! ¿Dónde estoy? ¿Y qué he

dicho? ¿Dónde dejo extraviar mi espíritu y mis

deseos? Perdí la razón: los Dioses me la

arrebataron. Enona, el rubor me abrasa el rostro;

demasiado permito que veas mis vergonzososJEAN BAPTISTE RACINE

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dolores; a mi pesar, los ojos se me llenan de

lágrimas.

ENONA.- ¡Ah, si habéis de  sonrojaros,

enrojeced por un silencio que  agría más aún la

violencia de vuestros males! Rebelde ante todo

nuestros cuidados, sorda ante todas nuestras

razones, ¿queréis implacablemente dejar acabar

vuestros días? ¿Qué furor los detiene en mitad de su

carrera? ¿Qué encantamiento o qué veneno ciega su

frente? Por tres veces las sombras han oscurecido el

cielo desde que el sueño no penetra en vuestros

ojos, y por tres veces el día ha arrojado a la oscura

noche desde que vuestro cuerpo languidece sin

alimento. ¿Por qué espantoso designio os dejáis

tentar? ¿Con qué derecho os atrevéis a atentar

contra vos misma? Ofendéis a los Dioses, autores

de vuestra vida; traicionáis al esposo a quien os

enlaza la fe; traicionáis hasta a vuestros hijos

desventurados, que precipitáis bajo riguroso yugo.

Pensad que un mismo día les arrebatará a su madre

y devolverá la esperanza al hijo de la extranjera, a

ese fiero enemigo vuestro y de vuestra sangre, ese

hijo que una Amazona llevó en su vientre, ese

Hipólito...

FEDRA.- ¡Ah, Dioses!FEDRA

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ENONA.- Este reproche os conmueve.

FEDRA.- ¡Desgraciada! ¿Qué nombre ha salido

de tu boca?

ENONA.- ¡Y bien! Vuestra cólera estalla con

razón: me gusta veros estremecer ante ese nombre

funesto.  Vivid, pues. Que el amor y el deber os

animen a ello. Vivid, no permitáis que el hijo de una

escita, en tanto agobia a vuestros hijos bajo su

odioso imperio, gobierne a la sangre más ilustre de

Grecia y de los Dioses. Pero no tardéis, cada minuto

os mata.  Reparad rápidamente vuestras abatidas

fuerzas mientras la llama de vuestros días prontos a

consumirse dura aún y puede reanimarse.

FEDRA.- Demasiado prolongué su duración

culpable.

ENONA.- ¿Cómo? ¿Qué remordimientos os

desgarran? ¿Qué crimen ha podido producir tan

premiosa pena? ¿No se habrán manchado vuestras

manos con sangre inocente?

FEDRA.- Gracias al cielo, mis manos no son

criminales. ¡Ojalá hicieran los Dioses que mi

corazón fuera tan inocente como ellas!

ENONA.- ¿Y qué terrible proyecto habéis

concebido, de que aún sigue espantado vuestro

corazón?JEAN BAPTISTE RACINE

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FEDRA.- Ya te he dicho bastante. Ahórrame el

resto. Muero para evitarme confesión tan funesta.

ENONA.-  Morid, pues, manteniendo ese

inhumano silencio pero buscad otra mano para que

os cierre los ojos. Aunque os quede apenas una

débil lumbre, mi alma será la primera en bajar entre

los muertos. Mil caminos abiertos conducen

siempre hacia allí, y mi justo dolor elegirá los más

cortos. Cruel, ¿cuándo os decepcionó mi fidelidad?

¿Pensáis en que mis brazos os recibieron al nacer?

Todo lo dejé por vos, mi país, mis hijos. Y a mi

adhesión habríais reservado este premio?

FEDRA.- ¿Qué frutos esperas de tanta violencia?

Te estremecerás de horror si rompo mi silencio.

ENONA.- ¿Y qué me diréis que exceda ¡oh

Dioses! al horror de veros expirar ante mis propios

ojos?

FEDRA.- Cuando conozcas mi crimen y la

suerte que me agobia, no dejaré de morir por eso,

pero moriré más culpable.

ENONA.- Señora, en nombre de las lágrimas

que por vos he vertido, por vuestras débiles rodillas

que abrazo,  librad mi espíritu de esta funesta

incertidumbre.

FEDRA.- Tú lo quieres. Levántate.FEDRA

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ENONA.- Hablad, os escucho.

FEDRA. ¡Cielos! ¿Qué decirle y por dónde

empezar.

ENONA. ¡Dejad de ofenderme con vuestros

vanos temores!

FEDRA. ¡Oh cólera de Venus! ¡Oh fatal odio!

¡En qué extravíos arrojó el amor a mi madre!

ENONA.-  Olvidadlos señora, y que hasta el

futuro más lejano un silencio eterno esconda este

recuerdo.

FEDRA.- ¡Ariadna, hermana mía, herida de qué

amor moriste en las playas donde fuiste

abandonada!

ENONA.- ¿Qué hacéis, señora? ¿Qué mortal

sufrimiento os anima hoy contra toda vuestra

sangre?

FEDRA.- Pues que Venus lo quiere, perezca yo

la última y la más mísera de esa deplorable estirpe.

ENONA.- ¿Amáis?

FEDRA.- Siento todos los furores del amor.

ENONA.- ¿Por quién?

FEDRA.- Oirás el colmo del horror. Amo. . .

Ante ese nombre fatal tiemblo, me estremezco.

Amo...

ENONA.- ¿A quién?JEAN BAPTISTE RACINE

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FEDRA.- ¿Conoces al hijo de la Amazona, ese

príncipe al que tanto tiempo oprimí yo misma?

ENONA.- ¿Hipólito? ¡Dioses eternos!

FEDRA.- Tú lo nombraste.

ENONA.- ¡Justo cielo! ¡Toda la sangre se me

hiela en las venas! ¡Oh desesperación! ¡Oh crimen!

¡Oh deplorable raza! ¡Viaje infortunado!

Desdichada costa, ¿por qué aproximarse a tus

plazas temibles?

FEDRA.- Mi mal viene de más lejos. Apenas me

hube entregado al hijo de Egeo bajo la ley de¡

matrimonio, y cuando mi reposo y mi dicha

parecían haberse consolidado, Atenas me mostró mi

soberbio enemigo; lo conocí, me sonrojé, palidecí al

mirarlo; la turbación se apoderó de mi alma ex-

traviada; mis ojos no veían ya, no podía hablar; sentí

arder y helarse todo mi cuerpo; y reconocí a Venus

y sus llamas temibles, inevitables tormentos de una

sangre por ella perseguida. Creí apartarlos con mis

votos asiduos; le edifiqué un templo y procuré

ornarlo; yo misma, rodeada de víctimas a toda hora,

buscaba en sus entrañas mi extraviada razón.

¡impotentes remedios para un amor incurable!

Inútilmente mis manos quemaban el incienso sobre

las aras: cuando mi boca imploraba el nombre de laFEDRA

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Diosa, yo adoraba a Hipólito; y viéndolo sin cesar

incluso al pie de los altares que alimentaba, todo lo

ofrecía a ese dios a quien ni siquiera osaba nombrar

lo evitaba en todas partes. ¡Oh colmo de desgracia!

Mis ojos volvían a encontrarlo en los rasgos de su

padre. Por fin quise rebelarme contra mí misma;

animé mi corazón a perseguirlo. Para desterrar a mi

enemigo idolatrado fingí los enojos de una

madrastra injusta: apuré su destierro, y mis eternos

clamores lo arrancaron del seno y de los brazos

paternales. Respiré, Enona; y desde el día de su au-

sencia, mis horas, menos agitadas, transcurrieron

inocentes. Sumisa a mi esposo, y ocultando mis

tristezas, cuidé los frutos de su fatal enlace. ¡Vanas

precauciones! ¡Cruel destino! Conducida a Trecene

por mi propio esposo, volví a ver al enemigo a

quien habla alejado: mi herida demasiado viva

sangró inmediatamente. Y ya no es un ardor

escondido en mis venas: es Venus toda,

íntegramente adherida a su presa. He concebido un

justo terror por mi crimen; odié la vida y me

horrorizó mi pasión. Muriendo quería resguardar mi

honor y ocultara la luz, pasión tan negra; no he

podido resistir tus lágrimas, tu asedio; lo he

confesado todo; y no me arrepiento de ello, siempreJEAN BAPTISTE RACINE

20

que respetando la proximidad de mi muerte no me

aflijas más con injustos reproches, y que tu socorro

deje de invocar un resto de calor pronto ya a extin-

guirse.FEDRA

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ESCENA CUARTA

Fedra, Enona, Pánope

PANOPE.- Señora, quisiera ocultaros una triste

nueva; pero debo  revelárosla. La muerte os ha

arrebatado a vuestro invencible esposo, y sois ahora

la única que ignora esta desgracia.

FEDRA.- ¡Pánope! ¿Qué dices?  -PANOPE.-

Que la Reina, engañada, en vano pide al cielo el

retorno de  Teseo, y que, por naves llegadas al

puerto su hijo Hipólito acaba de saber su muerte.

FEDRA.- iCielos!

PANOPE.- Atenas se divide por la elección de

un rey Al Príncipe vuestro hijo, señora, otorga una

parte su voto y la otra, olvidando las leyes del

Estado, se atreve a dar sufragio al hijo de la

extranjera. Hasta se dice que una insolente facciónJEAN BAPTISTE RACINE

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quiere colocar en el trono a Aricia y la sangre de

Palante. Mi deber era  advertiros acerca de este

peligro. Hipólito mismo está ya pronto a partir, y se

teme, aparece en esta nueva tormenta, que arrastre

consigo a todo el inconstante pueblo.

FEDRA.- Es suficiente, Pánope. La reina, que te

comprende, no descuidará tu importante aviso.FEDRA

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ESCENA QUINTA

Fedra, Enona

ENONA. Señora, no quería ya  apremiaros a

vivir, hasta pensaba yo seguiros a la tumba; no tenía

ya voz para  apartaros de ella, pero esta nueva

desgracia os prescribe otras leyes. Vuestra fortuna

cambia y toma otro rostro: el Rey no existe, señora;

hay que ocupar su lugar. Su muerte os deja un hijo a

quien os debéis, esclavo si os pierde, rey si vos vivís.

¿En quién queréis que se apoye en su desgracia? Su

llanto no tendrá ya mano que lo enjugue llegando

hasta los Dioses sus inocentes quejas, irán a irritar

contra su madre a sus abuelos. Vivid, ya no tenéis

que  haceros reproche alguno: vuestro amor se

convierte en una pasión común. Al expirar, Teseo

ha roto los lazos que constituían todo el crimen y elJEAN BAPTISTE RACINE

24

horror de vuestros ardores.  Hipólito es para vos

menos temible; podéis verle sin  convertiros en

culpable. Acaso, convencido de vuestro odio, va a

suministrar un jefe a la sedición. Arrancadlo de su

error,  doblegad su corazón. Rey de estas felices

playas, Trecene es su patrimonio, pero él sabe que

las leyes otorgan a vuestro hijo las orgullosas

murallas que construyó Minerva. Tenéis uno y otra

una enemiga común: uníos, los dos, para combatir a

Aricia.

FEDRA.- ¡Y bien! Me dejo llevar por tus

consejos. Vivamos, si se me puede traer de nuevo

hacia la vida, y si el amor de un hijo, en esta hora

aciaga, puede reanimar el resto de mis débiles

fuerzas.FEDRA

25

ACTO SEGUNDO

ESCENA PRIMERA

Aricia, Ismena

ARICIA.- ¿Hipólito pide verme en este lugar

¿Hipólito me busca y quiere decirme adiós? ¿Dices

verdad, Ismena? ¿No has sido engañada?

ISMENA.- Es la primera consecuencia de la

muerte de  Teseo. Señora,  preparáos a ver volar

hacia vos desde todas partes los corazones que alejó

Teseo. Por fin Aricia es dueña de su suerte y bien

pronto verá a sus pies a toda la Grecia.

ARICIA.- ¿Así que no es un rumor incierto,

Ismena? ¿Dejo de ser esclava y mi enemigo ya no

existe?JEAN BAPTISTE RACINE

26

ISMENA.- No, señora, los Dioses ya no nos son

adversos;  Teseo se ha reunido a los manes de

vuestros hermanos.

ARICIA.- ¿Se sabe qué aventura acabó con sus

días?

ISMENA.- Acerca de su muerte se tejen

increíbles versiones. Se dice que, raptor de una

nueva amante, las olas tragaron al esposo infiel. Se

dice también, y este rumor corre por todas partes,

que, habiendo descendido con  Píritoo a los

infiernos, contempló el  Cocito y sus sombrías

márgenes y se mostró vivo a las infernales, sombras:

pero que no ha podido salir de aquella triste

mansión ni trasponer las playas donde se arriba

para no volver.

ARICIA.- ¿Deberé creer que un mortal antes de

su postrera hora pueda penetrar en la profunda

morada de los muertos? ¿Qué hechizo lo atraía

hacia sus playas temibles?

ISMENA.- Teseo ha muerto, señora, y sois vos

la única que duda de ello. Atenas lo llora, lo sabe

Trecene, y ya reconoce a Hipólito como a su rey. En

su palacio,  Fedra, que tiembla por su hijo, pide

consejo a sus arrogos alarmados.FEDRA

27

ARICIA.- ¿Y tú crees que, más humano para mí

que su padre, Hipólito aligerará mi cadena? ¿Qué se

compadecerá de mis desgracias?

ISMENA.- Lo creo, señora.

ARICIA.- ¿Acaso conoces al insensible

Hipólito? ¿Sobre qué frívola esperanza te apoyas

para pensar que de mí se apiade y que en mí sola

respete un sexo que desdeña? Sabes cuánto tiempo

hace que evita nuestros pasos y elige todos los sitios

para no encontrarnos.

ISMENA.- Conozco cuanto se dice acerca de su

frialdad; pero he visto junto a vos a ese orgulloso

Hipólito: y hasta el mismo rumor de su fiereza ha

redoblado mi curiosidad. No me pareció que su

porte respondiera a su fama; lo vi confuso desde

vuestra primer mirada. Sus ojos, que en vano

querían escaparos, llenos ya de languidez, no podían

abandonaros. Quizás ofenda su orgullo el nombre

de amante, pero de ello tiene los ojos, si no la

lengua.

ARICIA.- ¡Con qué avidez escucha mi corazón,

cara  Ismena, una plática que acaso tiene muy poco

fundamento! ¿Te parece probable a ti que me

conoces, que el triste juguete de implacable destino,

corazón siempre alimentado de amargura y deJEAN BAPTISTE RACINE

28

lágrimas, deba conocer el amor y sus locos dolores?

Resto de la sangre de un rey, noble hijo de la Tierra,

fui la única en escapar a los furores guerreros. En la

florida estación perdí a seis hermanos: ¡qué

esperanza de una ilustre estirpe!. El hierro todo lo

cosechó, y la tierra, humedecida, bebió a su pesar la

sangre de los descendientes de Erecto. Tú sabes qué

severa ley, después de su muerte, prohibió a todos

los griegos amarme: se teme que la llama audaz de la

hermana llegue a reanimar un día las cenizas

fraternas. Pero tú sabes también con qué

desdeñosos ojos miré ese anhelo de un vencedor

desconfiado. Sabes que, opuesta siempre al amor,

agradecí a menudo al injusto Teseo, este rigor feliz

que secundaba mis desdenes. En aquel tiempo mis

ojos, mis ojos no habían contemplado a su hijo. No

es que sólo, cobardemente encantada por los ojos,

ame en él su belleza, su gracia tanto alabada,

presentes con que la naturaleza ha querido honrarlo

y que él mismo desprecia y parece ignorar. Amo y

admiro en él riquezas más nobles, las virtudes de su

padre sin sus debilidades. Amo en él, confesaré, ese

orgullo generoso que jamás cedió al amoroso yugo.

Fedra podía honrarse con los suspiros de Teseo: en

cuanto a mi, soy más orgullosa, y huyo la gloria fácilFEDRA

29

de conquistar un homenaje a otras mil ofrecido y

entrar en un corazón abierto por todos sus

costados. Pero hacer doblegar un inflexible coraje,

llevar el dolor a un alma insensible, encadenar a un

cautivo atónito de sus hierros, vanamente rebelado

contra un yugo que le place: eso es lo que quiero,

eso es lo que me excita. Costaba menos desarmar a

Hércules que a Hipólito; vencido más a menudo, y

con más frecuencia abatido, otorgaba menos a los

ojos que lo domaron. Pero ¡ay, cara  Ismena!  íQué

imprudencia la mía! Se me opondrá demasiada

resistencia. Acaso me escuches, humilde en mi

aflicción, lamentarme de esa misma soberbia que

hoy admiro. ¿Amarla a Hipólito? ¿Por qué extrema

dicha hubiera yo podido doblegar...?

ISMENA.- Lo escucharéis de él mismo. Viene a

vos.JEAN BAPTISTE RACINE

30

ESCENA SEGUNDA

Hipólito, Aricia, Ismena

HIPOLITO.- Señora, antes de partir, he creído

mi deber  preveniros acerca de vuestra suerte. Mi

padre ya no existe. Mi desconfianza presagiaba

justamente las razones de su ausencia por demás

prolongada: sólo la muerte, poniendo fin a sus

brillantes esfuerzos podía ocultarle por tanto tiempo

al universo. Los Dioses entregan por fin a la

homicida Parca al amigo, al compañero, al sucesor

de Alcides. Creo que vuestro odio, el perdonar sus

virtudes, escuchará sin desagrado estos nombres

que le son debidos. Una esperanza endulzó mi

mortal congoja: podía  libertaros de una pesada

tutela. Revoco las leyes cuyo rigor lamentaba. Podéis

disponer de vos, de vuestro corazón; y en estaFEDRA

31

Trecene, hoy mi patrimonio, antaño herencia de mi

abuelo Piteo, que me ha reconocido sin vacilar

como su rey, os dejo tan libre y aun más libre que

yo.

ARICIA.- Moderad esas bondades cuyo exceso

me desconcierta. Honrar mi desgracia con tan

generosas atenciones es colocarme, señor, más de lo

que os imagináos, bajo esas austeras leyes de que me

habéis dispensado.

HIPOLITO.- Atenas, incierta en la elección del

sucesor, habla de vos, me nombra, y nombra al hijo

de la Reina.

ARICIA.- ¿De mí, señor?

HIPOLITO.- Sé, y no me jacto de ello, que una

soberbia ley parece rechazarme. Los griegos me

reprochan una madre extranjera. Pero si no tuviera

más rival que mi hermano, poseo sobre él, señora,

derechos muy reales que sabría imponer al capricho

de las leyes. Un freno más legítimo es el que detiene

mi audacia: os cedo, o más bien os devuelvo, un

sitial, un cetro que antaño recibieron vuestros

abuelos de aquel famoso mortal a quien concibió la

tierra. La adopción lo puso entre las manos de

Egeo. Protegida y acrecentada por mi padre, Atenas

reconoció con júbilo a rey tan generoso, y olvidó aJEAN BAPTISTE RACINE

32

vuestros desgraciados hermanos. Ahora, Atenas os

llama dentro de sus muros. Bastante ha sufrido por

tan largo conflicto. Vuestra sangre sorbida por los

surcos, ha hecho humear demasiado los campos de

donde surgió.  Trecene me obedece. Las campiñas

de Creta ofrecen al hijo de Fedra un opulento retiro.

Vuestro patrimonio es el Atica. Parti o reunir para

vos todos los votos dispersos entre nosotros.

ARICIA.- Atónita y confusa de cuanto oigo,

temo casi, temo que un sueño me engañe. ¿Estoy

despierta? ¿Puedo creer en semejante designio?

¿Qué dios, señor, qué dios lo puso en vuestro

pecho? ¡Que en todas partes germine vuestra bien

ganada gloria! ¡Cómo supera la verdad al renombre!

¿Queréis traicionaros vos mismo en favor mío? No

es suficiente que no me hayáis odiado, que durante

tan largo tiempo hayáis podido proteger vuestra

alma de esta enemistad ...

HIPOLITO.- ¿Odiaros yo, señora? Por más

sombríos colores con que hayan pintado mi orgullo

¿creéis que un monstruo me ha llevado en su seno?

¿Qué costumbres salvajes, que odio endurecido,

podrían  veros sin endulzarse? ¿Pude yo resistir al

engañoso encanto. . .?

ARICIA.- ¿Cómo? Señor. .FEDRA

33

HIPOLITO.- Me he comprometido demasiado.

Veo que la razón cede a la violencia. Señora, puesto

que he comenzado a romper el silencio, preciso es

que continúe: preciso es que os informe de un

secreto que mi corazón no puede ya guardar. Tenéis

delante a un príncipe digno de compasión, ejemplo

famoso de temerario orgullo. Yo, rebelado con

violento orgullo contra el amor, que tanto tiempo

insulté los hierros de sus cautivos, que lamenté los

naufragios de los débiles mortales y pensé siempre

contemplar desde la costa sus tormentas, ¡con qué

turbación me veo ahora sometido a la ley común,

arrastrado fuera de mí mismo! Un instante ha

vencido mi imprudente audacia: esta alma tan llena

de soberbia cesó de ser libre. Desde hace más de

seis meses, avergonzado, desesperado, llevando a

todas partes el dardo que me desgarra contra vos y

contra mí en vano me agito: presente, os huyo;

ausente, os encuentro; hasta en el fondo de los

bosques me persigue vuestra imagen; la luz del día,

las sombras de la noche, todo reproduce a mis ojos

los encantos que evito; todo os entrega a discreción

al rebelde  Hipólito. Como único fruto de mis

inútiles precauciones, yo mismo me busco ahora sin

encontrarme. Mi arco, mis jabalinas, mi carro, todoJEAN BAPTISTE RACINE

34

me molesta; no recuerdo ya las lecciones de

Neptuno; sólo mis gemidos hacen resonar las

selvas, mientras olvidan mi voz mis ociosos

corceles. Acaso la confesión de un amor tan salvaje

haga que os sonrojéis de vuestra obra al

escucharme. ¡Qué plática feroz para un corazón que

se ofrece! ¡Qué extraño cautivo para tan dulce lazo!

Pero por eso mismo debe ser más preciosa a

vuestros ojos la ofrenda. Pensad que os hablo en un

lenguaje que me es extraño, y no rechacéis deseos

mal expresados que  Hipólito sin vos no hubiera

concebido nunca.FEDRA

35

ESCENA TERCERA

Hipólito, Aricia, Terámenes, Ismena

TERAMENES. Señor, viene la Reina, yo me le

he adelantado. Os busca.

HIPOLITO.- ¿A mí?

TERAMENES.- Ignoro sus propósitos. Pero

han venido a preguntar por vos de parte suya. Fedra

quiere hablaros antes de vuestra partida.

HIPOLITO.- ¿Fedra? ¿Qué le diré? ¿Y qué

puede esperar?

ARICIA.- Señor, no podéis  rehusaros a oírla.

Aunque bien convencido de su enemistad, debéis

alguna sombra de piedad a sus lágrimas.

HIPOLITO.- Mientras tanto os alejáis. Y yo

parto. ¡Y sin saber si he ofendido los encantos queJEAN BAPTISTE RACINE

36

adoro! No sé si ese corazón que dejo en vuestras

manos ...

ARICIA.-  Partid, príncipe, y  ejecutad vuestros

generosos designios.  Convertid a Atenas en

tributaría de mi poder. Yo acepto todos los dones

que queráis hacerme. Pero  sabed que ese imperio

tan grande y tan glorioso no es, a mis ojos, el más

precioso de vuestros presentes.FEDRA

37

ESCENA CUARTA

Hipólito, Terámenes

HIPOLITO.- ¿Todo está pronto, amigo? Pero la

reina se adelanta. Que todo se prepare con

diligencia para la partida. Haz que den la señal,

corre, ordena y regresa enseguida a librarme de una

conversación molesta.JEAN BAPTISTE RACINE

38

ESCENA QUINTA

Fedra, Hipólito, Enona

FEDRA.- (A Enona.) Aquí está. Toda la sangre

me afluye al corazón. Olvido, viéndole, lo que vine

a decirle.

ENONA.- Acordáis de un hijo que sólo en vos

espera.

FEDRA. Señor, se dice os aleja de nosotros una

inmediata partida. Vengo a unir mis lágrimas a

vuestros dolores. Vengo a  explicaros mis alarmas

con respecto a mi hijo. Mi hijo ya no tiene padre, y

no está lejano el día que lo haga también testigo de

mi muerte. Ya mil enemigos asedian su infancia, y

vos sólo podéis abrazar contra ellos su defensa.

Pero un secreto remordimiento agita mi espíritu.

Temo haber cerrado vuestro oído a mis clamores.FEDRA

39

Tiemblo de que vuestra justa ira persiga pronto a

través de él a una diosa madre.

HIPOLITO.- Señora, no tengo sentimientos tan

bajos.

FEDRA.- Aunque me odiarais, señor, no me

quejaría. Me habéis visto encarnizada en vuestro

daño; y no podíais leer en el fondo de mi corazón.

Me esforcé en merecer vuestra enemistad. No podía

sufriros en los parajes que habitaba. Declarada

contra vos en público y en secreto, he querido que

nos separaran los mares; hasta prohibí por ley

expresa que pronunciaran ante mí vuestro nombre.

Y sin embargo, si se mide la pena por la ofensa, si

sólo el odio puede atraer vuestro odio, nunca mujer

alguna fue más digna de compasión y menos

merecedora, señor, de vuestra enemistad.

HIPOLITO.- Una madre, preocupada por los

derechos de sus hijos, rara vez perdona al hijo de

otra esposa, lo sé, señora. Las sospechas importunas

son las frutas más comunes de un segundo

matrimonio. Cualquier otra hubiera alimentado

contra mí la misma desconfianza, y quizás hubiera

debido yo soportar mayores ultrajes.

FEDRA.- ¡Ah, señor, cómo ha querido el cielo,

al que oso invocar aquí, exceptuarme de esta leyJEAN BAPTISTE RACINE

40

común! ¡Bien diferente es el cuidado que me devora

y me perturba!

HIPOLITO.- Señora, no es el momento de que

así os emocionéis. Quizá vuestro esposo ve aún la

luz del día; el cielo puede acordar su retorno ante

nuestras lágrimas. Neptuno lo protege: el dios

tutelar no será invocado en vano por mi padre.

FEDRA.- Señor, nadie contempla dos veces la

playa de los muertos. Puesto que  Teseo ha

alcanzado sus sombrías márgenes, inútilmente

esperáis que un dios nos lo reintegre: el avaro

Aqueronte no suelta su presa. ¿Qué digo? El no está

muerto, pues que respira en vos. Paréceme tener

siempre a mi esposo ante mis ojos, lo veo, lo hablo;

y mi corazón... Me extravío, señor, mi loco ardor a

mi pesar se revela.

HIPOLITO.- Observo el prodigioso efecto de

vuestro amor. Aun muerto,  Teseo está presente a

vuestros ojos. ¿Continúa vuestra alma encendida en

amor por él?

VEDRA.- Sí, príncipe, languidezco, ardo por

Teseo. Yo lo amo, no tal como lo han visto los

infiernos, versátil adorador de mil mujeres que va a

deshonrar el tálamo del dios de los muertos, sino

fiel, orgulloso y hasta un poco feroz, joven,FEDRA

41

encantador, llevándose tras de sí los corazones, tal

como describen a nuestros Dioses o como a vos os

veo. Tenía vuestro porte, vuestro lenguaje, vuestros

ojos, el mismo noble pudor coloreaba su frente,

cuando atravesó las olas de nuestra Creta, digno

objeto del amor de las hijas de Minos. ¿Qué hacíais

vos entonces? ¿Por qué reunió él, sin Hipólito, a la

flor de los héroes de Grecia? ¿Por qué no pudisteis

vos, todavía muy joven, entrar en el navío que lo

condujo a nuestras costas? A vuestras manos

hubiera perecido el monstruo de Creta a pesar de

todos los rodeos de su vasta guarida. Para aclarar su

inextricable confusión, mi hermana hubiera armado

vuestra diestra con el hilo fatídico. Pero no, yo me

hubiera adelantado a su proyecto: el amor me

hubiera inspirado antes esa idea. Yo, príncipe, yo

hubiera sido la que con su eficaz concurso os

hubiera enseñado las vueltas del Laberinto.

¡Cuántas preocupaciones me hubiera costado esa

cabeza encantadora! Ni un hilo hubiese bastado

para tranquilizar a vuestra amante. Compañera del

peligro que debíais buscar, hubiera querido marchar

delante de vos yo misma; y, descendiendo con vos

al laberinto, Fedra se hubiera perdido con vos o con

vos triunfado.JEAN BAPTISTE RACINE

42

HIPOLITO.- ¡Dioses! ¿Qué es lo que oigo?

Señora, ¿olvidáis vos que  Teseo es mi padre y

vuestro esposo?

FEDRA.- ¿Y por qué suponéis, príncipe, que

pierdo la memoria de ello? ¿Habría perdido todo

cuidado de mi fama?

HIPOLITO.-  Perdonad, señora. Confieso,

sonrojándome, que erróneamente acusé vuestras

inocentes razones. Mi vergüenza no puede ya

sostener vuestra mirada y voy a ...

FEDRA.- Ah, cruel, demasiado me entendiste.

Te he dicho lo suficiente para que no te equivocaras.

¡Y bien! Conoce, pues, a Fedra y sus furores. Amo.

Pero no creas que mientras te amo me siento

delante de mí misma inocente, ni que mi cobarde

complacencia haya nutrido el veneno de este loco

amor que perturba mi ánimo. Desgraciado blanco

de las venganzas celestes, me aborrezco más aún de

lo que tú me detestas. Los Dioses son mis testigos,

esos Dioses que han encendido la sangre en mi seno

con fatídica ¡lama; esos Dioses que se han cubierto

de cruel gloria extraviando el corazón de una débil

mortal. Revive tú mismo el pasado en tu alma. Poco

me fue el huirte, cruel, llegué a desterrarte quise

parecerte odiosa, inhumana; para mejor resistirte meFEDRA

43

busqué tu odio. ¿De qué me sirvieron tan inútiles

agitaciones? Si tú me odiabas más, no te amaba yo

menos. Nuevos encantos te prestaban aún tus

desgracias. Languidecí, me desequé en mis ardores y

en mis llantos. Te bastarían los ojos para

persuadirte, si pudieran tus ojos contemplarme un

momento. ¿Qué digo? ¿Esta confesión que acabo

de hacerte, esta confesión vergonzosa, la crees

voluntaria? Temblando por un hijo a quien no

osaba traicionar, venía a suplicarte que no le

odiaras. ¡Débiles propósitos para un corazón

demasiado lleno de lo que ama ! ¡Ay!, no he podido

hablarte más que de ti mismo. Véngate, castígame

por tan odioso amor. Digno hijo de¡ héroe que te

dio la vida, libra al universo de un monstruo que te

exaspera. ¡La viuda de  Teseo se atreve a amar a

Hipólito! Créeme, este horrible monstruo no debe

huir; he aquí mi corazón. Aquí debe herir tu mano.

Impaciente ya por expiar su culpa, siento que se

adelanta al encuentro de su brazo. Hiere. O si lo

crees indigno de tus golpes, si tu odio me envidia

tan dulce suplicio, si tu mano se mancharía con

sangre demasiado vil, a falta de tu brazo préstame tu

espada. Dáme.JEAN BAPTISTE RACINE

44

ENONA.- ¿Qué hacéis, señora? ¡Justos Dioses!

Pero se acercan.  Evitad testigos odiosos; venid,

entrad, huíd de una vergüenza segura.FEDRA

45

ESCENA SEXTA

Hipólito, Terámenes

TERAMENES.- ¿Es Fedra la que huye, o, mejor,

la que se llevan? ¿Por qué, señor, por qué esas

señales de angustia? Os falta la espada, estáis

desconcertado, pálido.

HIPOLITO.- Huyamos, Terámenes. Grandísima

es mi sorpresa. No puedo mirarme sin horror a mí

mismo. Fedra. . . Pero no. ¡Dioses, que en profundo

olvido permanezca amortajado tan terrible secreto!

TERAMENES.- Si queréis partir, lista está la

vela. Pero Atenas se ha declarado ya, señor. Sus

jefes han recogido los votos de todas las tribus.

Vuestro hermano gana y Fedra le sigue.

HIPOLITO.- ¿Fedra?JEAN BAPTISTE RACINE

46

TERAMENES.- Un heraldo encargado de

transmitir la voluntad de Atenas acaba de entregarle

las riendas del Estado. Su hijo es rey, señor.

HIPOLITO.- Dioses, que la conocéis, ¿es su

virtud acaso lo que recompensáis?

TERAMENES.- Sin embargo, un sordo rumor

afirma que el Rey vive. Se pretende que ha aparecido

Teseo en el Espiro. Pero yo, señor, que lo he

buscado allí, sé demasiado bien

HIPOLITO.- No importa, oigámoslo todo y no

descuidemos nada. Examinemos ese rumor

remontándonos a su fuente. Si no merece

interrumpir mi marcha, partamos y a cualquier

precio pongamos el cetro en manos dignas de

llevarlo.FEDRA

47

ACTO TERCERO

ESCENA PRIMERA

Fedra, Enona

FEDRA. ¡Ah! ¡Llévense lejos los honores que

me envían! ¿Puedes desear que me vean, importuna?

¿Con qué vienes a halagar mi espíritu desolado?

Mas bien procura ocultarme: he hablado por demás.

Osaron esparcirse fuera mis furores. Y he

pronunciado aquello que jamás debió oírse. ¡Cielos!

¡Cómo me escuchaba! ¡Con cuántos rodeos eludió

largo tiempo mis palabras, el insensible! ¡De qué

modo anhelaba una pronta retirada! ¡Y cómo

redobló mi vergüenza su rubor! ¿Por qué estorbaste

mi funesto designio? ¡Ay! ¿Palideció por mí cuando

su espada iba a buscar mi seno? ¿Me la arrancó?JEAN BAPTISTE RACINE

48

Bastó que mi mano la tocara sólo una vez para que

se volviera horrible a sus ojos inhumanos;

profanaría ya sus manos ese desdichado acero.

ENONA.- Así, al pensar solamente en lamentar

vuestras desgracias, alimentáis un fuego que debería

extinguirse. ¿No sería mejor, como digna

descendiente de Minos, buscar vuestro reposo en

más nobles afanes, recurrir a la fuga contra aquel

ingrato, reinar y asumir, la dirección del Estado?

FEDRA.- ¡Yo reinar! ¡Yo regir un Estado con

mi ley, cuando mi débil razón no reina ya sobre mí!

¡Cuando he abandonado el dominio de mis

sentidos! ¡Cuando respiro apenas bajo un

vergonzoso yugo! ¡Cuando me muero!

ENONA.- Huid.

FEDRA.- No puedo dejarlo,

ENONA.- Osasteis desterrarlo y no osáis huir

de él.

FEDRA.- Ya no es tiempo. El sabe de mis

insensatos ardores. Han sido traspuestos los límites

del pudor auste-35ro. Ante los ojos de mi vencedor

confesé mi vergüenza, y la esperanza se deslizó en

mi corazón, a despecho mío. Tú misma,

reanimando mis desfallecidas fuerza y mi alma,

errante ya sobre mis labios, has sabido revivirmeFEDRA

49

con tus aduladores consejos. Tú me has hecho

atisbar que podía amarlo.

ENONA.- Ay, inocente o culpable de vuestras

desdichas, ¿de qué no hubiera sido capaz por

salvaros? Pero si alguna vez la ofensa irritó vuestro

espíritu ¿podéis olvidar los desprecios de ese

furioso? ¡Con qué ojos crueles os dejó su obstinado

rigor poco menos que prosternada a sus pies! ¡Qué

odioso lo volvía su feroz orgullo! ¡Ah! ¿por qué no

tuvo mis ojos Fedra en ese instante?

FEDRA.-  Enona, él puede abandonar ese

orgullo que te hiere. Tiene la rudeza de los bosques

en que fue criado. Endurecido por costumbres

salvajes, Hipólito oye hablar de amor por primera

vez. Acaso la sorpresa ha provocado su silencio, y

acaso nuestras quejas son demasiado violentas.

ENONA.- Pensad que una bárbara lo ha llevado

en su seno.

FEDRA.- Ella amó, sin embargo, aunque fuera

escita y bárbara.

ENONA.- Él tiene un odio fatal contra, todo

nuestro sexo.

FEDRA.- Así no temeré rivales. Pasó la época de

tus consejos,  Enona. Sirve a mi furor y no a mi

razón. El opone al amor un corazón inaccesible:JEAN BAPTISTE RACINE

50

busquemos el punto débil para atacarlo. Parece que

lo conmueven las delicias del poder; Atenas lo atraía

sin que pudiera ocultarlo; hacia ella dirigían la proa

sus navíos, y ya la vela flotaba abandonada al viento.

Enona, vé a hablar en mi nombre a ese ambicioso

joven: haz que la diadema brille ante sus ojos. Que

sobre su frente descanse la sacra corona; yo no

quiero otro honor que el de unirlo a mí. Cedámosle

ese poder que soy inútil para conservar, Él instruirá

a mi hijo en el arte del gobierno; quizá acceda a

servirle de padre, Yo dejo en su poder al hijo y a la

madre. En fin, ensaya cualquier medio para que

ceda: tus palabras serán mejor acogidas que las mías.

Urge, llora, gime; píntale a Fedra moribunda; no te

ruborices de tomar una voz suplicante. Te aprobaré

en todo; sólo en ti espero.  Vé, aguardo tu vuelta

para disponer de mí.FEDRA

51

ESCENA SEGUNDA

Fedra, sola

FEDRA. Oh tú, implacable Venus, que ves la

vergüenza en la que he caído, ¿estoy bastante

humillada? Ya no podrías llevar más lejos tu

crueldad. Tu triunfo es perfecto; todos tus dardos

han dado en el blanco. Cruel, si quieres nuevas

glorias, ataca a un enemigo que sea para ti más re-

belde que yo. Hipólito te huye; desafiando tu enojo,

jamás ha doblado la rodilla en tus altares. Tu

nombre parece ofender sus soberbios oídos.

Véngate, diosa: son iguales nuestras querellas. Que

él ame... Pero, ¿vuelves ya sobre tus pasos, Enona?

Me detestan, no te escuchan.JEAN BAPTISTE RACINE

52

ESCENA TERCERA

Fedra, Enona

ENONA. Señora, es necesario ahogar todo

pensamiento de ese vano amor.  Recordad vuestra

pasada virtud: el Rey a quien se creyó muerto va a

presentarse a vuestra vista; Teseo ha llegado, Teseo

está aquí. El pueblo corre y se precipita a verlo. Salí

a cumplir vuestra orden y buscaba a  Hipólito,

cuando mil gritos subiendo hasta el cielo...

FEDRA.- Mi esposo vive; es suficiente, Enona.

He hecho la indigna confesión de un amor que lo

ultraja; y vive: no necesito saber más.

ENONA.- ¿Cómo?

FEDRA.- Te lo predije; mas tú no lo has

querido. Sobre mis justos remordimientos

prevalecieron tus lágrimas. Esta mañana hubieraFEDRA

53

muerto digna; seguí tus consejos, y muero

deshonrada.

ENONA. ¿Morís, vos?

FEDRA. ¡Justo cielo! ¿Qué he hecho hoy? Mi

esposo va a llegar junto con su hijo. Veré al testigo

de mi adúltero amor observar con qué cara, oso

abordar a su padre, el corazón pesado de los

suspiros que no escuchó, los ojos húmedos de las

lágrimas que rechazó el ingrato. ¿Piensas tú que,

velando por el honor de Teseo, ha de ocultarle el ar-

dor que me consume? ¿Dejará traicionar a su padre

y rey? ¿Podrá contener el horror que por mí siente?

Callaría en vano. Conozco mis culpas, Enona, y no

soy de esas mujeres atrevidas que gozando de una

tranquila paz en el crimen han sabido forjarse una

frente que no enrojece nunca. Conozco mis furores

todos los recuerdos. Paréceme ya que y estos muros,

que estas bóvedas, adquieren la palabra, y, prontos a

acusarme, esperan a mi esposo para desengañarlo

de mí. Muramos. Que la muerte me libere de tantos

horrores. ¿Es acaso una gran desdicha dejar de

vivir? la muerte no asusta al desdichado. Temo sólo

la fama que dejo tras de mí: ¡espantosa herencia

para mis tristes hijos! La sangre de Júpiter debe

henchirlos de orgullo; pero, por legitimo que sea elJEAN BAPTISTE RACINE

54

orgullo inspirado por tan bella estirpe, grave peso es

el crimen de una madre. Tiemblo de que algún día

se les eche en cara la culpa de `su madre con alguna

frase ¡ay! demasiado cierta. Tiemblo de que,

oprimidos bajo ese odioso peso, no osen nunca

alzar sus ojos el uno ni la otra.

ENONA.- No lo dudo, y los compadezco a

ambos; jamás hubo temor más justificado que el

vuestro. Pero, ¿por qué  váis a exponerlos a tales

afrentas? ¿Por qué declarar contra vos misma? Esto

es hecho: se dirá que  Fedra, demasiado culpable,

huye el temible aspecto de su traicionado esposo.

Feliz será Hipólito de que, a expensas de vuestra

vida, vos misma apoyéis sus palabras, muriendo.

¿Qué podré contestar yo a vuestro acusador? Seré

confundida por él fácilmente. Lo veré gozar de su

horrible triunfo y contar vuestra vergüenza a quien

quiera oírla. ¡Ah, prefiero que las celestes llamas me

devoren! Pero no me engañéis: ¿lo amáis aún? ¿Con

qué ojos miráis a ese atrevido príncipe?

FEDRA.- Aparece a mis ojos como un monstruo

espantable.

ENONA.- ¿Por qué entonces cederle íntegra la

victoria? Vos le teméis. Osad acusarle, la primera,

del crimen con que hoy puede agobiaros. ¿Quién osFEDRA

55

desmentirá? Todo habla en contra suya: su espada,

que felizmente quedó en vuestras manos, vuestra

turbación actual, vuestro pasado dolor, su padre

prevenido por vuestras voces desde hace largo tiem-

po, y hasta su destierro que vos misma obtuvisteis.

FEDRA.- ¿Que ose yo oprimir y calumniar la

inocencia?

ENONA.- Mi cuidado no necesita más que de

vuestro silencio. Tan temblorosa como vos, sufro

algunos remordimientos, y preferiría afrontar mil

muertes, pero ya que os perdería sin ese triste

recurso, vuestra vida tiene para mi un precio ante el

cual se doblega. Hablaré.  Teseo, irritado por mis

noticias, limitará su venganza al destierro de su hijo.

Aun cuando castiga, señora, un padre siempre es

padre: un ligero suplicio es suficiente para su cólera.

Pero aunque se derramara sangre inocente, ¿qué no

exige vuestro amenazado honor? Es un tesoro

demasiado precioso para comprometerlo. Debéis

someteros, señora, a la ley que os dicte: y para salvar

nuestro honor en peligro, es necesario inmolarlo

todo, hasta la virtud. Ya vienen; veo a Teseo.

FEDRA.- ¡Ah! yo veo a  Hipólito; en sus ojos

insolentes veo escrita mi pérdida. Haz lo queJEAN BAPTISTE RACINE

56

quieras, me abandono a ti. Nada puedo por mí

misma en la turbación en que me debato.FEDRA

57

ESCENA CUARTA

Teseo, Hípólito, Fedra, Enona, Terárnenes

TESEO.- Señora, la fortuna cesa de oponerse a

mis ansias; y pone en vuestros brazos. . .

FEDRA.- Detenéos,  Teseo, y no profanéis tan

amables transportes. Yo no merezco ya esa

diligencia. Habéis sido ofendido. La celosa fortuna

no quiso perdonar a vuestra esposa durante vuestra

ausencia. Indigna de agradaros y de aproximarme a

vos no debo pensar en adelante más que en

esconderme.JEAN BAPTISTE RACINE

58

ESCENA QUINTA

Tesco, Hipólito, Terámenes

TESEO. ¿Qué extraña acogida es la que se hace

a vuestro padre, hijo mío?

HIPOLITO.- Sólo  Fedra puede explicar este

misterio. Pero mis encendidas súplicas pueden

conmoverte,  permitidme, señor, no volver a verla;

aceptad que el tembloroso  Hipólito desaparezca

para siempre de los lugares que vuestra esposa

habite.

TESEO.- ¿Vos abandonarme, hijo mío?

HIPOLITO.- Yo no la he buscado: fuisteis vos

quien dirigisteis sus pasos hacia estas playas. Al

partir, señor, os dignasteis dejar a la Reina y a Aricia

en las costas de  Trecene. Yo mismo quedé

encargado de cuidarlas. ¿Pero qué deberes puedenFEDRA

59

retenerme desde ahora? Bastante ya mi juventud

ociosa ha mostrado en los bosques su destreza con-

tra enemigos viles. ¿No podría yo, huyendo este

indigno reposo, teñir mis jabalinas con más gloriosa

sangre? Vos no habíais alcanzado aún mi edad, y ya

más de un tirano, más de un monstruo feroz,

sentían el peso de vuestro brazo. Ya, feliz

perseguidor de la insolencia, habíais limpiado las

costas de dos mares. Dejó de temer asechanzas el

libre viajero,  Hércules, confiado en el eco de

vuestras hazañas, ya descansaba de su trabajo en

vos. Y yo, hijo desconocido de tan glorioso padre,

estoy lejos todavía hasta de las huellas maternas.

Permitid que ose por fin utilizar mi valor. Permitid

que, si algún monstruo pudo escaparos, traiga yo a

vuestros pies sus honrosos despojos, o que la

imperecedera memoria de una hermosa muerte,

eternizando días tan noblemente acabados, pruebe

ante el mundo entero que era yo vuestro hijo.

TESEO.- ¿Qué veo? ¿Qué horror, esparcido en

estos jugares, hace huir desatinada a mi familia ante

mi presencia? Si regreso tan temido y tan poco

deseado, ¿para qué me sacaste de mi prisión, oh

cielo? Yo no tenía más que un amigo. Su

imprudente deseo iba a raptar la esposa del tiranoJEAN BAPTISTE RACINE

60

del  Epiro serví a mi pesar sus amorosos planes;

pero la suerte irritada, nos cegó a ambos.

Sorprendióme el tirano indefenso y sin armas. He

visto a Píritoo, triste objeto de mi llanto, entregado

por ese bárbaro a monstruos crueles a los que nutría

con sangre de los desdichados hombres. A mí

mismo me encerró en cavernas oscuras, profundos

lugares próximos al imperio de las sombras. Por fin,

después de seis meses, me miraron los Dioses: pude

engañar los ojos de mis guardianes, libré a la

naturaleza de un pérfido enemigo, y él mismo sirvió

de pasto a sus monstruos. Pero cuando pienso

aproximarme con transporte a todo cuanto los

Dioses me dejaron de más querido ¿qué digo?

cuando mi alma, devuelta a sí misma, viene a

saciarse en tan cara contemplación, no hallo por

toda acogida más que estremecimiento, todo huye,

todo rechaza mi abrazo. Y yo mismo, experimen-

tando el terror que provoco, quisiera estar aún en

las prisiones del Epiro. Hablad, Fedra se queja de

que he sido ultrajado. ¿Quién me traicionó? ¿Por

qué no he sido vengado? La Grecia, a quien mi

brazo sirvió tantas veces, ¿acordó algún asilo al

criminal? No me respondéis. ¿Está mi hijo, mi

propio hijo, de acuerdo con mis enemigos?FEDRA

61

Entremos. Esto es prolongar demasiado una duda

que me agobia. Conozcamos a la vez el crimen y el

culpable. Que Fedra explique en fin, la turbación en

que la veo.JEAN BAPTISTE RACINE

62

ESCENA SEXTA

Hipólito, Terárnenes

HIPOLITO.- ¿A qué tendía ese discurso que me

heló de espanto?  Fedra, presa siempre de su

extremo furor, ¿quiere acusarse y perderse a sí

misma? ¡Dioses! ¿Que dirá el Rey? ¡Qué funesto

veneno ha esparcido el amor en toda su casa! A mí

mismo, consumido en un fuego que su odio

reprueba, cómo me vio antes y cómo me recobra!

Negros presentimientos vienen a espantarme. Pero,

en fin, nada tiene que temer la inocencia. Vamos,

busquemos por medio de qué feliz arbitrio podré

conmover la ternura de mi padre, para confesarle un

amor que él puede querer perturbar, pero que su

poder entero no alcanzaría a destruir.FEDRA

63

ACTO CUARTO

ESCENA PRIMERA

Teseo, Enona

TESEO.- ¡Ah! ¿Qué es lo que oigo? Ese traidor,

ese temerario, ¿había de preparar tal insulto al

honor de su padre? ¡Destino, con qué rigor me

persigues! No sé adónde voy ni dónde estoy. ¡Oh

ternura, oh bondad mal recompensada! ¡Audaz

proyecto! ¡idea detestable! Para alcanzar el objetivo

de sus negros amores, el insolente recurrió al auxilio

de la fuerza. He reconocido el acero, instrumento de

su rabia, ese acero con que lo armé para un uso más

noble. ¿Todos los lazos de la sangre no han podido

retenerlo? ¿Y Fedra difería su castigo? ¿Protegía su

silencio al culpable?JEAN BAPTISTE RACINE

64

ENONA.- Fedra protegía más bien a un padre

desdichado. Avergonzado de los designios de¡

furioso amante, y del fuego criminal que ardía en sus

ojos,  Fedra, moría, señor, y su mano matadora

apagaba la inocente luz de su mirada. La vi alzar el

brazo, corrí a socorrerla. Yo sola he sabido con-

servarla a vuestro amor; y lamentando a la vez su

emoción y vuestros temores, he servido, a mi pesar,

de intérprete a sus lágrimas.

TESEO.- ¡Pérfido! No ha podido evitar el

palidecer. Lo he visto estremecerse de temor al

abordarme, y quedó atónito de su poca alegría. Sus

fríos abrazos helaron mi ternura. Pero amor

culpable que lo devora ¿se había manifestado ya en

Atenas?

ENONA.- Señor,  acordáos de las quejas de la

Reina. Un criminal amor era la causa de su odio.

TESEO.- ¿Y ese amor ha vuelto a comenzar en

Trecene?

ENONA.- Señor, os he dicho cuanto ha

ocurrido. Descuidamos demasiado a la Reina,

entregada a su dolor mortal. Permitid que os deje y

vaya junto a ella.FEDRA

65

ESCENA SEGUNDA

Tesco, Hipólito

TESEO. ¡Ah! ¡Aquí está, oh Dioses! ¿Qué ojos

no se hubieran engañado como los míos ante esa

noble presencia? ¿Debe brillar el sacro carácter de

la virtud sobre la frente de un profanador adúltero?

¿No debería reconocerse, por seguros signos, el

pérfido corazón de los hombres?

HIPOLITO.- Señor, puedo  preguntaros qué

funesta nube ha podido perturbar vuestro augusto

semblante? ¿No osáis confiar ese secreto a mi

fidelidad?

TESEO.- Pérfido, ¿y osas comparecer ante mí?

Monstruo a quien por demasiado tiempo perdonó el

rayo, resto impuro de los bandidos de que purgué la

tierra, ¿después de haber llegado hasta el lecho de tuJEAN BAPTISTE RACINE

66

padre con el furor de los transportes de un amor

horrendo te atreves a mostrar tu enemiga cabeza, te

presentas en los lugares impregnados de tu infamia,

en vez de ir a buscar, bajo desconocidas miradas,

países adonde no haya llegado aún mi nombre? Hu-

ye, traidor. No desafíes mi odio, ni tientes un enojo

que retengo apenas. Me basta con el eterno oprobio

de haber podido engendrar tal hijo, sin que además

tu muerte, vergonzosa para mi recuerdo, manche

ahora la gloria de mis nobles actos. Huye; y si no

quieres que un castigo inmediato te añada a los

miserables que castigó esta mano, cuídate de que

jamás el astro que nos ilumina te vea asentar en este

sitio un pie temerario. Huye, te digo; y apresurando

tus pasos sin regreso, libra a todos mis Estados de

tu horrible presencia. Y tú, Neptuno, tú, si mi valor

limpió antaño tus riberas de infames asesinos,

acuérdate de que como premio a mis felices trabajos

prometiste realizar el primero de mis deseos.

Durante los largos rigores de una cruel prisión yo

no lloré tu inmortal poderío. Avaro del socorro que

de ti espero, mis ansias te han guardado para

menester más grave. Hoy te imploro. Ven a un

padre desgraciado. Abandono este traidor a tuFEDRA

67

íntegra cólera; ahoga en su sangre sus descarados

deseos: Teseo reconocerá tu bondad en tus furores.

HIPOLITO.- ¡Fedra acusa a  Hipólito de un

amor criminal! Tal exceso de horror me sobrecoge

el ánimo; tantos golpes imprevistos me aplastan a la

vez, que me quitan el habla y ahogan mi voz.

TESEO.- Traidor, pretendías que  Fedra

amortajara tu insolencia brutal en un cobarde

silencio. Cuando huiste hubiera sido preciso no

abandonar en sus manos el acero que ayuda a

condenarte; o mejor, hubiera sido preciso, colman-

do tu infamia, arrebatarle de un mismo golpe el

habla y la vida.

HIPOLITO.- Justamente irritado por mentira

tan negra, debería hacer hablar aquí la verdad,

señor; pero suprimo un secreto que os hiere.

Aprobad el respeto que me cierra la boca: y sin

querer aumentar vos mismo vuestros pesares,

pensad en quién soy y  examinad mi vida. Algunos

crímenes preceden siempre a los crímenes más

grandes. Quien pudo tranquear las fronteras

legítimas puede, en fin, violar los derechos más

sagrados. El crimen tiene su escala, como la virtud,

y jamás se ha visto a la tímida inocencia pasar de sú-

bito al desenfreno. Un solo día no convierte a unJEAN BAPTISTE RACINE

68

virtuoso mortal en un cobarde incestuoso, en un

pérfido asesino. Criado en el seno de una casta

heroína, no he desmentido el origen de mi sangre.

Piteo, juzgado como sabio entre todos los hombres,

se dignó también instruirme al salir de sus manos.

No quiero pintarme con favor excesivo; pero si

alguna virtud me ha correspondido en suerte, señor,

creo sobre todas las cosas haber hecho resaltar el

odio de las maldades que osan imputarme. Por ello

conocen a Hipólito en Grecia. He llevado la virtud

hasta la rudeza. Sabido es el inflexible rigor de mis

enfados. No es más diáfano el día que el fondo de

mi corazón. Y se pretende que Hipólito, presa de un

fuego impío. . .

TESEO.- ¡Sí, cobarde! es ese mismo orgullo el

que te condena. Comprendo el odioso origen de tus

frialdades:  Fedra era la única que deleitaba tus

impúdicos ojos; y tu alma, indiferente a todo otro

objeto, se negaba a abrasarse en inocente llama.

HIPOLITO.- No, padre mío, este corazón, no

puedo ya ocultároslo, ha consentido en arder en un

casto amor. Confieso a vuestros pies mi verdadera

ofensa: yo amo, y amo, cierto es a pesar de vuestras

órdenes. Arícia tiene sujetos a su ley mis anhelos.

Vencido fue vuestro hijo por la hija de Palante. LaFEDRA

69

adoro, y mi alma, rebelde a vuestras prohibiciones,

no puede suspirar ni arder más que por ella.

TESEO.- ¿Tú la amas? ¡Cielo! Pero no, el

artificio es grosero. Te finges, criminal, para

justificarte.

HIPOLITO.- Señor, hace seis meses que huyo

de ella y la amo. Temblando venía a confesároslo a

vos mismo. ¿Y qué? ¿Nada puede  apartaros de

vuestro error? ¿Con qué terrible juramento hay que

asegurároslo? Que la tierra, y el cielo, y toda la

naturaleza...

TESEO.- Siempre han recurrido al perjurio los

malvados. Cesa, cesa, y ahórrame una importuna

plática, si no tiene otros recursos tu falsa virtud.

HIPOLITO.- Os parece falsa y llena de artificios.

Fedra, en el fondo de su corazón, me hace mayor

justicia.

TESEO.- ¡Ah, cómo excita mi enojo tu

imprudencia!

HIPOLITO.- ¿Qué plazo y qué lugar prescribís a

mi destierro?

TESEO.- Aunque estuvieras más allá de las

columnas de Hércules, creería estar aún demasiado

próximo a un miserable.JEAN BAPTISTE RACINE

70

HIPOLITO. Cargado con el espantoso crimen

de que me sospecháis reo, ¿qué amigos me

compadecerán si vos me abandonáis?

TESEO.-  Vé a buscar amigos cuya funesta

estimación honre el adulterio y aplauda el incesto,

traidores, ingratos sin honor ni ley, dignos de

proteger a un malvado como tú.

HIPOLITO.- ¿Me tratáis aún de incestuoso y de

adúltero? Me callo. Sin embargo, señor, Fedra nació

de una madre, Fedra pertenece a una estirpe, vos lo

sabéis demasiado bien, más colmada que la mía de

tales horrores.

TESEO.- ¿Qué? ¿Tu rabia pierde todo recato a

mis ojos? Por última vez: apártate de mi vista; sal,

traidor. No esperes que un padre enfurecido te haga

arrancar vergonzosamente de estos parajes.FEDRA

71

ESCENA TERCERA

Teseo (solo)

TESEO.- Miserable, corres a tu pérdida. Jurando

por el río terrible para los mismos Dioses, Neptuno

me dio su palabra y va a cumplirla. Te sigue un dios

vengador de quien no puedes huir. Yo te amaba; y

siento que, a pesar de tu ofensa, mis entrañas se

conmueven de antemano por ti. Pero con exceso me

has obligado a condenarte. ¿Hubo alguna vez padre

más ultrajado? Justos Dioses, que véis el dolor que

me agobia, ¿pude yo engendrar hijo tan culpable?JEAN BAPTISTE RACINE

72

ESCENA CUARTA

Fedra, Teseo

FEDRA. Señor, vengo a vos, llena de justo

horror. Llegó hasta mi vuestra voz temible.

Perdonad a vuestra raza, si aún es tiempo. Temo

que a la amenaza haya seguido un pronto desenlace.

Respetad vuestra sangre, me atrevo a  suplicároslo.

Salvadme del espanto de oírla gemir; no me pre-

paréis el eterno dolor de haberla hecho derramar

por las manos paternas.

TESEO.- No, señora, mi mano no se ha mojado

en mí sangre; pero no por ello escapará de mí el

ingrato. Una mano inmortal se encarga de perderlo.

Neptuno me lo debe y quedaréis vengada.

FEDRA.- ¡Neptuno os lo debe! ¡Qué! Vuestros

irritados votos. . .FEDRA

73

TESEO.- ¡Qué! ¿Teméis ya que sean

escuchados? Uníos más bien a mis legítimos ruegos.

Recordadme tus crímenes en toda su negrura.

Exaltad mis transportes demasiado lentos,

demasiado retenidos. Todavía no conocéis todos

sus crímenes: su furor se expande en injurias contra

vos: vuestra boca, según él, está llena de imposturas;

sostiene que Aricia es dueña de su corazón y de su

fe, que la ama.

FEDRA.- ¿Cómo, señor?

TESEO.- Lo ha afirmado ante mí. Pero sé

rechazar un frívolo artificio. Esperemos en la rápida

justicia de Neptuno. Yo mismo voy ahora al pie de

sus aras, para instarlo a que cumpla sus inmortales

juramentos.JEAN BAPTISTE RACINE

74

ESCENA QUINTA

Fedra (sola)

FEDRA.- Se va. ¿Qué nueva hirió mi oído?

¿Qué fuego mal ahogado despierta en mi corazón?

¡Qué rayo, oh cielos, y qué infausto anuncio! Yo

volaba íntegramente en socorro de su hijo, y,

arrancándome a los brazos de la espantada Enona,

cedía al remordimiento que me tortura. ¿Quién sabe

hasta dónde me hubiera llevado ese

arrepentimiento? Quizás hubiera consentido en

acusarme; quizás, si no me faltara la voz, la terrible

verdad se me hubiera escapado. ¡Hipólito es

sensible, y nada siente por mí! ¡Aricia es dueña de

su corazón! ¡Aricia tiene su fe! ¡Ah, Dioses! Cuando

el ingrato se armaba inexorablemente contra mis

anhelos de tan fieras miradas, de aspecto tanFEDRA

75

temible, pensé que su corazón, siempre cerrado al

amor, estaba igualmente armado contra todo mi

sexo. Otra, sin embargo, ha vencido su audacia; otra

ha encontrado gracia a sus crueles ojos. Quizás tiene

un corazón fácil de enternecer y yo soy la única a

quien no soporta. ¿Y me echaré encima el cuidado

de defenderlo?JEAN BAPTISTE RACINE

76

ESCENA SEXTA

Fedra, Enona

FEDRA.- Querida Enona ¿sabes de lo que acabo

de enterarme?

ENONA.- No; pero, la verdad, vengo

temblando. Palidezco ante el designio que os hizo

alejaros; temo un furor fatal para vos misma.

FEDRA.- ¿Quién lo creyera, Enona? Tenía una

rival.

ENONA.- ¿Cómo?

FEDRA.-  Hipólito ama, y no lo sospeché

siquiera. Ese feroz e indomable enemigo a quien el

respeto ofendía y a quien importunaba la queja, ese

tigre a quien nunca pude abordar sin miedo, acepta

un vencedor, sumiso y domesticado:  Aricia

encontró el camino de su corazón.FEDRA

77

ENONA.- ¿Aricia?

FEDRA.- ¡Ah, dolor aún no probado! ¡Para qué

nuevo tormento fui reservada! Todo lo que he

sufrido, mi temor, mis transportes, el furor de mi

pasión, el horror de mis remordimientos, y la

insoportable injuria de un cruel rechazo, no eran

más que débiles ensayos del tormento que me des-

troza. ¡Se aman! ¿Con qué hechizo han engañado

mis ojos? ¿Cómo se vieron? ¿Desde cuándo? ¿En

qué sitios? Tú lo sabías. ¿Por qué me dejaste

engañarme? ¿No podías enterarme de su ardor

furtivo? ¿Se les ha visto hablarse, buscarse a

menudo? ¿Iban a esconderse en el fondo de los

bosques? ¡Ay! se veían con todo derecho. El cielo

aprobaba la inocencia de sus suspiros; sin

remordimientos se entregaban a su inclinación

amorosa; cada día se alzaba claro y sereno para

ellos. Y yo triste desecho de la naturaleza toda, me

ocultaba de¡ día, huía la luz, la muerte era el único

dios queme atrevía a implorar. Aguardaba el

momento de expirar, nutriéndome de hiel,

alimentada en llanto, vigilada demasiado de cerca

hasta en mi desdicha, no me atrevía a ahogarme a

gusto en mis lágrimas: saboreaba temblando ese pla-

cer funesto; disfrazando mis angustias bajo miJEAN BAPTISTE RACINE

78

serena frente, necesitaba a menudo privarme hasta

de mi llanto.

ENONA.- ¿Qué provecho obtendrán de sus

vanos amores? Ya no se verán más.

FEDRA.- Pero se amarán siempre. En el mismo

momento en que hablo ¡ah! mortal idea! desafían el

furor de una amante insensata. Pese al destierro que

va a separarlos, se juran mil veces no abandonarse.

No, no puedo soportar una dicha que me ofende,

Enona. Ten piedad de mi celosa rabia. Hay que

perder a Aricia. Hay que reavivar el enojo de mi es-

poso contra su odiada sangre. Que no se limite a

ligeras penas: sobrepasa al de los hermanos el

crimen de la hermana. Quiero suplicarle en mis

celosos transportes. Pero ¿qué hago? ¿Dónde se

extravía mi razón? ¡Yo celosa! ¡Y es a Teseo a quien

suplico! ¡Mi esposo está vivo y aún me abraso! ¿Por

quién? ¿Cuál es el corazón que mis deseos

pretenden? Cada palabra me eriza los cabellos.

Desde hoy mis crímenes colman toda medida.

Exhalo a la vez incesto e impostura. Mis homicidas

manos, prestas a vengarme, por hundirse en la

sangre inocente. ¡Desgraciada! ¡y vivo! ¿Y soporto

la luz de ese sagrado Sol de quien desciendo? Mi

abuelo es el padre y señor de los Dioses: el cielo,FEDRA

79

todo el universo, llenos están de mis ascendientes.

¿Dónde ocultarme? Huyamos a la noche del

infierno. ¿Pero qué digo? Mi padre rige allí la fatídi-

ca urna; dicen que la suerte la ha puesto en sus

severas manos: Minos juzga en los infiernos a los

pálidos hombres. ¡Ah, de qué modo se estremecerá

su espantada sombra cuando vea a su hija

presentarse a sus ojos, obligada a confesare tantas

ruindades diversas, y crímenes acaso desconocidos?

en los infiernos! ¿Qué dirás tú, padre mío, ante ese

horrible espectáculo? Creo ver la terrible urna caer

de tu mano; creo verte, buscando un nuevo suplicio,

convertirte en el verdugo de tu propia sangre.

Perdona. Un dios cruel ha perdido a los tuyos;

reconoce su venganza en el furor de tu hija. ¡Ay! del

crimen atroz cuya vergüenza me acosa, nunca mi

triste corazón recogió el fruto. Perseguida por la

desgracia hasta el último suspiro, entrego mí penosa

vida entre tormentos.

ENONA.- Oh, desechad señora, terror tan

injustificado.  Mirad vuestro excusable error con

otros ojos. Vos amáis; y es imposible vencer al

propio destino. Fuisteis arrastrada por un fatal

sortilegio. ¿Acaso es esto prodigio desconocido

entre nosotros? ¿El amor no ha triunfado todavíaJEAN BAPTISTE RACINE

80

más que sobre vos? Mortal, sufristeis la suerte de los

mortales. Demasiado natural es la debilidad de los

hombres. Os quejáis de un yugo impuesto desde

hace largo tiempo: los Dioses, los mismos Dioses,

habitantes del Olimpo, que espantan los crímenes

con ostentación tan tremenda, han ardido alguna

vez con fuegos legítimos.

FEDRA.- ¿Qué oigo? ¿Qué consejos se atreven

a darme? ¿Así, quieres, pues, envenenarme hasta lo

último, desdichada? Mira cómo me has perdido.

Cuando yo escapaba, fuiste tú quien me entregaste.

Tus ruegos me hicieron olvidar mi deber. Evitaba a

Hipólito, y tú lo pusiste ante mi vista. ¿De qué te

encargabas? ¿Por qué tu limpia boca osó, acusándo-

lo, ennegrecer su vida? Quizás morirá por ello, y

quizás fue concedido ya el ruego sacrílego de un

padre insensato. No te escucho más.  Véte,

monstruo execrable:  vé, déjame el cuidado de mi

deplorable suerte. ¡Pueda dignamente pagarte el

cielo, y pueda tu suplicio espantar por siempre a

cuantos como tú, con mañas cobardes, fomentan las

flaquezas de los desdichados príncipes, los empujan

por la pendiente donde resbala su corazón, y osan

facilitarles el camino del crimen, aduladoresFEDRA

81

detestables: que son el más funesto presente que la

cólera de los cielos haya podido hacer a los reyes!

ENONA.- (Sola.) ¡Ah, Dioses! Por servirla lo

hice todo, todo lo abandoné; ¿y éste es el premio

que recibo? Bien me lo merezco.JEAN BAPTISTE RACINE

82

ACTO QUINTO

ESCENA PRIMERA

Hipólito, Aricia

ARICIA.- ¿Cómo podéis callaros en tan extremo

peligro? ¿Dejáis en el error a un padre que os ama?

Cruel, si despreciando el poder de mis lágrimas

aceptáis sin pena no volver a verme,  partid,

separáos de la triste Aricia; pero, al partir, al menos

asegurad vuestra vida. Defended vuestro honor de

un vergonzoso reproche y forzad a vuestro padre a

revocar sus votos. Es tiempo todavía. ¿Por qué, por

qué capricho dejáis el campo libre a vuestra

acusadora? Hablad claro a Teseo.

HIPOLITO.- ¡Ah! ¡qué no le habré dicho!

¿Hubiera debido poner en claro el oprobio de suFEDRA

83

lecho? Haciéndole un relato demasiado sincero

¿debía cubrir con indigno rubor la frente de un

padre? Vos sola habéis penetrado este misterio

odioso. Para confiarse, mi corazón sólo os tiene a

vos y a los Dioses.  Pensad si os amo, que no he

podido  ocultaros lo que quería yo ocultarme a mi

mismo. Pero advertid bajo qué secreto os lo he

revelado. Si es posible, olvidad que os hablé, señora,

y jamás tan pura boca se abra para narrar esta

horrible aventura. Osemos confiar en la equidad de

los Dioses; ellos están demasiado interesados en

justificarme; y Fedra, castigada por su crimen tarde

o temprano, no podrá evitar tan justa ignominia. Es

el único respeto que de vos exijo. Todo lo demás lo

permito a mi libre enojo. Salid de la esclavitud a que

estáis reducida;  atrevéos a seguirme,  atrevéos a

acompañar mi fuga; arrancáos a un lugar funesto y

profanado, donde la virtud respira aires

ponzoñosos; para ocultar vuestra inmediata huida,

aprovecháos de la confusión que aquí produce mi

desgracia. Yo puedo  aseguraros la manera de huir.

No hay aquí otros guardias que los míos; abrazarán

nuestro partido poderosos defensores; Argos nos

tiende los brazos y Esparta nos llama: llevemos a

nuestros amigos comunes nuestras justificadasJEAN BAPTISTE RACINE

84

protestas; no soporte  mas que  Fedra, reuniendo

nuestros despojos, nos arroje al uno y a la otra del

trono paterno y prometa a su hijo la usurpación

hecha a ambos. La ocasión es buena y hay que apro-

vecharla. ¿Qué miedo os retiene? ¿Parecéis vacilar?

Sólo vuestro interés me inspira esta audacia. ¿Por

qué ese aire helado cuando yo soy todo fuego?

¿Teméis unir vuestros pasos a los de un desterrado?

ARICIA.- ¡Ay, señor! ¡Qué dulce me sería tal

destierro! Olvidada del resto de los mortales ¡en

medio de qué dulzura viviría ligada a vuestra suerte!

Pero no estando unidos por aquel dulce lazo

¿puedo huir con honor en vuestra compañía? Sé

que puedo libertarme de las manos de vuestro padre

sin faltar al honor más severo: esto no es escapar

del seno de los míos; la fuga es permitida a quien

huye de sus tiranos. Pero vos me amáis, señor y mi

modestia alarmada...

HIPOLITO.- No, no, tengo demasiado interés

en vuestra reputación. Me trae ante vos un designio

más noble:  huíd de mis enemigos siguiendo a

vuestro esposo. libertados por nuestras desdichas,

ya que lo ordena el cielo, la entrega de nuestra fe no

depende de nadie. No siempre el himeneo está

cercado de antorchas. A las puertas de  Trecene yFEDRA

85

entre aquellas tumbas, sepulcros antiguos de los

príncipes de mi raza, existe un sagrado templo,

terrible ante los perjuros. Allí los mortales no se

atreven a jurar en vano; el pérfido recibe en él un

inmediato castigo; y, temiendo encontrar una muerte

inevitable, la mentira no conoce más temible freno.

Allí, si me creéis, iremos a confirmar el juramento

solemne de un imperecedero amor; tomaremos por

testigo al dios que allí se adora, rogándole ambos

que nos sirva de padre. Yo invocaré a los más

sacros Dioses, la casta Diana y la augusta Juno, y

todos los Dioses, en fin, testigos de nuestra ternura,

garantizarán la fe de mis santas promesas.

ARICIA.- Viene el Rey. Príncipe,  huíd,  partid

enseguida. Me quedaré aquí un momento para

ocultar mi marcha.

Id, y dejadme algún guía fiel que conduzca hasta

vos mis tímidos pasos.JEAN BAPTISTE RACINE

86

ESCENA SEGUNDA

Teseo, Aricia, lismena

TESEO. ¡Dioses! ¡Esclareced mi turbación, y

dignaos mostrar a mis ojos la verdad que busco en

este sitio!

ARICIA.- Piensa en todo, querida  Ismena, y

disponte para la fuga.FEDRA

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ESCENA TERCERA

Teseo, Aricia

TESEO.- ¡Señora, cambiáis de color y parecéis

desconcertada! ¿Qué hacia Hipólito en este sitio?

ARICIA.- Señor, me daba un adiós eterno.

TESEO.- Vuestros ojos han sabido domar ese

corazón rebelde y sus primeros suspiros son vuestra

feliz hazaña.

ARICIA.- Señor, no puedo negaros la verdad; él

no ha heredado vuestro injusto odio, ni me trataba

como a una criminal.

TESEO.- Comprendo: os juraba un eterno amor.

Pero no confiéis en ese corazón inconstante, porque

tanto como a vos les juraba a otras.

ARICIA.- ¿El, señor?JEAN BAPTISTE RACINE

88

TESEO.- Debierais volverlo menos versátil:

¿cómo soportabais ese horrible reparto?

ARICIA.- ¿Y cómo soportáis vos que con

horribles palabras osen enturbiar el curso de tan

hermosa vida? ¿Conocéis tan poco su corazón?

¿Tan mal discernís el crimen y la inocencia? ¿Es

posible que sólo para vuestros ojos oculte una

odiosa nube su virtud, que para todos los demás

brilla? Ah, basta ya de entregarlo a pérfidas lenguas.

Detenéos: arrepentíos de vuestros votos homicidas;

temed, señor,  temed que el cielo riguroso os odie

tanto, que escuche vuestras súplicas. Muchas veces

acepta encolerizado nuestras víctimas; sus presentes

son a menudo la pena de nuestros crímenes.

TESEO.- No, inútilmente queréis disculpar su

crimen: vuestro amor os ciega en favor del ingrato.

Pero yo creo en testimonios ciertos, irrecusables: yo

he visto, he visto correr lágrimas verdaderas.

ARICIA.- Tened cuidado, señor. Vuestras

invencibles manos han libertado a los hombres de

monstruos sin cuento; pero no todos han sido

exterminados, y vos dejáis vivir uno. Señor, vuestro

hijo me prohibe continuar. Conozco el respeto que

quiere  guardaros, y lo afligirla demasiado si osaraFEDRA

89

seguir. ¡mito su pudor y huyo de vuestra presencia

para no verme forzada a violar mi secreto.JEAN BAPTISTE RACINE

90

ESCENA CUARTA

Teseo (solo)

TESEO. (Solo.) ¿Cuál es pues, su pensamiento?

¿Y qué ocultan razones comenzadas tantas veces y

siempre interrumpidas? ¿Quieren desconcertarme

con ficciones vanas? ¿Están de acuerdo ambos para

hundirme en cavilaciones? Pero yo mismo, pese a

mi rigor severo, ¿qué plañidera voz escucho en el

fondo de mi corazón? Una piedad secreta me

ensombrece y me aflige. Interroguemos por segunda

vez a Enona. Quiero estar mejor informado de todo

el crimen. Guardias, que salga  Enona y que se

presente sola ante mí.FEDRA

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ESCENA QUINTA

Teseo, Pánope

PANOPE. Señor, ignoro el proyecto que medita

la Reina, pero todo lo temo del transporte que la

sacude. Una mortal desesperación se pinta en su

rostro; su tez muestra ya el color de la muerte.

Expulsada ignominiosamente de su presencia,

Enona se ha lanzado al profundo mar. Nadie sabe

de qué provino esa determinación furiosa, y las olas

la arrebataron a nuestros ojos para siempre.

TESEO.- ¿Qué oigo?

PANOPE.- Su muerte no ha calmado a la Reina;

por el contrario, parece crecer la turbación en su

vacilante espíritu. Por momentos, para entretener

sus secretos dolores, toma a sus hijos y los baña en

lágrimas, pero repentinamente, renunciando al amorJEAN BAPTISTE RACINE

92

materno, su mano los rechaza con horror lejos de si.

Dirige al azar sus pasos indecisos; no nos

reconocen ya sus ojos extraviados. Tres veces ha

escrito, pero, cambiando de idea, ha roto tres veces

la carta empezada.  Dignáos verla señor;  dignaos

acudir en su socorro.

TESEO.- ¡Cielos! ¿Enona ha muerto y  Fedra

quiere morir? Que se llame a mi hijo, ¡que venga a

defenderse! Que venga a hablarme, estoy pronto a

oírlo. Neptuno, no apresures tus funestos favores;

prefiero no ser escuchado nunca. Tal vez creí

demasiado a testigos poco veraces, y demasiado

pronto levanté hacia ti mis manos crueles. ¡Ah, qué

desesperación seguirá a mis ruegos!FEDRA

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ESCENA SEXTA

Teseo, Terárnenes

TESEO. ¿Eres tú, Terámenes? ¿Qué has hecho

de mi hijo? Te lo he confiado desde la edad más

tierna. Pero ¿de qué provienen las lágrimas que te

veo derramar? ¿Qué hace mi hijo?

TERAMENES.- ¡Oh cuidados tardíos y

superfluos! ¡Ternura inútil! ¡Hipólito no existe ya!

TESEO.- ¡Dioses!

TERAMENES.- He visto perecer al más amable

de los mortales, y también, señor, me atrevo a

decíroslo, al menos culpable.

TESEO.- ¿Mi hijo ya no existe? ¿Cómo?

¿Cuando le tiendo los brazos, los Dioses

impacientes han apurado su muerte? ¿Qué golpe me

lo arrebató? ¿Qué súbito rayo?JEAN BAPTISTE RACINE

94

TERAMENES.- Acabábamos de salir de las

puertas de  Trecene él iba en su carro: afligida, su

guardia imitaba su silencio agrupada a su alrededor;

él seguía el camino de  Micenas, absorto en sus

pensamientos; y su mano dejaba sueltas las riendas.

Sus magníficos corceles, que otras veces vimos

obedecer su voz con ardor tan noble, baja la testa

ahora y opaca la mirada, parecían conformarse a su

decaído ánimo. En ese momento, un espantoso

grito, salido del fondo de las olas, turbó la calma del

ambiente; y del fondo de la tierra una voz estentórea

respondió gimiendo al temible grito. La sangre se

nos heló en el corazón, en tanto se erizaba la crin de

los atentos corceles. Mientras, sobre el dorso de la

líquida llanura, se eleva a grandes borbotones una

húmeda montaña; aproximase la onda, se quiebra y

vomita a nuestros ojos, entre torrentes de espuma,

un monstruo enfurecido. Armada está su ancha

frente de amenazantes cuernos; revestido su cuerpo

de escamas amarillentas; toro indomable, dragón

impetuoso, curva su grupa en sinuosos repliegues.

Ante sus largos mugidos tiembla la ribera. Mira el

cielo con horror tan salvaje monstruo; conmuévese

la tierra, el aire se infecta, la ola que lo trajo

retrocede espantada. Todo huye; sin armarnos deFEDRA

95

inútil valor, buscamos refugio en el cercano templo.

Sólo Hipólito, digno hijo de un héroe, detiene sus

caballos, toma la jabalina, enfrenta al monstruo, y,

lanzando el dardo con mano segura le abre en el

costado una ancha herida. Entre saltos de rabia y de

dolor, el monstruo cae mugiendo al pie de los

caballos, se enrosca, y les presenta las inflamadas

fauces, cubriéndolos de fuego, de humo y de sangre.

El terror los enloquece; sordos ahora, no reconocen

ya ni la voz ni la brida. En esfuerzos inútiles

consúmese su amo; ellos enrojecen el freno con en-

sangrentada espuma. Cuentan que hasta se vio, en

ese desorden espantoso, un dios que aguijoneaba

sus flancos polvorientos. El terror los precipita

contra las rocas; chillan y se rompen los ejes. El

intrépido  Hipólito ve volar en pedazos su carro

deshecho; y él mismo cae enredado en las riendas.

Perdonad mi dolor. Esa cruel imagen será para mí

fuente eterna de llanto. Yo he visto, señor, he visto a

vuestro desgraciado hijo arrastrado por los caballos

que su propia mano había alimentado. Quiere

llamarlos y su voz los espanta; corren. Bien pronto

no es más que una llaga todo su cuerpo. La llanura

resuena con nuestros dolorosos clamores. Modérase

por fin su impetuoso arrebato: se detienen cerca deJEAN BAPTISTE RACINE

96

esas antiguas tumbas donde duermen las reliquias

frías de sus reales abuelos. Corro allí suspirando; su

guardia me sigue. Nos guía el rastro de su generosa

sangre; tintas en ella están las rocas; las húmedas

zarzas muestran los ensangrentados despojos de sus

cabellos. Llego, lo llamo y, tendiéndome la mano,

abre sus ojos, agonizantes, que enseguida cierra. El

cielo me arranca, dijo, una vida inocente. Protege,

después que yo muera, a la triste Aricia. Caro amigo,

si algún día mi padre, desengañado, lamenta la des-

gracia de un hijo acusado falsamente, para apaciguar

mi sangre y mi plañidera sombra dile que trate con

dulzura a su cautiva; que le devuelva... Expiró el

héroe tras esta palabra, y no dejó entre mis brazos

más que un cuerpo desfigurado, triste despojo de la

cólera de los Dioses, que desconocerían hasta los

mismos ojos de su padre.

TESEO.- ¡Oh hijo mío! ¡Cara esperanza que yo

mismo me arrebaté! ¡inexorables Dioses, demasiado

me servisteis! ¡Qué remordimientos mortales

esperan a mi vida!

TERAMENES.- Llegó entonces la tímida Aricia.

Venía, señor, huyendo de vuestra cólera, a aceptarle

por esposo a la faz de los Dioses. Se aproxima: ve la

hierba humeante y roja; ve (¡qué espectáculo paraFEDRA

97

los ojos de una enamorada!) a  Hipólito yacente,

informe y blanco. Durante algún tiempo no quiere

admitir su desdicha; no reconociendo ya al héroe

que adora, ve a Hipólito y todavía pregunta por él.

Pero demasiado segura finalmente de que está ante

sus ojos, acusa a los Dioses con una triste mirada; y

fría, gimiendo, sin sentido, cae desmayada a los pies

de su amante. Junto a ella está Ismena; Ismena, que,

bañada en llanto, la hace volver a la vida o mejor a

su desventura. Y yo he venido, detestando la luz del

día, a trasmitiros la última voluntad de un héroe, y a

cumplir, señor, el desgraciado mensaje que depositó

en mí su corazón expirante. Pero veo que se acerca

su mortal enemiga.JEAN BAPTISTE RACINE

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ESCENA SEPTIMA

Teseo, Fedra, Terárnenes, Pánope, Guardias

TESEO.- ¡Y bien! Vos triunfáis, mi hijo ya no

existe. ¡Ah, cuánto debo temer! ¡Y qué cruel

sospecha, absolviéndolo en mi corazón, con justicia

me alarma! Pero, señora, ha muerto, recibid vuestra

víctima:  gozad con su pérdida, legitima o injusta.

Acepto que mis ojos se hayan engañado siempre. Lo

creo criminal, puesto que sois vos quien lo acusa. Su

muerte ofrece motivo suficiente para mi llanto, sin

que vaya a buscar revelaciones odiosas, que no

pudiendo devolverlo a mi justificado dolor, quizá

no harían más que acrecentar mi desdicha.

Dejadme, lejos de vos y lejos de estas riberas,

escapar de la ensangrentada visión de mi hijo

destrozado. Confuso, perseguido por unFEDRA

99

remordimiento mortal, querría desterrarme del

universo. Todo parece levantarse contra mi

injusticia. Hasta la gloria de mi nombre acrece mi

suplicio. Me ocultaría mejor y si fuese menos

conocido de los hombres. Odio hasta los privilegios

con que me honran los Dioses, y me retiraré a llorar

sus mortíferos favores, sin cansarlos más con

inútiles plegarias. Cualquier cosa que por mí

hicieran, toda su funesta bondad no podría pagarme

lo que me han quitado.

FEDRA.- No, Teseo, hay que romper un injusto

silencio: hay que devolver la inocencia a vuestro

hijo. El no era culpable.

TESEO.- ¡Ah! ¡Padre infortunado! ¡Y lo

condené fiando en vos! Cruel, pensáis que eso basta

a perdonaros ...

FEDRA.- Los momentos me son preciosos;

escuchadme,  Teseo. Fui yo quien sobre ese hijo,

casto y respetuoso, me atreví arrojar incestuosas e

impías miradas. El cielo puso en mi corazón una

pasión funesta, y la destable Enona hizo lo demás.

Temió ella que Hipólito, conociendo mis furores,

descubriera un fuego que lo horrorizaba, y

abusando de mi debilidad extrema, se apresuró la

pérfida a acusarlo a él mismo ante vos. Ya haJEAN BAPTISTE RACINE

100

encontrado su propio castigo, y huyendo de mi

enojo, ha buscado en las olas un suplicio demasiado

suave. El hierro hubiera cortado ya mi suerte, pero

yo dejaba gemir a la sospechada virtud, y he

querido, exponiendo ante vos mis remordimientos,

descender a la muerte por más largo camino. He

tomado y he hecho correr en mis ardientes venas un

veneno que Medea trajo de Atenas. Llegando ya a

mi corazón, en mi corazón moribundo pone ese

veneno un frío desconocido; ya sólo a través de una

nube veo el cielo y el esposo a quien mi presencia

ultraja; y la muerte, que despoja de claridad a mis

ojos, restituye su pureza a la luz del día que

manchaban.

PANOPE.- ¡Se muere, señor!

TESEO.- ¡Así pudiera morir con ella el recuerdo

de acción tan infame! Demasiado convencido ¡ay!

de mi error, vamos a mezclar nuestras lágrimas con

la sangre de mi desventurado hijo. Vamos a abrazar

lo que queda de ese hijo amado, a expiar la furia de

un voto que detesto. Rindámosle aquí los honores

que tanto mereció; y, para sosegar mejor sus

irritados manes, que su amante, a pesar de las

tramas de una familia injusta, ocupe desde hoy junto

a mí lugar de hija.

 

FIN

Witold Gombrowicz -- IVONA PRINCESA DE BORGOÑA (Polaco-Argentino)

Escrito por nohaydrama 08-09-2009 en General. Comentarios (0)

IVONA, PRINCESA DE BORGOÑA

 

Personajes

Ivona

El Rey Ignacio

La Reina Margarita

El Príncipe Felipe, heredero del trono

El Chambelán

El Canciller

Isa, una dama de la Corte

Cirilo, un amigo del príncipe

Cipriano

Las dos tías de Ivona

Inocencio, un cortesano

Valentín, un criado

Dignatarios, la Corte, el mendigo

 

 

Nota: esta versión española se ha traducido a partir del francés. Los corchetes que aparecen son del autor, se trata de una segunda versión de la obra. Así pues, el texto entre corchetes se puede eliminar si se cree necesario.


ACTO I

Un parque. Árboles. Al fondo, bancos; un público vestido de gala. Al son de las trompetas entran el Rey Ignacio, la reina Margarita, el príncipe Felipe, el Chambelán, Cirilo,Cipriano, y los cortesanos.

LA REINA – ¡Qué puesta de sol más divina!

EL CHAMBELÁN – Divina, Majestad.

LA REINA – Hay espectáculos que ennoblecen al hombre.

EL CHAMBELÁN – Lo ennoblecen, sin duda.

EL REY – Y esta noche una partidita de bridge.

EL CHAMBELÁN – Vuestra Majestad posee el don de aunar su gusto por lo bello con una afición innata por el bridge.

Se acerca un mendigo.

MENDIGO – Una pequeña inversión.

EL REY – Chambelán, dale cinco céntimos. ¡Así sabrá el pueblo que no somos indiferentes a sus problemas!

LA REINA – ¡Que sean diez! (Se vuelve hacia el sol poniente.) ¡Qué puesta de sol!

LAS DAMAS – ¡Aaah!

EL REY – ¡Pues que sean quince! ¡La avaricia es un defecto muy feo!

CORTESANOS – ¡Aaah!

MENDIGO – ¡Que Dios Todopoderoso bendiga a Vuestra Majestad el Rey y que Vuestra Majestad el Rey bendiga a Dios todopoderoso!

Se aleja cantando una canción de mendigo.

EL REY – Ea, vamos, que se nos hace tarde para la cena. Hoy es la fiesta nacional: estamos obligados a dar la vuelta al parque. Hay que confraternizar con el pueblo.

(Todos salen excepto el príncipe)

¿No vienes, Felipe?

EL PRÍNCIPE – cogiendo un periódico del suelo. Un momento.

EL REY – ¡Ja, ja, ja! ¡Bueno! ¡Ja, ja, ja! ¿Tienes una cita, eh? ¡Este muchacho es mi vivo retrato! ¡Ea, vamos, ja, ja, ja!

LA REINA – con reproche. ¡Ignacio!

Trompetas. Todos salen menos el príncipe Felipe y Cirilo.

CIRILO y CIPRIANO– ¡Qué pesados!

EL PRÍNCIPE – Veamos, el horóscopo del día. (Lee.) "Entre las doce y las dos..." No... ¡Aquí está! "Entre las siete y las nueve de la noche, se liberarán sus fuerzas vitales, sentirá como su personalidad se dilata, tomará excelentes decisiones aunque arriesgadas. Estas horas le serán propicias para proyectos atrevidos, para empresas de envergadura..."

CIPRIANO – Bueno, ¿y qué más?

EL PRÍNCIPE – "Horas favorables a las intrigas amorosas."

CIRILO – ¡Estupendo! Eso ya es otra cosa ¡Mira qué monadas!

CIPRIANO – Adelante, no perdamos tiempo. ¡Cumplamos con nuestro deber!

EL PRÍNCIPE – ¿Cómo? ¿Qué deber? ¿De qué hablas?

CIPRIANO – ¡Funcionar! ¡Funcionar! ¡Funcionar con delectación, eso es todo! ¡Somos jóvenes! ¡ Somos hombres! ¡Somos hombres jóvenes! ¡Funcionemos como hombres jóvenes! ¡Hay que dar trabajo a los curas para que a su vez funcionen! Ése es el principio de la división del trabajo.

CIRILO – Mira qué dama tan elegante y atractiva. ¡Qué par de piernas!

EL PRÍNCIPE – ¡No y no! Siempre la misma cantinela... El mismo rollo... Vuelta a empezar...

CIPRIANO – ¿Cómo? ¿Qué va a pensar de nosotros?  ¡Pues claro que volvemos a empezar! ¡Una y otra vez!

EL PRÍNCIPE – No quiero.

CIRILO – ¿No quieres? ¿Pero, cómo?  ¡Te niegas!

CIPRIANO – (Con extrañeza.) ¿El Príncipe no se siente deliciosamente colmado cuando unos dulces labios le murmuran "sí"? ¿Siempre la misma cantinela?

EL PRÍNCIPE – Sí, sí, claro... (Lee.) "Propicias a empresas de envergadura. Le ayudarán a desarrollar su personalidad y a aguzar sus sentidos. Horas peligrosas para quien demuestre poseer una ambición desmedida y un amor propio exagerado. Todo lo que emprenda durante estas horas estará abocado al éxito o al fracaso..." Bueno, al menos está claro.

Entra Isa.

¡Mira quién está aquí!

CIPRIANO – ¡Qué placer para la vista!

ISA – ¡Hola! ¿Qué trama el Príncipe en este rincón perdido?

EL PRÍNCIPE – Cumplo con mi deber. La presencia de mi padre engrandece a los súbditos, la mía derrite a las súbditas. ¿Y usted, señorita, por qué no está en el cortejo de la Reina?

ISA – Me he retrasado. Ahora mismo voy. Paseaba.

EL PRÍNCIPE – ¿Ahora mismo? ¿Adónde?

ISA – ¿En qué está pensando su Alteza? ¿Por qué esa melancolía en la voz de su Alteza? ¿La vida no os sonríe, Alteza?  A mí me sonríe.

EL PRÍNCIPE – A mí también. Precisamente por eso...

TODOS – ¿Por eso?

EL PRÍNCIPE – Mmm...  (Los observa.)

TODOS – ¿Por eso qué?

EL PRÍNCIPE – Nada.

ISA – Nada. ¿Su Alteza se encuentra mal?

CIRILO – ¿Un catarro?

CIPRIANO – ¿Una jaqueca?

EL PRÍNCIPE – No, al contrario, reboso de salud ¡Reboso!  ¡Algo me hierve aquí dentro y está a punto de desbordarse!

CIPRIANO – (Girándose.) Eh, eh, una rubita. No está mal... pero que nada mal...

EL PRÍNCIPE – ¿Una rubita? Rubia o morena, ¿qué más da? (Mira a su alrededor, desconsolado.) Árboles y más árboles... Si por lo menos pasara algo.

CIRILO – Eh, eh, ahí viene otra.

CIPRIANO – ¡Escoltada por sus tías!

Entran Ivona y sus dos tías.

ISA – ¿Y qué?

CIPRIANO – Has visto, Príncipe, has visto, ¡es pasa morirse de risa!

CIRILO – Shhhh, shhhh. Cállate, a ver qué dicen.

PRIMERA TÍA – Sentémonos en el banco. ¿Te has fijado en esos jóvenes, hija mía?

IVONA – Guarda silencio.

PRIMERA TÍA – Anda, sonríe, sonríe de una vez, niña.

IVONA – Guarda silencio.

SEGUNDA TÍA – ¡Qué poca gracia! ¿Por qué sonríes con tan poca gracia, hija?

IVONA – Guarda silencio.

SEGUNDA TÍA – Ayer no tuviste éxito y hoy tampoco tienes éxito. Y mañana tampoco tendrás éxito.  ¿Por qué eres tan poco atractiva, querida? ¿Cómo se explica que no tengas ni pizca de sex appeal? Nunca te mira nadie. ¡Qué cruz!

PRIMERA TÍA – Nos hemos gastado hasta el último céntimo para comprarte este vestido floreado. No tienes nada que reprocharnos.

CIPRIANO – ¡Qué adefesio!

ISA – (Mosqueada.) Enseguida insultáis.

CIRILO – ¡Parece una  rata mojada! ¡Una mosca de mierda!

CIPRIANO – ¡Llorona! ¡Caca de vaca! ¡Venga, mostrémosle nuestro desprecio, para que aprenda!

CIRILO – ¡Sí, sí! ¡Aplastemos a esa miserable cucaracha! ¡Es nuestro deber! Pasa delante, yo te sigo.

Pasan delante de Ivona con aire sarcástico y luego se echa a reír.

CIPRIANO – ¡Ja, ja, ja! ¡En sus narices! ¡En sus narices!

ISA – ¡Dejadla, es una locura!

PRIMERA TÍA – (A Ivona.) ¿Ves a lo que nos expones?

SEGUNDA TÍA – ¡Nos expone al ridículo! ¡Qué cruz! Yo creía que a mi edad ya no tendría que hacer más el ridículo, ahora que mi feminidad se ha jubilado. Pero qué va, incluso vieja, tengo que soportar estos sarcasmos, y la culpa es tuya.

CIPRIANO – ¿Oyes? Le están pegando la bronca. ¡Ja, ja, ja, se lo merece! ¡Bien hecho!

SEGUNDA TÍA – Ya se están burlando otra vez. Si nos vamos se pitorrearán a nuestras espaldas... Pero si nos quedamos... ¡lo harán en nuestras narices!

PRIMERA TÍA – (A Ivona.) Anoche, en la fiesta, parecía que te arrastrabas, ¿por qué?

SEGUNDA TÍA – ¿Por qué nadie se interesa por ti? ¿Crees que todo esto nos divierte? Hemos depositado en ti todas nuestras ambiciones de mujer, y tú, y tú, nada... ¿Por qué no practicas el esquí?

PRIMERA TÍA – ¿O el salto de pértiga? Como las otras chicas.

CIPRIANO – ¡Pero de dónde la han sacado! ¡Me exaspera! ¡Me exaspera! ¡Es increíble cómo puede sacarme de quicio esa golfa! ¡A que la echo del banco, eh!

CIRILO – No, no, ¿para qué molestarse tanto? Basta con levantar el meñique, o la mano, o cualquier otra cosa. Para ese espantapájaros cualquier gesto es una burla. (Estornuda.)

SEGUNDA TÍA – ¿Lo ves? ¡Ahora nos estornudan encima!

ISA – Dejadla tranquila.

CIPRIANO – No, no, vamos a gastarle una broma. Ya sé, voy a ponerme a maullar y creerá que significa: ni los gatos se me acercan. (Se dirige hacia el banco.)

EL PRÍNCIPE – ¡Espera, se me ocurre algo mejor!

CIPRIANO – ¡Ajá! ¡Está bien, toda tuya!

CIRILO – ¿Qué estás planeando? ¡Seguro que es una broma estupenda!

EL PRÍNCIPE – (Aguantándose la risa.) Una broma. ¡Ja, ja, ja, una broma! (Se acerca a las tías.) Permitan que me presente, señoras. Soy Su Alteza el príncipe Felipe, el hijo del Rey.

LAS TÍAS – ¡Aaah!

EL PRÍNCIPE – He observado que esta señorita les causa muchas preocupaciones. Pero, ¿por qué es tan apática?

PRIMERA TÍA – ¡Es una desgracia! Una tara orgánica: tiene la sangre demasiado perezosa.

SEGUNDA TÍA – En invierno se hincha, en verano supura, en otoño se congestiona y en primavera meningita.

EL PRÍNCIPE – Disculpen, pero, ¿entonces qué estación se puede escoger? ¿No tiene remedio?

PRIMERA TÍA – Según los médicos, si se animara un poco, si fuera más viva, la sangre circularía más rápido y las molestias desaparecerían.

EL PRÍNCIPE – ¿Y qué le impide animarse?

PRIMERA TÍA – Pues su sangre, que es demasiado perezosa.

EL PRÍNCIPE – A ver si lo entiendo, si se animara la sangre circularía más rápido, y si la sangre circulara más rápido, se animaría. ¡Curioso! Un verdadero Circulus vitiosus. Mmm... sí... verá, señora...

[SEGUNDA TÍA – Ya, su Alteza se burla de nosotras. Su Alteza tiene derecho a burlarse.

EL PRÍNCIPE – ¿Burlarme? No, no me burlo. No es hora propicia para burlas. ¿No sienten ustedes como una dilatación, como una proliferación de la personalidad de la personalidad, como una brisa embriagadora?

PRIMERA TÍA – No, no sentimos nada. Si acaso un poquito de frío.

EL PRÍNCIPE – ¡Qué extraño!] (A Ivona.) Y usted, señorita, ¿usted tampoco siente nada?

IVONA – Guarda silencio.

SEGUNDA TÍA – Bah, ¿qué quiere que sienta?

EL PRÍNCIPE – Porque sólo con verla, le vienen a uno unas ganas... ganas de utilizarla. De atarla con una cuerda y llevarla a pacer, de atarla a un carro, de pincharla con un alfiler, o de parodiarla. Porque es usted irritante, ¿entiende?, sólo con verla uno se pone furioso, es una provocación. ¡Ja! Los hay que nacen para provocar, acosar, irritar, enloquecer. Esos seres existen, cada uno de nosotros está condenado a encontrar el suyo. ¡Ja! Y aquí está usted, con las piernas que le cuelgan, tocándose las narices ¡Es inaudito! ¡Es fabuloso! ¡Es sensacional! ¿Cómo lo consigue?

IVONA – Guarda silencio.

EL PRÍNCIPE – ¡Ah, qué manera de callarse! ¡Qué manera! ¡Y esa mirada arrogante!  [¡Qué estilo... cual reina ofendida! Y además gruñona, irascible.] ¡Ah, qué orgullo más desabrido! ¡No, me vuelvo loco! ¡Cada uno tiene predestinado un ser que le volverá loco, y para mí, ese ser eres tú! ¡Serás mía! ¡Cirilo! ¡Cirilo!

Cirilo se acerca.

Permite que te presente a esta reina ofendida, a esta mema orgullosa. Ves, remueve los labios... Le encantaría soltar un exabrupto, pero al parecer, le falta la inspiración.

ISA – (Acercándose.) ¡Basta! ¡Dejadla! Empieza a ser de mal gusto.

EL PRÍNCIPE – (Con dureza.) ¿Por qué antes era de buen gusto?

CIPRIANO – Señorita, permita que me presente... El conde de Meafrío... ¡Ja, ja, ja!

CIRILO – ¡Ja, ja, ja!  ¡barón Blandengue ! La palabra es un poco debilucha... pero le va que ni pintada a la ocasión.

ISA – ¡Basta ya! Dejad tranquila a esa pobre chica.

EL PRÍNCIPE – ¿Pobre chica? ¡Calma! Calma, a lo mejor me caso con ella.

CIRILO y CIPRIANO - ¡Ja, ja, ja!

EL PRÍNCIPE - ¡Os digo que calma! ¡A lo mejor me caso con ella!

CIRILO y CIPRIANO - ¡Ja, ja, ja!

EL PRÍNCIPE - ¡Está bien, me caso con ella! ¡Ja, me saca tanto de quicio que voy a casarme con ella! (A las tías.) Si me dan su permiso, señoras, claro está.

CIRILO - Llevas la broma demasiado lejos. Te harán chantaje.

EL PRÍNCIPE - ¿La broma? ¿Y esto qué, no te parece una broma? ¿Ella tiene derecho a bromear y yo no? Si yo soy un príncipe, ella es una reina, una reina orgullosa, una reina ofendida. ¡Pero mírala! ¡Señorita, señorita! ¿Me concede su mano?

PRIMERA TÍA - ¿Qué?

SEGUNDA TÍA - ¿Qué? (Entendiendo lo que está sucediendo.) ¡Su Alteza el Príncipe es todo un caballero!

PRIMERA TÍA - ¡Su Alteza el Príncipe es un filántropo!

CIPRIANO - ¡Inaudito!

CIRILO – ¡Alucinante! ¡Te lo ruego, acuérdate de tus antepasados!

CIPRIANO – ¡Te lo ruego, imagina a tus descendientes!

EL PRÍNCIPE - ¡Basta, señores! (Coge a Ivona de la mano.)

ISA - ¡Silencio, aquí llega el Rey!

CIPRIANO - ¡El Rey!

CIRILO – ¡El Rey!

Suenan las trompetas. Entran el Rey, la Reina, el Chambelán, la Corte.

LAS TÍAS - ¡Pies para que os quiero, esto se pone feo!

Las tías se escapan.

EL REY - ¡Ah! ¡Felipe! ¡Ya veo que te estás divirtiendo! ¡Qué os decía! ¡No es horchata lo que le corre por sus venas!

LA REINA - ¡Ignacio!

EL REY - ¡No es horchata, os digo! ¡Tiene a quien parecerse! (Aparte.) Me estoy volviendo bizco o esa ninfa es un poco... hum... ¿Quién es ese espantapájaros, hijo?

EL PRÍNCIPE - Disculpe, Majestad, es mi prometida.

REY - ¿Qué?

ISA - ¡Bromea!

EL REY - ¡Ja, ja, ja! ¡Una broma! ¡Bromista empedernido! ¡Lo has heredado de mí, hijo! Además, es lo único que me queda. Es curioso, ni yo mismo lo entiendo, cuanto más estúpida, cuanto más vulgar es la broma, más me divierte. Me siento rejuvenecer.

EL CHAMBELÁN - Comparto del todo la opinión de Vuestra Majestad, experto en el tema. Nada rejuvenece tanto como una broma completamente inepta.

LA REINA - (Harta.) Felipe...

EL PRÍNCIPE - No es una broma.

LA REINA - ¿Cómo? ¿No es una broma? ¿Entonces qué es?

EL PRÍNCIPE - ¡Es mi prometida!

EL REY - ¿Qué?

Los cortesanos huyen, aterrados.

LA REINA - (Agitada.) ¡Por favor, ante todo, tacto! (A Ivona.) Señorita, ¿podría mirar ese árbol? (Al Príncipe.) Felipe, ¿te das cuenta (de) en qué situación la pones? ¿En que situación nos pones? ¿En qué situación te pones? (Al Rey.) ¡Calma, Ignacio!

EL PRÍNCIPE - Majestades, puedo leerlo en sus ojos, les escandaliza la idea de que yo, el príncipe heredero, pueda unirme, aunque sólo sea por un instante, a una criatura como ésta.

EL REY - ¡Así se habla!

EL PRÍNCIPE - Si me he prometido a ella, no es por defecto sino por exceso; así pues, estoy en mi derecho, no hay nada humillante en mi decisión.

EL REY - ¿Por exceso?

EL PRÍNCIPE - ¡Sí! Soy lo bastante rico como para prometerme a la más paupérrima indigente. ¿O es que sólo puede agradarme la belleza? ¿Por qué no un adefesio? ¿Está prohibido? ¿Dónde está esa ley que pretende esclavizarme? ¿Y dónde está el hombre libre?

EL REY - Veamos, Felipe[, ¿van en serio tus paradojas? ¡El orgullo se te ha subido a la cabeza, muchacho!] ¿Para qué complicarse la vida? Si la chica es guapa, te gusta, si te gusta, ¡lánzate, muchacho! Pero si es fea, entonces adiós y muy buenas, pies para qué os quiero. ¡Es sencillo! Es la ley de la naturaleza. Yo mismo, que quede entre nosotros, (Echa una mirada de reojo a la Reina.) me someto a ella con placer.

EL PRÍNCIPE - ¡Precisamente, me parece una ley estúpida y retorcida, salvajemente vulgar, ridículamente injusta!

EL CHAMBELÁN - Retorcida, sí, tal vez, pero... cómo diría yo... las leyes de la naturaleza cuanto más retorcidas más exquisitas.

[EL REY - ¿Estás harto de tus estudios, Felipe? ¿No será la opción "Construcción de altos hornos" en la Escuela Politécnica? ¿Te has cansado de tu actividad ideológica en el ámbito cívico-social?

LA REINA - ¿Tus juegos juveniles ya no te divierten? ¿El tenis te cansa? ¿El bridge te aburre, el polo también? Pero, hijo mío, aún te queda  el fútbol y el dominó.

EL CHAMBELÁN - ¿Su Alteza se siente desmotivado por la... cómo diría yo... la dejadez que reina hoy en día en las relaciones erótico-sentimentales? Apenas puedo creerlo. No seré yo quién me canse de una cosa semejante.]

EL PRÍNCIPE - [Me río de los juegos eróticos,] todo eso me deja frío. ¡Me caso y ya está!

EL REY - ¿Qué? ¿Qué? ¿Que se casa? ¿Te atreves a decirme eso a la cara? ¡Este niñato insolente nos toma el pelo! ¡Nos toma el pelo! ¡No me queda más remedio que lanzarle el anatema!

LA REINA - ¡El anatema no, Ignacio!

EL REY - [¡Sí, el anatema! ¡Pues claro que le voy a lanzar el anatema! ¡Lo voy a meter en chirona!] ¡Ja! ¡Voy a poner a este granuja de patitas en la calle!

LA REINA - ¡Sería un escándalo, Ignacio! ¡Un escándalo! ¡Lo hace de buen corazón, Ignacio!

EL REY - ¿Destroza el corazón de su padre a golpes de buen corazón?

LA REINA - [¡Lo hace por piedad! ¡Por piedad!] ¡Le ha conmovido la suerte de esta desgraciada, [siempre ha tenido tan buen corazón! ¡ Sería un escándalo, Ignacio!]

EL REY - (Desconfiado.) ¿Le conmueve la desgracia, eh?

EL CHAMBELÁN - Majestad, su Majestad tiene razón. Su Alteza actúa con la nobleza que le caracteriza (Aparte.) Majestad, se trata de un gesto noble, sino será un escándalo, como dos y dos son cuatro. Es un testarudo ¡Evitemos el escándalo!

EL REY - ¡Vale, vale, vale! (Al Príncipe.) Felipe, pensándolo bien, apreciamos la nobleza... algo impetuosa... de tu gesto.

EL PRÍNCIPE - ¡No se trata de nobleza!

LA REINA - (Rápido.) ¡Nobleza, nobleza, Felipito! No nos interrumpas, que de eso sabemos más que tú. Y en consideración a la nobleza de tus intenciones, te autorizamos a presentarnos a tu novia, esa joven cuya desgracia lacónica conmueve nuestros instintos más elevados y suscita nuestra magnanimidad. ¡La recibiremos en Palacio con los mismos honores que se tributan a una gran dama, y nuestra majestad, no sólo no se verá empañada sino que se enaltecerá!

EL PRÍNCIPE - (Retrocede al fondo de la escena.) ¡Cirilo, tráela, el Rey consiente!

LA REINA - (Aparte, al Rey.) Calma, Ignacio, calma.

EL REY - ¡Está bien, está bien!

El Príncipe se acerca llevando a Ivona de la mano.

¡Lo que faltaba!

Los cortesanos, que estaban espiando desde detrás de los árboles, se acercan. Suenan las trompetas.

EL PRÍNCIPE

¡Majestad! ¡Le presento a mi novia!

EL CHAMBELÁN - (En voz baja.) Inclinarse... inclínese... inclinarse...

IVONA - No dice nada.

EL CHAMBELÁN - La reverencia, la reverencia...

EL PRÍNCIPE - (Murmurando.) ¡La reverencia!

LA REINA - (En voz baja.) Vamos, vamos... (Hace un amago de reverencia para que Ivona comprenda.) Vamos, vamos...

El rey también hace un amago de reverencia.

IVONA - Guarda silencio.

EL PRÍNCIPE - (Un poco molesto, a Ivona.) Aquí tienes al Rey, mi padre, Su Majestad el Rey. Y aquí a mi madre, Su majestad la Reina... ¡La reverencia, la reverencia!

IVONA - Guarda silencio.

LA REINA - (Rápido.) Felipe, estamos emocionados... Qué criatura más dulce. (La abraza.) Hija mía, de ahora en adelante seremos unos padres para ti. La caridad evangélica que anima a nuestro hijo nos colma de felicidad, y respetamos su elección. ¡Felipe, por lo alto, siempre por lo alto, por lo bajo, nunca!

EL CHAMBELÁN - (Hace una seña a los cortesanos.) ¡Aaah!

CORTESANOS - ¡Aaah!

EL REY - (Estupefacto.) Sí, sí... eh... sí.

LA REINA - (Rápido.) Y ahora, llévatela y haz que preparen sus aposentos. (Generosa.) ¡Qué no le falte nada!

EL CHAMBELÁN - (Haciendo una seña a los cortesanos.) ¡Aaah!

CORTESANOS - ¡Aaah!

Salen el Príncipe, Ivona, Cirilo, la Corte.

EL REY - ¡Lo que faltaba! ¡Increíble!... ¡Sujetadme! ¿Habéis visto? ¿Habíais visto [alguna vez cosa semejante]? ¡No ha sido ella a nosotros, sino nosotros a ella... no ella a nosotros, hemos sido nosotros los que le hemos hecho la reverencia! (Estupefacto.) ¡Qué monstruo más espantoso!

LA REINA - ¡Espantoso, pero el gesto hermoso!

EL CHAMBELÁN - Cuánto más fea es la novia, más hermoso es el gesto. Majestad, este capricho se le pasará en pocos días, no forcemos las cosas, hoy mismo le hablaré y le sonsacaré sus verdaderas intenciones. Es un capricho, sobre todo no hay que contradecirle, no hay que echar leña al fuego. Por el momento conservemos la calma.

LA REINA - ¡Y tacto!

Salen.


ACTO II

 

 

Los aposentos del Príncipe. Por una puerta entran el Príncipe, Cirilo e Ivona; por la otra, Valentín, el criado, con un trapo.

 

EL PRÍNCIPE - (A Valentín.) ¡Valentín, haz el favor de salir!

 

Valentín sale.

 

Ponla ahí, ahí. Tengo miedo de que se escape. ¿Y si la atamos a una pata de la mesa?

 

CIRILO - Está más muerta que viva. No se escapará. Felipe...

 

EL PRÍNCIPE - ¿Eh?

 

CIRILO - (Con desaprobación.) ¿A qué viene todo esto?

 

EL PRÍNCIPE - ¿A qué viene? ¿A qué viene? Este adefesio en libertad es como un obstáculo que es preciso vencer, ¿entiendes? Hay cazadores que salen solos, de noche, para cazar el búfalo... Los hay que cogen el toro por los cuernos... Cirilo...

 

CIRILO - Hoy no se puede hablar contigo.

 

EL PRÍNCIPE - Debe ser insoportable, como la curiosidad que te empuja a observar un gusano y a triturarlo con un palito.

 

CIRILO - ¿Puedo darte mi opinión?

 

EL PRÍNCIPE - Por supuesto.

 

CIRILO - Dejémosla en paz. Dentro de media hora no sabremos qué hacer con ella... Además, es desagradable, muy desagradable, sin contar... que es una falta de respeto.

 

[EL PRÍNCIPE - Mira quién habla de respeto.

 

CIRILO - ¡Sí, es cierto! Pero una cosa es una bromita al aire libre y otra muy distinta traerla aquí, a tus aposentos. ¡Felipe, hazme caso, dejémoslo!]

 

EL PRÍNCIPE - ¡Mira cómo se revuelca! ¡Es inaudito! ¡Qué descaro! ¿Te das cuenta? Por ser esta chica como es ¿no tiene derecho a gustarle a nadie? ¡Es inaceptable! ¡Cuán bárbaro es el tributo que le exige la naturaleza! (Observa a Ivona.). ¡Bah! ¿Sabes? Sólo ahora que la miro me siento real hasta la médula de los huesos. [Hasta ahora me sentía barón todo lo más, y aún así por alianza!

 

CIRILO - A juzgar por la manera como te comportas con ella se diría que eres más barón que príncipe. Curioso, ¿no?

 

EL PRÍNCIPE - Curioso, sí, ¿sabes qué nunca me he sentido tan seguro de mí mismo, tan entero, en fin tan ingenioso. Tralalá... (Hace girar la caperuza de un bolígrafo entre los dedos) Mira, nunca lo había conseguido y ahora sí] No hay como la desgracia ajena para ennoblecernos, ahora lo entiendo. Lo importante no es que te llamen príncipe, sino serlo, eso es lo que cuenta. Jovialidad, euforia... (Baila.) Alegría... Bueno, examinemos a nuestra chalada, (lunática) Señorita, ¿sería tan amable de decir algo?

 

IVONA - Guarda silencio.

 

EL PRÍNCIPE - ¿Sabes?, no está tan mal hecha como parece. Es su consistencia lo que tiene algo de... fastidioso, enojoso, cargante.

 

CIRILO - Eso es lo malo.

 

EL PRÍNCIPE - ¿Por qué es usted así, señorita?

 

IVONA - Guarda silencio.

 

EL PRÍNCIPE - No dice nada. ¿Por qué es usted así?

 

CIRILO - No contesta. Está ofendida.

 

EL PRÍNCIPE -  Ofendida.

 

CIRILO - Ofendida, no, yo diría que atemorizada.

 

[EL PRÍNCIPE - Yo diría que intimidada.

 

IVONA - (Muy bajito, esforzándose.) En absoluto, para nada. Déjenme en paz, por favor.]

 

EL PRÍNCIPE - ¡Ah! ¿No se ha ofendido? Entonces, ¿por qué no contesta?

 

IVONA - Guarda silencio.

 

EL PRÍNCIPE - ¿Eh?

 

IVONA - Guarda silencio.

 

EL PRÍNCIPE - ¿No puede? ¿Por qué?

 

IVONA - Guarda silencio.

 

CIRILO - ¡Ja, ja, ja! ¡No puede! ¡Se ha ofendido!

 

[EL PRÍNCIPE - Señorita, ¿tendría la amabilidad de desvelarme su mecanismo? No es tan tonta como parece, y lo sabe. ¿Por qué la gente la utiliza como un punching-ball? ¿Por qué se meten tanto con ella?

 

CIRILO] - No es que sea boba, es un conjunto de cosas.

 

EL PRÍNCIPE - ¡Sea! Pero hay algo que no entiendo. Mira, su nariz es más bien proporcionada. Y de tonta no tiene un pelo. Total, que no me parece peor que la mayoría. Sin embargo, a las otras, nunca las torturamos, ¿por qué? ¿Por qué, señorita? ¿Por qué le ha tocado a usted ser el chivo... en fin, la chiva expiatoria? ¿Es... algo innato?

 

[IVONA - (muy bajito) Es como un círculo. Como un círculo.

 

CIRILO – ¿Un círculo?

EL PRÍNCIPE – ¿Cómo... un círculo? No la interrumpas. ¿Un círculo?

IVONA – Es como un círculo, cada uno, siempre, todo siempre... siempre igual.]

EL PRÍNCIPE – [¿Un círculo? ¿Un círculo? ¿Por qué un círculo? Me huele a misticismo.] Aaaah, ya entiendo. Claro, la historia del círculo: ¿por qué es apática? Porque no está de humor. ¿Y por qué no está de humor? Porque es apática. ¿Captas lo del círculo? ¡No es un círculo, sino un infierno!

CIRILO – ¡Es culpa tuya, babosa! ¡Vamos, un poco de energía!

IVONA – (Se calla)

EL PRÍNCIPE – ¡Ja, te mira de arriba a abajo!

 

CIRILO – ¡Puaj! ¡Échale valor! ¡Lánzate! ¡Un poco de buen humor! ¡Ánimo! ¿Estás amargada? Te daré un consejo: sonríe y todo se arreglará.

EL PRÍNCIPE – Vamos, una sonrisita. ¡Vamos!

IVONA – (Se calla.)

EL PRÍNCIPE – No quiere. Tiene razón, si sonriera [, parecería artificial.] Sería aún más irritante, molesto, excitante, provocante, exasperante. Es evidente. ¡Qué prodigio, Cirilo! ¡Fabuloso! Lo nunca visto. ¿Y si sonreímos nosotros primero?

CIRILO – No serviría de nada, sería una sonrisa piadosa.

EL PRÍNCIPE – Presiento que detrás de todo esto se esconde una maquinación infernal. [Una dialéctica monstruosa. Esta claro que ella lo sabe. Aunque permanezca muda como una tumba, se le nota.] Imagínate un sistema cerrado, la pesadilla del movimiento perpetuo: un perro y un gato atados a un mismo palo. El perro persigue al asustado gato, y el gato persigue al perro aterrorizado, un círculo infernal [; pero visto desde fuera, la calma chicha].

CIRILO – Sí, es un sistema completamente cerrado, hermético.

EL PRÍNCIPE – [¡Bien! ¿Pero y antes? ¿Quién ha empezado? Al principio, no era así. ¿Por qué tienes miedo? Porque eres tímida. ¿Y por qué eres tímida? Porque tienes un poco de miedo. ¿Pero y antes, cuando comenzó la cosa?

IVONA – (Se calla.)

EL PRÍNCIPE – Bueno, vamos a ver, ¿no serás tú la culpable en parte? ¿No será culpa tuya? No puedes ser un amasijo de defectos. Debes tener algo, una cualidad, un don, un resorte... algo sólido, algo que te guste de ti misma. Ya verás, vamos a alimentar esa llamita, y recobrarás los colores.

IVONA – (Se calla.)

EL PRÍNCIPE – ]¡Espera, no he terminado! Escucha esto, es muy importante: imagina que alguien viene y te dice que eres así, que eres asá, cosas que te duelen, las peores cosas, cosas que matan, que te hunden, que te dejan sin voz, sin vida. Y tú contestas: "Sí, es verdad, soy así, pero...” ¿Pero qué?

IVONA – (Se calla.)

CIRILO – (¿Qué, eh?) ¿Pero qué? ¿Qué? Habla sin miedo.

EL PRÍNCIPE – Por ejemplo: "...tengo buen corazón, soy  buena." ¿Lo captas? ¡Te anotarías un buen punto, sería un elemento positivo!

CIRILO – (Con brutalidad.) ¡Vamos, contesta! ¡Habla de una vez!

EL PRÍNCIPE – ¿A lo mejor escribes poemas, no? Endechas, elegías... qué sé yo... oh, y aunque tus versos sean malísimos, los recitaré con ardor, te lo juro. ¡Pero tiéndeme una mano, la que tú quieras! ¿Verdad que escribes poemas?

IVONA – (Se calla.)

CIRILO – Desprecio, nada más.

EL PRÍNCIPE – ¿Crees en Dios? ¿Le rezas? ¿De rodillas? ¿Crees que Cristo murió en la cruz por ti?

IVONA – (Orgullosa.) Sí.

EL PRÍNCIPE – ¡Milagro! ¡Por fin! ¡Gracias Padre Nuestro que estás en los cielos! Pero, ¿por qué lo dice... con ese tono... con un tono... de desprecio? ¡Habla de Dios con desprecio! ¡Decir que cree en Dios con un deje de desprecio!

CIRILO – Eso supera mi comprensión.

EL PRÍNCIPE – Escucha, Cirilo. Si cree en Dios, se debe a sus imperfecciones, y ella lo sabe. Si no las tuviera, no creería. ¿Dios? No es más que una tirita para sus dolencias psicosomáticas. (A Ivona.) ¿No es así?

IVONA – (Se calla.)

EL PRÍNCIPE – Brrr... esta filosofía tiene un no sé qué de horrible... ataraxia cataléptica...

[CIRILO – ¡Eso se cura! ¡Se cura!... Pastillas y un tratamiento a largo plazo. Una buena higiene: paseos matinales, deporte, croisans rellenos de mantequilla...

EL PRÍNCIPE – Me temo que te olvidas de algo: su organismo no asimila los medicamentos. No los asimila porque es demasiado apático. Es un hecho: no asimila los medicamentos contra la apatía porque es demasiado apático. Te has olvidado del círculo místico. Es cierto que los paseos matinales y el deporte mejorarían su circulación, pero no hay nada que hacer, tiene la sangre demasiado perezosa.] Señores, no, nada de señores, quiero decir, Cirilo, ¿habías visto alguna vez algo así? Provoca la compasión, sí, pero una compasión... una cierta compasión...

[CIRILO – Seguro que es un castigo por sus pecados. Debes haber pecado mucho de pequeña. Felipe, estoy seguro que detrás de todo esto se esconde un gran pecado. Seguro que has pecado mucho.

IVONA – (Se calla.)

EL PRÍNCIPE – ¡Ja! ¡Ya lo tengo! Escúchame con atención: como eres débil, sientes el sufrimiento débilmente–débil, débilmente-- ¿lo captas? El círculo se cierra y tú sales ganando, todo se equilibra. Sientes las seducciones, las tentaciones, pero muy débilmente; así que sufres muy débilmente.

IVONA – (Se calla.)

EL PRÍNCIPE – ¿Qué dices?]

IVONA – (Se calla, pero observa al Príncipe de soslayo.)

CIRILO – (Que se ha dado cuenta.) ¿A qué viene esa mir...?

EL PRÍNCIPE – ¿El qué?

CIRILO – ¡A priori, nada! Y sin embargo...

EL PRÍNCIPE – (Inquieto) A qué viene ¿qué?

CIRILO – ¡Felipe! ¡Es por ti!

EL PRÍNCIPE – ¿Por mí? ¡¿Cómo?!

CIRILO – Increíble... te está... comiendo con los ojos... ¡Rayos, con gula! ¡No puedo creerlo, con gula! Te busca... a su modo... ¡Es por ti! ¡Es por ti! [¡Ándate con ojo, su flojera es ansiosa, de lo más libidinosa!]

EL PRÍNCIPE – ¡Es... es perversa! ¡Esto es pura perversidad! ¡Un tipo especial de perversidad! ¡Osas pegarte a mí, molusco repugnante! ¿La cocinamos? ¡Enciende la lumbre, que vamos a freírla! ¡Vamos a convertirla en pinchito moruno!

CIRILO – ¡Qué cosas tienes, Felipe!

EL PRÍNCIPE – ¡Tiene algo de indigesto! ¡No te puedo tragar! ¡Tu sola presencia me ofende! ¡Me ofende enormemente! No me interesan tus problemas, serás pesimista... serás... serás... serás realista...

CIRILO – ¡Felipe!

EL PRÍNCIPE – Mira cómo se acurruca.

CIRILO – Ya se levantará.

EL PRÍNCIPE – Entonces será peor. [Mírala cómo exige...] exige, sí... Siempre anda exigiendo algo... y me lo exige a mí. Cirilo, tenemos que liquidar a esta criatura. Dame un cuchillo, voy a cortarle el cuello y asunto concluido.

CIRILO – ¡Por amor de Dios!

EL PRÍNCIPE – ¡No, hombre, era broma! Pero le he metido miedo, mira, tiene miedo de verdad. Está muerta de miedo, qué patético. ¿Por qué tienes miedo? Estaba bromeando... ¡Era una broma! No hay que tener miedo, te digo que estaba bromeando...

[CIRILO – ¡Payaso!

EL PRÍNCIPE – ¿Qué? ¡Vaya! ¿Te parece que hago payasadas? Tal vez.] ¡Pero es culpa suya y no mía! Es ella la que me, no yo el que la...

Llaman, entra Valentín.

CIRILO – ¿Quién será? (Mira por la ventana.) Creo que tenemos visitas... el Chambelán, unas damas.

VALENTÍN – ¿Abro?

EL PRÍNCIPE – Han olfateado a la fiera. Vamos a ponernos guapos.

El Príncipe, Cirilo e Ivona salen. Valentín abre la puerta. Entran el Chambelán, dos cortesanos, cuatro damas e Inocencio.

PRIMERA DAMA – No hay nadie. (Mirando a su alrededor.)

SEGUNDA DAMA – ¡No puedo más! (Ríe, presa de los nervios).

PRIMERA DAMA – ¿Y si fuera en serio? 

EL CHAMBELÁN – ¡Calma, señoras, calma!... Háganme el favor de no reírse.

Las damas se ríen.

¡Basta de risas, por favor!

Las damas se ríen.

Pasábamos por aquí, por casualidad, al azar, sólo para saludar.

PRIMERA DAMA – ¿Y si fuera en serio? ¡Ja, ja, ja! ¡Valiente idea! ¡Mirad su sombrero! ¡El sombrero! ¡Es para troncharse!

SEGUNDA DAMA – ¡Me muero de la risa!

EL CHAMBELÁN – ¡Señoras, compórtense, háganme el favor, compórtense!

LAS VISITAS – Ji, ji, ji... ¡Es imposible! ¡Ji, ji, ji! ¡Déjalo ya, tú! ¡Me muero de risa! ¡Me va a dar algo! ¡Es la monda! (Ríen todos por lo bajines. Se provocan los unos a los otros. La risa aumenta y disminuye. El único que no ríe es Inocencio.)

Entran el Príncipe, Cirilo e Ivona.

¡Su Alteza!

Se inclinan.

EL CHAMBELÁN – Estooo... pasábamos por aquí, y no hemos podido resistir... (Se frota las manos.), ¡y aquí estamos!

EL PRÍNCIPE – Ivona, querida... Tengo el honor de presentarles a mi prometida.

LAS VISITAS – ¡Aaaah! (Se inclinan.) ¡Enhorabuena, enhorabuena!

EL PRÍNCIPE – Querida, supera tu timidez y di algo. Querida, estas personas son la crema y nata de la sociedad, ¿por qué te asustas como si se tratara de una banda de caníbales o de chimpancés de la isla de Borneo? Les pido disculpas, mi prometida es excesivamente delicada, orgullosa y tímida. Su trato no es nada fácil (A Ivona.) Anda, siéntate, no vamos a quedarnos de pie eternamente.

IVONA – (Hace ademán de sentarse en el suelo.)

CIRILO – ¡Ahí no!

LAS VISITAS – ¡Ja, ja, ja!

SEGUNDA DAMA – Hubiera dicho que ahí había una silla.

PRIMERA DAMA – Sí, pero se ha esfumado.

LAS VISITAS – ¡Ja, ja, ja! ¡Es increíble! ¡No da una!

EL CHAMBELÁN – Calma, por favor. (Acercando una silla.) ¡Les ruego tengan cuidado!

CIRILO – ¡Sujetadla bien, no vaya a escaparse otra vez!

EL CHAMBELÁN – ¡Procure apuntar bien esta vez, señorita!

EL PRÍNCIPE – Apunta bien, querida.

Ivona se sienta.

¡Muy bien!

Todos se sientan, menos el Príncipe.

PRIMERA DAMA – (Aparte, al Príncipe, en confianza.) ¡Es para morirse de risa, Príncipe! ¡Me mondo! ¡Yo me mondo!

SEGUNDA DAMA – (Aparte, al Príncipe.) ¡Es para reventar de risa! Divertidísima, esta broma, puro mopsing joke, ¿verdad? No sabía yo de ese talento suyo por el mopsing, Príncipe. ¡Es increíble! ¡Ja, ja, ja!

EL PRÍNCIPE – (Riendo, como para animar a los otros a imitarle) ¡Ja, ja, ja!

LAS VISITAS – ¡Ja, ja, ja!

EL PRÍNCIPE – (Más fuerte.) ¡Ja, ja, ja!

LAS VISITAS – (Más fuerte.) ¡Ja, ja, ja!

EL PRÍNCIPE – (Más fuerte.) ¡Ja, ja, ja!

LAS VISITAS – (Indecisos.) ¡Ja, ja, ja!

Las risas se apagan, silencio. El Chambelán carraspea.

PRIMERA DAMA – Discúlpenme, pero debo retirarme...  Había olvidado que tengo una cita... Príncipe, le ruego que me disculpe.

SEGUNDA DAMA – Yo también tengo que irme... Príncipe, os presento mis excusas... Me están esperando. (Más bajo, al Príncipe.) Ahora lo entiendo todo. ¡Estaba preparado de antemano! ¿Es una broma, verdad? ¡Estáis de guasa, Príncipe! Su Alteza se promete con esta pobre chica con la sola intención de ridiculizarnos. Es una pérfida alusión a los vicios escondidos y a las imperfecciones de... ciertas damas de la Corte. ¡Ah, ya lo entiendo! Es por Yolanda con su cirugía estética y sus masajes... Su Alteza habrá oído algo y se casa con esta fregona para darle una lección. ¡Ja, ja! ¡La virtud irónica de esta maquinación salta a la vista! ¡Adiós!

EL PRÍNCIPE – ¿La virtud irónica?

PRIMERA DAMA – (Que lo ha oído todo.) Tú lo has dicho: salta a la vista: hablemos de tu prótesis dental, ¡todo el mundo está al corriente! ¡Ja, ja! No seáis tan cruel, Príncipe. ¡Ja, ja! Adiós, tengo que irme.

SEGUNDA DAMA – ¿Mi prótesis dental? ¿Y qué me dices de tus pechos postizos?

PRIMERA DAMA – ¿Y de tu  joroba de dromedario?

SEGUNDA DAMA – ¡Pues anda que los dedos de tus pies!

LAS VISITAS – ¡Vamos! ¡Hay que salir corriendo!

EL PRÍNCIPE – No corran, por favor.

LAS VISITAS – ¡Tenemos que irnos! ¡Adiós! ¡Se hace tarde!

Los invitados se van corriendo, menos el Chambelán e Inocencio. (Se oyen entre bastidores las palabras: "piernas", "dientes", "masaje", "estética" , acompañadas de risas burlonas.

EL CHAMBELÁN – Disculpe Su Alteza, con el permiso de Su Alteza, mil perdones, Alteza, pero debo hablarle de un asunto que no puede esperar. Le ruego que me conceda un momento. ¡Su Alteza ha soliviantado al sexo débil!

EL PRÍNCIPE – No soy yo el que lo solivianta, sino sus vicios ocultos. No hay nada peor. ¡Ja! ¿Qué es la guerra, la peste y todo lo demás comparado al horror de un pequeño defecto, banal, oculto... o sea una imperfección?

INOCENCIO – ¿Cómo dice?

EL PRÍNCIPE – ¡Pero bueno! ¿Sigue usted aquí?

INOCENCIO – Sí. Verá. Disculpe. Sólo quería añadir que es innoble.

EL PRÍNCIPE – ¿Qué?

INOCENCIO – Es innoble. Disculpe... Me siento. (Se sienta y respira con dificultad.) Me cuesta respirar: es la emoción...

EL PRÍNCIPE – ¿Qué dice que le parece innoble?

INOCENCIO – Disculpe. He perdido los nervios... Ruego a Su Alteza que me disculpe. No he dicho nada. Con permiso. (Hace ademán de irse.)

EL PRÍNCIPE – Un momento, espere, decía usted que hay algo innoble. No se vaya, un momento.

INOCENCIO – (Que se expresa o bien con frialdad o bien presa de una gran irritación.)  No, no creo poder estar a la altura.

EL CHAMBELÁN – ¿A la altura? ¿Qué altura? Qué expresión más estúpida... ¿a la altura?

INOCENCIO –A la altura de mis aspiraciones. (Quiere irse.) Con permiso.

EL PRÍNCIPE – Espere, acabemos con este misterio...

INOCENCIO – Es que yo la amo. Así que no he podido soportarlo y he protestado. Ahora, retiro mi protesta y le ruego dé por concluido el incidente.

EL PRÍNCIPE – ¿Usted? ¿Usted la ama?

CIRILO – ¡Lo que faltaba!

EL CHAMBELÁN – ¡Qué co-me-dia!

EL PRÍNCIPE – Me parte usted el corazón. De golpe, todo se ha vuelto mucho más serio. No sé si habrá pasado usted por ... esos cambios bruscos que van de lo risible a lo grave. Es como algo sagrado. Se debería inscribir en los frontispicios de los templos ese refrán popular que dice: Cada oveja con su pareja.

INOCENCIO – No soy un gran hombre.

EL PRÍNCIPE – Ivona, te presento mis disculpas. Alabado sea Dios, así que a ti también pueden... a pesar de todo, pueden... Así que te pueden... También tú tienes alguien que... ¡Qué alivio! Lo que pasa es que no podía soportarte... El sólo pensar en ti me era insoportable. Te pido perdón de corazón, sinceramente. Benditos seáis, hijos míos. Ahora iros. Dejadme solo.

CIRILO – (Viendo que Ivona ha bajado la cabeza.) Está llorando...

EL PRÍNCIPE – ¿Llorando? De alegría.

CIRILO – No me fiaría de esta llorona. Sólo la desgracia la hace llorar. ¿Le quiere usted, señorita?

IVONA – (Se calla.)

CIRILO – No dice nada. Malo.

EL PRÍNCIPE – ¡Oh! ¡No importa! Al menos uno te quiere, no está mal. (A Inocencio.) Es usted una persona de mérito, un hombre de verdad. Haberse enamorado de ella... ¡es sublime! Ha salvado al mundo entero de la hecatombe. ¡Permita que le rindamos el homenaje de nuestra admiración!

INOCENCIO – Mis amor propio me obliga a confesar que también ella me ama. Pero seguramente se avergüenza de confesarlo a Su Alteza, porque hay que reconocer que mi amor no la honra precisamente. (A Ivona.) ¿A qué negarlo?... Con la de veces que me has confesado tu amor...

IVONA – (Se calla.)

INOCENCIO – (Irritado.) ¡Venga, no te hagas la orgullosa! Además me atraes tanto como yo te atraigo, si acaso un poquito menos.

EL PRÍNCIPE – ¿Qué quiere decir?

INOCENCIO – (Con frialdad.) Permita que me explique, Su Alteza. Cuando digo que la amo, es... digamos, a falta de algo mejor (por no saber expresarlo mejor), o sea por defecto, sí, digamos que por defecto...

EL CHAMBELÁN – ¡My goodness! ¡Qué horror!

INOCENCIO – Hágase cargo, las chicas guapas, e incluso las otras, son difíciles y ariscas, mientras que con ella, todo va como la seda, al menos uno está tranquilo, al menos, tranquilo, más bajo no se puede caer, ni yo ni ella. Nos hemos ahorrado las subastas, todo ese universo circense. Nos amamos porque ella me desagrada tanto como yo la desagrado a ella. Estamos empatados.

EL PRÍNCIPE – ¡Admiro su sinceridad!

INOCENCIO – Preferiría mentir, pero hoy en día es imposible, nuestra época es harto perspicaz, ha desgarrado el último velo. Sólo queda la sinceridad. No escondo a nadie que es un amor... de consolación... porque yo tengo tanto éxito con las mujeres como ella con los hombres. Pero por otro lado, tampoco escondo que soy celoso... no, no escondo mis celos, ¡sino que los proclamo bien alto y a los cuatro vientos, estoy en mi derecho! (A Ivona, con apasionamiento repentino.) ¿Estás enamorada de él? ¿De él? ¡Dilo! ¡Dilo!

IVONA – [(Gritando.) ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Lárgate!]

INOCENCIO – ¡Está enamorada!

IVONA – (Cerrándose) ¡Lárgate!

 

EL PRÍNCIPE – [Ha hablado. Pero entonces es que... Ha hablado. Ha abierto la boca. ¿La habéis oído?] Pero entonces... eso quiere decir que... [si ha hablado...] es que... de verdad... a mí...

INOCENCIO – Salta a la vista. He perdido, como de costumbre. No me queda sino irme. Me voy. (Se va.)

EL PRÍNCIPE – En vez de odiarme... se ha enamorado La martirizo. La humillo. Y ella se enamora de mí. Resulta que... me ama. Porque no la soporto, por eso me ama. La situación se complica.

Entra Valentín.

¡Fuera, Valentín! ¿Qué voy a hacer ahora?

EL CHAMBELÁN – Lo mejor que puede hacer Su Alteza es resolver la situación con su juvenil irresponsabilidad.

EL PRÍNCIPE – (A Ivona.) No. Dime que no. ¿A que no me amas?

IVONA – (Se calla.)

EL PRÍNCIPE – Sí, me ama, a mí...o sea soy amado por ella. Y si soy amado por ella, es que soy su amado... Soy de ella Me tiene atrapado, ahora no puedo despreciarla... si me ama. No puedo mostrarme despreciativo aquí, en la superficie, si resulta que en su interior soy su amado. Ah, yo que creía estar aquí, aquí, en mí mismo, y de golpe... ¡zas! Me ha atrapado, y estoy en ella, como en una trampa (A Ivona.) Si soy tu amado, no puedo no amarte. Voy a tener que amarte y te amaré.

CIRILO – ¿Qué piensas hacer?

EL PRÍNCIPE – Amarla.

CIRILO – ¡Es empresa desesperada! ¡No lo conseguirás!

EL PRÍNCIPE – Ivona, ponte el sombrero.

CIRILO y EL CHAMBELÁN – ¿Dónde vais? ¿Dónde vais?

EL PRÍNCIPE – De paseo. Los dos. A solas, para enamorarnos.

El Príncipe e Ivona salen.

CIRILO – Bueno, y ahora... ¿qué?

EL CHAMBELÁN – Lo ha trastornado.

CIRILO – ¿Trastornado por... la fealdad? ¿Por la fealdad?

EL CHAMBELÁN – Si te le acercas mucho, la fea se te sube a la cabeza aún más que la guapa.

CIRILO – Voy a perder la razón.

EL CHAMBELÁN – Te digo que no hay nada más peligroso... En general, se cree que las mujeres agradables son peligrosas,  pero una mujer desagradable, verdaderamente desagradable para los hombres -como por otra parte un hombre verdaderamente desagradable para las mujeres- ¡Brrr! Más vale no ahondar demasiado en ese misterio! ¡Es el sexo opuesto el que nos pone en peligro! Ese tipo de mujer desagradable, sobre todo si es joven y sus defectos son evidentes, ¡Uy, uy! Y sobre todo si el hombre es joven y se acerca confiado, lleno de entusiasmo, ¡ay, ay!... Se va a topar... de sopetón... con cosas horribles...

CIRILO – ¿Qué cosas?

EL CHAMBELÁN – Joven, usted no las conoce, y yo mismo, que me jacto de gran experiencia, tampoco las conozco. Existe una categoría de fenómenos que un caballero no puede conocer por la sencilla razón de que, si los conociera, dejaría de ser un caballero.

Llaman.

¿Quién será ahora?

Entra Valentín.

¿Abro?

Entran el Rey y la Reina.

LA REINA – ¿Dónde está Felipe? ¿No están aquí?

EL CHAMBELÁN – Han salido.

EL REY – Nos hemos desplazado en persona para... maldita sea... ¡Seguro que ha hecho otra de las suyas! Las damas han irrumpido en tromba en los aposentos de la Reina para quejarse de nuestro hijo, que al parecer se prometió con ese adefesio para gastar una broma y burlarse de sus... de no sé qué imperfección de sus bellezas... ¡Ja, ja, ja! ¡Qué sinvergüenza! ¡En fin, si sólo es eso, la cosa no es grave!

LA REINA – No es razón para cerrar los ojos. Todo mi séquito está patas arriba, y el género masculino se permite gastar unas bromas de muy mal gusto.

EL CHAMBELÁN – ¡ Ay, si no fuera más que eso! ¡Prudencia!

EL REY – ¿Qué ha pasado?

EL CHAMBELÁN – Ha pasado que... que ahora ella le ama... y él la ama. ¡No encuentro palabras para...! ¡El asunto huele a... azufre!. ¡Majestades! ¡Prudencia... estamos sentados sobre un polvorín!

EL REY y LA REINA – ¿Y qué vamos a hacer?


ACTO III

 

Una sala del palacio. Cirilo está sentado en una silla. Dos damas pasan sofocando las risas. Tras ellas entra el Príncipe.

EL PRÍNCIPE - ¿Qué haces aquí?

CIRILO - Estoy sentado.

EL PRÍNCIPE - ¿Y qué más?

CIRILO - Nada más.

EL PRÍNCIPE - ¿De qué hablaban? ¿De qué se reían esas dos cursilonas? ¿De qué se reían ese par de pécoras? ¿No has llegado a oírlo?

CIRILO - Las mujeres siempre se ríen. La hilaridad es el estado natural de la mujer, le sienta de maravilla.

EL PRÍNCIPE - ¿Se reían de mí?

CIRILO - ¿Y por qué tendrían que reírse precisamente de ti? Normalmente se ríen unas de otras.

EL PRÍNCIPE - Si no reían de mí, reían de ella... mi prometida. Pero he notado que su risa ha cambiado. Si no me equivoco, su risa ha pasado de ella... a mí. De hombre a hombre, de mujer a mujer, todos cuchichean y ríen. ¿Acaso lo imagino? Lo dudo... te lo ruego... Hazme el favor, me gustaría saber de qué tratan esos rumores. Me traen sin cuidado, pero me gustaría saberlo. Y de paso, diles a esas damas que si siguen burlándose a mis espaldas...

CIRILO - ¿Qué te pasa, Felipe? Te has vuelto susceptible e irascible, pareces tu prometida.

EL PRÍNCIPE - Cirilo, conténte, conténte. Basta. No tolero que se burlen de mí, ni de mis actos o de mis sentimientos. Di a esa chusma que como se permitan la más leve insinuación, la sombra de una insinuación...

Se abre la puerta del fondo. Entran, al son de trompetas, el Rey, la Reina, el Chambelán, Ivona, Isa y los cortesanos.

LA REINA - ¿Hemos disfrutado del banquete? ¿A que hemos disfrutado del banquete? ¿Ha comido bien mi pequeña? (Sonríe, besando a Ivona) ¿Quieres una perita? ¿Una perita en dulce? ¿Una perita confitada?

Ivona se calla.

LA REINA - Una perita siempre sienta bien. (Se ríe) ¡Es buena! ¡Es la mar de buena!

EL REY - ¡Es la mar de buena, ena, ena, ena!

Silencio.

LA REINA - ¿O un poquito de nata? La nata es un reconstituyente. Excelente para la salud. ¿Qué? ¿Un poco de nata? ¿Un vasito de leche? ¿Leche azucarada?

Silencio.

¿Qué pasa? ¿No tienes apetito? Eso no está bien. ¿Qué vamos a hacer? ¡Di! ¿Qué vamos a hacer?

IVONA - Se calla.

EL CHAMBELÁN - ¿Nada? (Ríe de buena gana) ¿Nada?

EL REY - ¿Nada? (Ríe de buena gana, luego irritado) ¿Nada? (Al chambelán) ¿Nada?

LA REINA - Nada...

EL CHAMBELÁN - Nada de nada, Majestad, lo que se dice... nada.

Silencio.

LA REINA - Es tan tímida... tan amable, tan tranquila. Lo único que le falta es abrir la boca de vez en cuando. (A Ivona) Abre la boca de vez en cuando, angelito mío. No es difícil. A veces uno tiene que obligarse, mi niña, así lo quiere la educación, la más elemental educación. No querrás que piensen que eres una maleducada... ¿Cómo dices? Bueno, entonces, ¿qué hacemos ahora? ¿En qué vamos a ocuparnos? ¿Cómo dices?

EL REY - ¿Qué dice?

EL CHAMBELÁN - ¿Eh?

IVONA - Se calla.

EL REY - Bueno, ¿qué dice? ¿Nada? ¡No podemos quedarnos aquí pasmados sin hacer nada! ¡No podemos andar deambulando por la casa todo el día, y nada... y nada! Es aburrido. Muy aburrido. (Mira a los otros, boquiabierto) ¡Es para morirse de aburrimiento! ¡Por el amor del Cielo!

EL CHAMBELÁN - ¡Qué aburrimiento!

LA REINA - ¡Dios mío!

VALENTÍN - (Entrando) Su Alteza, el doctor ha llegado, está esperando en el vestíbulo.

EL PRÍNCIPE - (A Ivona) Ven, te van a examinar. Con permiso.

El Príncipe e Ivona salen.

LA REINA - ¡Felipe! ¡Un momento, por favor! ¡Felipe! (El Príncipe vuelve. La reina, a los cortesanos) Damas, caballeros, les ruego se retiren, tenemos que hablar con nuestro hijo.

Los cortesanos salen

Felipe, no puedes reprocharnos que no respetemos tus sentimientos. Somos como un padre y una madre para este ángel. Pero, ¿qué más podemos hacer para que se abra un poquito? Hoy tampoco ha abierto la boca a la hora de merendar. Durante la comida, ni pío. En el desayuno ni pío. En fin, un mutismo total. ¿Qué está pasando y qué pintamos nosotros en todo esto? Felipe, Felipe, lo primero son las buenas maneras.

EL PRÍNCIPE - (Sarcástico) ¡Las buenas maneras!

LA REINA - Felipe, hijo mío, ¿acaso no le hemos abierto de par en par nuestro corazón maternal? Pasamos por alto todos sus defectos y la queremos porque ella te quiere a ti.

EL PRÍNCIPE - (Amenazador) ¡La queréis! ¡La queréis! ¡Os advierto que no os conviene no quererla! (Sale)

LA REINA - ¡Señor, ilumíname, Señor, guíame! Ignacio, a lo mejor no la quieres bastante. Te tiene miedo.

EL REY - Tiene miedo... Ja, ¿te has fijado cómo se pega a las paredes  y cómo mira por las ventanas, ahora por ésta, luego por aquélla. Y nada (Boquiabierto) ¡Y nada! Va a acabar gastándonos las ventanas. Tiene miedo... (Al chambelán) ¡Pásame los informes! Ah, otra revuelta en Francia (Para sí mismo) Tiene miedo, ¿pero de qué? ¿Miedo de mí? (A la reina) ¿Y tú que te pasas el día mimándola? (Imitándola) Una perita, un pastelito... Pareces la dueña de una pensión.

LA REINA - Sí, y tú te portas con ella con tanta naturalidad, eres incapaz de pronunciar una palabra sin tragar saliva antes. Si crees que no se oye... Cuando le hablas, parece que le tengas miedo.

EL REY - ¿Miedo yo? Es ella la que tiene miedo. (Bajito) La muy sinvergüenza.

EL CHAMBELÁN - A lo mejor la intimida la majestad de Vuestra Majestad, no me sorprendería nada, yo mismo frente a tanta majestad siento una especie de escalofrío sagrado. Si Vuestra Majestad me permite una sugerencia, le aconsejo que tenga a bien charlar con ella a solas... para ganarse su ánimo.

EL REY - ¿Hablar a solas con ella? ¿Con la Pavitonta?

LA REINA - Es una idea excelente. Hay que domesticarla un poquito, primero aparte, a solas, que se vaya acostumbrando a nosotros, acabemos de una vez con esta insoportable miedica y su pinta de alelada. Ignacio, no seas crío. Te la mando lo más pronto posible con cualquier pretexto. Ahora que Felipe conversa con el médico, la enviaré a buscar mi ovillo de lana, y tú, compórtate con ella como un padre.

La reina sale.

EL REY - Chambelán, a veces me pregunto de dónde sacas esas ideas, ¿y ahora qué le digo yo?

EL CHAMBELÁN - Pero, Majestad, es pura rutina: acercarse, sonreír, preguntar algo, contar un chiste, y entonces se verá obligada a sonreír o incluso a reír abiertamente... luego Vuestra Majestad le devuelve la sonrisa... y todo ese vaivén de risas acabará por tejer poco a poco eso que comúnmente se llama una atmósfera de buen tono.

EL REY - Bueno, le sonreiré, le sonreiré... ¿Y por qué no distraerla haciendo cabriolas?  ¿Sabes qué, chambelán?, apáñatelas tú solo.

El Rey hace amago de salir.

EL CHAMBELÁN - ¡Vuestra Majestad, por favor! Conceder o rehusar sus favores, ¿no es lo que suele hacer Vuestra Majestad día por día?

EL REY - Sí, pero ella tiene miedo... ¿verdad?... eh... tiene miedo, la muy sinvergüenza.

EL CHAMBELÁN - Como todo el mundo.

EL REY - Sí, pero ella tiene un miedo... fofo, un miedo fofo. (Asustado) Chambelán, un miedo fofo. Ay, ahí viene. Quédate, no quiero hacer el imbécil yo solo. No te